Jueves, 17 Julio 2014

Todos tenemos un pariente machista e insoportable.
Esta es la historia del otoño de un patriarca en los Llanos Orientales.

TIERRA

Perdón por la grosería, pero don Silvio es un hijueputa. El protagonista de Tierra en la lengua –la película que Rubén Mendoza estrena por estos días– es un viejo mezquino y agresivo, que no tiene problema en insultar a sus propios nietos porque le dicen “abuelito”, que se cree más fuerte que los grupos armados que amenazan sus tierras y al que todo le importa más bien poco. Incluyendo su muerte.

Esta película es un viaje al interior de los Llanos, a través de una finca infinita en la que se pierde el contacto con el mundo “civilizado” y donde el calor hace que todo se vea más lento pero se pudra más rápido. El relato lo arman los nietos veinteañeros y citadinos de don Silvio, que le prometieron a la abuela esparcir sus cenizas en esta finca llanera pero que, para llegar hasta allá, tienen que soportar las groserías (y hasta los pedos) del gran patriarca.

Hasta ahí todo va bien, pero en un momento la historia se desvanece y se reduce a una acumulación de situaciones que le bajan el ritmo y le quitan la importancia a un personaje fabuloso, que refleja el machismo que todavía palpita en Colombia y que le da una vitalidad arrolladora a la película durante los primeros minutos.

La violencia, inevitable y ubicua, se muestra a través de unos guerrilleros decadentes y unos ataques silenciosos pero salvajes que representan el sinsentido de esta guerra eterna. La música de Edson Velandia, camuflada entre radios desintonizadas o canciones que parecen improvisadas, significa uno de los mayores logros del cine nacional. Los diálogos son buenos pero algunas representaciones les quitan credibilidad: trabajar con actores naturales tiene su ciencia. El mayor mérito del director Rubén Mendoza, es que logra mostrar el campo sin romanticismo de niño de ciudad, sin dárselas de bucólico, sin metáforas pretenciosas: los escenarios rurales no son la excusa para dejar la cámara enfocando un atardecer hermoso sino el canal que lleva a la muerte y a la podredumbre que corre por las venas del país. De ese país que ignoramos desde nuestro iPhone.

Al final, Tierra en la lengua es un buen esfuerzo que, duele decirlo, se queda corto como la mayoría del cine colombiano. Vale la pena ver la película porque es brutal (especialmente la muerte de los animales es escalofriante), porque su protagonista puede ser el abuelo o el tío o el padre detestable que todos tenemos, porque conmueve sin dramatismo (de hecho, produce más carcajadas que escalofríos). Pero también representa ese cine al que siempre le faltan cinco centavos pal peso.

Tierra en la lengua

Tierra en la lengua

Tierra en la lengua

Imágenes: Cortesía Black Velvet

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