POR: Verónica Orozco ILUSTRACIÓN: Tatiana Córdoba Miércoles, 30 Abril 2014

La tusa es esa enfermedad del corazón que hace que quien la padezca sienta que no existe cura y que no queda más opción que aprender a vivir con ella.

Es ese cáncer sentimental que, al igual que cualquier enfermedad terminal, acaba con la vida propia y la de los que nos rodean. Por eso, no hay nada mejor que enfrentarla, vivir cada una de esas etapas que, aunque no parezcan más que metástasis, son parte de ese “tratamiento” para poder sanar. No hay que pasarlas en ningún orden específico y es posible volver a cualquiera de ellas muchas veces (si está pensando en la etapa de la ira, usted es yo).

 

ETAPA DE NEGACIÓN

“No, no, esto no nos está pasando a nosotros”. 

Él se fue. Ya no hay asomos de su presencia en la casa. No queda ropa masculina en el armario ni espuma de afeitar en el baño. Y sin embargo, nuestra mente –que no es más que una perra que aparentemente nos odia– se encarga de hacernos creer que el ruido que acabamos de oír son sus llaves colgándose en el llavero al lado de la puerta o nos obliga, en medio de la noche, a buscar unos piececitos fríos al otro lado de la cama. “Esto no es más que una pelea, lo sé, ya hemos pasado por esto varias veces”.

 

ETAPA DE IRA

“Te odio, bastardo-infeliz-miserable-gordo-egoísta-impotente-mañé-grosero-pendejo-bruto”. 

Ego propio vs. ex. Una pelea que no tiene cómo ganar el pobre infeliz porque ni sabe que está batallando. Lista de defectos (reales e inventados) del susodicho revolotean en las conversaciones con cualquier persona, así ni siquiera nos conozca. “¿Tengo que poner la X aquí? Es que el inútil de mi exmarido no supo ni decirme exactamente dónde se ponía”, le aclaramos a la señora de la caja del banco, mientras ella sonríe visiblemente incómoda. Ojalá se consiga una gorda, bruta y frígida, que lo trate mal. Ojalá sea muy pero muy infeliz.

 

ETAPA DE NEGOCIACIÓN

“¿Nos tomamos un cafecito? Te entrego unas cosas que se te quedaron y hablamos un rato.
PD: Me estás haciendo una falta…”. 

Como por arte de magia, desaparece de la mente todo lo que nos hizo partir. Se olvidan los malos ratos, los detalles masomenos y sólo quedan en mayúsculas y negrilla los mejores recuerdos. Ya no hay defectos, costumbres fastidiosas o situaciones insoportables que nos hagan pensar en él de una manera diferente a “te quiero de regreso”. En la cabeza, es otra vez el tipo maravilloso del que uno se enamoró. Nunca había sido tan necesario un DeLorean como en este momento. Dame otra oportunidad, vuelve conmigo.

ETAPA DE DEPRESIÓN

“Este hueco en el alma no me deja levantarme de la cama”. 

La ansiedad. El insomnio. Las peleas con la del otro lado del espejo. La falta de sabor en la comida. La lloradera, esa maldita lloradera por todo. La desaparición de la sonrisa y la aparición triunfal de bolsas eternas bajo los ojos. La angustia, que se siente durito en el pecho, así como debe sentirse un infarto y que sólo desaparece por tres segundos en las mañanas, cuando uno abre los ojos y piensa que se trata de un mal sueño. Ya ni siquiera Friends produce risa y es posible lograr la imposible tarea de deprimir a un golden retriever.

 

ETAPA DE ACEPTACIÓN

“Me caigo muy bien y no me voy a tener más pesar”. 

Entonces, una mañana cualquiera, abrimos los ojos y ya no hay dolor. La parte insoportable y torturadora de nuestra mente ha sido encarcelada y amordazada y ya no hay más voces de tormento. El aire se siente bonito cuando entra en los pulmones y la comida vuelve a tener sabor. Y volvemos a cantar. Y pensamos en él y ya no se arruga el pecho. Lo dejamos ir. Y es ahí cuando lo entendemos: se acabó. Se acabó pero ya no importa. Y vuelven las ganas de vivir, de llenarse de nuevos recuerdos, de quererse a uno mismo. De volver a empezar. De ser feliz otra vez.

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