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Carla Andrea Jaramillo

Carla Andrea Jaramillo, mujer full time

Ilustración

Las drogas y los desórdenes mentales ocuparon más de un tercio de la vida de Carla Andrea Jaramillo: ingresó innumerables veces a centros de rehabilitación, ha escrito libros y dedicado las últimas dos décadas a desarrollar métodos de psicología y desintoxicación. Carla Andrea Jaramillo es una psicoterapeuta transgénero que ha ayudado a cientos de personas a dejar las adicciones y superar trastornos mentales. El autor nos cuenta su historia.

Uno

Una tarde me recibió en su oficina, un gabinete débilmente iluminado lleno de imágenes de Jesús, santos, ángeles y arcángeles. A los pies de su escritorio, brotaban de una esquina las puntas de un par de tacones altos. Carla Andrea Jaramillo calzaba unas baletas negras para andar más cómoda entre su oficina y las demás salas del centro de salud mental y adicciones que dirige. Traía minifalda, iba ataviada con joyas y lucía peinado y maquillaje impecables.  

—Amo las imágenes. Cuando llegué a esta casa, comenzó a visitarme un viejito esquizofrénico que me traía imágenes de santos y yo les prendía velas. Otras me las han regalado los pacientes. Pero más que las imágenes, es la presencia divina de la paz lo que se siente poderosamente aquí. En otras instituciones, desde que entras sientes agobio, mala energía por tanto sufrimiento concentrado. El olor aquí es como de santidad.  

Entre los papeles y miniaturas decorativas que atiborraban su escritorio, sobresalía la edición en inglés de un libro suyo que describió, “modestia aparte”, como una Biblia en su materia: La Adicción: información, prevención y tratamiento, publicado en 2021.

Carla Andrea Jaramillo

—Soy tremendamente piadosa —dijo Carla, echando una mirada alrededor—. De niña me fascinaban los crucifijos, me arrodillaba, sentía mucho respeto por la Biblia y todo lo sagrado. En una vida pasada debí ser cardenal o papa. Pero me distancié de la Iglesia Católica a raíz de una comunicación del Dicasterio Romano en la que dice que, palabras más, palabras menos, las personas trans no tenemos dignidad humana. Me dolió mucho leer eso. Hablé por radio sobre el tema, incluso hasta quería mandar una carta de protesta al Vaticano. 

La decepción, sin embargo, no afectó en lo sustancial su fe. Siguió orando a diario y recibiendo la comunión de un sacerdote y confesor amigo. 

—Es un padrecito muy lindo que me ayuda con la misita para los muchachos de la fundación.

Unos años atrás, yo había estado en esa misma oficina entrevistándola, le comenté.  

—¿Antes de volverme mujer trans? —me preguntó, con media sonrisa de picardía y mirándose en un espejito redondo que sacó de su cartera.  

—Sí, sí. Lo entrevisté para un artículo sobre adicción digital.

No solo en lo evidente contrastaba Carla Andrea con el doctor Andrés que conocí. También en el halo que irradiaba. El otrora gesto adusto del hombre con corbata y corte de pelo clásico que me atendió aquella vez, había devenido ahora en aire fresco y femenino.

—Carla es una versión dulce de Andrés —dijo tras humear discretamente en un vapeador—. Antes yo era un hombre dominante que transmitía mucha autoridad. Ahora soy más relajada. Me siento más conectada con la vida y menos conflictiva. El doctor Andrés era elegante, con buenos vestidos. En eso Carla se parece a él, porque me sigue gustando vestirme bien. Soy la misma persona, pero ahora inspiro ternura. La gente me tutea. Eso ayuda en la terapia. Mis empleados dicen que soy menos regañona. 

Cada tanto entraba alguien en su oficina. Una mujer morena, en sudadera y pantuflas, transpirando ansiedad, le preguntó a Carla si podía tomarse otra pastilla. Un hombre con mirada triste y perdida le aseguró que estaba mucho mejor. Una mujer de mediana edad, delgada, se asomó a la puerta para preguntarle si estaba muy ocupada. 

—Me están haciendo una entrevista. Él ya me había entrevistado cuando yo era hombre. 

—¿Ah, sí? 

En cuanto desapareció la mujer, Carla Andrea dijo: 

—Ella es mi esposa, mi ex. La sigo llamando mi esposa aunque no vivamos juntas. Es psiquiatra y mi socia, la dueña de la mitad de la fundación. Nos adoramos. Dejamos de dormir en la misma cama cuando la idea de mi tránsito empezó a tomar fuerza. Pero seguimos siendo íntimas amigas, más que hermanas. Vivimos al frente la una de la otra. Tenemos una hija de 12 años… ¡Ay, se me cayó un anillo! ¿Dónde estará? 

—¿Cuándo comenzó su… disforia de género? —le pregunté, vacilante.

—Más que disforia, yo libré una lucha titánica entre un hombre y una mujer que estaban adentro mío. Fui formado por un papá tradicional, un machote paisa que si había necesidad, se encendía a bala con el que fuera. Pero siempre me sentí mujer. Desde que tengo uso de razón me fascinan las cosas femeninas, ¿qué puedo hacer? Siendo hombre, yo era muy famoso a nivel de terapia de drogadicción, pero vivía abatido por la vida. Ese retrato —señaló una pared afuera de la oficina— lo dibujé cuando me sentía un macho orgulloso de tener a mi parte femenina encadenada. Tuve a Carla reprimida durante años para que no saliera. 

Pero Carla Andrea salió. Floreció con ímpetu de huracán. Imparable. 

—Muchas personas me preguntan por qué lo hice tan tarde. Yo pienso que fue en el tiempo de Dios, porque como hombre también coseché éxito y cosas bonitas: mis hijas, mi vocación como psicoterapeuta… No me arrepiento de haberme demorado tanto. 

Hablaba rápido y seguiría haciéndolo en los meses posteriores, entreverando en largos monólogos apuntes sobre su tránsito de género con experiencias de su pasado sexual reprimido o conceptos filosóficos e ideas psicoterapéuticas de cosecha propia.  

—Si no hablo, parezco una pura mujer. Hice cursos de fonoaudiología para feminizar la voz, pero no necesito usar la técnica porque estoy cada vez más empoderada. Antes, si me llamaban “señor”, me derrumbaba. Ahora me resbala. Para mí es una fantasía cumplida estar aquí, en la oficina que era del doctor Andrés, vestida con medias veladas. Cuando me drogaba para dejar salir a Carla, no quería saber nada de Andrés, quería que me cortaran el pene y tener siempre mis uñas pintadas. Se me salían los ojos en los almacenes de ropa interior femenina. Mis parejas se daban cuenta de que me quedaba embelesado viendo encajes y cositas así: “Ay, qué linda esa tanguita, qué lindo ese brasier”, pensaba. Más o menos desde el año 2000 empecé a encausar mi vida. Aunque por muchos años más seguí vistiéndome de mujer en privado. Me iba para un hotel varios días y me ponía mis pelucas, me maquillaba, caminaba en tacones en el cuarto. Me miraba en el espejo y me veía divina. 

La siguiente entrevista, propuso Carla al cabo de casi dos horas, “la hacemos en mi casa, que es muy cerca de aquí”.

Las drogas y los desórdenes mentales ocuparon más de un tercio de la vida de Carla Andrea Jaramillo: ingresó innumerables veces a centros de rehabilitación, ha escrito libros y dedicado las últimas dos décadas a desarrollar métodos de psicología y desintoxicación. Carla Andrea Jaramillo es una psicoterapeuta transgénero que ha ayudado a cientos de personas a dejar las adicciones y superar trastornos mentales. El autor nos cuenta su historia.

Dos

Por estos días rumia sus angustias, se asoman reproches e indisposiciones de salud, se impone el sentido de la responsabilidad. Una neblina ronda su mente. La estresa el inminente parto de su hija mayor, los dolores del cuerpo, la situación económica del país y la propia: “Todo está complicadito”. En los diecisiete años que lleva andando con acreditados frutos su fundación, Función Futuro, atravesó por sendos períodos de crisis que sorteó con éxito. La coyuntura actual, en cambio, ha resultado particularmente desafiante. En las últimas horas, además, ha vuelto a cavilar si será redimida en el cielo. 

—“¿Será que estuvo bien hacer el tránsito?”, me pregunto a ratos —dice Carla en la sala de su apartamento, apenas iluminada por la puesta del sol. Sobre una repisa hay fotos de su vida anterior, en una de las cuales emana de los ojos de Andrés cierta pesadumbre—. “¿Qué tal que me vaya para el infierno? ¿Y si fuera hombre otra vez?”. Pero también pienso que, si no lo hubiera hecho, estaría muerto por una sobredosis. Mi cuerpo no aguantaba más. Carla necesitaba salir. 

Antes de hacer el tránsito, sus mayores temores eran la reacción de sus dos hijas y que se malograra, por cuenta de los tabúes y la transfobia, su formidable capacidad terapéutica de transmitir confianza a sus pacientes. 

Visiblemente cansada, en shorts y pantuflas, el maquillaje movido, un collar de perlas sobre el pecho, las uñas rojas y largas, Carla Andrea suelta un suspiro antes de decir que el último mes ha sido difícil. 

—Hoy estoy completamente agotada —dice acariciando a Cosmos, uno de los cinco gatos con los que duerme cada noche, que ronronea en su regazo—. Esta mañana me puse una inyección de vitaminas y por un rato me sentó bien. Quiero ponerme mañana un suero intravenoso con una mega dosis de vitamina C. Estoy muy agotada. Es como si se me acabara la gasolina. Y eso que en el trabajo he tratado de cogerla suave. 

Se levanta entre las cuatro y las cinco de la mañana. Se toma el primer café viendo el amanecer. Prende la radio para oír noticias dos o tres horas. Si no va a la peluquería, tarda solo una hora arreglándose. 

—Cuando era hombre y la plata no me faltaba, mi ropa era de Armani o de Valentino. Ahora compro por Temu cositas bellas pero de combate. Con la ropa interior sí soy más meticulosa. Me encantan los encajes, las texturas sexys, suavecitas al tacto. Me fascinan los zapatos. Debo tener más de 40 pares. A veces pienso que es pecado acumular tanta ropa. Bueno, es la vanidad de la mujer, ¿no? Soy loca por las medias veladas. En eso sí gasto para tener las más finas del mundo: Wolford o Cecilia de Rafael. 

Dicho esto, se levanta, camina en un balanceo recio, masculino aún. Vuelve de la cocina con un café para mí. Comenta sobre el gobierno actual, el frío crudo de estos días bogotanos, lo difícil que es ser hombre heterosexual, mujer y trans en una sociedad tan anquilosada y patriarcal como esta. 

—Hoy no estoy inspirada para hablar. Estoy agotado, estresado. Los exámenes de laboratorio que me hice no son muy alentadores: el colesterol altísimo y el cortisol pésimo. Entre la familia y la fundación, mis gastos son altísimos. Desde hace más de dos años no he podido subir tarifas. Y nada que hago ejercicio, después de haber sido atleta y tenista de joven. Hoy oré bastante, hice un rosario. Los muchachos de la fundación me acompañaron. Tengo fe, pero no tengo inspiración para hablar, y para rematar, mi camioneta se dañó ayer. Estoy fea, no alcancé a ir a la peluquería y tengo el pelo horrible.

Tres

Andrés Jaramillo nació el 24 de mayo de 1964 en la clínica del Country de Bogotá. Su padre, arquitecto de profesión, provenía de una familia rica de Pereira, y su madre, ama de casa oriunda de Bucaramanga, fue reina de belleza. La primera vez que la expareja de Carla la vio vestida y maquillada femeninamente, la hizo caer en cuenta, recordando una foto que había visto de la joven reina, el notorio parecido entre madre e hija, “y eso que todavía no me había hecho las cirugías”. 

Su abuelo paterno fue un prominente empresario que murió joven y le heredó al padre de Carla una fortuna cuantiosa. 

—Papá vivió como un rey y se gastó casi todo. Solo le dejó una pequeña finca con una buena casa a mi mamá. Él falleció en 2009 y ahí fue cuando decidí montar mi fundación y me prometí no volver a drogarme ni dejar salir a Carla. Yo pensaba que la solución para dejar la droga era enterrar a Carla.

Pero era al revés. Necesitaba dar rienda suelta a Carla para abandonar la droga. Le tomó mucho tiempo comprenderlo, pero lo hizo: su dependencia a las drogas era solo un puente para liberar en secreto a la mujer que llevaba dentro y evadir temporalmente la censura interna.

—Tanto así que, desde que soy mujer full time, el deseo por la droga desapareció totalmente. 

Entre los fragmentos dispersos de su primera niñez, se recuerda mirando con embeleso vestidos de mujer, zapatos de tacón, medias veladas. 

—Fui una flor silvestre. Me crié prácticamente sola, porque, cuando nací mis papás ya estaban cansados de criar. Yo era el menor de seis hijos. El recuerdo más remoto que tengo es ponerme una faldita de una hermana, a escondidas, claro. Tendría unos cuatro años. 

Se despidió de la infancia vistiéndose de señorita con alguna frecuencia, encerrada en el baño para contemplarse a solas, a su gusto, en el espejo. La “voracidad por la vida” que dice haber cultivado desde niño fue encontrando cauces cada vez más caóticos y desorientados. 

—Me echaron del Gimnasio Moderno y de otros colegios. Como me encanta conducir a altas velocidades, tuve varios accidentes. Era muy loca por la velocidad. Mi papá me regaló una moto por sacar el primer puesto. Y tuve un accidente que marcó mi vida. Estuve un año sin caminar. Dejé el tenis y conocí las drogas. Desarrollé un trastorno límite de la personalidad, que tuvo que ver, en parte, con negar mi homosexualismo. Tuve muchas psicosis inducidas por la droga. Yo sé lo que es la locura.

En tercero de bachillerato probó la marihuana. No le gustó. A los 18 años volvió a fumar y le gustó. Pronto conoció la cocaína. Estudiando Ingeniería Electrónica en Georgia Tech, recibió una llamada de su madre contándole que Camilo, su hermano y mejor amigo, había sufrido un accidente de tránsito, tenía muerte cerebral y lo iban a desconectar.

—Me enloquecí cuando murió. Vine al entierro y desde ahí se agudizó mi consumo de cocaína y el gusto por vestirme de mujer y maquillarme. Un día, mi hermano mayor me encontró drogado, maquillado, entaconado, vestido de mujer, y me agarró a patadas. Mi papá muchas veces me gritó “travesti”, “degenerado”. Mi mamá siempre hizo negación: cuando las muchachas del servicio encontraban calzones o medias de mujer en mi cuarto, simplemente les decía que botaran todo eso. 

Sin hacerle el duelo a Camilo, le echó tierra al dolor a punta de cocaína, “que es como barrer la mugre hacia debajo de la cama”, dice. Abandonó la carrera en Atlanta y viajó a Milán para estudiar diseño industrial, por su amor al arte y al dibujo. Le atraía la idea de diseñar carrocerías para automóviles. Aunque en el fondo lo que anhelaba era diseñar ropa de mujer. 

El capítulo italiano duró tres años. Conducía un Alfa Romeo deportivo; vestía trajes y accesorios de lujo; trabó amistad con mujeres transgénero cuyas cirugías lo hacían soñar con verse mujer de tiempo completo, y entró en contacto con distribuidores de cocaína que le mandaban encomiendas pequeñas, que Andrés intentaba vender pero acababa usando para consumo propio. Alcanzó a imaginarse siendo un pez gordo. Estuvo preso un mes en Frankfurt. La policía aeroportuaria lo atrapó con un tarro para rollo fotográfico repleto de cocaína. De todo aquello hace ya cuarenta años. 

—No sé cómo me metí en eso, cómo se me torció la mente. Odio el narcotráfico. En fin, yo era muy loca, temeraria. ¿No te conté que alguna vez me metí a comerciar con esmeraldas?

Cuatro

A finales de sus veinte se obsesionó con la posibilidad de hormonarse. En su imaginación escenificaba el sueño de presentarse al mundo luciendo como una dama de pies a cabeza, con la piel sin pelo, la voz femenina y los pechos abultados. 

—Conocí a una muchachita trans de unos 16 años, de extracción social baja, que me encantó. Apenas le vi las teticas crecidas con hormonas, quedé matriculado y pensé: “Yo quiero hormonarme”. Esa experiencia me marcó completamente. 

De repente, como en otras ocasiones, engancha sin fricción en su relato el divorcio que por largos años mantuvo entre intelecto y praxis.

Carla Andrea Jaramillo

—Tenía un cerebro muy ágil, pero solo producía problemas. Sufrí de hiperactividad con un profundo complejo de Eróstrato, que es brillar por lo malo, y una arrogancia extrema, producto de un narcisismo derivado de un alto nivel intelectual. Pero a la hora de la verdad, yo era un paquete chileno: mucha palabra y nada de autorrealización. Tenía el síndrome de Fausto: exceso de conocimiento y pocos hechos. Tengo un coeficiente intelectual extremadamente alto, de 176, una inteligencia superior de la que no me ufano, porque por creerme inteligente no hice un culo en la vida durante veinte años. El conocimiento sin responsabilidad ni disciplina no es nada. Nada. A veces me siento frustrada y pienso: “Tanto conocimiento y tanta inteligencia para no tener un apartamento propio y vivir en arriendo”.

—¿Qué música te gusta?

—Me gusta AC/DC, Pink Floyd, los Stones, Iron Maiden… Todos los grandes. Te voy a mandar una playlist larga. Pero después, porque hoy estoy agotada. No quiero hablar más.

Cinco

No fue sino enterarse de que su mejor amigo andaba saliendo con su mujer, para sentir una de las puñaladas más pérfidas que haya padecido en el corazón. Entonces, el bazuco se tornó en refugio, y desplazó a la marihuana y a la cocaína, precipitándolo en la oscuridad y haciéndolo visitante asiduo de ollas, residencias de mala muerte y otros ambientes sórdidos de los que prefiere no acordarse. Sumido en el bazuco, algunas veces llegaría al borde de pedir limosna en la calle.

—El bazuco degrada mucho. Fui a todos los sopladeros del norte y del centro. A veces me vestía de mujer y me hacía llamar Carina. En un fumadero intentaron matarme. Una mujer me llevó a fumar a un cuartucho, se desnudó, me dijo que me quitara la ropa y apagó la luz. Sentí una corazonada impresionante. Me levanté rápido y prendí la luz. La vieja tenía un cuchillo en la mano. Alcancé a salir corriendo y con el torso desnudo paré un taxi. 

Si en los años ochenta llevó una vida funcional, pese al intenso consumo de cocaína, la década siguiente fue devastadora. En uno de los muchos centros de rehabilitación por los que pasó, Andrés sucumbió de lleno al encanto maldito del bazuco. Allí, un paciente le enseñó a armar pipas de lata para inhalar los humos embriagadores de ese narcótico tan propio del inframundo bogotano.

En otra ocasión, por poco no sale vivo de una olla en Los Mártires. Había parqueado su flamante Jeep Renegado, con rines de lujo y llantas grandes, al frente. En la evocación brumosa de aquel instante retiene apenas la intuición de que iban a matarlo. Saltó por una ventana y cayó inconsciente, rodeado de un charco de sangre. Lo despertaron los gritos de los comensales de un restaurante y sintió que su ángel de la guarda lo levantaba. La policía recuperó el Jeep, pero sin los rines, no supo Andrés si porque se los robaron o en medio de la traba los malvendió o los cambió por droga. 

—Las adicciones van embargando la vida mientras la plata se agota. Por la droga perdí mi primer matrimonio y me fui degenerando. Tuve dos empresas en las que me iba bien, pero fracasé por la droga. Tenía un taller de estructuras metálicas y una vez me llevé una máquina y los empleados me decían: “Pero, señor Andrés, ¿con qué vamos a trabajar”. Ese trabajo no era mi vocación. Mi felicidad laboral es ser terapeuta, y mi felicidad personal es ser mujer.

En el clímax de aquel frenesí letárgico escribió novelitas y cuentos cortos: El Jardinero del Edén, Extranjeros en el Paraíso, El Espejo de Dios, historias salpicadas de aventuras, mitologías prehispánicas, dioses extraterrestres. La pérdida total de esos manuscritos la evoca Carla como un suceso algo traumático.

Seis

—Me sometí a muchos tratamientos —dice Carla sentada a la mesa de su comedor, mirándose las uñas, largas y bien pintadas, un atardecer en el que ha vuelto del trabajo perfumada e impecablemente acicalada—. En Estados Unidos estuve internada donde estuvo John Travolta y en Cuba donde se internó Maradona.

Asegura haber conocido “todas” las clínicas de reposo y rehabilitación de Bogotá y alrededores: “estuve en Prometeo, en Pide Ayuda, etcétera”. A la Clínica Montserrat ingresó al menos una veintena de veces. La primera que pisó fue la Clínica Santo Tomás, por una sobredosis de cocaína con psicosis alucinatoria. La atendió allí el conocido psiquiatra Francisco Socarrás, discípulo de Freud, de quien Carla aprendió bastante de psicoanálisis al pasar una y otra vez por su consulta.

A comienzos de los años noventa, su padre lo internó a la fuerza en una clínica de Chía donde estuvo a punto de ser sometido a una lobotomía. 

—Cuando todavía hacían lobotomías en ese antro —dice mascando chicle—. Eso era un procedimiento arcaico. Un crimen. Esa clínica se acabó por eso. Sus dueños eran unos locos. 

Carla Andrea no se explica cómo logró escapar del quirófano trepando por un muro alto. 

—¿Algún tratamiento tuvo buen pronóstico?

—Mis tratamientos fueron insuficientes por la magnitud de mi adicción al bazuco, a la cocaína, a los inyectables. Llegué a estar muy mal mentalmente. Desarrollé una psicosis severa con delirios místicos y persecutorios —responde en tono veloz—. Me trataron los mejores psiquiatras del continente, entre ellos Laureano Gómez, que me enseñó mucho. En 1999, después de hacer mi tratamiento en la Clínica Internacional de Holguín, en Cuba, me ofrecieron trabajo como terapeuta y meterme al Partido Comunista, pero me puse a criticar a Fidel Castro y me llegó una carta de expulsión del país.

Antes de irse de Cuba, una psiquiatra elogió sus conocimientos en psicología y adicciones y la exhortó a escribir un libro y montar una fundación. La idea de ser psicoterapeuta le quedó revoloteando en la cabeza. De vuelta a Bogotá, desterró el bazuco de su vida y empezó a investigar con cada vez más fervor científico y con anhelo de servir.

—Los psiquiatras con los que he trabajado destacan mi maestría en formular medicamentos, aunque no puedo formular porque no tengo el título de psiquiatra. Leí y estudié a fondo a los grandes del psicoanálisis y la psiquiatría: Maslow, Rogers, Freud, Lacan, Jung, Kohut, Starks. He sido una gran autodidacta. Estoy considerada entre quienes más saben de salud mental en Colombia.

Después de tantos años atrapada en sus abismos, asumió con alma y vida la vocación de servicio para la que asegura haber sido encomendada por el Espíritu Santo. Ensambló una metodología de enfoque integral que llamó “Inteligencia Espiritual”, y empezó a atender a adictos de todas las capas sociales, muchos de ellos de alto perfil, dados los costos de sus tratamientos. De ahí pasó a la psicología bioética (enfocada en la autonomía y dignidad humanas), sobre la cual escribió un libro todavía inédito. Con este enfoque ha trabajado en los últimos diez años. 

—Desafortunadamente hay muchos charlatanes y oportunistas en este gremio que se lucran con el dolor de las familias que hacen lo que sea para sacar a un hijo de las drogas o de una esquizofrenia. Ver a una familia feliz por un hijo que se recupera con nosotros es más gratificante que ganarse una fortuna. Tenemos un tratamiento de desintoxicación molecular único en Colombia, que ayuda a bajar los niveles de ansiedad por la bebida hasta un 80%. He tratado de ser buena con el prójimo, como enseña la Carta de Corintios. He ayudado a mucha gente a hacer el tránsito y a muchos gays a aceptarse. He regalado tratamientos costosísimos. No he recibido grandes cantidades de plata humana, pero estoy ahorrando en el cielo.

Siete

Cuando regresaba a casa de sus dilatadas noches en hoteles donde se drogaba y vestía de Carla Andrea para solaz propio, lloraba en silencio preguntándose: “¿Por qué tengo que desmaquillarme, dejar de sentirme yo misma?”. 

Con el tiempo fue armándose de valor para salir, ataviada de Carla, de la habitación a la recepción del hotel de turno donde se hospedaba. La gerente de uno de los hoteles la motivaba: “Conviértase en mujer de tiempo completo”. 

En el carro tenía siempre lista una maleta con ropa, peluca y otros accesorios de mujer. Pero muchas veces la quemó.  

—Yo mismo era homofóbico conmigo misma. Ese fue mi conflicto interior durante muchos años. Me trataba de marica y degenerado. Odiaba ser marica.

Hasta que se aceptó a sí mismo, liberó a la mujer que lo habitaba y, tras décadas de travestirse a escondidas y narcotizado, decidió por fin dejarse sentir mujer en sano juicio. Se depiló el cuerpo entero con cuchilla y pomada, renunció a la reprimenda contra su otra identidad y un buen día empezó a llevar panties y medias veladas debajo de los pantalones de señor con los que iba a su oficina. El doctor Andrés, tan rígido y tan distinguido, se prometió convertirse pronto en “Carla full time”

—La primera vez que salí a la calle vestida de mujer, fue muy liberador y difícil al mismo tiempo. Estaba en una suite del hotel Cosmos. Mi amiga, la gerente, me tomó fotos. Bajé a la recepción, caminé hasta mi carro en el parqueadero, me monté al volante y me sentía realizada, aunque tenía terror de que me juzgaran o me pegaran, por tanto maltrato que ha habido contra las mujeres trans. Pero fuimos a un restaurante y la gente no me miraba feo. 

En las siguientes salidas el miedo no se disipó. Carla Andrea se enfrentaba al mundo sobria, en sus cinco sentidos, con la incertidumbre y ansiedad de ser rechazada.

Mucho antes de emanciparse, Andrés había advertido que su hija mayor sospechaba de su vida secreta por ciertos detalles: telas de mujer entre las pertenencias de su padre, pelucas, rastros de esmalte en las uñas. La menor también percibió algo en su momento. Con seis años, le dijo una vez: “Papi, estás maquillado”. Llegaba de un hotel enguayabado y con delineador en los ojos. “No le pares bolas a eso, mi amor”, fue lo único que atinó a decirle. 

—La niña entró en crisis cuando me hice mujer full time. Me pidió que volviera a ser hombre. Su miedo era que la matonearan en el colegio. Entonces abordé el tema sin dilaciones. Fui al colegio, ya como mujer, y hablé con los papás del curso. Más de la mitad no me apoyó. Otros papás, junto con el rector y el área de psicología, en cambio, me ofrecieron total respaldo. Desde ahí la niña se empoderó. Con la que pensaba que el asunto iba a ser más dramático era con mi hija mayor, pero fue la que mejor me entendió.

Ocho

El 12 de noviembre de 2019 se tomó un par de cervezas para envalentonarse, llamar a su madre y anunciarle: “A partir de ahora voy a llamarme Carla Andrea Jaramillo y Andrés va a desaparecer”. A lo que su madre respondió: “Prefiero verlo muerto que de mujer”. 

—Mi mamá aceptó que mi hermano Juan Daniel fuera gay. ¿Te hablé de mi hermano Juan Daniel? Ya murió. Era el político de la familia. Cuando le pregunté a mi mamá por qué a mí no me aceptaba, me dijo: “No es lo mismo, porque usted va a hacerse transformaciones corporales”. 

No hablaron por dos años, al cabo de los cuales Carla recibió una tarjeta de Navidad adornada con los Ángeles de la iglesia de Sopó.

—Son unos ángeles travestis muy bellos. Ahí mi mamá me escribió que ojalá mis sueños se convirtieran en realidad. Ella tiene una casa muy buena en Chía y allá fui a visitarla vestida de mujer. Me miró de pies a cabeza, pasaba saliva. Otro día la invité a almorzar. Me fui súper bien arreglada, con mi pelito ya crecido. Se le notaba lo incómoda que estaba. Ella seguía viendo a su hijo Andrés. Pero se alivió cuando un mesero nos saludó: “Bienvenidas, señoras”.

Encarnada ya en Carla Andrea, sin abandonar aún el yo social del doctor Andrés, abrió una página de Facebook con su nuevo nombre. Subía fotos de sus piernas, coqueteaba por chat, hacía un poco de sexting. Su secretaria entró una mañana en su oficina y le dijo, sonrojada, que la había visto vestida de mujer. “¿No será mejor, doctor, cerrar ese Facebook?”. “No, todo lo contrario, el Facebook que voy a cerrar es el de Andrés, porque ya tomé la decisión de ser mujer full time”. 

—Yo ya tenía la cirugía de feminización del rostro y las depilaciones con láser. Ya no tenía barba. Tenía volumen de labios, mis ojitos operados como pura mujer y me estaba dejando crecer el pelo. En la fundación la gente no sabía si era hombre o mujer. Dos amigos, Germán Palomino, el peluquero, y Jairo Castaño, me animaron: “Ya, Carla, salga”. 

Un viernes reunió a los pacientes y a los empleados y les dijo que a partir del lunes llegaría convertida en mujer. El lunes, en efecto, llegó con extensiones de pelo, maquillada, en minifalda, medias veladas y tacones. Empleados y pacientes aplaudieron su osadía. 

—Eso me afianzó. Me senté en mi oficina pensando: “Lo logré, gracias a Dios”. 

Nueve

En 2020, Carla Andrea se puso en manos de los cirujanos. En total fueron 18 intervenciones por toda su anatomía: lipoescultura, nalgas, cara, senos… Quería hacerse la voz y la vagina, pero el cuerpo le advirtió que no soportaría más anestesias generales. 

—Cuando hice el tránsito, un paciente me gritó: “Travesti, degenerado, usted no tiene nada para aportarme, se va a ir al infierno”. Hubo otros pocos que me rechazaron. Eso después de una trayectoria impecable con decenas de casos de adictos que ayudé a recuperar. Eso golpea, pero hay que tener efecto teflón para que te resbalen las críticas. Las trans siempre hemos estado estigmatizadas. La gente piensa que somos putas. Pero personas como Brigitte Baptiste han desvirtuado eso. Somos buenas conocidas. Ella me dio valor, porque es una mujer bien preparada y con un prestigio tremendo. También soy amiga de Tatiana Piñeros, la mujer trans que fue alcaldesa de Ciudad Bolívar. Me di cuenta de que uno puede ser trans y culta al mismo tiempo.

Entre finales del 2024 e inicios del 25 sufrió dos episodios que casi le cuestan la vida: un shock séptico, producto de la infección de un seno, que la tuvo diez días en una UCI, y un paro generalizado tras la aplicación de anestesia para instalarle un neurotransmisor. Estuvo en coma una semana larga. El pronóstico fue que quedaría en estado vegetativo. La sugerencia médica era desconectarla. Pero su familia se opuso. 

Su expareja le llevó una imagen de Jesús saliendo del sepulcro, y en las horas siguientes Carla comenzó a mover una mano y a abrir los ojos.

—Sufrí mucho cuando me desperté del coma. Se me fue de la memoria todo el mes de enero. Poco a poco fui conectándome con mis cosas y con la misión que Dios me ha encomendado. Lloré de angustia y también de gratitud, porque lo mío fue un milagro. No era el momento de irme. Mi familia me necesitaba, sobre todo mi hija menor y ahora mi nieta. Va a ser una experiencia bellísima ser abuela, tener a la nenita en mi pecho. 

Diez

Es un lunes cálido de agosto de 2025 y Carla Andrea saborea un cheesecake en un café del parque de la 93, a dos calles de donde creció. 

—Vivíamos en una cuadra fenomenal, donde todos nos conocíamos. No había bares ni restaurantes. Los vecinos eran los Ospina, nietos del expresidente Ospina Pérez. Tuve una gran amiga, Jimena, con la que me di los primeros besitos en la boca. Fui muy deportista. Jugaba mucho al tenis en el Country Club. Desde niño tuve afición por la lectura. En la casa había una gran biblioteca. Me fascinaban desde la física y la química hasta la filosofía. Luego, siendo adicta, leí muchísimo. Cuando me embalaba con bazuco leía sin parar.

La familia ocupó después un caserón rodeado de árboles y jardines bien cuidados en el muy selecto vecindario de Chico Oriental. Repetidas veces, tras duras noches de droga en hoteles de mala muerte, Andrés entró a hurtadillas en la espaciosa casa de madera para los perros, donde dormía la resaca, temeroso de que su padre lo sorprendiera y, una vez más, lo llevara, con ayuda de la policía, a una clínica psiquiátrica o de desintoxicación.

Llevaba meses insistiéndole en que me ayudara a contactar a su círculo más cercano y a un par de sus pacientes, hasta que un día me dijo que ni su hija mayor ni su exesposa querían participar en este reportaje. Sobre los pacientes no me dijo nada. Otro día me envió un WhatsApp diciendo que con su madre mejor no intentarlo siquiera, “porque en el fondo me odia y piensa que soy un monstruo”. De sus amigos más antiguos no quiere saber nada.   

—Cuando le conté a un amigo de toda la vida que iba a hacer el tránsito, me dijo que no tenía las bolas para ver a uno de sus mejores amigos transformado en mujer. Fue un golpe durísimo. Después, ya de mujer, hice una comida para varios amigos. Fueron más por morbo que por amistad. Me felicitaron, me dijeron que era una berraca, pero terminaron sacándome del llavero por no soportar tener a una mujer trans de amiga.

Mide, sin tacones, 1,75. Con los que tiene puestos hoy, alcanza el metro noventa. Juega con un anillo, mira el celular, pregunta cuánto de lo que hemos hablado en estos meses servirá para el guión de un documental. Enseguida se le iluminan los ojos al decir que le gustaría que su vida fuese contada con el refinamiento de una película francesa. 

Jorge Pinzón Salas

Estudió Literatura. Fundó y dirigió por diez años la revista Cartel Urbano. Ha publicado sus textos en diferentes medios. Ahora trabaja como periodista independiente.

Estudió Literatura. Fundó y dirigió por diez años la revista Cartel Urbano. Ha publicado sus textos en diferentes medios. Ahora trabaja como periodista independiente.

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-Febrero/25/2026
Carla Andrea Jaramillo es una psicoterapeuta transgénero que ha ayudado a cientos de personas a superar adicciones y trastornos mentales. Esta es su historia.
Jorge Pinzón Salas
-Febrero/24/2026
Para el cumpleaños de esta ídola, invitamos a Alejandra Balaguera a ilustrar algunos de esos looks y canciones que marcaron la historia nacional e internacional.
Ana Dibuja
-Febrero/20/2026
Daniel Liévano y Haruki Murakami: un encuentro entre trazos y metáforas que da vida a una joya editorial. El arte de ilustrar lo invisible.
Aprende cómo componer y hacer poses, trazos, rostros y emociones paso a paso con este tutorial de ilustración erótica con la ilustradora colombiana Ruttu.
Bacanika
Bacánika
-Febrero/19/2026
Mucho ha pasado por las manos, prensas y matrices de la gráfica colombiana desde el siglo XX hasta hoy. Esta autora de la casa nos trae una curaduría personal.
Zamira Caro Grau
-Febrero/17/2026
Para el cumpleaños de esta ídola, invitamos a Alejandra Balaguera a ilustrar algunos de esos looks y canciones que marcaron la historia nacional e internacional.
Chuleta Prieto
-Febrero/13/2026
Este pueblo de Cundinamarca conserva una serie de murales del siglo XVII en los que los indígenas pintaron a Cristo poco después de una tragedia. El autor nos cuenta.
Laura Daniela Soto Patiño
Laura Daniela Soto Patiño
-Febrero/10/2026