POR: María Cometa Lunes, 06 Mayo 2013

LA NO REINVENCION DEL DESTINO

Mientras pensaba en cómo reinventar el destino,
entendí que es lo último que quiero hacer.

N

o he tenido relaciones largas, no recuerdo muy bien lo que es una “tusa” y no estoy segura de haber estado enamorada. Pero a pesar de mis desenlaces amorosos, en un largo historial de novios altos, bajitos, feos, guapos, inteligentes, príncipes machistas y un par de sapos, no he dejado de ser de esas románticas que sueñan con encontrar ese amor único y puro del que hablan las novelas de Jane Austen. 

Crecí en una familia donde los títulos de mi papá no caben en las cuatro paredes de la biblioteca y con una mamá, que con un título de bacterióloga, le puede enseñar a los hermanos Rausch cómo se hace una Crème brûlée sin haber recibido ni media clase de cocina que no viniera de su abuela. Mis tíos están entre los mejores médicos del país y mi hermano mayor habla cinco idiomas. La importancia de un título profesional para mí es indiscutible, aunque todavía no tengo uno, ahí voy. Pero debo admitir que, tal vez por culpa de mis abuelos, lo que persigo no es un buen puesto en una compañía o un sueldo millonario, sino el amor de mi vida.

Le pregunté a mis contemporáneos "¿Qué es el destino?". Entre todas las respuestas algunos dijeron que es “Una simple creencia para alimentar ilusiones”, “Algo ficticio que no existe”, “Una coincidencia que cobra sentido”, “El transcurso de la vida con naturalidad”, entre algunas más. Quedé devastada cuando caí en cuenta de que ninguno de ellos mencionó la palabra “Amor” en su definición. Me pregunto si quien dio la primera respuesta, puede saber al menos lo que significa una ilusión en medio de su escepticismo o si quien lo ve como un transcurrir con naturalidad, de verdad piensa que ir al colegio, para luego ir a la universidad y así poder conseguir un buen trabajo y casarse alrededor de los 35, es algo que indica la naturaleza y no la educación.

Mi abuelo “Apy” esperó 9 años para poder dar un paseo a solas con mi abuela “Poly” el día antes de su matrimonio. No es mi intención proponer una reinvención del destino, por el contrario, quiero expresar que el destino siempre ha sido uno: el amor. Son ustedes quienes insisten en convertirlo en algo ficticio. Somos nosotros quienes cambiamos los tiempos, no son los tiempos quienes nos cambian a nosotros. Es por eso que estamos jodidos. Soy de esas románticas que sueña con un mundo donde las personas se preocupan por ganar admiración en lugar de millones, donde lo único que hay que estudiar es cómo hacer feliz cada día a los demás y el mejor trabajo lo pagan con besos. No me interesa evitar los clichés, quiero caer indiscriminadamente en ellos.

La no reinvencion del destino2

Y sí, el destino es una creencia. Creo que soy un ser humano y no una bicicleta. No tengo que actuar por nada más que por convicción. Creo que la vida va más allá de cumplir con una serie de requisitos y mucho más, más allá de lo material. Creo en la sinceridad de su sonrisa cuando hago un chiste de los malos, creo que sería feliz con él por el resto de mi vida así lo conozca apenas hace algunas semanas, creo que somos una linda coincidencia, pero que no es coincidencia que estemos juntos así esté la distancia de por medio, creo que haría cualquier cosa por él. 

Creo en el destino como el mayor de los deseos sin importar si se cumple al soplar mis velas de cumpleaños o no. Sé muy bien adónde quiero llegar y de la mano de quién porque no creo que alguien o algo lo haya escrito para mí, o que no hay nada que pueda hacer al respecto porque es un viejo dictador. Es mi dirección, mi sueño más profundo y es lo que merezco. Para mí el destino es y será siempre uno solo: el amor. 

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