Aunque los usemos prácticamente en todo momento, la mayoría no cuidamos tanto nuestros ojos. Quizás porque no conocemos lo que hacen por ellos, muchos no pensamos demasiado en las gafas que usamos. Sean de sol o transparentes, con o sin fórmula, tienen capacidades extraordinarias para cuidarnos de formas que ni sabíamos. El autor nos cuenta.
Hace años, mientras la pandemia del Covid-19 nos mantenía a muchos en un extraño limbo de miedo, home office y tiempo para pensar, un buen día, sin motivo aparente, mis ojos me comenzaron a picar. Como si me hubieran puesto pimienta entre los párpados.
Lo difícil de todo el asunto es que comenzó a durar semanas y no encontraba gotas que lograran controlarlo. Finalmente Carlos Eduardo Mestre, oftalmólogo adscrito a la Clínica Premium de Colsanitas en Bucaramanga, me sugirió revisar si no sería momento de cambiar las gafas. Doy fe de que tenía razón en su hipótesis —el problema eran los lentes, no mis ojos-–, porque semanas después mandé a hacer unas mucho mejores y desde entonces no he vuelto ni a sentir picazón ni a cambiar de lentes.
“A veces una persona cree que tiene algo como un ojo seco y lo que tiene son gafas mal formuladas o que necesitan cambio”, me explica Carlos Eduardo seis años después, quien además es cirujano de segmento externo y anterior del ojo. “Cuando una persona no ve bien, parpadea menos; la lágrima del ojo se evapora y la persona comienza a experimentar síntomas parecidos a los del ojo seco”.

Además, el esfuerzo que hace una persona para ver de cerca, como en una pantalla y sin pausas, puede producir un cansancio ocular que empeora la visión, haciéndola más borrosa, e incluso modificando la formulación de gafas con fórmulas mayores a la que necesita y a las que muchas veces no se adaptan. Muchas personas no entienden por qué no se acostumbran bien a sus lentes. Debido al cansancio ocular o al ojo seco, cualquiera puede terminar con una infección e incluso desarrollar astigmatismo, como me explica el especialista.
En resumidas cuentas, todo esto y mucho más se puede prevenir fácilmente: con un buen par de gafas. Pero claro, qué son unas buenas gafas y qué pueden hacer realmente por nosotros… Vamos por partes.
Básicos de alquimia visual: materiales y marcos
Para que unas gafas le funcionen lo primero es que, claro, le tienen que gustar a usted. Idealmente, usted debería verse al espejo y sentir confianza y comodidad con cómo le quedan, porque la idea es que las use la mayor cantidad de tiempo posible. Para eso, por supuesto, hay variedad de diseños y materiales. Pero un primer buen consejo es que no sea tímido en su dimensión. “La idea es que las gafas cubran generosamente el campo visual de la persona, no solo el área central de enfoque sino la periferia”, explica Mestre.
En lo personal, recomiendo siempre las de acetato por su ligereza, resistencia y especialmente por lo cómodo que es sentirlas lisa y directamente sobre la nariz, sin ese par de gomas plásticas que van sobre el tabique, a veces se mueven y hacen que nos queden chuecas a la larga. Pero ahí ya es cuestión de gusto y comodidad.

Luego, viene entonces el tema central: los lentes. Y a la hora de pensar en ellos vale la pena entender que el material y los tratamientos o recubrimientos que tenga afectarán directamente tres cosas: la durabilidad, la transparencia y la cantidad –y el tipo– de luz que llega a nuestros ojos.
Los lentes plásticos pueden rayarse muy fácilmente e incluso deformarse un poco si se calientan mucho, por largas exposiciones al sol, por ejemplo. Así que a la hora de pensar en unas gafas que nos duren puede ser mejor invertir en materiales más duros y con mejor transparencia para que resistan los rayones y envejezcan mejor, como el policarbonato, el estándar actual en la industria. Sin embargo, no deje de preguntar opciones pues en las ópticas se consiguen también materiales que permiten esa misma dureza pero más delgados o livianos —especialmente útiles para el caso de fórmulas con muchas dioptrías que pueden generar lentes voluminosos—.
Si usted está pensando es en hacer un regalo y darle una montura, pongamos, a su señora madre u otro pariente mayor que además requiere esa mezcla de lente de cerca y de lejos conocida como “progresivos”, otro tip importante es que la altura del lente tenga por lo menos 3 cm para que el ojo tenga buen espacio en cada parte del campo visual y que no se vaya a marear por tener en un espacio muy estrecho dos tecnologías distintas.

A la hora de escoger la óptica no caiga en suponer que en todas partes es igual: los lentes deben ser tallados con el eje y las medidas adecuadas teniendo en cuenta el marco ya sobre la cara. Esto garantiza una perfecta adaptación a las necesidades de su ojo y, como en todo, existen desde lentes más genéricos hasta tallados a medida —como los que requieren quienes tienen astigmatismo, pues se trata de un defecto visual absolutamente personal—. La diferencia entre el lente genérico —como el de unas gafas de fórmula compradas en un mostrador o por revista— frente a unos lentes tallados en óptica exclusivamente para uno con tecnologías como las de Zeiss o Essilor, entre otras, puede ser del cielo a la tierra.
La verdadera magia: cómo escoger los filtros
Una de las cosas más extraordinarias en las que quizás menos pensamos es que ese material transparente a través del cual recuperamos la nitidez del mundo sea capaz de bloquear haces de luz por color, ángulo o rebote. Pero que hoy los lentes sean capaces de realizar esa hazaña debería importarnos mucho más de lo que creemos.
Cuando estamos en contextos de mucha luz nuestros ojos se cierran y hacen un gran esfuerzo para disminuir su cantidad. En ese gesto natural está todo: los filtros nos permiten evitar esto y ayudarle a nuestro ojo a trabajar con menos luz, más cómodamente.
Las películas antirreflejo son la base de la gama. Reducen los brillos que se acumulan sobre el cuerpo del lente al recibir la luz emitida desde el sol, una pantalla o los faros de un carro en la calle. En este sentido, mejoran la visibilidad por cuanto “limpian” el campo. Los filtros de luz azul por su parte son supremamente útiles para prevenir que su exceso pueda afectar nuestro descanso por nuestra continua exposición a pantallas. En ambos casos hay variedad de gamas y según las necesite más para manejar o para trabajar bajo reflectores, o frente a pantallas, o todas las anteriores, considere invertir según sus necesidades.
En cuanto a protección solar, el policarbonato ya tiene en su matriz incluida la protección UV400 que es el estándar actual tanto en gafas de sol como transparentes formuladas. Y proteger al ojo de la luz ultravioleta del sol no es menor: “Se evita el desarrollo temprano de cataratas, así como el de pterigios y otros defectos del globo ocular que causan visión borrosa, y que si bien se pueden operar, también se pueden prevenir”, explica el especialista. “Lo otro, que se ve mucho en personas que trabajan expuestos al sol, es un tipo de deterioro que se llama enfermedad macular relacionada con la edad que es la primera causa de ceguera no reversible, y en muchos casos proviene de la exposición prolongada sin protección a la luz solar”.

Los lentes polarizados por su parte permiten que ingresen al ojo solo los rayos en la misma dirección, todos paralelos y bien organizados. Esto es muy útil en exteriores, particularmente en espacios abiertos como el mar, lagos, carreteras, desiertos o campos donde el sol puede reflejarse sobre la superficie y rebotar hacia nosotros creando brillos que nos impiden ver adecuadamente el piso o nuestro entorno. Tenga en cuenta que, eso sí, si usted trabaja con equipos electrónicos en exteriores, estas gafas pueden no ser compatibles con sus pantallas, así que antes de invertir en un par, busque quien le preste unas para que haga una prueba.
¿Qué pasa si no usamos las gafas? ¿Es cierto que entonces la fórmula nos aumenta?
Al respecto Carlos Eduardo indica que los defectos visuales como la miopía o la hipermetropía vienen codificados genéticamente y en ese sentido es más la edad que las gafas la que determinará que la fórmula se estabilice y deje de cambiar. Pero esto no quiere decir que a todas las edades el efecto sea el mismo.
Los niños con defectos visuales deben usar gafas para que sus ojos aprendan a ver correctamente. “Mucha gente se sorprende, pero la importancia de que un niño use sus gafas tiene que ver con que el ojo aprende a enfocar adecuadamente; si esto no ocurre antes de los ocho o diez años, la persona puede quedar con ojo perezoso y entonces, aunque le pongan gafas, nunca terminará de ver completamente nítido”, explica el especialista.
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