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síntomas de migraña

El club de la migraña, geografía de un dolor heredado

Hay clubes a los que uno entra por invitación, por méritos o por pura casualidad. Al club de la migraña, en cambio, se entra por herencia y sin pedir permiso. Basta un corto circuito eléctrico para recordar que lo que vemos es una construcción precaria que ante la primera falla del sistema, puede apagarse o fragmentarse en cualquier momento.

La primera vez que un costado del mundo se me borró tenía nueve o diez años.

Al volver del colegio sentí una pequeña interferencia en la realidad, como si alguien raspara con un vidrio el borde de mi ojo derecho. Al principio eran apenas unos rectángulos brillantes que parpadeaban en los márgenes. Pensé que bastaba con pestañear, mirar de un lado a otro o simplemente esperar. Pero pasaron cinco, diez, quince, treinta minutos y siguieron creciendo. Pasadas dos horas, las luces se expandieron con una coreografía caprichosa hasta que una parte del mundo se volvió borrosa y, después, desapareció. 

Intenté hacer tareas, pero las palabras se partían cuando las escribía o las leía. Había ruido, venía del televisor, de cualquier programa de Zapping Zone, y en cada ocasión cuando volteaba a mirar algún rostro en la pantalla, también se fragmentaba, quedaba incompleto. Para ese momento, el borde derecho de las cosas ya se había ido y yo no sabía qué hacer con eso.

Aquel día me encontraría con la migraña, que hasta entonces no había vivido, pero que llegaba a mí sin piedad alguna. Ese día descubrí que los sonidos, los olores y la luz también podía doler. 

Las luces que aparecieron esa tarde se convirtieron a la fuerza en una presencia recurrente que lleva ya más de quince años yendo y viniendo, tomando distintas formas e intensidades, a veces son zigzags eléctricos que atraviesan mi campo visual como rayos en una tormenta estática; otras, son caleidoscopios de colores opacos y brillantes que se cierran sobre sí mismos, o manchas de un blanco cegador que se transforman en espirales infinitas. Y como la mía, cada migraña tiene su propia geografía y cada cuerpo la dibuja de manera distinta.

También entendí que pertenezco a un club al que nadie quiere entrar.

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Membresía familiar

Crecí con las palabras jaqueca y migraña como un código de emergencia. De hecho, en mi familia somos alrededor de quince personas y apenas tres de ellas se han librado de este dolor. Las demás aprendimos a identificarlo y relacionarlo desde temprano con habitaciones a oscuras, compresas frías y esa frase que adelanta el fin de cualquier plan:

Me va a dar migraña.

L. es una de mis tías, integrante de este club involuntario, y recuerda que también tenía diez años cuando tuvo su primer episodio migrañoso; veía el mundo a la mitad y muy oscuro. Hoy, a sus 38 años, tiene claro que su mapa de dolor está marcado por detonantes como el vino tinto o alimentos de tonos oscuros que cargan su migraña con vómito, náuseas y, en los momentos más críticos, la pérdida de la capacidad de articular palabras. Me confiesa que cada crisis le genera pánico por el tiempo que le roba, por la incertidumbre de saber cuánto tardará su cuerpo en recuperarse y por la frustración de tener que detener la vida a la fuerza durante un día, en el mejor de los casos. 

Hace poco, su hija de 13 años, mi prima, también tuvo que empezar a buscar paz cada tanto en un rincón oscuro y silencioso.  Es el mismo cielo de mi abuelo, mi abuela, mi mamá, mi otra tía, los hijos de cada una, mi hermana, todos los que hacemos parte del mapa familiar marcado con las mismas convenciones de riesgo por fenómenos metereológicos. Al preguntarle por el rasgo hereditario a Leonardo Palacios, neurólogo adscrito a Colsanitas y profesor de neurología de la Universidad del Rosario, su explicación confirma que hasta un 90 % de los pacientes con migraña tienen algún familiar en primero o en segundo grado con el mismo diagnóstico y que esta condición se presenta con mayor frecuencia en las mujeres.

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La tormenta cerebral

Un cerebro migrañoso en términos neurológicos se acerca a ser una hipersensibilidad, casi que una leve “alergia” a la prisa, a la luz intensa y al ruido. Por ello, la soledad del dolor es total y está en el espacio privado de nuestra propia corteza. Al volver a esos primeros episodios migrañosos, lo que se vive es el fenómeno neurológico de la depresión neuronal propagada, una especie de ola que viaja de atrás hacia adelante, desde la corteza occipital (el asiento de nuestra visión, el punto en el que la nuca se conecta con el cráneo) hacia el frente.

“Durante ese periodo, el cerebro no funciona bien, porque las neuronas bajan drásticamente su nivel de actividad”, explica Palacios. Lo que experimenté entonces como una coreografía de luces y destellos aquella tarde, y seguro si hace parte del club ha vivido, él lo identifica como fosfenos o escotomas, que son dos trastornos visuales que preceden al dolor y definen el fenómeno de la migraña con aura.

Aun así, a pesar de la precisión clínica de la medicina contemporánea, resulta casi imposible transmitirle a quien no la ha vivido la sensación de que un rayo acaba de dejarnos sin la mitad del mundo. A veces, al intentar describir ese estado, pienso en la película El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick, que aunque nada tiene que ver, sí tiene escenas lumínicas con destellos que parecen contener el origen de todo y me generan la sensación de que el tiempo se expande y se contrae, y encaja con la estética de mis auras. O tal vez sea que quizás alguna vez vi esa película bajo un aura que iniciaba.

Para explicar el aura, el neurólogo Palacios recurre a diferenciar la epilepsia de la migraña con aura al describir la primera como un relámpago violento que descarga toda su energía en un instante, mientras que la segunda, es por el contrario, una desaceleración o una caída de voltaje. Entonces la migraña se siente como un rayo que nos parte en dos por su intensidad, pero en la realidad  neurológica es como el trueno que sucede a un relámpago, con una especie de vacío eléctrico que altera nuestro procesamiento sensorial.

El mapa del aislamiento

Aquí mi geografía personal se vuelve laberíntica. Hace dos años que el insomnio se instaló en mi vida como un inquilino que deja de pagar la renta y se niega a entregar el terreno. Y en una especie de ironía, mi migraña, que exige silencio, calma y oscuridad, se produce en el agotamiento. Es una trampa circular en la que caigo cada tanto cuando no duermo bien, porque mi sistema entra en alerta, y a los dos, tres o cuatro días, esa carencia se manifiesta en que me empieza a martillar la sien.

Es irónico que el dolor me obliga a la fuerza a buscar la oscuridad que no puedo gestionar por mi propia voluntad durante la noche, y cuando la crisis estalla, el aislamiento es la única vía de supervivencia. ¿Por qué castiga tanto el cerebro migrañoso la falta de sueño? Porque el sueño es el único momento en que el sistema nervioso puede limpiar los residuos de la hiperactividad del día. Al no dormir, el cerebro queda cargado y la migraña se presenta como un mecanismo (un poquito brutal, sí) para forzar el apagado, mediante un “si no te vas a dormir por las buenas, te voy a obligar a hacerlo por las malas”.

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Socios de la distorsión

Mucho antes de que la neurología moderna les diera un nombre clínico a nuestros síntomas, distintos artistas intentaron traducir algunos estados a través de sus obras. En nuestro club, la distorsión ha sido, por siglos, una forma de mirar el mundo que otros apenas empezaban a intuir. Por ejemplo, la mística Hildegarda de Bingen o el pintor italiano Giorgio de Chirico plasmaban en sus lienzos y manuscritos lo que hoy la ciencia identifica com aura migrañosa. Incluso se teoriza que Lewis Carroll inspiró Alicia en el País de las Maravillas en el Síndrome de Alicia, una distorsión visual en la que los objetos pierden su proporción y una sensación que algunos migrañosos reconocemos al intentar distinguir si lo que vemos es real o no en medio de la crisis.

Nosotros, en cambio, vivimos en un momento de precisión diagnóstica. Cuando hablamos de nuestras crisis lo hacemos con la seguridad de un paciente un poco más informado, y gracias a los avances en neurología sabemos que detrás de esa “tormenta” nuestros receptores de serotonina fallan y el cerebro, al perder su equilibrio, sufre esa caída de voltajes que desencadena el caos. Aun así, por más que la ciencia logre diseccionar el mecanismo, no importa cuántos compartamos este diagnóstico, cada quien tiene su propia habitación a oscuras, solo o sola con su dolor.

Como bien señaló Oliver Sacks en el libro Migraine (1970), esta condición es una alteración que distorsiona la percepción, el flujo del tiempo y la memoria. Es, al mismo tiempo, una “tormenta psíquica” que nos desarma y deja una sensación que María Gainza describe años más tarde en La gracia extrañada, al decir que la crisis nos deja “completamente blandos, como si no tuviéramos huesos”. 

Es como si, por un momento, nos desenchufaran de la velocidad del mundo real para que veamos el mundo a través de un prisma distorsionado, en mi caso esos rectángulos brillantes que aparecen al inicio de mis crisis. Cuando la luz incide en ellos se descompone un rayo blanco en manchas de colores que bailan a distintas velocidades y recrean el efecto de un arcoiris que aturde nuestro espectro visible. Todo es demasiado intenso, demasiado brillante, demasiado ruidoso, demasiado largo. 

Breviario de una rendición técnica

Si entendemos la migraña como un fenómeno de hiperexcitabilidad neuronal, es válido pensarla como la respuesta extrema de un cuerpo que a veces no soporta la sobreestimulación de nuestro siglo. Cada mapa personal es una apuesta por el movimiento constante y por exponernos a los mismos estímulos que, luego, terminan por desbordarnos: voy de un lado a otro, me gusta caminar bajo el sol y paso largas horas frente a las pantallas leyendo, escribiendo o viendo series. Amo bailar con la música a todo volumen y pertenezco a ese equipo de insomnes que trabaja mejor cuando la ciudad se apaga, aprovechando esa calma absurda de la noche para crear.

Uno entra a este club sin ceremonia y, por lo visto, sin esperanza de salida. Cuando la luz se vuelve insoportable, la brújula es un objeto decorativo y la pausa el único protocolo vigente. Solo queda, pues, quedarnos quietos y esperar a que el cerebro, con la parsimonia de un burócrata, se digne a devolvernos una realidad en la que la luz, poco a poco, vuelva a ser habitable.

Nota: La migraña figura entre las condiciones neurológicas más discapacitantes a nivel global. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), su impacto en la calidad de vida alcanza a más de mil millones de personas. Si usted intenta descifrar su propio mapa de dolor, un neurólogo es quien puede confirmar el diagnóstico y ofrecerle herramientas y tratamientos para aprender a gestionar las crisis. La información expuesta aquí es narrativa.

Catalina Porras Suárez

Periodista enfocada en la línea de bienestar y de salud mental. Disfruta conocer y escribir nuevas historias. La realización audiovisual, el cine y la función social del periodismo están dentro de sus intereses.

Periodista enfocada en la línea de bienestar y de salud mental. Disfruta conocer y escribir nuevas historias. La realización audiovisual, el cine y la función social del periodismo están dentro de sus intereses.

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