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El brandalismo criollo de Maniatic

Ilustración

Un "agitador cultural": así se define a sí mismo Maniatic, uno de los exponentes más notables —y de los primeros— del brandalismo en Colombia. Publicista por profesión, pero vándalo y maniático por vocación, comenzó en el brandalismo antes de que él mismo conociera el término. Aquí un atisbo a sus procesos y cómo ha vandalizado marcas en el país.

En la sala de un apartamento en Medellín, Maniatic se acomoda para hablar sobre el brandalismo en Colombia. Hay pósteres, banderines e imágenes intervenidas como un mapa conceptual de su cabeza desplegado en las paredes visibles en la llamada de Meet. Como un ritual, abre bien los ojos, arquea las cejas como quien está a punto de revelar un secreto y enciende un cigarrillo. Comienza a narrar la pulsión inicial de hackear logos de marcas, una epifanía que brotó mientras trabajaba en su propia agencia.

La publicidad fue su primera escuela. Mientras se encargaba de la imagen de marcas como The Swatch Group o Nike Colombia, aprendió a jugar con la semántica de los logos que vemos a diario. Recuerda los “truchos publicitarios” de los departamentos creativos: piezas visuales donde la idea recae por completo en la imagen y el reconocimiento del logo. Un recurso que implementaría en el brandalismo, pero con el propósito de torcer el significado de los logos con palabras de la jerga popular o intervenciones gráficas: una "mamadera de gallo", como él mismo lo define.

Ese impulso venía de mucho antes. Había jugado con palabras e imágenes desde niño, continuó haciéndolo en la universidad y más tarde lo refinó en la publicidad. Cuando decidió vender su agencia, se dedicó de lleno al brandalismo. Al principio ni siquiera sabía que tenía un nombre: “Lo llamaba graphic mashup. Cuando empiezo a investigar me encuentro el nombre de brandalismo o brandalism en inglés. Ahí es cuando digo “¡Eureka! esto es lo que yo hago”.

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Al inicio, su objetivo era establecer el brandalismo como una categoría de mercado y un movimiento artístico en el país, pero siendo primo segundo del graffiti, las calcas y el muralismo, el brandalismo es de naturaleza indomable y desobediente.

Como pionero del concepto en Colombia, la primera intervención que marcó un antes y un después para Maniatic fue la de la marca de agua mineral Perrier, intercambiándola con la palabra "Perreo". Esta pieza, inspirada en su cercanía con la música underground fue el punto de partida para una serie de vandalizaciones que lo han popularizado en el nicho del brandalismo latinoamericano y de la cultura nocturna en la cual participa activamente con sus eventos de perreo.

Una de estas piezas fue la memorable placa de la “Calle del perreo” en el centro histórico de Bogotá, en la Candelaria. En su momento, fue tan mediática entre turistas y visitantes que llegó hasta Google Maps generando un debate en la radio nacional. Finalmente, la alcaldía decidió retirarla de la esquina en la que estaba ubicada.

Como dicen por ahí: si te copian es porque algo estás haciendo bien. El trabajo de Maniatic no escapa de esta lógica. Varias de sus intervenciones han sido plagiadas, entre ellas su versión del logo de Marlboro con la palabra "Malandreo", una intervención que incorpora una expresión de origen venezolano, hoy extendida por Latinoamérica y presente en stickers, prendas de vestir y cientos de publicaciones en internet.

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El primer glitch en la ciudad de los Pixies

Pero antes de que Maniatic alterara logos de marcas nacionales e internacionales, el brandalismo ya tenía varias décadas encima. Todo comenzó con el détournement —‘desvío’ en francés—, una técnica de mediados del siglo XX, hija y heredera directa de Marcel Duchamp y su orinal. Este movimiento fue perfeccionado por los situacionistas, un grupo de intelectuales que buscaba incomodar y combatir el consumo alienante entre el clasicismo y el conservadurismo propios de la época. 

Entre sus exponentes destacan personajes como Asger Jorn, quien intervenía pinturas burguesas con figuras disruptivas, o teóricos como Guy Debord, con La sociedad del espectáculo, en la que diseccionó el capitalismo exacerbado a finales de los sesenta. Luego, en los noventas, el colectivo canadiense Adbusters asumió esta anarquía publicitaria con acciones como la campaña Buy Nothing Day en 1992 como protesta directa contra el Black Friday. 

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Aunque sus raíces son antiguas, el movimiento se bautizó como brandalismo en 2012 en Reino Unido, tras una intervención masiva de veintiséis artistas que sabotearon la publicidad invasiva de marcas como Nike o McDonald's durante los Juegos Olímpicos de Londres. 

En menos de una semana, el colectivo había intervenido treinta y seis vallas publicitarias de gran formato. Robert Graysford, miembro del grupo, declaró en el artículo Guerrilla art group sabotages outdoor ads”, que habían “tomado el control de estas vallas publicitarias porque la industria publicitaria no se responsabiliza de los mensajes que nos imponen a diario. Afirman darnos opciones, pero no tenemos la posibilidad de rechazar estas intrusiones en nuestros espacios públicos y personales”.

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¿Cómo funciona el brandalismo en la práctica?

Apropiándose de las mismas técnicas y lenguajes publicitarios, el brandalismo se inserta sutilmente en la cultura. Se pega de un muro, un post, una calca o cualquier espacio propicio para desviar la atención mediante un guiño o una broma que desentona con la cotidianidad de los anuncios. A veces lo hace recurriendo a expresiones del argot urbano, otras, mediante reinterpretaciones visuales de logotipos, eslóganes o piezas de una marca. Utiliza la naturaleza más pura del call to action para mofarse de la publicidad mercantil. 

Los mupis, o paneles publicitarios instalados en los paraderos de buses, son una de las superficies más comunes para estas intervenciones. El Subvertising manual, por ejemplo, presenta un paso a paso para “vandalizar” las infraestructuras de este mobiliario. Según los creadores de esta guía, las empresas de publicidad tienen contratos directos con el Estado para la instalación y gestión de sus pautas en estas infraestructuras públicas. Contratos añejos que monopolizan el paisaje visual por 30 años o más. 


La publicidad corporativa influye en todos los aspectos de nuestra vida moderna: desde cómo nos sentimos con nosotros mismos, con nuestros cuerpos, con nuestra comprensión del género, la raza y la clase social, hasta nuestra percepción de los demás y del mundo en que vivimos. La publicidad no solo nos vende productos, sino que moldea nuestras expectativas sobre cómo se debe generar significado en la vida”, afirma el colectivo Brandalism Project en el manual.

En el caso de Colombia, específicamente de Maniatic, su proceso “vandálico” se apropia y resignifica símbolos comerciales y estatales como una herramienta social y política de su trabajo. Sus intervenciones a menudo abordan temas como la corrupción estatal, la gentrificación y la desigualdad. "Lo que a la gente le gusta es que boicotee al Estado. Los temas políticos y sociales agitan, son mediáticos”, cuenta mientras le pega dos caladas seguidas al cigarrillo. 

Para su campaña contra la gentrificación en Medellín, cambió la señalización en las calles de El Poblado con calcas como "Gentrification Street", o el logo de American Express a "American Expat" —americanos despatriados— en los locales. También, durante el estallido social de 2021 intervino el logo de Club Colombia con la alerta "S.O.S Colombia".

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Desafíos legales del brandalismo

Maniatic nunca ha revelado su nombre, aunque todos saben quién es y lo que hace. El anonimato es lo que le permite vivir de esta rebelión. No solo del meme vive el hombre moderno, y las regalías del brandalismo son casi un mito. Lucrarse económicamente con el brandalismo es una maraña que solo permite el bajo perfil. “Es lo que ocurre con el brandalismo, porque no puedo tener derechos de imagen, no son logotipos míos y son marcas registradas”, explica.

El lado agotador y en el que nadie quiere ni asomarse del brandalismo son sus posibles consecuencias legales. Entre estas contiendas legales, Maniatic recuerda la que se presentó con el uso del logo de Colombina, el cual intervino con las palabras "Reggaeton" y "El perreo es infinito", reemplazando la figura del hada por una figura voluptuosa. El atacazo artístico le costó una carta de ocho páginas de los abogados de Colombina intimidándolo con acciones legales y monetarias.

Pero el incidente más colosal fue la intervención de un aviso con la premisa "Se venden vacunas" durante la pandemia. En pleno encierro decidió pegar un cartel en el centro de Bogotá, cerca de la Universidad de los Andes, con este mensaje irónico sobre vacunas que no necesitaban refrigeración. El jefe editorial del periódico El Tiempo publicó un trino en X con la imagen, generando un escándalo nacional que involucró a la policía, el ejército y hasta la presidencia. 

Maniatic fue contactado por El Tiempo y, a pesar del miedo, decidió dar una entrevista para aclarar la situación. Explicó que su intención era señalar la previsibilidad de Colombia en cuanto a la corrupción y la ineficacia de las campañas gubernamentales. “Les dije: miren, es sencillo, Colombia es un país muy predecible. Y si hay un cartel de vacunas, algo va a pasar”, recuerda entre risas.

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El proceso creativo de un vándalo

Su relación con el movimiento ha estado marcada por las polémicas, pero también por los espacios de reflexión que el ejercicio le ha abierto. En la facultad de publicidad de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, realizó una investigación de brandalismo en Bogotá y Medellín junto a la revista Cartel Urbano. Más adelante, comenzó a dar clases sobre cómo analizar y resignificar una marca. Las ideas de los estudiantes llegan a ser tan brillantes que hasta le molesta no haber pensado en ellas primero. 

En su trabajo, Maniatic describe dos procesos creativos principales: en el primero, parte de una palabra que quiere "brandalizar" y busca logos que rimen o se conecten con ella, investigando el ADN de la marca para crear un eslogan. El segundo es más visual: revisa libros de logos o logotecas en línea buscando inspiración. Pero ninguno de estos pasos funciona si no se entrena el ojo para leer a quien habita las calles y las redes. 


Explica que para vandalizar una marca, esta tiene que estar en el mismo lenguaje visual de quien la observará: “No puedo hacer brandalismo si la marca no está posicionada. No puedo tomar el logo de la panadería del barrio y ya hacer un brandalismo, solo lo va a reconocer esa zona”. Este es el punto principal del brandalismo: ir un paso adelante del marketing, pero uno atrás de la codicia que lo impulsa.

Como bien resalta Andrés Novoa en A la publicidad le falta calle: “El publicista requiere de la investigación para su trabajo, necesita tener la curiosidad del observador y la disciplina del antropólogo para salir a las calles y registrar las distintas realidades que allí ocurren, y contar con la capacidad de análisis del sociólogo o el psicólogo para entender los grupos e individuos”. Igual ocurre en la práctica del brandalismo.

Además de la sinapsis entre las marcas y su misiva, Maniatic resalta la impecabilidad visual como sello de su trabajo, afirma que este paso tan maniático como ritualístico es herencia de su formación como publicista, pues aunque el brandalismo es una forma de street art, Maniatic se esfuerza por la pulcritud y la precisión en sus diseños.

Al mimetizarse milimétricamente con la estética de las marcas, el mensaje logra colarse evadiendo los filtros visuales pero generando una sutil sospecha, una pista que opera como cortocircuito mental justo después de ojearlo. Al final, este maniático hacker publicitario juega bajo las mismas reglas corporativas, las conoce desde adentro, pero invierte el resultado, no busca fidelizar clientes sino incomodarlos tirando la piedra y mostrando la mano.

Mariana Martínez Ochoa

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

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