POR: Isabel Calderón ILUSTRACIÓN: Bacánika Miércoles, 01 Octubre 2014


¿Cuánto valen la inspiración o el talento?
¿Qué tanta tecnología se necesita para escribir bien?
En esta columna queda claro que, efectivamente,
la vida es más fácil presionando un solo botón. 

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Escribir es difícil, frustrante y agotador. Es cierto que contar historias entretiene y que la mejor forma de aprender sobre un tema es escribiendo. Pero una cosa es decir frases como “qué linda es la escritura” o “qué valioso poder expresarse” y otra cosa, muy diferente, es poner la cola en la silla, las manos en el teclado y producir. Pasar horas frente a la pantalla, teclear con cólera y sin ritmo y, al final, descubrir que lo mejor que se puede hacer con los párrafos escritos es borrarlos de un solo tajo. ¿Desea guardar los cambios efectuados en Documento29?, pregunta el computador. Por supuesto que no lo deseo, responde el autor.

A veces el agravante es que toca publicar algo. Y como Murphy era un hombre sabio, suele suceder que el plazo para entregar una columna de opinión coincide precisamente con aquel fin de semana en el que uno carece de opiniones. Y ahí es cuando atacan los expertos, esos asesores que uno se ha ganado en la vida, que lo saben todo y abren los ojos como platos cuando uno les dice que no, que no conoce Writer, OmmWriter, iWriter ni Byword.

Y ellos le responden que escribir en Word ya pasó de moda y que, a diferencia de las novedosas aplicaciones para escritores que ofrece el mercado, el clásico programa no sirve para inspirarse, ni para concentrarse, ni para gozar con la escritura. Y uno se deja descrestar, se pone contento, busca los programas que le han recomendado y al leer las descripciones alcanza a ilusionarse pensando que el problema durante tantos años no ha sido la falta de talento ni la inconstancia sino la carencia de una aplicación. Veamos un ejemplo: “OmmWriter es tu propio taller de escritura privado, en donde puedes cerrar la puerta detrás de ti para concentrarte en lo que estás escribiendo en paz. A donde sea que vayas, tienes acceso a un bello ambiente libre de distracciones donde tu auténtica voz es capaz de llegar a donde debe llegar”. Suena lindo, ¿no?

La mayoría de estas aplicaciones, digamos que tres de cada cuatro, tienen como ícono una vieja máquina de escribir. Todas prometen bloquear las distracciones, algunas incluyen música relajante, otras imitan los sonidos que oyen los bebés en el útero antes de nacer y en una de ellas las páginas en blanco pueden ser de otros colores, “menos estresantes”: moradas, grises, turquesas o amarillentas.

Todo esto es muy divertido hasta que uno trata de explicarle a una persona de otra generación que va a descargar una aplicación para escribir y la persona de otra generación se ríe, responde que esa aplicación se la inventaron hace muchos años (se llama... ¡alfabeto!) y hace algún comentario ácido, aunque inofensivo, sobre lo absurda que se ha vuelto la vida con la rapidez de los avances tecnológicos y la falta de criterio para distinguir aquellos que son útiles de aquellos que son imbéciles.

¿Ustedes sabían que hay una aplicación para que la voz le suene a uno como si acabara de aspirar helio? Y existe otra que sirve para hacerle cosquillas al celular y que el celular se ría. Y una aplicación japonesa, Cute Girl Watching, que es como una muñeca inflable virtual: una niña lo mira a uno desde la pantalla del celular, le hace compañía y de vez en cuando sonríe o dice algo. Se rumora que la usan mucho a la hora del almuerzo.

No hay que negar que la cantaleta de “a dónde vamos a parar con esta deshumanización” es aburrida porque revela, por encima de todo, falta de originalidad. Ahora está de moda denunciar que los jóvenes de esta época no se miran a los ojos, que se están volviendo inútiles, que no pasan tiempo al aire libre y que viven a través de sus pantallas. A pesar de eso, de vez en cuando vale la pena prestar atención a los viejos, y no solo para ahorrarse diez dólares que uno habría gastado en una aplicación ridícula para escritores, sino para recordar que de todas las aplicaciones que existen, la que les quedó mejor inventada a los fabricantes es el botón para apagar el celular. Es gratis, nunca falla, no necesita actualizaciones y sirve para muchas cosas: para comer, para trabajar, para leer, para manejar, para sentarse a escribir, para hacerle cosquillas a alguien y, eventualmente, para aspirar el helio de un globo y hablar con voces chistosas.

 

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