Ricardo Cavolo y la sabiduría de los ojos
Ricardo Cavolo, el invitado internacional del Salón Visual Bacánika 2026 es un devoto del optimismo salvaje. El ilustrador de colores intensos, ojos múltiples y fuego incesante ha vivido entre pinturas y pinceles desde el vientre de su madre. Aquí un acercamiento a los ingredientes para crear un dibujo feliz.
Basta con teclear “Ricardo Cavolo” en cualquier buscador para que personajes de ojos múltiples devorados por el fuego entre colores enérgicos sobresalgan de la pantalla obligando al cerebro a emocionarse, a descifrar laberintos ilustrados a detalle. Su estilo característico e irreplicable es una de las tantas formas de expresar el optimismo bestial que lo atraviesa, pues como bien lo proclama: “cuando la vida se torna caótica, no hay infortunio absoluto si de todo se puede aprender algo”.
El reconocimiento de Cavolo se ve reflejado en sus dibujos, los cuales han acompañado marcas como Levi’s, Nike, Zara, Converse, Coca-Cola, Alexander McQueen, Starbucks y Mercedes-Benz. Más allá de las colaboraciones soñadas por cualquier ilustrador, Cavolo encuentra en la ilustración la única forma de habitar un mundo bajo sus convicciones: uno imaginado y creado por sí mismo desde que comenzó a preguntar, pero, principalmente, a observar.



Como palabra divina, Jamfry es el un crítico al que Ricardo Cavolo escucha por encima de todo. Es quien acompaña su proceso creativo de principio a fin. Pero Jamfry no es un colega, un mánager ni un familiar, es el apodo que su padre le puso durante su infancia. “Mi padre me llamaba ‘Jamfry’ de niño, por Humphrey Bogart, porque era un niño muy serio. A muchos de los trabajos que hago desde que tengo hijos me digo: ‘a ver si lo aprueba Jamfry’. Y el hecho de que diga ‘sí, sí, por aquí vas bien’ me hace feliz”.
Cavolo nació en Salamanca en 1982. Hijo de padres artistas, creció descubriendo el mundo a través de los pinceles, óleos y lienzos que inundaban el taller donde vivían. Aunque sus padres se separaron cuando tenía apenas dos años, ambos le heredaron una profunda noción de libertad que conserva y replica en la crianza de sus hijos junto a la ilustradora invitada al Salón Visual Bacánika 2024, María Herreros.
“Mi padre era artista; esos primeros años me marcaron para entender que hay otro tipo de vida diferente a la convencional. Mi casa era un estudio de pintura, fotografía e historiografía, un microcosmos del arte”. Desde el inicio, tuvo una formación y una interacción muy naturales, casi inherentes al arte, gracias a su padre, quien también lo introdujo en el mundo de los cómics, la fantasía y la ciencia ficción, especialmente en lo onírico y lo irreal.

Los ojos que todo lo ven
Para los egipcios, los ojos no eran simples órganos para observar, sino símbolos de su cosmovisión. El ojo era uno de los amuletos protectores por excelencia de esta civilización y estaba presente en ámbitos que iban desde la medicina hasta los rituales funerarios. También desarrollaron representaciones jeroglíficas del ojo asociadas con conceptos como la protección, la percepción y el conocimiento. Esta concepción de la mirada como una forma de comprender la vida, la muerte y el equilibrio del universo llegó a Ricardo a través de las historias que le contaba Antonio, su padrastro.
Antonio era gitano y no sabía leer ni escribir, la madre de Ricardo le enseñaba en las noches. Un día, Ricardo le preguntó cómo podía ser tan sabio si no podía leer ni escribir. Antonio le explicó que había viajado por toda España junto a su padre, vendiendo caballos y burros, y que en aquellos extensos recorridos a paso de mula había visto muchas cosas. “Cuanto más ves, más sabes”, le dijo. Desde entonces, es el mantra que aplica para sí mismo y para sus personajes, pues mientras más pares de ojos tienen, más sabios son.
Además de los ojos múltiples, el fuego es otro de los elementos destacados de su estilo. Según Ricardo, apareció de manera intuitiva antes de convertirse en un recurso del que se apropió conscientemente. “Hubo una época en la que dibujaba músicos y los pintaba sacando fuego de la boca y las manos. Me daba la sensación de que simbólicamente eran muy poderosos”, explica. En su universo interior, el fuego significa energía, pasión e intensidad. Nunca es destructor; al contrario, brinda luz y calidez, como el fuego de las cavernas.



Estos elementos de la obra de Cavolo son también el resultado de una crianza artística y multicultural. En los años ochenta, los gitanos en España vivían una realidad muy distinta a la actual, muchas comunidades nómadas permanecían apartadas del resto de la sociedad y habitaban en guetos. Ricardo pasaba los días de semana con su madre y la familia gitana de Antonio, mientras que los fines de semana los compartía con su padre en un estudio de pintura. Crecer entre estas dos formas de entender el mundo alimentó una perspectiva en la que no se limitaba solo a pintar bonito, sino a dirigir la mirada hacia aquello que la sociedad rechaza, hacia los outsiders.
Aunque sus padres eran artistas, su lenguaje visual fue labrado técnica a técnica. Comenzó con lápices de colores, cuando sus recursos eran limitados; después pasó a las tintas caligráficas y al acrílico. Durante un tiempo experimentó con el collage, pues tuvo desacuerdos con la pintura y la idea de mancharse en el proceso. Luego llegó la ilustración a lápiz, con la que comenzó su carrera. Ese vaivén entre materiales y técnicas lo llevó hasta la ilustración digital y el muralismo, dos de los formatos que trabaja habitualmente en la actualidad.
Cada línea espontánea, tono intencional, llama de fuego, ojo repetido, textura secuencial, ser mitológico y personaje histriónico responde a una misma necesidad, la de construir un universo atravesado por el optimismo salvaje. Para Ricardo, el estado de ánimo es inseparable del acto de crear, “otros trabajan bien cuando están jodidos, pero yo al contrario, si estoy mal no puedo tocar un lápiz. Pero normalmente, cuando trabajo, estoy haciendo lo que más me gusta: dibujar”. Cuando debe ilustrar un tema melancólico o triste, busca la perspectiva de la esperanza y la posibilidad de encontrar algo que aprender. Pero ese optimismo no excluye la crítica social ni la mirada hacia lo incómodo. En un dibujo de Ricardo caben todas las energías: la destructiva, la agresiva, la optimista y la empática.

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