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consumo de alcohol jóvenes

El quiebre del rito etílico: ¿Ya no tomamos tanto alcohol?

Ilustración

¿Cuándo la “pérdida de control” dejó de asociarse a la diversión y empezó a ser vista como el foco de la ansiedad y la vulnerabilidad? Hoy el consumo de alcohol disminuye entre jóvenes mientras aumentan las alternativas sin licor. ¿Se trata de bienestar o de un cambio más profundo en cómo nos relacionamos con las sustancias, el cuerpo y los otros? 

Crecer en los noventa fue ver de cerca y con luminosidad figuras bastante alejadas de la idea de bienestar que tenemos hoy: trasnocho, suciedad, cigarrillos, alcohol, alcohol, alcohol; sistemas de valores estéticos que privilegiaban lo perverso como sensual y lo “saludable” como nerd, desabrido, ingenuo o aburrido. El alcohol era el foco del deseo de los colegiales que veían allí la oportunidad para escalar la pirámide social. El descontrol y “el aguante” en las mesas de los bares era el indicador heterobásico que operaba para mostrarse como el más macho de los hombres o como la mujer más atractiva y poderosa de todo el lugar, así, la escalada se medía de a pocos hacia una adultez todavía distante. 

A los veintidós años, cuando hice las prácticas de mi pregrado, me mudé a un apartamento con extraños en otra ciudad. Durante los primeros meses, un día en el desayuno, uno de ellos me preguntó si de verdad yo era escritora porque le parecía sospechoso que no me emborrachara y drogara como el resto. Aunque la premisa era tramposa, sé que no era el único que ponía en duda los tópicos que nos habían grabado hasta las tripas y con los que nos habían hecho concebir ideas viciadas como verdades irrefutables: tenía compañeros de universidad que recitaban a Bukowski sintiendo en el centro de su cuerpo todavía informe una maldad que nunca rozarían; compañeros de trabajo “adictos” al trasnocho y a la fiesta que hacían competencias por quién llegaba mejor al final de la botella. ¿Y si era cierto el comentario de mi roomie, podría yo siquiera acercarme a la vida creativa?, ¿era efectivamente la única forma de diversión todo eso? 

Nidia Yineth Preciado Duarte, Psicóloga clínica y docente de Unisanitas, señala que el alcohol es un agente químico externo que produce intoxicación en el cerebro, que es el principal órgano que mueve y controla el sistema nervioso central: “El alcohol produce un estado de bloqueo especialmente en toda la parte lógica racional y de procesos cognitivos estructurados, es decir, no en los procesos más básicos sino en los complejos, que abarcan el pensamiento, la creación. Por supuesto, dependiendo de la cantidad, este bloqueo se expande y puede también llegar a los procesos básicos, que es lo que sucede cuando las personas se duermen, hablan enredado, entre otros”.
Las cifras en casi cualquier parte del mundo indican hoy una disminución abismal del consumo de alcohol e incluso un cambio estructural en la idea de la diversión en los tardíos Millenials y Gen Z. Como si ese sistema del caos sostenido con figuras icónicas como Britney, hubiese quitado el velo de lo deseado y lo hubiese dejado al desnudo, ¿qué pasa en realidad?, ¿estamos más informados sobre los posibles efectos adversos?, ¿le tenemos más miedo al descontrol?, ¿hay alguna explicación sobre nuestra relación con ese depresor del sistema nervioso central?, ¿ahora podemos verlo así?, ¿por qué antes no?

La tendencia del No/low alcohol

Veamos: lo que empezó en 2018 como una idea de la escritora Ruby Warrington para extender el Dry January, hoy es un fenómeno en TikTok: el movimiento Sober curious. Con más de 267 millones de visualizaciones, el hashtag se ha llenado de recetas de cócteles coloridos e historias de personas que prefieren recordar sus noches con claridad. Esta ola ha impulsado la tendencia NOLO (No/low alcohol), que ya invade eventos de prestigio como la Madrid Cocktail Week, en la que este año las 90 coctelerías participantes están obligadas a incluir opciones sin alcohol o de baja graduación en su carta.

Los datos son contundentes: los jóvenes están rompiendo con el viejo guión de la fiesta desenfrenada. En Colombia, un estudio de Ipsos revela que el 53 % de la población joven ha bajado el ritmo, consumiendo menos cantidad y con menor frecuencia que los mayores de 26 años.

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Según cifras de Tinder, el uso de los emojis de jarras de cerveza y copas de vino ha caído un 40% y 25% respectivamente en los chats de conquista. El 72% de los usuarios presume en su perfil no beber o hacerlo solo ocasionalmente, demostrando que la sobriedad es el nuevo imán de atracción. De hecho, el consumo semanal entre adolescentes ha caído en picada desde 2002, pasando de ser la norma a ser algo de apenas un 8%. Parece que la autenticidad de una cita sin el escudo del alcohol es el nuevo estándar.

España, tradicionalmente asociada a la cultura del bar, está liderando esta revolución de forma inesperada: son el país europeo que más cerveza sin alcohol consume, representando casi un 16 % del total del mercado.

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Sobre el control y el cringe

¿Pero de dónde viene todo este movimiento?, ¿cuáles son las razones de esta tendencia y qué nos dice sobre cómo estamos operando ahora?  El estudio Health Behaviour in School-aged Children (HBSC) revela que solo el 8% de los adolescentes consume alcohol entre semana, y un abrumador 76% ya percibe el consumo de cinco o seis copas en un fin de semana como un problema grave, no como una anécdota. Parece que el alcohol ha dejado de ser un símbolo de libertad para convertirse en un factor de riesgo sistémico. Esta generación, forjada en la cultura del bienestar y marcada por la pospandemia, prioriza la salud mental y física por encima del gregarismo etílico. Como si emborracharse estuviera convirtiéndose en una reliquia de una época sin límites ni autocuidado.

Pero no es solo eso: la dinámica digital ha transformado la embriaguez en una amenaza reputacional. El "descontrol" ya no se asocia con la diversión, sino con la exposición, la ansiedad, la pérdida de la imagen y el cringe. Un informe Think with Google revela que el 76% de los centennials considera vital mantener el control absoluto de sus vidas en todo momento. Para el 41% de ellos el alcohol es sinónimo de vulnerabilidad y abuso, una grieta en su armadura pública que no están dispuestos a costear. La resaca -o el guayabo- ya no es solo física, es social y digital, y el riesgo de un video viral comprometedor pesa mucho más. 

Preciado señala que el vínculo de estas generaciones con la exposición pública es enorme, por lo que sienten que no hay nada oculto y que en cualquier momento alguno de sus actos les va a dejar en evidencia; además, socialmente beber alcohol incluso se ha convertido en algo risible o muy “de viejos”, con memes e imágenes que circulan en las que se compara beber alcohol con tener cuenta en Facebook.

Según el autor de Una borrachera cósmica, Mark Forsyth, la función histórica del alcohol era relajar la interacción cara a cara, pero ahora esa necesidad se ha diluido, ya no necesitamos "romper el hielo" con una bebida si la interacción ocurre a través de una pantalla: la conectividad digital ha sustituido la necesidad química de desinhibición.

Y para la industria también hay cambios, pues hoy tiene enfrente a un consumidor mucho más cerebral y menos impulsivo. El 86% de los jóvenes otorga a la salud mental el mismo peso que a la física a la hora de decidir si beben, configurando un mercado que obliga a la industria de los licores a replantearse toda su estrategia. El consumo ya no es una inercia cultural, sino una decisión calculada en la que se mide el impacto en el rendimiento académico, laboral y emocional. Esta transición hacia un modelo de ocio responsable y tecnológico no es una moda pasajera, sino la consolidación de otras formas de ocio que además se conectan con nuevas dinámicas dentro de la cultura pop. Muchos personajes públicos han elegido la “nueva sobriedad” ya sea como forma de bienestar o luego de pasar rehabilitación, entre ellos Bradley Cooper, Miley Cyrus, Anne Hathaway, Jlo, Naomi Campbell y Zac Efron.

¿Fiestas sin alcohol?

El viejo imperio del alcohol se tambalea: Diageo (Johnnie Walker, Tanqueray) ha perdido casi el 50% de su valor desde 2021; José Cuervo acumula una caída del 43% en tres años, y Constellation Brands (Corona) retrocedió un 33.5% en solo doce meses. Mientras el índice S&P 500 sigue su curso ascendente, la industria del licor se queda rezagada, castigada por una generación que ya no ve el consumo excesivo como un pilar del ocio. En ese sentido, la rentabilidad está en la capacidad de las marcas para adaptarse a un consumidor que ha decidido, sencillamente, dejar de beber.

La industria no se ha quedado de brazos cruzados ante el descalabro bursátil. El sector de bebidas sin alcohol o de baja graduación ya superó los 11.000 millones de dólares en 2022 y sigue creciendo; no solo la cerveza, sino el whisky, el vino y otros.

El mito de que la diversión requiere embriaguez se está desmantelando en las pistas de baile de todo el mundo. Experimentos como Morning Gloryville en Londres o las fiestas Daybreaker en Nueva York han demostrado que se puede vivir la intensidad de una rave a base de jugos y café orgánico antes de entrar a la oficina. Lo que hace diez años parecía una excentricidad, hoy es un fenómeno global que va desde Japón hasta España. El orgullo de estas nuevas fiestas es precisamente la ausencia de drogas y la garantía de una mañana productiva. El ocio se ha vuelto diurno, consciente y, sobre todo, lúcido. 

Por ejemplo, Valentina Arroyo tiene veintitrés años y es estudiante de primer semestre de maestría en literatura; para ella es normal hacer planes con sus amigas sin que el alcohol esté de por medio, ninguna lo consume con frecuencia aunque tampoco se definen como “abstemias”. Valentina prefiere reconocer que tiene una relación distante y tranquila con las bebidas alcohólicas, que las consume entre una o dos veces al año, y que, en su caso y el de su círculo, eso es lo normal. Por supuesto, señala que algunos de sus amigos tienen el mismo vínculo nocivo con otras esferas: los videojuegos, las drogas sintéticas o el vape; así que para ella, aunque las dinámicas de consumo cambien y se presenten como modos más saludables, el componente de la recompensa fácil para el cerebro siempre está presente.

Aunque mi relación con el alcohol es también distante, las cifras de generaciones más jóvenes son contundentes y revelan quizá nuevos miedos o nuevos focos de atención: en casi todas las consultas que hice las personas se referían a la falta de alcohol como un aspecto positivo para ser más hábiles al día siguiente. Aquí caben otras preguntas: ¿Es la sobrecarga de la productividad lo que está haciendo que queramos estar cada vez más conscientes y “bien” al día siguiente?, ¿con qué otro consumo se está reemplazando el del alcohol?, otras cifras parecen indicar que aunque baje el del alcohol sube el de las drogas y los juegos de azar, pero esos son temas para otros textos. 

Preciado señala que ahora hay más información sobre los efectos nocivos del alcohol, el hecho de que esté más que comprobada la muerte celular no regenerativa en el cerebro abre una discusión sobre la legalización de una bebida tan común y “amable” en tantos hogares. Valdría la pena cuestionarnos entonces, concluye Preciado, si realmente debemos o no tener una relación con el alcohol y si el alcohol nos está abriendo preguntas más amplias y complejas sobre el autocuidado y nuestra idea de diversión.

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