De los Power Rangers a Caravaggio

Artista del cómic e ilustrador, Álvaro Ortiz es una influyente figura del medio editorial español. En esta entrevista, durante una residencia artística de Entreviñetas en Medellín, el autor reveló los secretos tras sus libros.

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E
n el panorama del cómic español de los últimos años, Álvaro Ortiz (Zaragoza, 1983) es uno de los autores con mejor recepción en el público, gracias a sus frescas y divertidas historias. Sus libros, que mezclan referencias a la cultura pop y otras artes, como la literatura y el cine, son un mix donde las narraciones gráficas viran en distintos ángulos.

En su primera etapa como dibujante de historietas, Ortiz colaboró en diversos fanzines, y  posteriormente  publicó sus primeros libros con Edicions De Ponent: Julia y el verano muerto (2004) y Julia y la voz de la ballena (2009), una serie de historias sobre una niña que es adoptada por un matrimonio joven. En 2010 volvió a la autoedición para trabajar en Fjorden, una historieta muda de 24 páginas, hecha a dos tintas, donde narra una historia con personajes y elementos de la cultura popular de Noruega. Este libro supondría el germen de sus publicaciones más ambiciosas, como la exitosa Cenizas (Astiberri, 2012), una mezcla entre road movie, thriller, y humor negro donde se reencuentran tres amigos: Polly, Moho y Piter, que deciden emprender un viaje incierto.

En poco tiempo, este autor español ha logrado sumar un paquete de obras entre las que se cuentan además: Rituales, una historieta en la cual dibuja los misterios de un apartamento abandonado; Viajes, una libreta que documenta algunos de los países y lugares exóticos que ha visitado, y Murderabilia, un rompecabezas sobre asesinos en serie y otras atrocidades –todos publicados por Astiberri editorial–. En estos libros se percibe la forma en que ha ido afinando un estilo que cruza espacios y tiempos narrativos en múltiples viñetas por página.

Álvaro Ortiz estuvo en Colombia en abril, como parte de una residencia artística en Medellín. En este espacio, organizado por Entreviñetas, Ortiz pudo conocer de cerca el trabajo de algunos historietistas de la ciudad. El resultado de la experiencia será publicado a manera de cómic.

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En sus primeros trabajos, previos a Cenizas, que supuso una vuelta de tuerca en su carrera, ¿cómo era alternar entre la autopublicación y el trabajo con editoriales como Edicions De Ponent?

Los libros de Julia salieron con Ponent, y después Fjorden, que autoedité, salió porque lo que había aprendido anteriormente es que no me gusta cómo funcionaba el mercado editorial en ese momento, con esta editorial en concreto había ciertas cosas que no me gustaron y entonces decidí volver a la autoedición. Antes de los cómics de Julia había hecho muchos fanzines, autoediciones, toda esa parte de autoedición que dejé de lado cuando empecé a publicar con una editorial, con la que edité un par de libros. Pero con Fjorden volví a la autoedición porque justo llegó el boom de Facebook y las redes sociales, y eso me daba un alcance que antes no tenía, y quería probar a cuánta gente podía llegar por mi cuenta. Y estuvo muy bien, aprender a hacer las cosas enteras por sí mismo. El problema es que parte de la edición salió defectuosa, creo que tuve que tirar casi 200 de los 500 ejemplares que imprimimos, el resto se vendieron muy rápido. Fjorden se quedó en un pdf que está colgado en mi blog, hay páginas mal puestas y tiene varios errores. Ese es un cómic con el cual hice varios cambios de estilo que luego apliqué en Cenizas.

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Usted ha escrito literatura  y cómics. ¿Cómo ha ido configurando esas dos formas de arte tan distintas?

En realidad siempre hice cómics, desde niño. Pero también hubo un momento en el que empecé a escribir cuentos para presentarme a concursos y ganar dinero. Mis cómics ahora tienden más a lo literario, cada vez tienen más texto. Hay días donde quiero dejar de dibujar y dedicarme a escribir, que es más cómodo y así no tengo que dibujar tanto. Mi intención siempre ha sido contar historias y como siempre he dibujado, el cómic ha sido el espacio ideal. Me gusta leer literatura, pero soy muy lento leyendo, no he leído ni la décima parte de lo que me habría gustado leer. Pero le doy mucha importancia al texto, mis textos e historias tienen mucha carga de información, datos y subhistorias.

¿Eso hace que sus personajes siempre estén contando historias?

Mis personajes siempre cuentan una historia, pero también intento que todo eso sea muy fluido de cara al lector, por eso pierdo mucho tiempo en los textos, en revisarlos, en que no quede una palabra de más, y creo que eso es algo que le gusta a gran parte de los lectores. Se han contado las mismas historias mil veces, todo está contando, pero siempre intento darle una pequeña vuelta de tuerca, y que la forma de contar resulte atractiva.

¿Cómo investiga los temas y los contextos presentes en sus libros?

Como todos mis libros son consecuencia del libro anterior, en todos hay algo que descubro y cambia, y que luego lo vuelvo a aplicar en el siguiente. En Cenizas –el primer libro largo que hice– hubo mucho trabajo previo. De entrada no estaba seguro de contar una historia que atrapara al lector de principio a fin. Por eso utilice una escena de cremación para incorporar insertos, para partir la trama. Si no era capaz de mantener la atención del lector durante cuarenta páginas, cada veinte voy a meter esa digresión que no se sabe si va en serio o no, para romper el ritmo. Disfruté tanto de esa parte, y de la recepción que tuvo el libro entre el público, que luego lo volví a aplicar en los demás trabajos, aunque no de forma tan evidente. En Murderabilia está todo mezclado: un tipo investiga sobre objetos que han pertenecido a asesinos en serie. Hay muchísima información de cada uno de los objetos, de dónde ha salido y la historia de los asesinos, pero ahí está más integrado con la historia. En Cenizas no investigué tanto, me fue difícil encontrar información sobre la cremación, pero igual me terminé inventando todo. Tiene una parte de verdad, pero todo es fantasía, excepto la parte de la gente que ha esnifado cenizas.

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Sus cómics tienen muchas viñetas y una particular estructura. ¿Cómo piensa la arquitectura de las páginas?

En parte es una suma deliberada de viñetas. Llego a muchas de estas cosas por error, porque no me queda otra solución. Para hacer Cenizas tuve una beca que me permitió irme un año a Angulema. Era la primera vez que tenía un año entero y que no tenía nada más qué hacer sino trabajar en el libro. Entonces experimenté la sensación de que tenía que hacer un libro largo. Empecé a hacer el storyboard de Cenizas sin tantas viñetas por página, con un esquema más clásico, pero cuando llegué a la página 150, solo había escrito la tercera parte de la historia. No podía hacer un libro de 450 páginas. En ese tiempo nadie me había leído, los libros anteriores eran poco conocidos. No podía llegarle al editor con un libro de ese tamaño. Yo siempre trabajo con retículas muy rígidas, entonces cambié a una retícula de máximo 12 viñetas a una de máximo 24 viñetas, donde me cabía el doble de información. No fue una decisión estética, ni autoral, ni nada, no me cabía tanta información en esas páginas. Ahí pensé en Chris Ware: si él puede meter tantas viñetas por página, entonces yo también lo puedo hacer. Simplifiqué un poco el dibujo, algo que ya había hecho en Fjorden. Empecé a dibujar con un Rotring muy fino en vez de un Pentel. Yo vengo de estudiar diseño, tengo muy clara la limpieza en la página, la fluidez de lectura, esa es una parte que trabajo mucho, y eso funcionó en Cenizas y lo he mantenido en los trabajos posteriores.

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Usted también es ilustrador. ¿Qué tanto cambia su estilo entre la ilustración y el dibujo de cómics?

Mi trabajo personal es el cómic. Mi trabajo de freelance, de mercenario, es el de ilustrador. De trabajo personal no hago nada de ilustración. A veces disfruto mucho dibujando. Cuando quiero ganar dinero hago ilustraciones, y cuando quiero contar algo, hago cómic. En realidad todo el trabajo de ilustración que hago ahora me llega por los cómics, por gente me conoce por los cómics. Mi estilo de dibujo es fácil de agradar a la vista por la claridad, algo que agrada mucho al ojo. Mi tipo de dibujo permite contar todo lo que quiero, contar una historia de asesinos en serie o ilustrar un libro infantil. Tampoco tengo que hacer grandes cambios en mi mente, ni en mi forma de trabajar. Elijo siempre los proyectos que me interesan, los que están bien pagos. En los últimos años he estado ilustrando novelas para niños, que es algo narrativo. No me gusta tanto trabajar para publicidad. Me agrada que mi trabajo de ilustrador sirva para cosas que estén en sintonía con aquello en lo que creo. Si consigo que un niño pueda leer un libro de literatura a través de mis dibujos, eso me interesa mucho.

En sus libros resultan evidentes las referencias a las películas de los hermanos Coen, otros cómics, literatura o música. ¿Cómo se relaciona con todas esas fuentes?

He crecido en un momento donde todo es pop, todo es mezcla. Y se puede tomar de aquí y allá. Muchas de las referencias que tengo son explícitas, estoy saqueando a Paul Auster, pero lo voy contando en el argumento. En mi trabajo de ilustración, incluyo referencias a obras de arte y lo hago a partir de piezas evidentes, conocidas por el lector. No estoy copiando por copiar. Procuro que las copias, homenajes, tengan un sentido. Lo hago mucho. En un pasaje de Rituales, mi último libro, hablaba sobre los Power Rangers y tres páginas después estaba contando la biografía de Caravaggio; de los Power Rangers a Caravaggio en tres páginas y todo funciona. Vivimos en un momento donde mezclamos referencias, conexiones. Esa es una de mis formas de crear historias. En una libreta voy apuntando posibles argumentos, ideas, las leo, voy uniendo con hilos y llego a resultados tan dispares como esos.

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Cuando leía sus libros recordé La mazmorra, la serie donde Joan Sfar, trabajó con Trondehim, Larcenet y otros autores franceses. ¿Qué tan cercano se siente a ese universo disparatado, denso?

Hubo un momento en el que esos autores fueron muy importantes para mí, cuando empezaron a editarlos en España: Trondehim, Sfar, Blain, David B, me fliparon. No había leído nada así. Me llamaba la atención cómo ellos tenían su parte de folletín, de cómic de aventuras clásico como La mazmorra, o Isaac el Pirata, de Christophe Blain. Cuando estaba haciendo los cómics de Julia, mi gran influencia era toda esta gente. Hubo un momento en que mi sueño era hacer un álbum de La mazmorra. Todavía quisiera hacerlo. Pero he ido abandonando el rollo fantástico.

¿Qué impresiones tiene del cómic colombiano o de lo que ha conocido durante esta residencia?

De momento poca impresión, no he leído mucho de lo que he ido conociendo; he estado dibujando para el proyecto de la residencia. De las pocas cosas que leí, la impresión es bastante buena. Es muy variado. Me han contado que la dificultad es la falta de mercado. A veces me quejo y siempre tengo la vista en países como Francia, Japón o Estados Unidos, grandes mercados. Todavía no podría opinar mucho, pero eso quedará en el trabajo que estoy haciendo.

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