POR: Andrea Melo Tobón Viernes, 06 Noviembre 2015

 

En 1939, mientras el mundo se sobrecogía por la incursión del fascismo alemán, en Colombia Lucho Bermúdez creaba su Orquesta Caribe y en Medellín nacía un hombre con oídos que habrían de absorber los sonidos de las principales agrupaciones de música tropical de Latinoamérica.

 

Aguja de diamante

A pesar de que roza los ochenta años, Mario Rincón Parra aparenta muchos menos; baila al escuchar una conga repicar a lo lejos, brinca silenciosamente al percatarse de algo que necesita y mueve sus manos como si en cada gesto dibujara en el aire lo que dice, cada palabra, cada letra. Hace seis años se jubiló de la casa Discos Fuentes pero el retiro no ha mermado ni su energía ni su amor por la música tropical.

A mediados del siglo pasado, el concepto de big band era muy popular; las orquestas tocaban en bares, hoteles, fiestas y ágapes –no como ahora, que un DJ convoca a más gente que un músico–, cualquier excusa era perfecta para mover el cuerpo al calor de los instrumentos y esa riqueza fue inspiración para muchos. Entre ellos, Antonio Fuentes, quien creó en 1934 la disquera que llevaría su apellido, hogar de músicos de todo el continente.

Cirujanodediscos

La sede inicial del sello fue en Cartagena. Veinte años más tarde, Fuentes decidió trasladarse a Medellín a petición de su esposa Margarita Estrada, oriunda de la capital antioqueña, quien le propuso invertir en su compañía si se instalaba en su ciudad. Mientras el trasteo de la disquera finalizaba, don Antonio tuvo que grabar a varias agrupaciones en Discos Ondina y ese fue el estudio donde conoció a Mario Rincón Parra. “Me dijo: “Mariecito, usted tiene muy buen oído, cuando el estudio de Discos Fuentes esté listo, lo voy a llevar a grabar”. Y en 1960 me llevó”, cuenta Mario.

Los primeros artistas que este aprendiz pudo grabar fueron Lucho Bowen, César Villafuerte, El Caballero Gaucho, Rómulo Caicedo, Edmundo Arias y Los Corraleros de Majagual. Con estos últimos, además de turnarse en las consolas con don Antonio, Mario hacía las veces de músico tocando el platillo y el cencerro. Incluso, su primera experiencia al otro lado de las consolas fue con un piano pequeño para la canción “Tres puntá” en la que don Antonio tuvo que marcarle las teclas con papelitos.

A pesar de que Mario interpretaba varios instrumentos, no salía de gira ni recibía ovaciones de nadie, apenas los aplausos de los artistas que, extenuados por las grabaciones, siempre reconocieron la ayuda de Rincón. “Grabé con él mi primer álbum con Los Corraleros de Majagual; si faltaba un músico, él tocaba el instrumento, era uno de los mejores de Discos Fuentes, lo que grababa era un éxito seguro”, afirma Lisandro Meza, uno de los músicos colombianos más icónicos.

Muchos lo llaman ingeniero, pero Mario no tuvo más escuela que su familia y un taburete de cuero que tocaba cuando pequeño. Él creció escuchando rancheras, carrileras, tangos, pasillos, bambucos y a La Sonora Matancera –su hermano mayor lo regañaba porque decía despectivamente que esa última era música de negros–. Según Mario, de estudiante era muy regular y logró coronar el bachillerato a los trancazos, por lo que su hermano Jaime Rincón –que trabajaba en Discos Ondina– lo llevó allí como aprendiz: vio ritmo en sus palmas contra el cuero de su tambor. Jaime es el compositor de “La cuchilla”, de Las Hermanitas Calle, himno que creó después de ver una pelea entre una pareja de novios en un bar de Medellín. Y de esa cotidianidad se alimentó el trabajo musical de los Rincón, lejos de la academia o lo que en los años sesenta se consideraba culto en Colombia.

Oído de tísico

Cuando llegaba una agrupación a grabar, Mario se acercaba a los músicos para vigilar cualquier posible equivocación. Cuando pescaba una, le avisaba a su jefe y él paraba la grabación. “¿Quién es este muchacho que no nos deja trabajar?”, preguntaban algunos furiosos. “Pues él tiene mejor oído que yo, oído de tísico, y me está asesorando”, respondía el señor Fuentes.

Las cintas rodaban recogiendo esas ondas, guardando su sonido en un solo canal mientras los músicos tocaban sin parar; si se equivocaban había que volver a comenzar o retomar desde la última estrofa. Al final, Mario revisaba las mejores partes y con una cuchilla (literalmente) y los compases retumbando en su cabeza, separaba y unía la cinta buscando la armonía correcta que tronaría después en los hogares colombianos. Esas costuras sonoras le dieron el apodo de “El cirujano”.

Una grabación complicada para Mario fue la de la canción “Un viejo juguete”, de El Caballero Gaucho, pues resume la historia triste de un niño rico que bota un juguete a la calle y cuando un niño pobre lo va a coger pasa un carro y lo atropella, dejándolo sin vida. Según el cantante, Mario le dijo: “Lo siento mucho, pero yo no soy capaz de grabarle esto”, y salió llorando del estudio; aunque otros técnicos asumieron la grabación, esta no quedaba igual, así que El Caballero insistió tanto que Mario no tuvo más opción que ceder. Lloró grabando todo el disco pero pudo hacerlo y dejar para la memoria nacional un verdadero clásico.

Tras varios años, la fama de Discos Fuentes en el continente se hizo abrumadora. Recibían músicos día tras día y, por esto mismo, don Antonio era muy estricto en las grabaciones: las orquestas tenían que tocar en bloque y, antes de hacerlo, debían probar en qué punto del estudio sonaba mejor cada instrumento; cuando por fin encontraban el lugar perfecto, Mario marcaba con tiza el piso y las frecuencias de las consolas. “Hubo una vez que una señora que nos ayudaba con el aseo sacudió los controles y movió la configuración que ya habíamos logrado. Don Antonio casi la despide”, cuenta el ingeniero recordando que por los pasillos del sello pasaron estrellas como Celia Cruz, Daniel Santos, La Sonora Matancera, Rodolfo Aicardi, Andrés Landero, Lucho Bermúdez, Alfredo Gutiérrez, César Castro, Calixto Ochoa, Orlando Vallejo y Alfredo de Angelis, entre muchos otros.

“Él salía de casa a las siete de la mañana; unas veces llegaba a las diez de la noche y otras no llegaba porque amanecía en Discos Fuentes grabando. En esa época había mucha competencia y hermetismo sobre quién iba a sacar el próximo éxito”, cuenta Martha, segunda esposa de Mario, quien lo conoció en una grabación del sello cuando ella 17 años.

Además de ser expertos en producción, Fuentes y Rincón sacaban lo mejor de los músicos e, incluso, de los instrumentos. Como las congas y los bongós –revestidos con cuero de vaca y de chivo– sonaban opacos en las grabaciones, don Antonio se las ingenió para que su sonido mejorara: “cogía un poco de algodón y le echaba alcohol, luego lo prendía y antes de grabar lo metíamos debajo de la boca del tambor sin quemar los cueros para que sonara brillante –en los timbales era igual–. Nos defendíamos con esos trucos, todo lo hacíamos con las uñas en esa época”.

El muerto

“Señora viuda del muerto, ante la muerte irreparable de Mario Rincón Pachanga, os recuerdo la vieja sentencia china que pesa sobre las viudas sin consuelo: ¡El muerto! ¡Ay, no me lo recuerdes!”.

Pachanga, así bautizó Joe Arroyo a Mario Rincón, a quien también mató en el arranque de la canción “Sentencia China” que hizo con Fruko y sus Tesos en 1974 (original de la Orquesta Colón de Nueva York, llamada “Pedro Simón”). “El Joe me llamó así porque yo era muy rumbero y dicharachero. ¿Y qué pasó? Me tocó enterrarlo a él”, cuenta Mario mientras marca el ritmo de su epitafio sonoro con los dedos. “Para el Joe, Mario era un papá, fue la primera persona en grabarlo”, cuenta Martha, que acompañaba a su marido al estudio durante la grabación del álbum El caminante. Otra muestra de que la música late en Mario y en su familia es que Fruko es su sobrino, de hecho, aprendió desde pequeño el oficio junto a Rincón Pachanga para luego formar su propia agrupación. 

Y en esas jornadas que no veían calendario ni cansancio, era habitual que se tomara trago en el estudio para calentar la voz de los músicos. El ingeniero a veces los acompañaba, entonces cuando Martha le decía algo sobre el licor, Mario le respondía: “es que yo no trabajo en una iglesia ni en una carnicería: yo trabajo haciendo música”, y esas copas y pachangas se vieron reflejadas hace doce años cuando Pachanga tuvo principio de cáncer en el esófago y él médico tuvo que prohibirle tomar alcohol.

A Mario no le bastó con sobrevivir a la profecía del Joe y a su enfermedad, sino que decidió emprender su propio proyecto llamado La Sonora Carruseles en 1995. Se trataba de un grupo inspirado en un sueño en el que Dios le pedía que recuperara éxitos de antaño –algunos porque tenían un audio de baja calidad– de agrupaciones como El Trío Matamoros o El Conjunto Miramar. El proyecto fue apoyado por Discos Fuentes sin pensarlo dos veces. “Llamamos trompetas del Grupo Niche, de Cali, al pianista Álvaro de Jesús Cabarcas “Pelusa”, al panameño Gabino Pampini, a Delfo Ballestas y Harold Peláez, de Barranquilla, y al que es para mí el mejor percusionista de este país, Diego Galé, quien fue mi mano derecha en la producción que, además de los nuevos arreglos, tenía mucho boogaloo, un ritmo que estaba olvidado”, cuenta Mario Pachanga.

“Cuando Mario compone, yo soy la que escucho el audio de primera porque soy la peor crítica que él tiene. Cuando él quiere transformar un ritmo lento a una salsa dura, dice que a eso le falta berraquinina y viene a la casa y se la pone”, cuenta Martha entre risas. Hoy, a pesar de ser menor que él, ella lo cuida como una madre y lo sigue acompañando en su interminable Pachanga, aun sin trago de por medio.

La resurrección (o la vida eterna)

Y así pasaron los años entre el calor de los estudios, la transformación de los formatos –vinilo, casete, cedé y mp3– y la intermitente atención del público. Don Antonio falleció en 1985 y Mario siguió trabajando en Discos Fuentes hasta jubilarse después de más de cincuenta años de grabaciones continuas.

Hace poco, Mario Pachanga recibió cierto reconocimiento cuando el presidente Barack Obama incluyó dentro de su playlist en Spotify a La Sonora Carruseles junto a artistas de la talla de The Rolling Stones, Stevie Wonder, Aretha Franklin y Bob Dylan, entre otros. Este guiño internacional se debe a la gestión de Mario, quien hace unos años envió un disco con una canción dedicada al mandatario estadounidense y recibió del embajador en Colombia una carta de agradecimiento.

En este momento, el edificio de Discos Fuentes será reemplazado por una marca de ropa interior –intentamos comunicarnos con Discos Fuentes, pero nos dijeron que están ocupados en el trasteo y la búsqueda de la nueva sede–. Los equipos fueron donados a universidades como la San Buenaventura; el archivo biográfico fue puesto en manos del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín y el archivo fotográfico pasará a ser, en gran parte, de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Las oficinas se trasladarán a otro punto de la ciudad junto con el extenso catálogo de la disquera, desplazamiento que para algunos significa la pérdida de la antigua sede como una suerte de patrimonio cultural nacional que el Estado olvidó rescatar. Sin embargo, la compañía sigue viva –y eso que siempre ha sufrido con la piratería– y migró a plataformas digitales que le permiten no solo sobrevivir sino ampliar sus horizontes. Esto demuestra que a veces es importante dejar de lado la nostalgia.

El disco sigue girando

Hoy Mario vive en un apartamento junto a su esposa y el menor de sus seis hijos. Pachanga dice que “está en estéreo” porque usa audífonos en ambos oídos desde hace más de veinte años, cuando se le deterioró la audición en el trajín de escuchar las grabaciones a un volumen alto para detectar defectos, pues en esa época no había ecualizadores en la consola como ahora. Sea con dos oídos o con ninguno, Mario Rincón sigue haciendo arreglos musicales en su orquesta y se empeña en incorporar otros sonidos e influencias que se funden en sus sueños de boogaloo sagrado. Su experiencia no perecerá en el deceso inevitable de artistas y músicos, sino que sobrevivirá a través de su hijo Luis Rincón, que aprendió este arte desde joven en Discos Fuentes grabando a artistas de la talla del Joe Arroyo y Richie Ray.      

Con camisas elegantes y su bigote impoluto –y aunque suene a frase de cajón–, habrá Pachanga para rato mientras la cabeza de Mario Rincón siga siendo a la vez el museo y la fábrica de los sonidos tropicales colombianos.

Lo dejamos con este podcast que da una probadita de todo el sabor de Discos Fuentes.

 

 

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Colombia Música

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