POR: Laura Bonilla ILUSTRACIÓN: Alejandra Céspedes Martes, 18 Febrero 2014


El mundo sin mascaras

A

quí no hay miedos, ni envidia, ni máscaras. En nuestra jerga les decimos personas con discapacidad cognitiva. Otros los llaman “niños especiales”.  

Cuando Esteban la conoció, Camila no hablaba ni se movía. Ella era autista. Por un momento pensó que su servicio social no iba a ser fácil; sin embargo, poco a poco logró crear una conexión con su nueva amiga. Con el tiempo ella comenzó a cogerle de la mano y a trotar a su lado. El último día se alejó sin querer del grupo — ¡Esteban!—, gritó Camila y estiró su manita para que él la cogiera de nuevo. Él también se había convertido en su amigo y ahí decidió hacer del voluntariado un “apéndice” de su personalidad. 

Tal vez, muchos se sentirían intimidados por el hermetismo o el desparpajo de las personas con discapacidad cognitiva, pero compartir con ellas es alejarse del desenfreno de los días e ir a aprender a ser de otra manera. Percibir de otra forma los abrazos y las miradas. Recibir un “hoy estás feo” sin tapujos o un “Eres hermosa” sin sonrojarte. Un sitio al que puedes entrar pensando en enseñar, sin saber que eres tú quien va a acumular lecciones.

Una pequeña parte de este inmenso mundo de los “niños especiales” en nuestro país es Fides, una fundación que se formó en 1975 cuando un grupo de familiares de personas con discapacidad cognitiva se unieron para buscar maneras de mejorar su desarrollo en la sociedad. Actualmente Fides está en 14 regiones cubriendo desde las Islas de San Andrés y Providencia hasta el Amazonas, y desde el Chocó hasta Arauca. 

Conocer un “niño especial”

Algunos voluntarios como Esteban se vuelven amigos entrañables de estas maravillosas personas y todos los sábados se levantan temprano para verlas. Como él, otros jóvenes se han convertido en entrenadores de fútbol, instructores de danzas, profesores de teatro y han asumido un sin número de roles para trabajar con sus “niños especiales”, que son llamados así sin importar su edad, ya que varían desde los primeros meses de vida hasta mayores de 40 años.

Felipe, por ejemplo, prestaba servicio social en Fides cuando se convirtió en coordinador del equipo de fútbol once con el que ganó en la primera versión de las Olimpiadas Iberoamericanas FIDES – Compensar. Subió con sus “muchachos” por la medallería, celebró y a cambio recibió cientos de abrazos de agradecimiento como si también hubiera sido un triunfo propio. Ahí descubrió que había encontrado nuevos amigos y sus ojos vieron con claridad que no existía ninguna diferencia.

Como Felipe, alrededor de cuatro mil voluntarios hacen parte de una red que apoya cerca de 50 mil personas con discapacidad cognitiva en todo el país y en diferentes actividades que realiza Fides durante todo el año. Así, un grupo deja huella en las Olimpiadas Especiales del Café, en Pereira; otro brinda sonrisas en las Olimpiadas Especiales Nacionales, en Medellín; otro regala aplausos y miradas de admiración en el Festival Nacional de Arte Especial, en Cartagena; pero, sin duda, las Olimpiadas Especiales Iberoamericanas, que se realizan cada dos años en Colombia, son el evento más emotivo para los voluntarios que deciden invertir su tiempo en acompañar y dar su mejor esfuerzo para que los niños puedan abrazar a sus padres en la llegada a la meta, sin importar si ganaron o perdieron.

“Estamos acostumbrados a vivir en un mundo lleno de prejuicios y a ponernos máscaras para relacionarnos, pero ellos son sinceros con cada palabra que te dicen, en lo que sienten y en la forma como perciben todo”, afirma Juan David Camacho, miembro de los 800 voluntarios que asistieron a las Olimpiadas Iberoamericanas en junio del año pasado y estudiante de Derecho y Filosofía de la Universidad de Los Andes, durante seis de sus 22 años ha sido coordinador de Atletismo en la Escuela de Voluntarios Fides. En realidad, no son muchos jóvenes los que elegirían esta opción, pero el pequeño grupo de voluntarios, en su mayoría universitarios, les cumplen la cita sin falta a 250 niños que llegan cada sábado al Gimnasio Moderno a practicar algún deporte o actividad cultural.

“La Escuela de Voluntarios está activa solamente en Bogotá, pero en el país tenemos coordinadores en todas las ciudades con los que estamos en contacto permanente”, comenta Felipe González, Coordinador Nacional de Voluntarios. En el camino, los niños, papás, profesores y voluntarios se vuelven cómplices en este espacio, donde no importan tanto los valores sociales comunes, ni las poses, solo la realidad que expresan estas personas que hablan y actúan sin filtros. Por eso, cada vez que termina un año, hay un festival de abrazos y cientos de preguntas de los niños que indagan si volverán a verlos.

Andrés Barón, estudiante de ingeniería mecánica de la Universidad de Los Andes y Coordinador de Teatro, sabe lo importante que es para ellos, pero sobre todo reconoce que ellos son todavía más especiales y que el máximo sacrificio por recibir tanta felicidad es levantarse temprano un día del fin de semana.

Mirar con otros ojos

Existe otro tipo de encuentros que se unen a esta experiencia generando un interesante contraste. Por ejemplo, desde el año pasado, un grupo de reinsertados comenzó a hacer servicio social en Fides. Llegaron con todos sus miedos y complejos para enfrentarse de nuevo a la sociedad. Sin embargo, nadie los alejó. Ninguno preguntó por su pasado. Comenzaron a interactuar, ¡y con la verdad en la cara!, por primera vez no los juzgaban, en cambio recibieron afecto.

“Ser parte de la familia Fides es una experiencia sanadora. Después de compartir con estas personas tan especiales, sientes que has recibido más de lo que puedes dar”, afirma Diana Garzón, Directora de Fides.

Entrar en el mundo de los  “niños especiales” es arriesgarte a transformar tus pensamientos y tener la oportunidad de aprender que los obstáculos aparecen para vencerlos sin miedo y y con la seguridad de que como voluntario recibirás una gran sonrisa y un fuerte abrazo que te mostrarán que la diferencia sólo está en los ojos del que mira. 

 

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