POR: Isabel Calderón ILUSTRACIÓN: David Avend Martes, 17 Marzo 2015

Conocer demasiados detalles sobre un producto, puede dejarlo a uno asqueado. El problema es que no podemos dejar de consumir (y menos cuando se trata de los libros).

 Cosas-por-dentro-Final

L

o mío con los perros calientes iba en serio. Ellos me alegraban la vida, yo los quería con locura y nadie se interponía entre nosotros. La verdad es que éramos intensos. Hasta que un día me topé con un video en Internet que mostraba cómo se preparan las salchichas: con pedazos de carne gelatinosos y deshilachados que se convierten en una papilla amorfa y descolorida y solo después de mucho trabajo parecen comestibles. Ojalá no hubiera visto el video nunca. Porque fue suficiente para que se acabara el romance.

Y sé que si me preguntara de dónde vienen mis otros alimentos favoritos, las respuestas no me gustarían. Lo bueno es que terminaría comiendo más verduras y menos chicharrón, más frutas y menos hamburguesas, más sopa y menos pollo asado. No solo mejoraría mi salud sino que a lo mejor el planeta y los animales me lo agradecerían. Lo malo es que a estas alturas de la vida el vínculo afectivo entre la comida chatarra y yo es tan fuerte que no sé cómo haría para recuperarme. Si llevo casi un año haciendo el duelo por los perros calientes…

Así que últimamente he decidido silenciar mi curiosidad y comer sin pensar. Cuando me siento en la mesa me entrego a la insensatez y me concentro en disfrutar cada bocado sin preocuparme por nada más. De qué está hecho este plato, cuál es su origen, cómo lo hicieron; son preguntas que no me hago, por mi bien. ¿Y por qué parezco tan complacida con mi propia actitud? Sospecho que es porque con mi otro pasatiempo, el único que me entusiasma tanto como la comida: la lectura, no puedo darme el lujo de la ignorancia. Y eso me da tristeza.

Por culpa de los trabajos que he tenido y de las personas que me han rodeado, me he enterado de las cosas que tienen que suceder para que los libros existan. Algunas son bonitas, otras macabras, muchas insólitas. Las más importantes no son un misterio: cualquiera sabe que todo comienza con un autor, a quien se le ocurre una idea o una historia y se sienta a escribirla. Luego, el autor persuade a una editorial para que convierta su obra en un libro y lo venda. Estas dos cosas no siempre suceden en el mismo orden; puede que primero escriba y después persuada, o que persuada antes de haber escrito una línea. Es más, cuando el autor es exitoso, lo que ocurre es que la editorial tiene que persuadirlo a él.

Y me alegra que hayamos llegado a las editoriales, esas empresas que se dedican a la producción y comercialización de los libros. Suena industrial, ¿cierto? En ese caso, espero no romperle el corazón a nadie pero los libros son bienes de consumo y no están por fuera de la economía; no solo se leen, no solo se discuten por horas, también se venden y se compran.

En las editoriales suceden varias cosas: se decide cuáles libros publicar y cuáles rechazar, se determina cuántos ejemplares imprimir, se eligen el tipo de letra, el formato y la portada y se hacen ajustes a los textos que el autor entregó; en teoría, se corrigen sus errores de ortografía y redacción, se le sugieren cambios en la historia, se le pide que verifique algunos datos. Digo en teoría porque algunas veces el tiempo no alcanza, el autor no es muy receptivo frente a las sugerencias o la calidad no es la prioridad de la editorial.

En cualquier caso, el libro se hace. Luego vienen la prensa y el mercadeo; las presentaciones y los lanzamientos, que vaya uno a saber por qué se siguen haciendo si no existe una experiencia más diferente a la lectura que la de sentarse en un auditorio a oír hablar a los escritores, las entrevistas a los autores en radio (de verdad, no quiero ser insistente, pero me gustaría que alguien me ofreciera una explicación al respecto) y otras estrategias como los avisos publicitarios en el transporte público. Por último, las editoriales se encargan de poner los libros en puntos donde los lectores puedan comprarlos: en el mejor de los casos, en las librerías y, en el peor, en las cajas de los supermercados. Ahora, no es que me parezca un problema que los libros se puedan conseguir en el mismo sitio que las salchichas, no se trata de eso. Pero es el peor de los escenarios porque en estos almacenes hay muchos vendedores pero nunca hay libreros: esos amantes de los libros que se han acostumbrado a orientar las lecturas de sus “clientes”.

A las editoriales grandes, que afortunadamente no son las únicas del mercado, hace algunos años se les empezó a hacer agua la boca con la idea de exhibir sus productos (sí, pongámoslo en esos términos) en las góndolas de los supermercados. Y ya lo lograron. No hay que juzgarlas: tienen grandes departamentos comerciales porque se enfrentan a presiones cada vez mayores. Como hacen parte de enormes conglomerados de las comunicaciones, tienen que luchar por la supervivencia demostrándole a los gerentes que el negocio es rentable y “crece”.

No creo que ninguna de estas confidencias sea suficiente para asquear a mis lectores como me sucedió a mí con el video de las salchichas. Pero en caso de que lo sea, les recuerdo dos cosas. Una, que también hay editoriales pequeñas y valientes, a las que les gusta que las llamen independientes: que hacen pocos libros al año y eligen por puro gusto en qué autores, en qué títulos o en qué géneros apostar, que producen los libros despacio y con cuidado, que hacen poca publicidad pero al final del día logran llevar su trabajo a las librerías (de modo que allí están sus libros esperando a ser descubiertos). Y dos, que las grandes editoriales, con todo lo que uno (bien mamerto que es uno) les pueda criticar, han convertido historias buenas en libros buenos con mucha frecuencia. La mayoría de los clásicos que nos han marcado como lectores fueron publicados originalmente por editoriales comerciales.

Me encantan los libros. Así que me gustan las editoriales pero solo porque hacen libros. Me parece bien que existan las grandes y las pequeñas. Me alegra que, en medio de todo, haya competencia. Eso sí: me gustaría que el éxito no tuviera tanto que ver con el volumen de las ventas o la posibilidad de ofrecer anticipos millonarios a los autores. Pero a la vez recuerdo cómo me trepaba por todas partes cuando era una niña… y es ahí cuando dejo de quejarme y entiendo que siendo chiquito se tiene más libertad. Nunca en la vida he visto un pájaro gigantesco. Por eso prefiero llamar a mis editoriales favoritas pequeñas antes que independientes.

 

Etiquetas:

Comida Libro