POR: Piedad Bonnett ILUSTRACIÓN: Juan Medina Jueves, 11 Junio 2015

 
No tenemos tiempo de nada, y mientras más cosas hagamos más tareas tendremos pendientes. Esas parecen ser las normas de la vida moderna. La autora presenta como antídoto el fértil aburrimiento: no hacer absolutamente nada puede ser la herramienta más valiosa para darle sentido a todo lo que pasa.

Ilustracion-Aburrimiento

 

H

ubo un tiempo en que la medición del tiempo en Occidente se hacía, de manera muy imprecisa, gracias a los relojes de sol, o –ya en el medioevo– de las campanas que sonaban cada tres horas en las abadías o las iglesias, lo cual permitía a los ciudadanos hacer un cálculo aproximado de cómo se fragmentaba el día. En el siglo XV comenzó la medición exacta de las horas puesto que aparecieron los relojes mecánicos, que empezaron a crear en las mentes de los empleadores la idea de que al tiempo hay que darle un uso racional que tienda a la eficacia productiva. Hoy en día la medida del tiempo es algo que determina absolutamente la vida de las personas, hasta el punto de que llevamos, en gran mayoría, bien sea un reloj de pulso, bien sea un aparato electrónico que nos permite ver la hora con la frecuencia que queramos y subordinar nuestros ritmos vitales a los dictados del tiempo. 

La conciencia del valor del tiempo como factor de productividad económica es definitiva en sociedades que se conciben organizadas alrededor del trabajo, y donde este se ha convertido en un imperativo para el individuo y en una exigencia social: preguntar tú qué haces es equivalente a preguntar tú quién eres. Como dice Hanna Arendt, la sociedad moderna ha reducido al ser humano a animal laborans, animales trabajadores.

En La metrópolis y la vida mental Georg Simmel hablaba de cómo la ciudad moderna estaba modificando al individuo en razón de los múltiples estímulos a los que se ve sometido, y de los que debe protegerse apelando a una selección inconsciente de lo que ve y oye. Me pregunto qué diría Simmel, que publicó ese libro en 1903, si viera cómo funciona hoy el habitante de las ciudades, sometido a una sobredosis de información y estímulos visuales y auditivos, y a posibilidades inmensas de comunicación, que lo obligan a desarrollar una atención multitasking

El vértigo se ha convertido en el signo de nuestro tiempo. Y nuestra época ha engendrado al individuo contemporáneo –o quizá sea a la inversa–, con tendencia a la hiperactividad cuya consecuencia, como sabemos, es muchas veces la neurosis. En una sociedad así está prohibido aburrirse, ya que el aburrimiento tiene siempre mil posibilidades de ser derrotado: ir a un cine, entrar a un centro comercial, a un casino, a un restaurante, prender la televisión, chatear, esculcar en las redes sociales, navegar en internet. Todo espacio de ocio debe ser llenado de actividad. La mirada, pues, va de una cosa a otra sin descanso, propiciando, paradójicamente, el cansancio que produce el manejo “eficaz” del tiempo. No hacer nada, literalmente, es algo que casi nunca se considera, o que se reemplaza por dormir, la forma más sencilla de huida y recuperación de fuerzas.

Los momentos de mera contemplación, pues, han desaparecido casi completamente, o están reservados para períodos muy concretos, como las vacaciones. El poeta Giovanni Quessep me dijo hace unos años que él a diario estaba largos ratos mirando pasar las nubes desde el corredor de su casa en Popayán. Y me pareció y me sigue pareciendo que eso es lo normal en un poeta: solo cuando hay pausas “vacías” puede engendrarse la poesía. 

Llego ahora a la formulación del planteamiento central de este artículo, que se apoya en principio en un joven filósofo de origen coreano y formación alemana, Byung-Chul Han, quien recuerda una cita del libro Humano, demasiado humano (1878) de Nietszche: “Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad, el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”.

La tesis de Han podría resumirse así: “la histeria del trabajo y la producción” es el resultado de la vida desnuda, de la conciencia contemporánea de que vivimos en el reino de lo efímero. Sería tergiversar a Han –que por lo demás es teólogo– decir que propende por una vuelta a las creencias religiosas, pero es claro que señala una pérdida de espiritualidad y de capacidad de trascendencia, en una época laica en la que las religiones ya no solo no sirven de consuelo a gran parte de la humanidad, sino que han sido reemplazadas por el culto a la salud, convertida –como dijo también Nietzsche– en diosa de la modernidad. “El aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual” escribió Walter Benjamin, también citado por Han. Y habría que agregar, para ir más allá, que el aburrimiento (su aceptación) es territorio fértil para la reflexión, el goce estético, la creatividad, la ensoñación. Es ocio consentido, pausa, respiración que lleva oxígeno al espíritu.

Estar aburrido es distinto a estar cansado, pero los dos estados pueden llegar a equipararse. Hay distintos tipos de cansancio, dice Han, recordando que Peter Handke “contrapone el cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar, al cansancio sin habla, sin mirada y que separa”. El primero, el verdaderamente fértil, “hace posible que uno se detenga y se demore”. Quizá sea eso lo que se conquista con el aburrimiento: detenerse, demorarse, bajarse del tren de la hiperactividad productiva para mirarse a uno mismo y mirar afuera. Porque es de ese cruce consciente entre el Yo y el Mundo que nacen el horizonte de sentido y el goce del espíritu, sus descubrimientos. Nada más ni nada menos.

 

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