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Carla Andrea Jaramillo

Carla Andrea Jaramillo, mujer full time

Ilustración

Las drogas y los desórdenes mentales ocuparon más de un tercio de la vida de Carla Andrea Jaramillo: ingresó innumerables veces a centros de rehabilitación, ha escrito libros y dedicado las últimas dos décadas a desarrollar métodos de psicología y desintoxicación. Carla Andrea Jaramillo es una psicoterapeuta transgénero que ha ayudado a cientos de personas a dejar las adicciones y superar trastornos mentales. El autor nos cuenta su historia.

Carla Andrea Jaramillo

Uno

Una tarde me recibió en su oficina, un gabinete débilmente iluminado lleno de imágenes de Jesús, santos, ángeles y arcángeles. A los pies de su escritorio, brotaban de una esquina las puntas de un par de tacones altos. Carla Andrea Jaramillo calzaba unas baletas negras para andar más cómoda entre su oficina y las demás salas del centro de salud mental y adicciones que dirige. Traía minifalda, iba ataviada con joyas y lucía peinado y maquillaje impecables.  

—Amo las imágenes. Cuando llegué a esta casa, comenzó a visitarme un viejito esquizofrénico que me traía imágenes de santos y yo les prendía velas. Otras me las han regalado los pacientes. Pero más que las imágenes, es la presencia divina de la paz lo que se siente poderosamente aquí. En otras instituciones, desde que entras sientes agobio, mala energía por tanto sufrimiento concentrado. El olor aquí es como de santidad.  

Entre los papeles y miniaturas decorativas que atiborraban su escritorio, sobresalía la edición en inglés de un libro suyo que describió, “modestia aparte”, como una Biblia en su materia: La Adicción: información, prevención y tratamiento, publicado en 2021.

Carla Andrea Jaramillo

—Soy tremendamente piadosa —dijo Carla, echando una mirada alrededor—. De niña me fascinaban los crucifijos, me arrodillaba, sentía mucho respeto por la Biblia y todo lo sagrado. En una vida pasada debí ser cardenal o papa. Pero me distancié de la Iglesia Católica a raíz de una comunicación del Dicasterio Romano en la que dice que, palabras más, palabras menos, las personas trans no tenemos dignidad humana. Me dolió mucho leer eso. Hablé por radio sobre el tema, incluso hasta quería mandar una carta de protesta al Vaticano. 

La decepción, sin embargo, no afectó en lo sustancial su fe. Siguió orando a diario y recibiendo la comunión de un sacerdote y confesor amigo. 

—Es un padrecito muy lindo que me ayuda con la misita para los muchachos de la fundación.

Unos años atrás, yo había estado en esa misma oficina entrevistándola, le comenté.  

—¿Antes de volverme mujer trans? —me preguntó, con media sonrisa de picardía y mirándose en un espejito redondo que sacó de su cartera.  

—Sí, sí. Lo entrevisté para un artículo sobre adicción digital.

No solo en lo evidente contrastaba Carla Andrea con el doctor Andrés que conocí. También en el halo que irradiaba. El otrora gesto adusto del hombre con corbata y corte de pelo clásico que me atendió aquella vez, había devenido ahora en aire fresco y femenino.

—Carla es una versión dulce de Andrés —dijo tras humear discretamente en un vapeador—. Antes yo era un hombre dominante que transmitía mucha autoridad. Ahora soy más relajada. Me siento más conectada con la vida y menos conflictiva. El doctor Andrés era elegante, con buenos vestidos. En eso Carla se parece a él, porque me sigue gustando vestirme bien. Soy la misma persona, pero ahora inspiro ternura. La gente me tutea. Eso ayuda en la terapia. Mis empleados dicen que soy menos regañona. 

Cada tanto entraba alguien en su oficina. Una mujer morena, en sudadera y pantuflas, transpirando ansiedad, le preguntó a Carla si podía tomarse otra pastilla. Un hombre con mirada triste y perdida le aseguró que estaba mucho mejor. Una mujer de mediana edad, delgada, se asomó a la puerta para preguntarle si estaba muy ocupada. 

—Me están haciendo una entrevista. Él ya me había entrevistado cuando yo era hombre. 

—¿Ah, sí? 

En cuanto desapareció la mujer, Carla Andrea dijo: 

—Ella es mi esposa, mi ex. La sigo llamando mi esposa aunque no vivamos juntas. Es psiquiatra y mi socia, la dueña de la mitad de la fundación. Nos adoramos. Dejamos de dormir en la misma cama cuando la idea de mi tránsito empezó a tomar fuerza. Pero seguimos siendo íntimas amigas, más que hermanas. Vivimos al frente la una de la otra. Tenemos una hija de 12 años… ¡Ay, se me cayó un anillo! ¿Dónde estará? 

—¿Cuándo comenzó su… disforia de género? —le pregunté, vacilante.

—Más que disforia, yo libré una lucha titánica entre un hombre y una mujer que estaban adentro mío. Fui formado por un papá tradicional, un machote paisa que si había necesidad, se encendía a bala con el que fuera. Pero siempre me sentí mujer. Desde que tengo uso de razón me fascinan las cosas femeninas, ¿qué puedo hacer? Siendo hombre, yo era muy famoso a nivel de terapia de drogadicción, pero vivía abatido por la vida. Ese retrato —señaló una pared afuera de la oficina— lo dibujé cuando me sentía un macho orgulloso de tener a mi parte femenina encadenada. Tuve a Carla reprimida durante años para que no saliera. 

Pero Carla Andrea salió. Floreció con ímpetu de huracán. Imparable. 

—Muchas personas me preguntan por qué lo hice tan tarde. Yo pienso que fue en el tiempo de Dios, porque como hombre también coseché éxito y cosas bonitas: mis hijas, mi vocación como psicoterapeuta… No me arrepiento de haberme demorado tanto. 

Hablaba rápido y seguiría haciéndolo en los meses posteriores, entreverando en largos monólogos apuntes sobre su tránsito de género con experiencias de su pasado sexual reprimido o conceptos filosóficos e ideas psicoterapéuticas de cosecha propia.  

—Si no hablo, parezco una pura mujer. Hice cursos de fonoaudiología para feminizar la voz, pero no necesito usar la técnica porque estoy cada vez más empoderada. Antes, si me llamaban “señor”, me derrumbaba. Ahora me resbala. Para mí es una fantasía cumplida estar aquí, en la oficina que era del doctor Andrés, vestida con medias veladas. Cuando me drogaba para dejar salir a Carla, no quería saber nada de Andrés, quería que me cortaran el pene y tener siempre mis uñas pintadas. Se me salían los ojos en los almacenes de ropa interior femenina. Mis parejas se daban cuenta de que me quedaba embelesado viendo encajes y cositas así: “Ay, qué linda esa tanguita, qué lindo ese brasier”, pensaba. Más o menos desde el año 2000 empecé a encausar mi vida. Aunque por muchos años más seguí vistiéndome de mujer en privado. Me iba para un hotel varios días y me ponía mis pelucas, me maquillaba, caminaba en tacones en el cuarto. Me miraba en el espejo y me veía divina. 

La siguiente entrevista, propuso Carla al cabo de casi dos horas, “la hacemos en mi casa, que es muy cerca de aquí”.

Carla Andrea Jaramillo
Jorge Pinzón Salas

Estudió Literatura. Fundó y dirigió por diez años la revista Cartel Urbano. Ha publicado sus textos en diferentes medios. Ahora trabaja como periodista independiente.

Estudió Literatura. Fundó y dirigió por diez años la revista Cartel Urbano. Ha publicado sus textos en diferentes medios. Ahora trabaja como periodista independiente.

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