POR: Andrea Melo Tobón Jueves, 09 Junio 2016

El periódico Universo Centro nació como una resistencia a los prejuicios. Hecho en el corazón de Medellín, lleva ocho años contando historias con humor y profundidad, retando las premisas apocalípticas de que la gente no lee periódicos, ni mucho menos textos largos. Esto es lo que encontramos en sus interiores (los de la ropa y los de sus páginas).
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En la ruidosa esquina que forman las calles Girardot y Maracaibo hay una plazoleta en la que estudiantes, punkeros, literatos, hippies, metaleros, travestis, raperos y jíbaros conºviven con la única regla de que nadie joda a nadie. Son las cinco de la tarde y ya comienzan a rodar de mano en mano las botellas de aguardiente, las cajas de vino y los porros que le dan la bienvenida a la noche. Este espacio es conocido como el Parque del Periodista y es uno de los más emblemáticos del centro de Medellín.

Un local azul se destiñe con el paso de la luna mientras tropiezo con mesas y sillas de madera, cada lugar está iluminado por lámparas de aceite cerca de un Divino Niño con una guanábana por cabeza. Y es precisamente esta fruta la que da nombre a este bar que lleva más 25 años “formando juventudes”, como dice una de sus frases de batalla. Me acerco a la barra y pregunto por Juan Fernando Ospina, director de Universo Centro, la publicación que, me dicen, funciona en el bar. Margarita, una de las meseras de El Guanábano, camina hasta el fondo del establecimiento y grita mirando al techo.

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- Crédito de la foto Fabián A. García Torres -

—¡Juan! ¡Te buscan!

Un par de minutos después emerge de la oscuridad del fondo del bar un hombre alto y con rastas.

—Antes que nada, ¿querés guaro o cerveza?

Pido un aguardiente, brindamos y me pasa un ejemplar del periódico.

El Guanábano surgió gracias al emprendimiento de cinco amigos que al ver que su bar favorito, La Arteria, cerró, decidieron tener un espacio del que no los pudieran sacar. Desde entonces, ha sobrevivido y se ha vuelto un sitio de culto entre los que visitan el centro de Medellín.

—Los que no alcanzaban a entrar se quedaban tomando en el parque y se consumía mucha marihuana. Aún se hace, y es como un secreto a voces; se trata de una zona de consumo y de venta y a mucha gente le molesta eso —me cuenta Juan Fernando mientras bebe otra copa.

Ospina tiene la cara blanca, nariz puntiaguda y ojos de niño espabilado. No parece que sea made in los sesenta. Toma otra copa y alista sus equipos: es el fotógrafo oficial y director de Universo Centro.

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- Crédito Gerardo del Valle. -
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A finales de 2008, la entonces directora ejecutiva del Círculo de Periodistas y Comunicadores de Antioquia, Zoila Isabel Carvajal, hizo una campaña para mover el busto de Manuel del Socorro Rodríguez situado en el parque del Periodista de Medellín:

—La solicitud se hizo porque se cree que una estatua de un periodista no debe estar en un antro de viciosos... —dice la misiva.

Nadie sospechó que este fuera el detonante de una apuesta cultural que ya lleva casi ocho años y 75 ediciones en su haber:

—El hecho de que nos gusten los bares o que haya gente que se quiera fumar un bareto no quiere decir que no seamos creativos ni hagamos cosas. Entonces dijimos: como son periodistas, montemos un periódico y mostremos qué es lo que podemos hacer —remata Ospina.

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- Crédito de la foto Fabián A. García Torres -

La asistente de UC, Sandra Barrientos, le habla mientras mira el celular:

—Ya casi tenemos que salir.

Juan asiente. Debe tomar fotos esta noche. Ninguno de los tragos parece haberle movido una rasta. Yo tengo los ojos más pequeños y más mareados de lo normal.

—¿Nos acompañás? —me pregunta, yo acepto. Es mi primera vez en Medellín y aún tengo cara de extranjera extraviada. ¿Por qué no iba a explorar?

En la tapa de la primera edición de Universo Centro aparecen amigos y clientes del bar desnudos posando para el lente de Juan. Y sin la publicidad de Spencer Tunick. “Todos somos patrimonio”, reza la portada, una forma de decir: el parque no es bonito, pero la gente quiere estar aquí y eso es lo importante, las personas que lo habitan. Desde entonces, El Guanábano se convirtió en el centro de operaciones del periódico: una buhardilla con menos de cuatro metros cuadrados a la que se llega subiendo una escalera flaca de caracol que queda al lado de los baños del bar, al fondo. El “antro de redacción”, como lo llaman quienes escriben e ilustran para UC. Por sus páginas han pasado más de doscientos colaboradores. Y aunque es gratuito y no reciben ningún tipo de financiación, son felices escribiendo, haciéndolo.

Pascual Gaviria, abogado, columnista de El Espectador y locutor del programa radial “La Luciérnaga”, comenzó escribiendo una “Crónica verde” en el periódico, una sección sobre marihuana que aparece con regularidad en UC. Con el paso del tiempo, pasó a ser editor y es el que suda, junto a Ospina, las últimas gotas para que cada ejemplar salga perfecto.

Universo Centro está formado por tres núcleos distintos: uno que trabaja las cosas de humor; el otro viene de Rabo de ají, una revista literaria que teníamos con unos amigos, y el otro es de periodistas en formación de la Universidad de Antioquia. En la mitad está el patrón del mal que es Juan Fernando —cuenta Gaviria entre sonoras carcajadas.

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- Crédito Gerardo del Valle. -

Ospina vivía de hacer fotografía publicitaria y de moda, pero se mamó de ese mundo. Le gustaba el pavimento, lo crudo, la gente de la calle, y en Universo Centro encontró un espacio para mostrar eso.

—Estaba muy aburrido, aunque me iba muy bien, pero este proyecto llegó y me encarretó tanto que aquí estoy —dice Juan Fernando.

Un taxista pita tres veces en la entrada de El Guanábano. Juan Fernando y yo nos tomamos el último aguardiente y salimos con Sandra y la practicante de Universo Centro. ¡Ojalá me toque ventanilla!, pienso. Nos subimos y el conductor prende el motor. Sonrío, me tocó ventana, pongo la cabeza contra el vidrio derecho. El carro amarillo ronronea y toma una avenida amplia a toda marcha. La noche de Medellín pasa rápido por mi ventana.

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“En Colombia hay muy malos periodistas porque los buenos están muertos. Ustedes verán de cuáles quieren ser, de los malos o de los muertos”. Este mensaje fue dejado en la puerta de El Guanábano a principios de 2009. Para Juan, la amenaza vino de una banda criminal de la zona que pensaba que, en algún momento, Universo Centro iría en contra de ellos.

—Esa no era nuestra intención, pero sí fue una cosa fuerte. Nos asustamos y paramos como seis meses —cuenta. Los guanabanistas (tal vez la única ideología de los miembros del periódico) volvieron a publicar en septiembre de ese año, cuando recibieron el apoyo de amigos y conocidos como Héctor Abad Faciolince, quien denunció los hechos en su columna de El Espectador. Después, otros grupos similares a los de la amenaza llegaron al parque y dejaron el asunto en el olvido.

Recientemente, El Guanábano estuvo cerrado por unas semanas debido a arreglos de alcantarillado y, aunque muchos visitantes no tuvieron dónde purgar sus culpas o alegrías, esa no fue la única consecuencia.

—El parque sin el bar se empieza a degradar. El Guanábano le da cierto equilibrio al lugar porque va una gente distinta, incluso hay un vendedor de droga que siempre ha trabajado en el parque y nos dijo “¡uy no, siquiera abrieron, esto estaba pesadísimo!” —cuenta Pascual Gaviria.

El comité editorial de Universo Centro se realiza en el antro de redacción después de las siete de la noche, cuando Pascual sale del programa de radio. Al tener su oficina en un bar, reunirse puede ser difícil, pero con todo y bulla sacan las ediciones adelante. Cada miembro debe llevar ideas a las reuniones y propuestas para el próximo número. Estas se discuten entre cervezas y cigarrillos al ritmo de los Rolling Stones, Miles Davis, The Animals o Deep Purple, la música que suena en El Guanábano.

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- Crédito Gerardo del Valle. -

—Somos un tema para los estudiantes de periodismo: todas las semanas quieren venir a hacer un trabajo sobre nosotros. Cuando llegan, creen que van a entrar a una sala de redacción pero se encuentran con el antro, es muy gracioso —cuenta risueño Juan Fernando.

Las noches de cierre de edición son otro cuento: pueden amanecer corrigiendo textos y atracando la barra hasta que se envía la edición final al periódico La Patria, de Manizales, donde se imprime. Cuando está listo, se reparte gratuitamente en más de 400 zonas del área metropolitana de Medellín y en otras ciudades. Cada edición cuesta alrededor de 16 millones de pesos que financian con la venta de pauta, pero no siempre se paga solo: hay meses en los que pierden ochocientos mil pesos y hay otros en los que pierden cinco millones.

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- Crédito Gerardo del Valle. -

Mientras vamos por una avenida, Juan Fernando y Sandra me muestran qué hay en cada lado de la ventana.

—Por ahí pasa el río Medellín —señala Sandra hacia una cobija de luces amarillas.

Al cabo de veinte minutos de chistes y consejos de lugares para visitar –ninguna referencia al Parque Lleras o la Plaza Botero–, el taxi comienza a serpentear entre calles estrechas y empinadas que se la ponen difícil a carros y a motos por igual. Hemos llegado al barrio Zamora en Bello, un municipio al norte del Valle de Aburrá.

Hace unos años, Juan Fernando Ospina tomó unas fotos sin permiso en las que aparecía una mujer haciendo striptease, lamiendo una de las barras del metro de Medellín para una de las portadas del periódico. La foto quería hacer una crítica al programa “Cultura Metro”.

—La tal Cultura Metro es como un Gran Hermano que te está vigilando. Si vos te subís y sienten que olés a alcohol, te bajan, te sacan, es una cosa horrible —dice el fotógrafo. Cuando el sistema de transporte se enteró de la foto, envió cartas a empresas que pagaban anuncios en Universo Centro alegando que no entendía cómo patrocinaban un periódico así.

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Pero todos vivimos del dinero. En UC lo llaman “La pauta de Babilonia”: se necesita pero nadie sabe cómo conseguirla, por lo que siempre ha sido un reto pagar la impresión, la distribución, las redes y la página web. Al principio hacían préstamos o participaban en convocatorias, pero desde hace dos años, entidades públicas y privadas les han encargado la creación y edición de libros con el espíritu de Universo Centro.

—Cuando la gente compra un libro, no solo está contribuyendo al camello de la gente que está ahí, sino que está garantizando que el periódico sobreviva —afirma Paula Camila Osorio, más conocida como Paca, correctora de estilo y periodista de UC.

Algunas de esas instituciones son la Universidad de San Buenaventura, la tradicional emisora de salsa Latina Estéreo e irónicamente el mismo Metro, que les pidió hacer un libro sobre la historia del transporte en Medellín. En Entre rieles y cables, el capítulo inicial es del autor nadaísta Eduardo Escobar:

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- Crédito Gerardo del Valle. -

—“… Recuerdo la estupefacción tranquila que experimenté cuando, con un toque de envidia, vi el primer perro lamiéndose la rosada verga con serenidad filosófica en algún portal envigadeño cerca del descampado donde aterrizaban los circos…”
—Juan Fernando lo termina de recitar y suelta una carcajada: —Se lo mostramos a la gerente del Metro, ellos se murieron de risa y me dijeron que si le decía al autor que escribiera para ellos. Este es un ejemplo de lo que logramos: los libros que nos encargan tienen nuestro estilo.

Después de manotear e insultar a transeúntes y conductores que atravesaban la calle sin mirar, el taxista parquea en una esquina en la que truena la salsa brava del bar Borinquen, uno de los establecimientos que aparecen en el libro homenaje a los treinta años de Latina Estéreo. El conductor se baja y nos dice que esperemos mientras habla con los dueños. Además de chofer y amigo, el tipo es relacionista público de Universo Centro. Saluda con un amable toque de puños a un señor canoso y serio, apenas dice tres palabras y el grupo que está alrededor de ellos mira al taxi fijamente.

—Este man nos ayuda a conseguir contactos para que nos dejen tomar fotos —dice Juan Fernando mientras configura la cámara desde el puesto de copiloto del taxi. Nuestro embajador vuelve al carro con cara de pérdida mientras su voz se cuela sutilmente por el vidrio:

—Todo bien, háganle pues.

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Entramos al bar. No hay mucha gente, son apenas las nueve de la noche y solo hay dos cantineros en la barra limpiando vasos con pereza. Ospina toma un par de fotos del interior y del exterior del bar bajo la mirada atenta del dueño, mientas Sandra y yo nos tomamos una cerveza recostadas en una de las paredes del bar.

—Ya acabó Juan —dice Sandra, quien se traga su pola como si estuviéramos en La Boquilla a las dos de la tarde. Yo no termino la mía –soy malísima para tomar cerveza–, así que dejo la botella en una de las mesas vacías. Nos subimos de nuevo al carro y arrancamos hacia Chocho Salsa, otro bar mítico en el barrio Zamora.

Juan Fernando está callado. El poder de la palabra que me da el aguardiente a mí, a él se lo quita cuando está trabajando.

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Para escribir en Universo Centro no se requiere ser periodista o escritor, solo se debe tener una historia. Hace unos años, un hombre que trabajaba en el aeropuerto de Monrovia –cuando el virus del ébola estaba en aumento– comenzó a mandarles correos contándoles qué iba pasando en la terminal. Cuando completaron siete reportes, para Pascual Gaviria ya había allí una historia publicable en el periódico.

—Nosotros hacemos un acompañamiento a la gente para que se le mida al teclado sin ser periodista o escritor. Es bajarle al miedo a escribir y salir de esa logia de escritores. Esto es mecanografía pura —afirma el editor de Universo Centro.

David Guzmán, por ejemplo, comenzó colaborando en el periódico con microrrelatos de ficción de su proyecto Agencia Pinocho, “el diario de lo que no es noticia”, como decía su eslogan. Uno fue “Abejorro se mete a apartamento”, la historia de un insecto que amedrentaba con su sonido a un bebé mientras el padre intentaba darle caza. Poco a poco fue desarrollando otros relatos más extensos, como la primera vez que le dijeron güevón, hasta que se animó a escribir crónicas. “A las maricas nos quieren sacar de acá” fue una pieza sobre el cierre de la calle Barbacoas –zona roja de travestis y prostitución– en la que por primera vez se metía en una olla.

—Fue un reto muy bacano escribir eso, yo no me la creía porque siempre había estado más inclinado hacia lo audiovisual.

Al cabo de diez minutos de recibir brisa antioqueña desde la ventana del taxi –como si fuera un perro que hace tiempo no ve la calle– llegamos a Chocho Salsa. Está lleno, la salsa estalla por los amplificadores pero todos los asistentes están sentados como si tuvieran miedo de perder la silla. Juan Fernando va directo a la barra y habla con una de las encargadas, ella le pregunta a otra mujer a su lado con aire de matrona, que asiente sin decir ni mu.

Ospina desaparece, es difícil seguirle el ritmo porque cuando uno cree que vio lo que él está viendo, cambia de posición. Se mueve como un ninja, un ninja paisa que con una mano llama a la practicante para que le ayude a iluminar un poco más el salón con una luz, y con la otra dispara. Pero no lanza estrellas metálicas ni bombas de humo como las que usan los ninjas: dispara con su cámara. Juan Fernando Ospina está haciendo esta noche en este bar lo que ha hecho durante los últimos treinta años: tomarle fotos a la noche de Medellín. Y, en menor medida aunque con igual pasión, al día de Medellín, a sus calles, a su gente.

Muchos de los temas de sexo, bares, noches y alcohol los ha escrito Andrés Delgado, ingeniero de profesión y escritor de corazón que también encontró en Universo Centro donde publicar. Actualmente hace parte del comité editorial. Por crónicas como la de un fotógrafo de prepagos la de una chica que se desnudaba por la webcam se ganó el apodo de “pornorreportero” en el antro de redacción.

—Yo creo que son temas tabú que se tratan con los amigos en los bares. No sé si está bien o mal pero el caso es que son cuestiones que se tienen que hablar con más naturalidad. Si hay una inquietud editorial es porque hay una inquietud por parte de los lectores, el sexo está relacionado con la educación —dice Andrés. Aunque es un especialista en los vicios de la noche, dice que ya se cansó de escribir sobre ello.

Universo Centro es un medio que le apuesta a hacer experimentos de inmersión y ha sido como el paraguas que me ha dejado hacer lo que a mí me gusta con poca resistencia, muy libre y con mucho humor —cuenta Alfonso Buitrago. Él llegó a UC con una crónica sobre una actriz porno que ningún medio quiso aceptar porque el autor se negó a revelar el nombre a petición expresa de la protagonista. Cuando el comité del periódico la leyó, la publicó sin pensarlo. Los textos que más lo han marcado son el viaje del elenco de La vendedora de rosas al Festival de Cine de Cannes o un relato sobre una de las víctimas que murió en el desastre del edificio Space.

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Los lectores de Universo Centro no se clasifican en segmentos de edad, sexo o poder adquisitivo –como hacen muchos medios–, sino que varía: desde los jóvenes que van a El Guanábano, los estudiantes que lo esperan en el colegio, los que escuchan “La Luciérnaga” y se enteran de que salió una nueva edición, los entrevistados que quieren leer su historia o los que se encuentran un ejemplar en las manos de otra persona o en el suelo de la calle. A veces, los miembros de UC salen a ver cómo se movió el periódico, y aunque hay días en los que se acaba en dos horas en algunos puntos de distribución, eso no depende solamente del hambre de los lectores, sino de ciertos pillos que cogen el montón y lo venden.

—Incluso los hemos entrevistado para algunos videos promocionales, porque ellos dicen que ese periódico les encanta —cuenta David Guzmán.

Pero no todo es alabanza y gloria para este periódico, hay historias que les han traído amenazas y odios. Hace unos años, Andrés Delgado escribió una crónica llamada “Casa de masajes” por la que recibió una carta en su contra por parte de un movimiento feminista. “A mí me dio fue risa porque realmente no había algo en contra de ellas, yo cuento la historia, no estoy defendiendo el tema”, alega. Poco después hizo otra sobre el matadero de Medellín, conocido como el Beneficiadero, por la cual tanto la institución como grupos animalistas se enojaron. Lo que nadie supo fue que el autor dejó de comer carne durante quince días porque todo le olía a sangre.

Hay una crónica que demuestra el precio de su amor por las letras y es “Girbaud: Criminal rebel” , una historia que denuncia la responsabilidad de la marca de ropa francesa en la contaminación de ríos. En ella Delgado utilizó el nombre de Juliana Álvarez para publicarla, pues en esa época él trabajaba en esa fábrica. Meses después fue descubierto y despedido, y gracias a la liquidación pudo encerrarse a terminar su primera novela, Sabotaje.

—Yo me siento satisfecho de haber dado ese triple salto mortal hacia atrás, caí parado con las gafas negras puestas. Sinceramente ¡qué tortura ser ingeniero!

Una de las labores más difíciles es la de Juan Fernando Ospina: tiene que hacer las imágenes no solo de la portada sino también de los artículos, y no todos ellos –casi ninguno– se ubica en un territorio en el que sacar una cámara sea bienvenido; más bien, es un imán de miradas de los retratados, las bandas o pandillas de la zona y los dueños de los hogares vecinos. Muchas veces tiene que hacer contactos y pedir ciertos permisos que no dan precisamente las autoridades constituidas.

—Es común que conseguís un permiso para fotografiar un barrio que lo maneja una banda porque le caés en gracia al man, pero hay un punto en el que te dice “¡ojo hermano! Cuando usted pase esta esquina, no puedo responder por usted porque eso ya lo maneja otro combo”. En ciertos barrios de Medellín hay que saber moverse.

Sandra, la asistente, está parada a mi lado en Chocho Salsa meneando los hombros al ritmo de “Sigue la gente” de René Grand y su Combo. Una mano se alarga hacia su cintura y la aprieta, uno de los clientes la sacó a bailar. Al parecer, los bailarines necesitaban motivación, varias parejas se levantan y las sillas respiran por fin.

La cámara de Juan Fernando dispara flashes como loca, el director de Universo Centro está feliz buscando los mejores ángulos y yo estoy embobada viendo el espectáculo hasta que alguien me lleva a la pista. No sé moverme con propiedad pero me hago la loca y me dejo llevar; al cabo de un par de minutos, el hombre me suelta, pienso que me va dar una vuelta pero no vuelve, me sintieron foránea pero no por mi acento sino por mis pies: la salsa paisa –o al menos la que se baila en Chocho Salsa– es un capítulo aparte. Los giros son lo de menos, lo importante es que los pies se deslicen en el piso como si fuera de mantequilla.

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En contra de todo pronóstico y teoría que hace más de una década viene anunciando el fin de los periódicos y de los artículos largos, Universo Centro tiene un sentimiento muy romántico frente al papel y a las crónicas de inmersión, y lo que más les gusta es que la gente se manche de tinta.

—Nos encanta que se sienten a leer, que envuelvan aguacates con UC, que se tapen de la lluvia o que limpien la casa con el periódico —dice en tono burlón Andrés Delgado.

“¡Eh, qué carnudito está este número! Desde todo lado le sale sustancia” es solo uno de los comentarios que les han dicho los lectores. Y es que sustancia tiene mucha. David Guzmán cree que sigue habiendo lectores para los textos largos. De hecho, al principio la crónica más larga tenía unas 2.500 palabras, pero han llegado a publicar piezas de 4.000 y 5.000.

—Es como si la gente cada vez nos pidiera más, y nunca hemos tenido un comentario de un lector que diga “nos aburrimos leyéndolo” —cuenta orgulloso Alfonso Buitrago.

El tiraje mensual de Universo Centro es de 18.000 ejemplares, y aunque su página se actualiza al tiempo que sale el impreso, tiene meses de 200.000 visitas. Según Buitrago, no hay periódico o diario en Medellín que tenga esas cifras.

Yo me aparto avergonzada a mi rincón de la barra después de mi intento fallido de bailar salsa, y veo que lo mismo hacen varios que estaban en la pista. Pronto me doy cuenta de que no es por solidaridad: “Chocho”, el dueño del bar, salió al centro; una mano invisible arroja harina al piso y él comienza a mover los pies como si las suelas de los zapatos le quemaran; flexiona las rodillas en el golpe de la canción, todos aplauden y yo me quedo con la boca abierta, como si acabara de ver un milagro. Este hombre baila como si se tratara de respirar.

—Chocho no bailaba frente a todos desde hace seis años —dice Sandra.

El rumor de que el dueño de Chocho Salsa está bailando al parecer se ha regado por las calles vecinas, y curiosos comienzan a llenar la pista de baile. De pronto no podemos respirar, así Sandra y yo salimos a esperar a Juan Fernando y a la practicante de Universo Centro. Diez minutos después nos alcanzan con la cara escarchada de sudor.

—Bacano, ¿no? —pregunta Juan. Yo asiento, ahora la callada soy yo.

Nos quedamos un buen rato contemplando la bandera de Cuba que ondea en la entrada del lugar. No me doy cuenta del momento en que llega el taxista y nos pita. Nos montamos al carro y viajamos en silencio por la noche de Medellín. Al cabo de un rato en el que descanso los ojos —las copas siguen vivas en mi cabeza—, veo aparecer El Guanábano y está en plena actividad: se celebran brindis invisibles y las risas anuncian una larga noche que escucho desde la entrada.

—¿Cuál es el reto más difícil o desafiante de Universo Centro? —le pregunto a Juan Fernando.

—Mantener el periódico económicamente. Y mantenernos nosotros motivados, porque durante mucho tiempo no pudimos pagar a los colaboradores, mucho menos pagarnos a nosotros. Últimamente hemos podido. Yo creo que estamos dando en el punto —responde sonriente.

Ospina entra a El Guanábano y le pide a Margarita un aguardiente. Yo estoy rendida, me despido con la mano y me quedo afuera contemplando el antro unos minutos.

Con dos premios de Periodismo Simón Bolívar encima, el equipo de Universo Centro no se quiebra la cabeza pensando en dinero, clics o tendencias, sino todo lo contrario: ellos siguen buscando historias fuera del radar de los grandes medios para vestir con nuevas ediciones las mesas de El Guanábano.

Debe ser hermoso trabajar en un bar al que la gente llega a leer. Debe ser por eso que Pascual Gaviria dice que este lugar es como su columna horizontal; la que los soporta.

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