¿Cómo funciona el cerebro de un asesino en serie?

Desde el norteamericano Ted Bundy hasta el colombiano Luis Alfredo Garavito, los asesinos en serie parecen ser producto de ciertas características anatómicas unidas a un ambiente familiar hostil. Pero ¿cómo funciona el cerebro de estas personas? ¿Qué sienten, qué buscan causando el mal? Este es un vistazo a la mente criminal de la mano de un experto. 
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A mediados de la década de 1970, el agente del FBI Robert Ressler se interesó por analizar un tipo especial de homicida que atacaba de forma recurrente y sumaba en cada nuevo crimen mayores rasgos de crueldad y perversión. Por analogía con el carácter episódico de las ficciones televisivas, Ressler los llamó
serial killers. Así nació un nombre que hasta el día de hoy ha permitido identificar el fenómeno de maldad más extremo erigido por un ser humano: matar una y otra vez para llevar a la realidad las fantasías de perversión, poder y degradación sobre otros.

Psicópatas adictos a la maldad

Entre 1974 y 1978, el estadounidense Ted Bundy asesinó a más de treinta jóvenes, la mayoría universitarias. Una vez se le logró capturar, su atractivo aspecto, su exitoso desempeño como estudiante de psicología y leyes, no coincidían con la idea que se podría tener de un ser humano capaz de violar y matar salvajemente. Igual sorpresa resultó con el caso de Jeffrey Dahmer, conocido como el caníbal de Milwaukee: esta vez el responsable de más de treinta asesinatos y brutales actos de necrofilia, resultó ser un chico huraño y tímido, al que sus padres y conocidos consideraban inofensivo.

Pronto, la máscara de la maldad cayó: el aspecto y la forma de actuar con normalidad e incluso con encanto, eran una fachada que podía ocultar a seres que percibían a los demás como simples cosas a las que podían destruir sin remordimiento. Posteriores casos similares confirmaron que este tipo de psicópatas, además de tener plena conciencia de sus actos, eran camaleones capaces de aparentar normalidad.

La mayoría de los asesinos en serie presentan el rasgo típico de la psicopatía: carecen de empatía. Incapaces de ponerse en el lugar del otro, de experimentar sentimientos genuinos de afecto, encerrados en su narcisismo, alimentan su mundo interior con fantasías de destrucción. Presentan una personalidad en extremo compartimentada que les permite pensar en sus crímenes como algo positivo. Al no estar condicionados por una enfermedad mental del orden de las psicosis, su deseo de matar emerge de un conciencia complaciente que acepta sin culpa alguna sus actos. Despersonalizan y cosifican a sus víctimas por medio del abuso sexual, el desmembramiento, la destripación y el canibalismo. Todas estas prácticas guardan un objetivo: degradar a la víctima para experimentar poder y control.

Un aspecto sorprendente, advertido por psiquiatras como Robert Hare, se relaciona con la poca capacidad que tienen los asesinos en serie para experimentar respuestas emocionales de miedo y ansiedad. Hare expuso a grupos de psicópatas a una prueba, en la que al final de una cuenta regresiva aparecía una pequeña sacudida eléctrica en uno de sus dedos; lo extraño era que en vez de aumentar el ritmo cardiaco, este disminuía. Dichos resultados permiten afirmar que los psicópatas tratan el estímulo doloroso como si fuera algo “interesante”; de esta manera, desconectan las señales negativas que provienen del entorno y las perciben como excitantes. En consecuencia, el mal y la crueldad les atraen poderosamente.

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Cerebros lesionados

Para algunos científicos, el funcionamiento anómalo del cerebro del asesino en serie es el detonante de los comportamientos trasgresores; afirman que diversos desajustes neuroquímicos desembocan en la necesidad de obtener placer por medio de las experiencias agresivas y sádicas.

Varias investigaciones han puesto en evidencia que el sistema de “frenos” de los cerebros de los antisociales –ubicados en la corteza prefrontal y encargados de controlar los impulsos violentos–, al parecer no funcionan adecuadamente. Esta podría ser una explicación plausible para entender los niveles de crueldad de los asesinos en serie. Otros informes señalan la relación de niveles bajos en algunos neurotransmisores (como la serotonina) con el control de los impulsos y la consecuente conducta agresiva.

Investigadores como Antonio Damasio informan que daños en el lóbulo frontal a nivel de la corteza cerebral repercuten en la forma de identificar con claridad los valores morales e incluso derivan en conductas que involucran el maltrato a los demás como medio de diversión. Otros estudios han demostrado que niveles bajos de glucosa en dichas áreas se relacionan con la impulsividad, la desinhibición y la búsqueda de sensaciones sadomasoquistas.

El psicólogo Alan Rosembaum realizó un estudio que reveló que las lesiones cerebrales podían afectar el comportamiento, incluso las valoraciones adecuadas de la realidad, generando impulsividad y falta de autocontrol. Otros investigadores han insistido en que trastornos en los genes del cromosoma x provocan niveles bajos de monoaminooxidasa a, enzima que controla los transmisores químicos cerebrales, lo que generaría un cortocircuito en las respuestas emotivas y la propensión a respuestas violentas. 

Por supuesto, estos enfoques afirman que solo si tales factores de predisposición o desajuste se suman a situaciones de contexto (familia disfuncional, traumatismos físicos o psicológicos y otros estímulos externos), se puede producir finalmente una personalidad psicopática e incluso un asesino en serie.

De igual manera, se podría argumentar que una educación familiar basada en la posesión materialista y en el egocentrismo, e incluso un entorno cultural cosificador y sexualizador, también pueden contribuir a la formación de mentalidades psicopáticas.

Autofabricación del monstruo

Otro posible enfoque implica reconocer que, aunque no exista una predisposición biológica para la maldad e incluso ningún trauma psicológico, el comportamiento negativo de un ser humano por sí mismo es capaz de lesionar el cerebro.

Autores como Elliot Leyton defienden la idea de que las decisiones y los comportamientos conscientes también pueden afectar el funcionamiento del cerebro; es decir, nuestra forma de actuar, la forma en la que configuramos la idea del mundo, nuestros valores morales e incluso nuestras fantasías pueden estructurar una personalidad oscura, cruel e indiferente. Nuestro mundo interior podría crear una mentalidad depredadora, la cual buscaría placer a través de la destrucción y la invasión de los demás.

Bajo esta perspectiva de autofabricación, se puede afirmar que el asesino en serie condiciona su maldad moral a partir de la alienación en un mundo de fantasías sádicas, lesionando su cerebro definitivamente mediante el comportamiento violento. En cuanto mata o viola por primera vez, crea para sí una ruta cerebral en la que muerte y placer se fusionan; una ruta que querrá volver a recorrer de nuevo.

Desde el astuto manipulador Ted Bundy, pasando por el tímido Jeffrey Dahmer, hasta impactantes historias locales como la de Luis Alfredo Garavito, es probable que los cerebros de estas personas funcionaran de forma muy diferente, pero más como el resultado de sus propias decisiones y acciones que por desajustes neuroquímicos. Lesionaron sus cerebros mediante su comportamiento violento, configurando así su propia monstruosidad.

Cualquiera que sea el enfoque para entender el cerebro criminal, el fenómeno de los asesinos en serie nos lleva a reflexionar sobre nuestro propio funcionamiento mental y sobre la forma de relacionarnos con los demás. Sin llegar a esos niveles de crueldad, peligrosamente podemos replicar algunos de los rasgos de estos psicópatas en la vida cotidiana. Sin embargo, una forma de conciencia vigilante, autocrítica y capaz de reconocer nuestra propia mezquindad, puede hacer la diferencia y alertarnos sobre el mal que a veces se gesta en nosotros.
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