De pesas y libros. Memorias de un bodybuilder literario

Levantar pesas puede tener mucho de poder mental y espiritual, del mismo modo que la literatura puede ser un desafío mucho más físico de lo que se piensa. En este texto, un flaco historiador pone a prueba la fuerza de su ñoñez y la inspiración de sus bíceps.

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I

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–¿Y cuáles son sus objetivos?

–Volver a dormir.

–Jaja, no, en serio.

–Dormir, de verdad.

El encargado me miró confundido.

–Bueno, no tenemos esa opción en el formato. Pongamos ganar masa muscular.

Y sí. Terminé ganando masa muscular. No mucha, pero algo, y también ganando una nueva obsesión: entrenar.

Aunque mi historia con el gimnasio había comenzado en los lugares comunes del profesional de las humanidades básico –léase fobia por su ambiente y desprecio por la superficialidad ahí cultivada, entre otros sesgos–, no fue sino hasta que un insomnio persistente e insoportable llegó a mi vida que me vi obligado a enfrentar la realidad:

–Aún estás un poco joven para medicarte.

La neuróloga tenía razón. Una semana con un total de siete horas de sueño me tenía al borde. Tenía que intentarlo.

La primera semana fue insufrible. Era incapaz de correr más de cinco minutos o de levantar más de diez libras con mis brazos. Los sentía chirriar como las bisagras de una puerta vieja con cada movimiento. Todo era dolor. Alcanzar la punta del pie con mis propias manos era una tarea tan desafiante como intentar escalar uno de los catorce ochomiles.

Hacía pocas semanas había comenzado mi maestría en escritura creativa y todos los días era la misma historia: salir de clase, correr a trabajar y llegar por la noche a alzar esas pesas insignificantes. Era como vivir tres vidas paralelas en una decadencia diaria entre lo amado, lo necesario y lo incomprensible con el paso de las horas del día. Y cada noche, en el panóptico de la belleza, frente al inevitable espejo, yo era el motivo de una comedia insulsa por el contraste desmedido entre mi humanidad escuálida y las vigas de dos por dos que se ejercitaban junto a mí.

Toleraba la intimidación visual con estoicismo, con una sonrisa frágil que apenas disimulaba mi incomodidad. Al fin y al cabo, me decía viéndome el pelo largo y las gafas en el espejo, vengo de humanidades: normal, ¿no?

II

Volví a dormir. Mi cuerpo me imploraba ir a la cama al volver a casa. Y  no podía haber mayor motivación en el mundo que recuperar el amado descanso. Quedé adicto, un heroinómano de la única vía que me quedaba hacia el sueño.

Asumí el personaje: era un visitante, un extranjero, un alien en el país de los gigantes y las ninfas de lycra y top. Como el antropólogo que instala su carpa, al cabo de un mes empecé a identificar el ecosistema que me rodeaba. Después de la caída del sol, una fauna de sujetos que se cambiaban el traje y las camisas por ropa deportiva de toda suerte, textura y color poblaba la sala de pesas. Jóvenes, universitarios y trabajadores en su mayoría, dedicados a la transformación física: a perder o ganar kilos, a construir volumen, masa, fuerza, marcas.

Verlos me hacía pensar en mis clases de historia clásica: Grecia. En esa antigüedad que hoy admiramos e idealizamos, la belleza física reunía. El deporte era uno de los espacios de celebración, competencia y socialización más importantes. De hecho, Sócrates, que tenía una fijación particular por la belleza, solía encontrarla en los jovencitos gimnastas que entrenaban para la guerra y el deporte. Mucho antes que él, esta capacidad de asombro, admiración y fascinación por el cuerpo fuerte ya había hecho aparición en el mítico Homero. En varios de sus versos plasmó que, ante el cuerpo vigoroso de los reyes guerreros de la Grecia del bronce, aceitados, ungidos con los más bellos óleos, sus iguales los comparaban con verdaderas deidades. Los dioses eran reconocibles en esa vitalidad de carne y hueso, completamente humana. La misma que desfiló ante Paris: aquel infeliz que pudo ver desnudas a tres diosas, sin sospechar que aquella escena sembraba el fin de su patria. Es más, en Esparta, las mujeres también entrenaban como soldados bajo una premisa sencilla: mujeres fuertes traen al mundo hombres fuertes. Una ciudad guerrera, una ciudad vital, una ciudad fitness.

Una palabra para el sexo en cualquier rincón de esa polis marcial: épico.

Sin embargo, la mirada de vuelta en el espejo no dejaba de ser intimidante. Se parecía bastante a esas primeras entregas de texto en la maestría. En ambos casos la sensación de desnudez, de ignorancia, inseguridad por la propia capacidad y fragilidad era difícil de sobrellevar. Una vez, haciendo bíceps, un auténtico bodybuilder se me acercó para corregirme la postura y para indicarme la velocidad apropiada del movimiento. Sentí la misma pena que la primera vez que cogieron mi primer capítulo de la novela en la maestría y me dijeron que el arranque era pésimo, explicativo, que tomaba por un idiota al lector. Y bueno, en ambos casos, lo único que quedó fue poner la mejor sonrisa de reina posible y dar las gracias. Persistir.

III

–¿Alguno googleó a Mishima?

El salón quedó en silencio. Se me ocurrió preguntar.

–¿Por qué?

–El tipo era impresionante.

Era evidente que aún no entendíamos.

–El cuerpo del man era impresionante –agregó soltando una carcajada–. Hasta escribió un texto sobre el gimnasio y todo.

El texto del que hablaba mi profesora de taller es El sol y el acero, una reflexión del novelista, dramaturgo y ensayista japonés Yukio Mishima. Cien páginas sobre estética en torno a dos ejes: las palabras y el cuerpo. Un escrito en el que expone su deseo de revivir el viejo ideal japonés de combinar las letras y las artes marciales, el arte y la acción, en sus propias palabras.

Devoré el ensayo.

Hablaba de forma poética y filosófica de la relación entre la noche del pensamiento y el sol de la experiencia vital, puramente física, despejada de palabras. Parecía que el gimnasio y la búsqueda de un cuerpo fuerte, tonificado y bronceado había activado en él una potente inquietud sobre el lugar del vigor, la fuerza y la belleza en la vida y en el punto de vista artístico, así como un proceso de autodescubrimiento que había partido su vida en dos. A fin de cuentas, pasó un total de diez años haciendo body building en la sala de pesas y aprendiendo kendo, la esgrima de las katanas y los samuráis.

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El tema de las pesas, el acero, como lo llama en el texto, lo abordaba en unas escasas veinte páginas. Veinte páginas dignas de causa mayor. Algunos pasajes eran claros, transparentes como gotas de sudor en la frente. “Las propiedades de mis músculos fueron asemejándose a las del acero. Este lento desarrollo me parecía notablemente similar al proceso educativo, que remodela el cerebro intelectualmente nutriéndolo con materias cada vez más difíciles. Y puesto que el ideal clásico del cuerpo estaba siempre allí como modelo y meta definitiva, el proceso se asemejaba mucho al ideal clásico de la educación”, escribió Mishima.

Como en “El proletariado de los dioses” de Paul Brito, un artículo que había leído hacía un tiempo en El Malpensante, la referencia clásica era innegable, ineludible, clara. Era sorprendente que para un japonés, un costeño y un rolo fabricado en el extranjero –autor de estas líneas– era obvio que si había un punto de referencia que arrojaba verdadera luz sobre el gimnasio y la belleza física más allá de los prejuicios típicos de superficialidad y banalidad, era el referente griego. Allí el ejercicio gimnástico era ante todo cuidar de sí, darse forma, alimentar el impulso vital. También lo decía Mishima: “Para resucitar un idioma muerto se requería la disciplina del acero; para transformar el silencio de la muerte en la elocuencia de la vida, la ayuda del acero era esencial”.

Para disfrutar del gimnasio, el marco teórico estaba resuelto.

IV

Logré hacerme al hábito. Y más que al hábito, al goce. Pero no era el goce unipersonal de Mishima. Era un goce grupal, pues a fuerza de verse, lo que comienza en saludos cordiales y tímidos, con el paso de las semanas termina en intercambio de números para cuadrar entrenos. Hacer amigos en el gymnasium: nada más clásico.

Nos encontrábamos, hablábamos, nos enseñábamos rutinas, ejercicios, hábitos. Me terminé dando cuenta de que las vigas prepotentes que le daban a la sala de pesas esa fama de territorio hostil, resultaban ser una minoría hermética a la que todos, incluyendo los entrenadores, dejaban en su ostracismo, en la soledad de sus miradas arrogantes y onanísticas. El resto la pasaba bien.

La mejor parte era asistirse en los turnos, algo que no estaba en el texto de Mishima y que desconocía por nunca haber entrenado en grupo. Podíamos cargarnos con pesos cada vez mayores, pedir una repetición más, sin motivo aparente, por gusto puro de la adrenalina, de retar la propia capacidad en un escenario que sería imposible enfrentar solo. Sentir la mirada atenta del otro, sus manos listas para sostener las pesas en el último momento, antes del fallo, del fatal instante de quiebre muscular, me dotaba de una seguridad y una fuerza que no conocía hasta entonces. Y para colmar mi asombro, todo eso se parecía al trabajo en los talleres de escritura donde las lecturas cruzadas, los consejos ágiles, las ediciones en tiempo real, eran precisiones invaluables que impulsaban la escritura bastante más allá de lo que yo me había atrevido a empujarla solo. Sin embargo, al cabo de unos meses, nuestras rutinas y conocimientos agotaron su magia y fue bastante claro que nos estábamos estancando en lo conocido.

Nos faltaba algo más: sabiduría y experiencia; un gurú.

V

–¿Y usted a qué es que se dedica?

–Escribo, traduzco, corrijo…

Javier me miró asombrado. Seguro esa era una respuesta que se no esperaba él, nuestro entrenador. Era muy poco probable que la hubiera recibido antes en una primera sesión. Los demás se rieron. Después de seis meses desde mi inicio en el gimnasio, ya tenía algo de gracia ser el único en mi especie dentro del grupo. Y ahí sí comenzó lo bueno. Entrenábamos cuatro veces a la semana: pecho, espalda, pierna y hombro, combinados a su vez con tríceps, bíceps, pantorrilla y abdomen. Había que ingerir cantidades alarmantes de todo: verdura, carbohidratos, buenas grasas y, claro, la infaltable proteína.

El insomnio se redujo a noches aisladas. Leía mejor. Comía mejor. Nadie lo podía creer. Era fascinante el asombro en los ojos de todo el mundo. Profesional de las humanidades con ínfulas de escritor y gimnasta. Bodybuilder literario. Un absurdo. Un animal de ficción. Un unicornio. Pasaba de los textos a las pesas, de los libros a las barras como del sueño a la vigilia. Necesitaba hacerlo. Sin causa ni finalidad. Estaba borracho de vida, de vitalidad, de una suerte de lucidez física que lo justificaba todo. Lejos aún de tener un físico escultórico, asomaban ya algunas marcas, las insinuaciones y siluetas de los músculos bajo mi propia piel.

De alguna manera sentía que había conseguido un director de tesis, un poeta del cuerpo para sacarme de la ignorancia y enseñarme la gramática del peso, la sintaxis de la hipertrofia y la métrica de la nutrición.

De vez en cuando conversábamos. Javier mostraba el mismo interés que yo cuando le preguntaba por sus competencias de culturismo. Un día me preguntó qué hacía en la maestría.

–Escribo una novela.

–¿Y para eso qué o qué? –me respondió después de pensar un instante en silencio.

–Disciplina, profe, y constancia.

VI

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Para escribir hay que entrenar, con paciencia y dedicación. Como el gimnasio, no es una preparación para otra cosa. Solo se hace. Es un medio que se convierte en un fin en sí mismo. Se entrena para entrenar. Se escribe para escribir.

El esfuerzo y la disciplina son fundamentales. Hay que sentarse. Horas. Y para obtener resultados que no son siempre los mejores. “Eres más fuerte que tus excusas”, podría decir el superego en la banca de press o frente a la página en blanco.

Hay que nutrirse y en cantidades salvajes. Leer cómo comer, para llenar los requerimientos exigidos por el esfuerzo; tareas firmes, permanentes, voraces. Y hay que aprender a nutrirse. Aunque pecar es humano, demasiada chatarra puede tener efectos perjudiciales en la mayoría de metabolismos. Afectar los resultados.

Al igual que escribir, corregir, editar, traducir y leer, entrenar no es siempre un imperativo o un mandato: se puede convertir también en un verdadero hábito, un placer, una forma de vida. Está claro que, a pesar del trabajo de horas y del cansancio, el que se ponga los tenis todos los días para correr, levantar, mantener, apretar y estirar, y no reconozca que lo disfruta, miente.

En ambos se requiere descanso y sosiego, incluso escapadas al país de las maravillas, al de los placeres culposos o carnales. A veces hay que fallar un par de días, volver a tomar impulso. Vagar.

Y con todo, los resultados y objetivos son igual de inútiles, de improductivos y, sin embargo, encantadores. Embriagantes.

Pero, ¿qué es lo embriagante? ¿Qué cambia en los cuerpos que produce placer? ¿Solo las endorfinas? ¿No me estaba convirtiendo en presa de los ideales de belleza de la publicidad y el mundo del entretenimiento? Mi superego humanista me regañaba. Había caído bajo: era superficial. Entonces, ¿el gimnasio y sus devotos estaban mal por su superficialidad? ¿Era realmente una mera labor física sin profundidad? ¿Necesitaba profundidad, un fin, un propósito noble para justificar el gusto? ¿Una relación especial con la belleza, con el cuerpo? ¿Ahora iba a extrañar y a sacralizar mi insomnio para validarme? ¿Qué era lo superficial? No lo sabía, pero sí sabía que en humanidades nos jodemos la cabeza fabricándole motivos inteligentes a las cosas que la gente simplemente hace. Mishima le daba un vuelco curioso a esa inutilidad de la mano de esas humanidades que yo había estudiado: “una musculatura conspicua es tan innecesaria como lo es una educación clásica para la mayoría de los hombres prácticos. Los músculos se han ido convirtiendo en algo similiar al griego clásico”. Lo mismo se podía decir de la literatura y la historia. Desde el punto de vista utilitario eran para muchos, cuando menos, superfluas. Con un agravante en el caso del gimnasio: estaba falto de esa aura sublime del baile, el teatro y el circo y de esa motivación o finalidad que da sentido a la mayoría de deportes.

De todas formas, en caso de que fuera arte por el arte, belleza vacua, una producción estética completa y ramplonamente superficial, ¿qué?

La respuesta me cautivaba: nada.

VII

Un día estaba haciendo hombro cuando Javier se acercó y me dijo:

–Ya le toca comprarse una sisa.

–Aún no lleno ni las mangas, hermano.

–No, papi. Con resultados, uno comienza a empelotarse.

Compré la sisa.

Ya iba por inercia a entrenar. El hábito era sólido como las placas que ponía en las barras. Cuando no estaba con Javier o con el grupo, ponía sobre mi propio cuerpo pesos cada vez mayores, sentía un impulso, una urgencia, “una suerte de luminosa sensación de poder”, en palabras del novelista y culturista japonés.

No entendía cómo me había perdido de eso por tanto tiempo. Y de vez en cuando pensaba en lo que estaba haciendo, llamado por algo parecido a un mal presentimiento. Si el esfuerzo, la curva ascendente de mi capacidad, mi propia ambición pedía cada vez más, ¿no se iba a estancar en algún momento? ¿No había un límite concreto? Preferí ignorar esas preguntas. Abrazaba el dolor y el desafío a la muerte tal y como lo planteaba Mishima: “La aceptación del sufrimiento [y del dolor] como prueba de coraje era el tema de primitivos ritos iniciáticos en el pasado lejano, y tales ritos eran a un tiempo ceremonias de muerte y de resurrección. Los hombres han olvidado ya la profunda lucha entre la conciencia y el cuerpo que subyace al coraje, y al coraje físico en particular”. Se trataba de un desafío de la voluntad al miedo y a la intuición del límite. Era como todo lo demás en esa sala y en el teclado hasta entonces: un placer adictivo, concretamente inútil.

Y un buen día, pasó.

Demasiado peso, mal movimiento, asistencia tardía, un segundo, un pinchazo profundo, cada vez más profundo. Quietud. Dolor.

Tres semanas pasaron sin que pudiera mover las piernas sin sentir esa puñalada interna, permanente, cruel, que me hacía mentarle la madre a los dioses de todos los panteones. Para rematar, volvió el miedo al insomnio que a veces me impedía llegar al descanso con la misma facilidad con que caía en sus brazos desde que visitaba el gimnasio, hacía casi un año.

En un instante de mala postura y exigencia desmedida, el mismo impulso contradictorio entre placer y dolor –el mismo de gozo y guayabo, eros y thanatos tal vez– me había dejado impedido en una miserable sentadilla. Fuera de juego.

VIII

Horas frente a la pantalla me habían servido de sobra para descubrir que escribir es un esfuerzo físico. El dolor de espalda, de cuello, las piernas dormidas, los ojos secos, la retina exhausta. Y había que escuchar al cuerpo. Era obvio. No tenía sentido ignorar el cansancio físico y pretender llegar a una versión final en una sola sentada frente al teclado. Ahora descubría que entrenar era un proceso intelectual, que controlar el peso y el ímpetu, dominar la técnica, meditar la acción durante toda su extensión, nutrirse y, por supuesto, recuperarse, eran procesos completamente mentales. Establecían una relación analítica, de cuidado y cálculo sobre las posibilidades, los riesgos y los modos de transformación, de metamorfosis propia.Si los ignoraba solo iba a terminar en una sala de cirugía. Y hasta entonces me daba cuenta: entrenar era un ejercicio intelectual, lógico, preciso.

Si el fin era lograr un cuerpo bello, llevarse al límite, celebrar la fuerza y la vitalidad física, la consciencia y la mesura, la idea de los límites de la propia capacidad eran el eje de dirección, el timón de la nave. Por fin comprendía la frase que tanto nos había dicho Javier: el peso es lo de menos.

Sin embargo, saber esto no me servía de nada. Lo sabía porque era lo mismo que me había pasado terminando el primer borrador de la novela: a veces quedaba en blanco. Con la imaginación lesionada, el cuerpo cansado o la escritura por mal camino, no había más que dejar decantar, hacer una pausa. Seguir leyendo, comiendo, durmiendo. Manteniendo la condición física. En últimas, el proceso de recuperación, el paso del cuerpo del thanatos al eros, del dolor a lo sano, la regeneración de la intuición bloqueada, sucede lejos de la voluntad, en otra esfera. Como el paso de las estaciones, tan ajeno a la Tierra en sí como inevitable en su errar. Solo sucede.

Trust the process –otra frase que tomó sentido después de todo. Tarde o temprano podría volver.

IX

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–¿Y entonces, papi?

–Mejor, creo.

–¿Piernita o qué?

–¿Así de una?

–Empezamos suave.

Me quedé mirándolo. Él suspiró y se levantó la manga de la camisa, dejando aparecer una cicatriz delgada sobre el hombro.

–Manguito rotador, compadre, en press militar. A todos nos pasa.

–Muy grave.

–Sí, pero hay que volver a darle.

Javier se quedó observando el corte ya viejo del escalpelo como un remiendo y le pasó un dedo cuidadosamente por encima, como si lo observara por primera vez. Lo cubrió. Hoy todavía su hombro me impresiona. Es enorme. Una bala de atletismo capaz de levantar tres decenas de kilos sola.

–Traiga las de cinco y calentamos.

Pero, ¿para qué? ¿Si no tenía propósito, era superficial y adictivo, y además me había dejado en cama una casi un mes, cuál era el sentido de volver a hacerlo? ¿Para qué volver a comprobar que la medida del entusiasmo no es nunca la del resultado obtenido? Javier se quedó mirándome.

–¿Usted qué es lo que estaba escribiendo?

–Una novela.

–¿Y nunca le tocó volver a empezar?

Me quedo en silencio un minuto.

–Dos veces.

–Por eso.

Y aún no sé cómo sigo corrigiéndola. Solo será un intento más entre los miles disponibles en librerías, si es que un editor hace algo con ella distinto a devolvérmela. No hay propósito. Solo voluntad. Escribir y no más. Una voluntad que cada vez que quedo en blanco sigo sin saber de donde vuelve.

–No lo piense tanto.

–Hágale, profe.

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