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vínculos sociales

¿Cómo construir comunidad en tiempos de individualismo?

Ilustración

En una vida marcada por el cansancio, las exigencias y la idea de que cada quien debe poder con lo suyo, sostener los vínculos que crean una comunidad empieza a sentirse como un esfuerzo adicional. Este texto reflexiona desde una perspectiva personal sobre el individualismo, la pérdida de vínculos sociales y la importancia del cuidado mutuo

La vida de mis abuelos fue construida en comunidad. En su casa, bajo el esfuerzo de un carpintero y una modista, siete hijos crecieron, pero muchos más disfrutaron del refugio de sus paredes: primos, sobrinos, hijos de algún amigo del pueblo que iba a pasar una temporada en Barranquilla. “Siempre quien llegara encontraba comida y techo, aunque no hubiera dinero”, recuerda mi mamá. 

Pasé mi niñez en esa casa, sentada en las piernas de mi abuelo mientras saludaba a todos los vecinos de la cuadra. “Adiós, don Alfonso, doña Josefina”, les decían tantas personas que yo perdía la cuenta después de un rato. Años después, cuando sus mecedoras se quedaron vacías, unos desconocidos llegaron a la puerta a preguntar por ellos, y los vecinos que los llamaban abuelos lloraron su ausencia.

Nuestro hogar fue reflejo de sus enseñanzas. Mis papás llegaron a Bogotá sin familia y con una niña de cuatro años. Decidieron construir una comunidad que me ha visto crecer con amigos que corrieron a prepararme sopa cuando estaba enferma y nadie podía quedarse conmigo en la casa. Ellos, en retorno, los acompañaron en cumpleaños, graduaciones y hasta pérdidas inimaginables. Ahora, era yo quien tenía claro que en su casa quien llegara siempre tendría comida y techo.Admiro su capacidad —y la de mis abuelos— de llevar a la ciudad los valores que aprendieron lejos de ella, donde lo usual era conocer completa a la familia del vecino. “La economía ha exigido que las personas migren del campo a las ciudades y ahí se tienden a invisibilizar. A pesar de vivir muy cercanos unos de otros, los vínculos se van diluyendo”, explica Sonia Enríquez Guzmán, psicóloga y docente de la Fundación Universitaria Unisanitas. Sin embargo, gracias a su esfuerzo yo conozco la familia y el apoyo más allá de los lazos sanguíneos.

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Son las acciones solidarias las que luchan contra una sociedad cada vez más enfocada en la autosuficiencia, permitiendo recostarse en el hombro del otro y respirar profundo.

Estamos en un momento en el que pedir apoyo es una muestra de debilidad cuando, en mi opinión, hay fortaleza en la unión, en creer en los demás como seres dignos de vulnerabilidad y soporte. Recuerdo el día en que una de mis mejores amigas se ofreció a llevarme al aeropuerto en la mañana en que murió mi abuelo. Sin preguntas, llegó a mi puerta con mi comida favorita y disposición. En ese momento me di cuenta de que yo también estaba construyendo una red de apoyo.

Cerrar las puertas

Pero qué difícil es mantenerse como miembro activo de una comunidad cuando la vida pesa tanto. Qué difícil es, a veces, ir al cumpleaños de esa amiga increíble cuando has tenido una semana extremadamente complicada en el trabajo. Qué complejo es estar disponible emocionalmente para las personas que amamos cuando el sistema en el que vivimos nos empuja cada vez más al individualismo, a vivir bajo la idea de que no le debemos nada a nadie y que priorizar nuestra tranquilidad es razón suficiente para abandonar todo compromiso, entrega y amor con el mundo exterior. 

“Esto se da por influjo de diferentes movimientos económicos, sociales y políticos en los que los valores de autosuficiencia han imperado sobre otros. Todas esas narrativas se han ido articulando en torno a una cultura apática y cansada del otro”, explica Daniel Ossa, director del Programa de Longevidad Saludable y Servicios Sociales de Keralty.

Los ejes económicos que organizan el mundo nos están alejando de la esencia de estar juntos, entendernos y acompañarnos. No soy únicamente yo sintiendo ausencias, sino que estamos viviendo las consecuencias de una sociedad fracturada por la falta de interacción social. ¿En qué momento dejamos de saber el nombre de nuestros vecinos? ¿Quién saludaría a mis abuelos ahora, si todavía se sentaran en sus mecedoras en la terraza?

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Esto resulta incluso normal si se tiene en cuenta que vivimos en ciudades hostiles, donde la amabilidad puede implicar peligro. También en espacios donde las comunidades muchas veces son monetizadas por las compañías. Además, atravesamos una pandemia que modificó por completo la manera en la que nos relacionamos, quitándonos la tranquilidad de abrazarnos después de un viaje largo o reunirnos con amigos en una casa. “Este fenómeno transformó todo, reforzó las dinámicas de soledad y fracturó los valores de solidaridad y cercanía; por eso la soledad es la nueva pandemia”, comenta el doctor Ossa.

En esos días en los que verse con alguien más era imposible, la tecnología se convirtió en una aliada para mantener los lazos. Familias que no se habían visto completas en años hicieron reuniones por Zoom; amigos inventaron juegos en línea para seguir compartiendo y personas se arreglaron para celebrar matrimonios y bautizos por videollamada. El ser humano necesitó de una comunidad justo cuando no podía salir de su casa. Pero esto también creó dinámicas extrañas frente a lo que implica ser parte de una red de apoyo

“Las personas tienen una idea de pertenecer a comunidades de manera muy intermediada; por ejemplo, un like implica aprobación. La gente se siente partícipe de algo, pero no necesariamente relacionada entre sí”, explica la doctora Enríquez. Quizás por eso a veces creemos que con mandar un mensaje de texto nuestra presencia se siente en la vida de las personas, o que las amistades perduran si les damos ‘me gusta’ a todas las historias. Pero lo cierto es que somos seres sociales que necesitan de vínculos valiosos para encontrarle sentido a los días que muchas veces parecen un ciclo de trabajar para sobrevivir.

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Si el precio de tener comunidad es la incomodidad, entonces es momento de salirnos de las zonas de confort que hemos creado y ser parte de algo más grande que de sentido, que traiga esperanza. 

El arte de juntarse

Este texto es un llamado a trabajar en nuestro sentido de comunidad, pero no desde la inercia sino desde la intención. La autora Priya Parker tiene un libro llamado The Art of Gathering, en donde precisa que la solución no es reunirse constantemente, sino encontrarle un sentido a los encuentros para que tengan significado en nuestras vidas: que sean importantes porque las personas que están allí lo son, porque las conversaciones valdrán la pena, porque los recuerdos fortalecerán los vínculos, porque quienes los organizan tiene el objetivo de crear espacios auténticos y necesarios para que podamos ser, hablar, reír y agradecer por quienes nos rodean en ese momento, así como comprender a quienes no pueden estar, por el motivo que sea.

Es momento de estar, de cuidar, de no dejarnos vender la idea de que poder con todo, siempre, es la única manera de vivir. De ofrecer almuerzos a quienes pasan solos los domingos, de tener conversaciones importantes sin que sean interrumpidas por una notificación, de hacer espacio en la vida para otros. Las comunidades son la base de una sociedad, tanto así que la Organización Mundial de la Salud se pronunció al respecto en un artículo llamado Soledad y aislamiento: la amenaza oculta para la salud mundial que ya no podemos desoír diciendo: “Hacemos un llamamiento a todos los países para que den prioridad a la conexión social”. 
Así nos quieran vender lo contrario, así escalar en el mundo corporativo y capitalista parezca una competencia que se gana en soledad, el ser humano está hecho para vivir compartiendo las maravillas de existir, para encontrarse en otros, para sostener y ser sostenido, para hacer de la vida algo que cobra más sentido cuando nos detenemos a vivirla en compañía.

Zamira Caro Grau

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

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