Pasar al contenido principal

 

Escribe más de 3 caracteres

fiesta en Bogotá

Imaginar a Sísifo bailando guaracha

Ilustración

En los últimos años, Bogotá se ha consolidado como uno de los epicentros de la fiesta. Reggaeton, techno, guaracha, neo-perreo, salsa, merengue, latin club, post punk. Los géneros parecen infinitos, los festejos igual. ¿Qué representa la fiesta en una ciudad en la que la ligereza del baile funciona como escape?

Lo escribió Gabriel García Márquez. «Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile». La cita es de Noticia de un secuestro, una crónica situada durante una de las épocas más convulsas del país, los noventa. Han pasado treinta años desde su publicación y, sin embargo, la consigna sigue viva. 

Basta con prestar atención al rumor que se pasea por las calles de la ciudad el viernes al final de la tarde: «Qué semana pesada, ¿no?», mientras aumenta paulatinamente el volumen de la música desde las tiendas y los bares. Las excusas y señales de cansancio varían ante una solución que se repite: soltar al ritmo de la salsa, el merengue, el techno o la guaracha.

En medio de ese paisaje del desgaste es sencillo imaginar a Sísifo en la entrada de un bar sobre la Avenida Caracas después de que el cielo se ha ensombrecido con la llegada de la noche: las ventanas vibran, le piden la cédula para verificar su edad, una requisa por aquí, dejar la piedra en el guardarropa por allá, enderezar la espalda doblada por la rutina, una botella de agua y a bailar. Finalmente, una vez adentro, luces rojas, azules, violetas perfilan siluetas que se arrejuntan sin importar lo que ha pasado y lo que pasará durante algunas horas en una ciudad que siempre está al borde del colapso.

Junto a Sísifo, cientos de personas forman parte de un ritual antiquísimo. El calor se acumula en los cuerpos empapando la piel, dejando marcas en la ropa. Poco importa lo que suene en los parlantes. El bajo palpita, pum pum. Los asistentes bailan con los ojos cerrados, se transforman, se saben vivos.

fiesta en Bogotá

Pasa en cada bar de la ciudad. Desde las aceras, las casas apretadas, con espaldas contiguas, revelan la coralidad de la fiesta. En la puerta de una se adivinan riffs de guitarra, cabelleras largas, cuero sobre cuero; en la siguiente se escapa un son cubano y el chin chin de las copas de ron; en otra, el salchipapeo hace vibrar las ventanas por las que se adivinan gafas oscuras y cuerpos agitados. 
Para Kelley Nicole Knapp, mejor conocida como Surfer Rosa, «en Bogotá la cultura de baile es fuerte». Quien haya asistido a una de sus fiestas conoce la sensación que generan sus sets: un cosquilleo que se extiende a través de más de cien pulsaciones por minuto hasta conquistarlo todo. ¿Después? La ligereza, la vitalidad, el goce de moverse como venga en gana.

Kelley llegó a Colombia desde Estados Unidos sin saber mezclar. Alternó la docencia con los clubes y las fiestas a las que asistía todos los fines de semana. Confiesa que en ese tránsito se enamoró de Bogotá y luego de un par de años decidió aprender a mezclar por cuenta propia.

«Siento que acá hay una presencia de baile que acompaña los géneros latinos desde la infancia, es algo casi arraigado. En Bogotá veo franqueza a la hora de escuchar nuevos géneros y probar nuevos estilos de baile. Por ejemplo, afuera de mi casa, en el Parque de los Hippies, es posible encontrar desde sesiones de gabber hasta de zumba —sonríe y continúa—, aunque se dice que los rolos no pueden bailar como lo hacen en otras partes del país, acá lo hacen cien veces mejor en comparación a los estadounidenses (…) vivir en Bogotá es sobrevivir. Es decir, acá bailamos como trabajamos: fuerte».

Después de quince años viviendo en Bogotá, Surfer Rosa —nombre tomado del famoso álbum de Pixies—  es sinónimo de buena fiesta y por eso la ciudad hoy es su mejor tarima. Sus sets de post punk, dark wave e infrasound transportan a los asistentes a una dimensión en la que David Lynch se deslizaría con delicadeza por la pista circular de Asilo Bar o en medio de las atmósferas gravitacionales de las que emergen cuerpos que parecen levitar en Videoclub o Paradisco.

fiesta en Bogotá

Es cierto que los capitalinos tenemos fama de ser la rama sin ritmo de la familia. Los de la cadera tiesa. Tan fríos como las montañas al pie de las que crecimos. Y si bien la soltura caribeña, la gracia vallecaucana, el zapateo llanero o las danzas amazónicas no nos pertenecen, la migración interna y externa y las redes sociales nos acercaron lo suficiente para crear espacios neutros donde, por un par de horas, nada de eso importa. ¿Por qué? Porque la fiesta es un país.

En esa nación el cuerpo de Sísifo gravita alrededor del ritmo. Nadie se fija en él y él no se fija en nadie. Las luces parpadean sobre sus músculos, que recuperan la laxitud de un cuerpo que olvida el peso que acostumbra cargar. Zapatea, se abanica y sonríe mientras abandona la rigidez de la rutina.

Sol Ángel también es hija de esa geografía. La artista visual y sonora es cofundadora de Club Felinas, un sello discográfico pensado para mujeres, disidencias y comunidad queer. Para ella «salir de fiesta en Colombia se piensa desde lo colectivo. No es como en algunos países de Europa donde la gente va a escuchar música sola, de manera más individualista (…) Acá existe la cultura de reunirse en parques, de apropiarse de espacios públicos».

Para Sol es importante ver la fiesta como un acto de resistencia que se manifiesta a través de la música, la ropa e, incluso, de la acción sencilla de salir a caminar entre las calles de una ciudad que todavía se resiste a lo «diferente». Sus fiestas son espacios donde poco o nada importa cómo se ve el otro o de dónde viene.

Basta cruzar la puerta para que la cadera se mueva con vida propia. La sensualidad se vuelve reflejo del otro y de todos porque siempre hay espacio para bailar aunque parezca que al bar no le cabe un alma. El calor del Caribe se manifiesta en medio del aguacero, así como el perreo antioqueño o la nostalgia presente en una buena cumbia. Aparecen el maquillaje arrancado de los dos mil, los tacones que retan los principios de la gravedad, los ombligos al aire y el pum pum desbocado que recuerda una idea de Cristina Rivera Garza: «Uno siempre es un caballo corriendo por su vida». Los cuerpos galopan en un frenesí como si su existencia dependiera de la entrega en la pista de baile. Entremedio, dragueo, trepe, muñequerío.

fiesta en Bogotá

En los intervalos entre artistas hay descanso. Los asistentes, despojados del peso de sus respectivas rutinas, encuentran en el desboque una alternativa a la pesadez. Sísifo sin su piedra, Cristina sin los mensajes a deshoras de su jefe, Antonio sin el martilleo que lo asalta en las noches y lo obliga a preguntarse si acaso su suerte va a cambiar, Julia deja de pensar en si vale la pena pedir plata prestada y pagar LinkedIn Premium a ver si encuentra trabajo en lo que le gusta.

«Considero que la fiesta es política. De hecho, suele nacer de la resistencia de minorías alrededor del mundo. Si uno ve la historia de la música electrónica, está ligada a comunidades negras, personas trans, migrantes latinas, entre tantas otras». Para Sol es importante entender que no solo se trata de bailar, sino de «asumir quién soy yo en el espacio, qué quiero transmitir, qué espero ver de otra gente, cómo puedo cambiar algo en mi pensamiento desde el disfrute y la música. Puede ser algo profundo o simplemente el hecho de compartir espacio con personas diferentes a mí».

¿Cambiaría algo el destino de Sísifo en medio de la fiesta? Es justo pensar que sí. El baile facilita la alquimia. El cuerpo suspende la rigidez de la repetición a través del movimiento indócil. Ya sea en una fiesta de salsa, reguetón, crossover, post punk o vallenato, la música nos transforma. En ella encontramos la oportunidad de ser otros sin dejar de ser nosotros; performar es renunciar a la identidad hiper productiva que se nos ha impuesto.

Pedro García Pilan explica este cambio en un artículo académico titulado Fiesta y ritual, las continuas metamorfosis de lo invariable, «A lo que realmente asistimos, pues, es a una transformación, a una metamorfosis constante, tanto de formas como de significados, de la semántica como de la sintaxis festiva, de los sujetos celebrantes y de los objetos celebrados, pero el ritual no desaparece».

Existe un antes y un después de una buena fiesta. Es posible verlo en las caras lavadas y los cuerpos ingrávidos. Siluetas que se abrazan en un gesto de satisfacción cuando la música se calla y los pájaros cantan. Se trata de una huella pasajera, la mueca de plenitud de quien lo dio todo. El vapor que se escapa de un cuerpo que conserva la energía acumulada por el movimiento y que, a pesar de que el mundo afuera siga siendo el mismo, de alguna manera se siente más ligero para retomarlo. 

Al final resta una cosa: recoger la piedra, empujarla cuesta arriba mientras se busca un perro caliente o quizás una hamburguesa. Regresar a casa dispuestos a seguir viviendo entre la repetición hasta la siguiente oportunidad de interrumpir el ciclo y, una vez más, permitir que el encuentro con otros a través de la danza, la celebración y la diversidad nos transforme durante un par de horas que, con suerte, resisten toda una vida.

fiesta en Bogotá

**

Zamira Caro Grau

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Cultura Pop
Le puede interesar

Bogotá es uno de los epicentros de la fiesta. El baile es una catarsis colectiva para una ciudad que transforma el cansancio en movimiento y encuentro.
Zamira Caro Grau
-Mayo/25/2026
Desde el drama de Almodóvar hasta el suspenso de Lynne Ramsay, estas películas reflejan con miradas tan crudas como diversas lo que significa ser madre.
Zamira Caro Grau
-Mayo/21/2026
Desde el drama de Almodóvar hasta el suspenso de Lynne Ramsay, estas películas reflejan con miradas tan crudas como diversas lo que significa ser madre.
La rabia es una emoción que, canalizada a través del arte, se convierte en un motor de cambio y dignidad. Visite esta muestra en Bogotá.
Más allá de marcar la piel con tinta, un estudio de tatuaje es un espacio en el que la creatividad juega en compañía de otras ideas, aquí un listado para visitar y tatuarse.
Fernanda Pulido
-Mayo/13/2026
Ex Testigo de Jehová y artista, Fabián Orozco construye esculturas de cartón como una crítica pagana a su pasado religioso
Andrea Yepes Cuartas
Andrea Yepes Cuartas
-Mayo/11/2026
Un vistazo a algunas palabras del léxico caleño con ilustraciones de Guacala
¿Por qué los jóvenes beben menos alcohol? Exploramos la tendencia del no/low alcohol y cómo la Generación Z redefine la diversión, la salud mental y el consumo.
Sara Zuluaga
-Mayo/07/2026