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los riesgos emocionales de enamorarse hoy

Cuidado con el love: una pequeña advertencia sobre enamorarse

Enamorarse casi nunca empieza como una decisión consciente.
Simplemente ocurre. Y solo después aparecen las preguntas, las dudas y todo aquello que rara vez se menciona al principio.

Esta columna ilustrada no intenta explicar el amor ni ofrecer respuestas definitivas, es apenas un recorrido personal por algunos riesgos que aparecen cuando uno decide involucrarse de verdad. Una advertencia discreta antes de empezar: cuidado con el love.

El amor y estar enamorado

Suena hermoso, ¿no? Dos personas encontrándose entre miles de millones de humanos flotando sobre una roca que viaja a 107.000 kilómetros por hora alrededor del Sol, perdida en un universo absurdamente grande, coincidiendo por accidente —o por milagro— en el mismo momento de sus vidas. Se miran, se eligen y, de pronto, todo parece tener sentido.

El amor empieza como una película bien editada: canciones perfectas, coincidencias improbables, gustos e intereses que encajan milimétricamente, conversaciones infinitas y esa sensación casi espiritual de haber encontrado un lugar al que uno pertenece. A muchos nos enseñaron que el amor cura heridas, vence miedos, construye, da propósito y convierte los problemas en algo manejable mientras haya alguien tomándote la mano. Nos dijeron que amar es crecer, cambiar, conectar, cuidar, fallar juntos —sobre todo fallar juntos—, construir sueños compartidos, a veces viajar, a veces reír, adoptar hábitos, verse imperfectos y, para algunos más valientes,  hasta tener mascotas y quizá hijos, finalmente felices y profundamente enamorados.

También existe esa idea de que cuando hay amor, todo fluye. Sin esfuerzo, sin miedo, sin trabajo. Como si amar fuera un estado natural y no una práctica diaria llena de torpezas profundamente humanas. Y sí, a veces todo eso pasa, pero curiosamente en la práctica suele ser un poco distinto, y casi nadie habla de eso: de lo incómodo y de lo poco glamuroso, de sostener y reparar en lugar de simplemente sanar y soltar.

Vivimos en una época que romantiza todo, pero también todo lo suelta. Compartimos fotos de parejas ancianas tomadas de la mano con frases sobre el amor eterno mientras aprendemos a abandonar relaciones con una eficiencia casi profesional. Criticamos la falta de compromiso sin preguntarnos cuánto estamos dispuestos a comprometernos nosotros mismos. Nos dijeron que amar debía sentirse siempre intenso, emocionante, vibrante, y nos olvidamos de la calma y la monotonía, los rasgos más permanentes de nuestra condición humana.

Amar rara vez sigue un guión: suele desordenar y confrontar, revelar más de lo que uno estaba preparado para ver. A veces no parece amor hasta que se acaba, y es entonces que uno entiende que sí lo era. Por eso esta no es una columna sobre lo hermoso del amor y las relaciones. De eso ya se encargaron las canciones, el cine, las novelas, los podcast o  las redes sociales. Esta es apenas una advertencia sobre los riesgos, sobre esas partes que pueden doler o costar más de la cuenta y cambiarnos quizá para siempre en esta época de amores y relaciones modernas.

Demasiadas reglas en un juego que nadie entiende

Pareciera que en algún momento el amor y las relaciones dejaron de ser un encuentro y empezaron a sentirse como un examen. Si contestas rápido, eres intenso. Si no contestas, eres indiferente. Si estás disponible, pierdes valor. Si no lo estás, no sabes amar. Si muestras interés, asustas. Si te proteges, no estás listo para algo serio. Aparecen palabras nuevas: alto valor, responsabilidad afectiva, apego seguro, evitativos y ansiosos, trabajar en uno mismo, vibrar alto, soltar, sanar, brillar, “si es para ti, será para ti”.  Sin darnos cuenta, enamorarse empieza a parecer una entrevista técnico-emocional donde todos intentan cumplir requisitos que nadie explicó del todo y que nadie sabe realmente si son necesarios.

Las relaciones se llenan de expectativas imposibles: ser emocionalmente disponible pero independiente, intenso pero tranquilo, seguro pero vulnerable, apasionado pero equilibrado. Amarse a uno mismo y priorizarse se vuelve una regla absoluta, entonces aparece una pregunta incómoda: ¿y la relación? ¿Acaso no se puede amarse a uno mismo y amar a alguien más? ¿No se puede crecer, reparar, sostener, equivocarse y sanar también en pareja? Amar deja de sentirse natural y empieza a sentirse como algo en lo que uno puede fallar incluso antes de empezar bajo una idea de perfección emocional insostenible.

Amar en una época donde todo es reemplazable

Vivimos en una época donde casi nada se repara: si el celular falla, se cambia. Si una aplicación deja de gustar, se elimina. Si algo incomoda, se reemplaza por una versión nueva, más rápida, más eficiente, supuestamente mejor. O simplemente se bloquea… y se deja de seguir. Y sin darnos cuenta, esa misma lógica empezó a filtrarse en las relaciones. El amor dejó de sentirse como algo que se construye con el tiempo y empezó a parecer una experiencia que se evalúa permanentemente.¿Funciona todavía? ¿Sigue emocionando? ¿Podría haber alguien más compatible? ¿Estoy perdiendo algo mejor allá afuera? Las posibilidades infinitas generan una ilusión peligrosa: la idea de que siempre existe una versión más correcta del amor y quizá también una versión mejor de nosotros mismos esperando en otra relación. Vivimos con la sensación constante de que el césped de la otra calle siempre es más verde.

Entonces cuesta quedarse, porque quedarse implica atravesar momentos incómodos, reparar en lugar de reiniciar y aceptar que ninguna relación real compite con la perfección imaginada de las alternativas infinitas. El problema no es enamorarse, es relacionarnos con las personas como consumimos todo lo demás: probando, comparando, optimizando y pasando a la siguiente opción cuando la experiencia deja de sentirse perfecta. Así, muchas relaciones no terminan por falta de amor sino porque vivimos convencidos de que amar debería sentirse siempre mejor en otro lugar.

Confundir la calma con el final

En algún punto empezamos a creer que el amor debía sentirse emocionante todo el tiempo, como si una relación sana tuviera que parecer una aventura constante, como si la intensidad fuera la única prueba válida de que algo funciona. Pero la vida —y el amor dentro de ella— no está diseñada para vivir en permanente euforia. Después del inicio, y si hay suerte suficiente para atravesar los años, llegan los días normales, los silencios cómodos, las rutinas compartidas, la tranquilidad, los problemas, las enfermedades y las cargas.

¿Por qué aprendimos a desconfiar de la calma y a pensar que en el amor todo es bonito? Si ya no hay vértigo, algo se rompió, que la estabilidad es aburrimiento, que la monotonía es señal de que el amor se acabó. Entonces empezamos a buscar problemas donde quizá solo había paz. El amor maduro rara vez se siente como fuegos artificiales permanentes, se parece más a un lugar donde uno puede descansar sin tener que impresionar todo el tiempo y un breve receso a los retos de la vida.

Amar también es algo profundamente cotidiano. Es alguien que te da su tiempo cuando está cansado. Alguien que comparte contigo preocupaciones económicas. Alguien que organiza —y a veces desordena— su vida contigo. Alguien que a veces no escucha del todo, no entiende todo, pero se queda. No es cinematográfico, pero es humano. Y tal vez más hermoso que la idea de felicidad permanente que aprendimos a perseguir.Fiódor Dostoyevski escribió que amar a alguien significa verlo tal como es, incluso en sus zonas oscuras. Y quizá ese es el riesgo más incómodo: descubrir que amar no siempre se siente como felicidad, sino como algo profundamente verdadero. Porque amar no es vivir felices todo el tiempo, es saber que alguien conoce tu historia completa
y aún así decide seguir caminando contigo.

El amor no siempre se siente como "amor"

Porque amar no es vivir dentro de un estado constante de felicidad.

Se parece más a la compañía.
A permanecer dentro de la historia del otro incluso cuando la emoción baja de volumen.

Amar también es algo profundamente cotidiano.

Es alguien que te da su tiempo cuando está cansado.
Alguien que comparte contigo preocupaciones económicas.
Alguien que organiza —y a veces desordena— su vida contigo, no solo los momentos felices.
Alguien que a veces no escucha del todo, no entiende todo… pero se queda.

No es espectacular.
No es cinematográfico.
Pero es humano.

Y tal vez más hermoso que la idea de felicidad permanente que aprendimos a perseguir.

Porque amar también es conocer cosas del otro que nadie más conoce:

sus miedos,
sus fallas,
sus inseguridades,
sus partes menos luminosas.

Y aun así decidir quedarse.

No porque todo sea perfecto, sino porque existe algo más profundo que la emoción del momento.

Las redes sociales muestran el amor como una colección de instantes felices: viajes, celebraciones, risas constantes, pasión interminable.

Pero la vida compartida incluye enfermedad, crisis económicas, cansancio, cambios personales, silencios incómodos y días ordinarios donde nada extraordinario ocurre.

Ahí el amor deja de ser solamente un sentimiento
y empieza a convertirse en una decisión.

Una decisión tranquila, casi invisible, que hoy parece que cada vez menos personas quieren asumir:

ser testigo de la vida del otro.

Compartir el tiempo.
Compartir los riesgos.
Compartir incluso las temporadas donde la emoción no alcanza para sostenerlo todo, incluso cuando los planes no salen como esperábamos.

Porque el amor no siempre se demuestra en los momentos altos.

A veces se revela en quien se queda cuando la vida pesa.

Fiódor Dostoyevski escribió que amar a alguien significa verlo tal como es, incluso en sus zonas oscuras.

Y quizá ese es el riesgo más incómodo:

descubrir que amar no siempre se siente como felicidad…
pero sí como algo profundamente verdadero.

Porque amar no es vivir felices todo el tiempo.

Es saber que alguien conoce tu historia completa —luz y sombra—
y aun así decide seguir caminando contigo.

Tarde o temprano alguien te romperá el corazón

En cualquier momento nos pueden romper el corazón, y ojalá pudiera decir que existe una forma de evitarlo. Que si eliges bien, si cuidas más, si entiendes mejor, el corazón sale intacto, pero no funciona así. No siempre de la forma que imaginas, no siempre con traición ni con abandono, pero sí lo suficiente como para cambiar algo dentro de ti. A veces el amor termina sin villanos, solo dos personas buenas que simplemente dejan de coincidir. A veces alguien decide no elegirte más, incluso cuando nunca dejaste de serlo.

El corazón no se rompe solo cuando te dejan, también se rompe cuando cambian los planes, cuando la vida toma otra dirección, cuando aquello que parecía definitivo descubre que solo era un momento. Se rompe cuando se borran las fotos, cuando se dejan de seguir en redes, cuando de repente ya no hay mensajes ni cuidados. Y quizá lo más incómodo sea aceptar que no todo corazón roto te hace más fuerte, a veces simplemente pasa. Algunas historias terminan sin sentido claro ni cierre y aún así la vida continúa. Un corazón roto no siempre es el inicio de algo nuevo, a veces es simplemente la prueba de que amaste de verdad. Y quizá por eso, algunos valientes vuelven a intentarlo.

¡Cuidado con el love!

Este texto fue escrito por alguien que claramente no aprendió todo lo necesario antes de enamorarse, ni después de hacerlo. Ninguna recomendación aquí debería tomarse demasiado en serio. Puede ignorar estas líneas si lo desea, enamórese igual.  Total, tarde o temprano va a pasar. Ningún corazón fue lastimado durante la realización de este contenido excepto el del autor.

Juan Afanador

Publicista y administrador de profesión, dibujante y realizador de manualidades. He trabajado como director creativo, desarrollador digital y en un par de roles más. Creador de la marca personal y estudio creativo @juanchacoindustries.

Publicista y administrador de profesión, dibujante y realizador de manualidades. He trabajado como director creativo, desarrollador digital y en un par de roles más. Creador de la marca personal y estudio creativo @juanchacoindustries.

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