Piñatas: belleza destinada al escombro
Que se rompa la nuez y se rompa la esfera, que se rompió el anuncio, la realidad empieza.
Joaquín Antonio Peñalosa
Fabián Orozco nació en Popayán un 18 de junio de 1986, pero no fue sino hasta diciembre de 1993 que tuvo su primera fiesta de cumpleaños. O bueno, fue la primera vez que le celebraban que estuviera vivo de la forma común: con torta, amigos, gorros en forma de cono y una piñata llena de juguetes y dulces. En el evento el letrero no decía “Feliz cumpleaños”, sino “Bienvenidos a mi piñata” y había una razón; su familia pertenecía a los Testigos de Jehová, un credo que, entre muchas otras cosas, prohíbe cualquier celebración pagana como lo es el cumpleaños. Su mamá, sin embargo, quería que él tuviera la experiencia de ser homenajeado y de pararse en un patio familiar con los ojos vendados y un palo para golpear, en su caso, un Bart Simpson de cartón. Dice Fabián que no cogió nada de la piñata, pero se quedó esa imagen en él.
Como casi cualquier objeto simple, la piñata tiene múltiples genealogías. En Europa, la historia común viene de un registro de Marco Polo en el que narraba una visita a China en la que vio cómo moldeaban figuras huecas de animales para llenarlas de semillas, luego romperlas con palos y así inaugurar el año nuevo. Luego llevó esta idea a Italia y por ese camino se expandió en Europa donde se usaba, sobre todo, para marcar los tiempos de la cuaresma.
Antes de eso ya en México existía el gesto. El pueblo azteca solía colgar en diciembre unas vasijas de barro decoradas y repletas de semillas en honor al dios Huitzilopochtli, y para algunos es el origen del uso de piñatas en ese territorio. Otros lo atribuyen, como en Europa, al catolicismo; Alfredo Hernández Murillo, que ha dirigido museos como La Galería de Historia, El Museo Nacional de las Intervenciones y La Fortaleza de San Juan de Ulúa en Veracruz, escribió que en 1586 los frailes agustinos de Acolman fueron autorizados para impartir misas de aguinaldo en navidad y ellos “agregaron a esta conmemoración la tradición de romper una olla de barro cubierta con cartón y papel y con siete picos”. Esos siete picos, aún presentes en las típicas y coloridas piñatas mexicanas, representaban los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza; por eso se golpeaba, “para recibir las golosinas que había en su interior, que su vez representaban a las riquezas del cielo”.


En ese caso, entonces, la piñata era una representación de lo perverso, pero en otros casos y sobre todo hoy, que se ha extendido su uso, se puede golpear también una figura querida. Es un objeto ambivalente.
A Fabián, por ejemplo, sí le gustaba el Bart Simpson que golpeó en ese patio. Por muchos años las piñatas solo fueron un recuerdo para él, uno atesorado; fue así el tiempo más de su juventud que duró adscrito a los Testigos de Jehová y fue así luego de dejar esta organización religiosa que califica como un yugo. Desde que salió de allí, se dedicó a hacer lo que se le había prohibido: se hizo un disfraz del Chapulín Colorado para un Halloween –otra celebración pagana–, fumó, bebió, participó activamente en política, protestó con una máscara de Jaime Garzón y luego enfrentó el carácter iconoclasta de eso que antes predicó.
Los templos de los Testigos de Jehová, llamados salones del reino, son lugares impolutos donde no hay esculturas ni imágenes, si acaso algunos textos y adornos florales. Esto es así porque están comprometidos con no adorar ninguna imagen. Irónicamente, sus herramientas de evangelización como La Atalaya, ¡Despertad! y libros como El conocimiento que lleva a la vida eterna, Juventud complaciente y Mi primer libro de historias bíblicas están cargados de imágenes surrealistas que muestran cosas como “fuego cayendo del cielo, gente ahogada en ríos de sangre, dragones con cuernos y en algunos casos imágenes algo eróticas”, cuenta Fabián. Otro de esos libros es Apocalipsis, que fue el escogido por el artista para iniciar una serie de piñatas.


Hoy en Colombia las piñatas suelen ser de icopor, pero antes era más común el cartón o papel maché recubierto de celofán. El material que escogió Fabián desde que hizo su primera piñata fue el cartón corrugado, semicorrugado y en láminas prensadas. Para construirlas usa el conocimiento en polígonos que obtuvo mientras estudió algunos semestres de Ingeniería Aeronáutica y, como prefiere no hacer bocetos –empieza esculpiendo–, acude a la técnica del dibujo de ir de adentro hacia afuera: de la nariz a los ojos, luego la boca, y juega así hasta lograr las proporciones. Con esta técnica ha hecho sancochos, abducciones alienígenas, un patito con flotador, un taxi, una mano de siete dedos, reproducciones en tercera dimensión de dibujos de niños y a Petro.
Algunas de esas piñatas las ha hecho por encargo bajo su marca Zuácate –nombrada así por la onomatopeya de un golpe– pero otras, más complejas e íntimas, hacen parte de su proyecto artístico. Ese es el caso de la ramera de Babilonia, que hizo parte de la exposición ‘Simulacro de lo imposible’ del Museo de Antioquia, una piñata monumental en la que la mujer está montando una bestia que surge del mar con garras de oso, cuerpo de leopardo y varias cabezas de león. Las cabezas representan los poderes que gobiernan el mundo en contravía al precepto de Jehová. Esta es tan solo la primera de una serie de piñatas que Fabián está construyendo para de nuevo hacer lo que antes le fue prohibido: el culto a la representación y la fiesta. Otras son los cuatro jinetes del apocalipsis y el dragón de siete cabezas.



Esta escultura efímera aún no está llena de nada, pero su plan es acabar la serie y luego romper cada una en una fiesta distinta como un gesto final de liberación, una forma de decir: no hay más restricciones; miro la belleza de sus imágenes, las comparto, las esculpo y las entrego a la verbena.
Fabián no es el único que ha puesto la piñata como un centro de su obra artística. Paulo Licona nació en Tunja y es Maestro en Bellas Artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano; aunque empezó dibujando, con el tiempo ha hecho una amplia gama de piñatas con papel de color cortado como flecos que han hablado de robo, de la malicia, de la muerte, de la obra de otros artistas; y lo ha hecho representando papayas, banderas y monstruos. Su obra devela las cualidades festivas y trágicas de las piñatas: su artesanía es lenta pero su fin es la destrucción, es un ídolo fugaz creado con esmero para ser aniquilado.
La curadora María Adelaida Samper escribió sobre la obra de Licona que “todo lo que es radical debe piñatearse para obtener fluidez, escapar a la pulsión de muerte y acogerse a la ética de lo flojo”, algo que puede decirse también de las piñatas de Fabián. La piñata en estas expresiones artísticas, entonces, es una caja blanda moldeada para decir cosas duras. La piñata no es solo un objeto de fiesta y dentro de ella no caben solo dulces y juguetes, es también un contenedor de significado, un tótem para consagrar la alegría colectiva al tiempo que la complejidad humana; entregando, finalmente, una belleza destinada al escombro.

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