POR: Juan Camilo Corredor Lunes, 12 Agosto 2013


Si su mamá alguna vez le echó huevo duro en la lonchera, usted tiene que leer esto.

Afortunadamente tenemos memoria. No existe en la infinidad de este mundo un lugar tan maravilloso como ese. Allí, en ese pequeño rincón de la mente, guardamos todo lo que alguna vez fuimos, vivimos y sentimos. Los olores de la infancia, los sonidos del pasado, los paisajes de la vida, las vivencias y momentos que nunca volverán. Todo, todo lo que alguna vez pasó, está guardado allá, bajo llave, sin poder borrarse ¿y para qué borrarse? si con solo cerrar los ojos podemos viajar en el tiempo y revivir esa vida que pasamos, que a veces extrañamos y que nunca olvidaremos. Bueno, podría pasar si perdemos la memoria, pero eso sería morir para volver a nacer.

Volvamos entonces al colegio. Nadie puede negar que de los 7 a los 13 años vivimos los mejores años de la vida. Esos días de la infancia están marcados por una serie de olores y sabores tan pegados a nosotros como la misma piel. Nada amábamos más que esperar la hora del recreo para abrir la lonchera y descubrir los misterios que ella contenía. Algunas de lata, otras de plástico escarchado con broches abre fácil y la imagen de los Supersónicos, los Caballeros del Zodiaco o la Pequeña Lulú. Fuese cual fuera, cuando abríamos la lonchera un mundo mágico de olores penetraban nuestras narices y no había felicidad más grande que encontrar unos Gudiz o un chupito de dulce en forma de anillo.

Si usted se acuerda de esto, queremos hacerlo feliz y rendirle un homenaje a esas mamás de antaño, que juntaban un banano podrido en alguna de sus partes con un “sanduchito de huevo” disque para darnos energía durante la jornada y hacer de nosotros personas sanas y fuertes. Construimos 5 menús de lonchera de cualquier semana de colegio ochentera o noventera, para que reviva esos momentos y se acuerde del tradicional “mecato” que le echaba su mamá.


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Y así pasaron muchas semanas. Cada día traía su recompensa en la lonchera. Mucho mecato se quedaba sin destapar y regresaba a casa. El tiempo fue transcurriendo y crecimos. Las loncheras se rompieron o se perdieron en la ruta, en el parque, en el bus… Tiempo después nos daban plata para comprar en la cafetería o por ahí. Nos dejó de preocupar qué llevábamos para las onces, ya no era emocionante destapar la lonchera. Seguimos creciendo, pero gracias a esas onces, hoy somos lo que somos y pasamos buenos momentos. Afortunadamente tenemos memoria.