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cómo manejar los celos

Manual no oficial para sobrevivir a los celos

Ilustración

¿Por qué una emoción tan cotidiana como los celos puede sentirse tan desbordante, incómoda y difícil de nombrar? Entre escenas de películas románticas, canciones y literatura, esta emoción ha sido confundida con una prueba de amor. En este texto, la autora explora ese lugar incómodo donde sentir demasiado también puede ser una forma de preguntarse por uno mismo.

Considero que toda la vida he sido una persona celosa. Supongo que no es algo con lo que se nazca, pero mis primeros recuerdos podrían sugerir lo contrario. No me gustaba, por ejemplo, que mi mamá llevara una foto de mi prima en su billetera y le preguntaran cómo estaba su hija mayor. Quizás son cosas de hija única, porque recuerdo que a María José, mi otra prima, le pasaba lo mismo con su mamá cuando mi tía decía que me quería mucho.

Los celos aparecen en familias, amistades y relaciones románticas de todo tipo, incluso cuando las historias y las circunstancias son completamente distintas. Como me explicó la psicóloga Elizabeth Linares Pardo, docente de la Facultad de Psicología de Unisanitas, “esta es una emoción tan natural como el hambre”. Y entonces, si es una emoción tan humana y cotidiana, ¿por qué nos incomoda tanto sentirla?

Es importante hacer una claridad: en este artículo estamos hablando de los celos “coherentes”, como los denomina la doctora Linares Pardo, porque también existen los patológicos, que son “ideas irracionales, casi delirantes, que no corresponden a lo que uno está experimentando y no se cuestionan”. Estos últimos pueden tornarse en comportamientos posesivos o de control y deben ser tratados por un experto.

Dicho esto, volvamos a esa sensación que, me atrevo a decir, todos hemos atravesado en algún momento. Esa que en el cuerpo se siente como calor en el rostro y que, en la literatura, Shakespeare describió como “el monstruo de los ojos verdes” en Otelo. Esa misma que por años se ha utilizado en las historias románticas para reflejar el momento exacto en el que una persona se da cuenta de que está enamorada: Mr. Darcy viendo cualquier interacción entre Elizabeth y Wickham en Orgullo y prejuicio o el Duque de Hastings, Simon, cuando ve a Daphne bailar con el príncipe en ese vestido blanco icónico en la primera temporada de Bridgerton.

Como estas hay innumerables historias románticas donde el amor no existe sin los celos y, honestamente, considero que esto moldeó mi manera de entender ciertas relaciones, especialmente las románticas. No ayuda que la cultura esté llena de ejemplos que refuerzan esa idea. Después de todo, si los celos son una de las emociones más universales de la experiencia humana, también han sido la musa para algunas de las canciones de amor más memorables. Si Adele no los hubiera sentido, no existiría Someone Like You y si Olivia Rodrigo no hubiera llorado por ellos, probablemente tampoco tendríamos SOUR.

Todo esto me ha llevado a cuestionar una idea que durante mucho tiempo di por cierta: que los celos son una demostración de amor. ¿Quién nos hizo tanto daño? Quizás, un poco, las historias de amor con las que crecimos en donde el romance solo se experimenta si las emociones se desbordan. So in love that you act insane (tan enamorado que actúas como loca), escribió Taylor Swift en The Way I Loved You, y tal vez nos hemos tomado todo muy personal.

Pero la capacidad de alguien de amarme sin sentirse amenazado por mis otros vínculos no debería ser una señal de desinterés, sino quizás la expresión más tranquila de la confianza. 

Espejito, espejito

En un libro llamado Una teoría general del amor, tres psiquiatras analizan qué es este sentimiento desde la neurociencia y la psiquiatría. “No es solo el centro de la experiencia humana, sino también la fuerza vital de la mente que determina nuestros estados de ánimo, estabiliza nuestros ritmos corporales y cambia la estructura de nuestro cerebro”, escriben. Lo que argumentan es que no nacimos para estar solos porque nuestro cerebro está diseñado para “regularse a través de otras personas”. Eso explicaría por qué escuchar la respiración de mi mamá mientras me abraza es el centro de mi calma; por qué la voz de Santiago, mi novio, me trae de vuelta a la tierra cuando mi ansiedad me lleva a otro espacio. 

En ese sentido, es cierto que las relaciones que establecemos y consideramos más seguras son espacios casi sagrados para existir. Somos, al final, retazos de las personas que más amamos: partes de nosotros caminan en amigas con las mismas expresiones y dichos; en relaciones pasadas que dejamos ir para crecer; en las tradiciones familiares que aún sostenemos. Sabiendo que somos todo eso, tanto amor reunido, creo que es lógico entender que la amenaza de perder esos vínculos genere una sensación como los celos, que en el temor del momento se transforman en pensamientos irracionales que, aunque uno sepa que lo son, aparecen ansiosos a donde se mire. “No son solamente desconfianza, es angustia por la posibilidad de pérdida”, comenta la doctora Linares.

Y ahora viene la pregunta importante: ¿qué hacemos con eso? ¿Cómo lidiamos con esas ganas de llorar, esa inseguridad inmensa, esa frustración por no entender una situación que ante nuestros ojos es devastadora? He llegado a la conclusión, tras una relación de seis años que me impulsa a ser mejor, de que los celos son como un mapa emocional de miedos profundos que tenemos en el corazón: a no ser suficiente, a ser abandonados, cambiados, traicionados. A que alguien haga reír más a tu persona favorita, que encuentre mejores conversaciones, más estimulantes, que se canse.

Quizás el problema con los celos no es tanto el escenario específico que los cause —aunque en algunos casos muy válidos, otros son simples exageraciones y angustias sin fundamento— sino lo que reflejan de nosotros mismos.

Entonces, para resolver la pregunta sobre qué hacer con ellos, lo primero sería identificar qué dicen de mí. “Toda experiencia humana se puede convertir en algo constructivo, incluyendo los celos. Me pueden mostrar cosas importantes de mí misma, mi expectativa sobre la relación, sobre el otro. Lo importante es hablarlo y hacer un ejercicio de introspección y reflexión”, comenta Linares. Quizás esa persona que tanto me molesta en mi relación refleja una vulnerabilidad profunda sobre el temor a ser reemplazada. Llegué a la conclusión, también, de que todos tenemos heridas de infancia que nos hacen las personas que somos, temores incluidos, y aunque eso no nos puede justificar todo nuestro accionar adulto, sí abre una ventana para entendernos con un poco más de amabilidad.

Además, cuando se reflexiona sobre estas verdades incómodas, es posible encontrar un camino hacia la comunicación efectiva y establecer límites frente a los vínculos con otros. No se trata de controlar las acciones de alguien más. Al fin y al cabo, ningún vínculo puede sobrevivir a la tarea imposible de prevenir cada escenario capaz de despertar inseguridades. Se trata, más bien, de una colaboración atravesada por el amor, en la que dos personas conversan sobre aquello que necesitan para sentirse seguras.

Sepan, por ejemplo, que hay escenarios que no cambiarán. Que uno también tiene que aprender que, aunque el amor lleva a una reflexión sobre mi actuar, hay cosas que quedarán dentro de la conversación como libertades que no darán su brazo a torcer. Que el amor muchas veces es encontrar puntos medios y replantearse lo que creían que eran verdades absolutas. Y que el amor, como pocas veces lo muestran las artes, también son días llenos de rutinas, conversaciones largas e incómodas, enfrentarse a los rasgos más dañinos de la personalidad propia y asumirlos sin ego, pero con muchas ganas de apostarle a un proyecto en conjunto. Aunque también es la fuerza más increíble del mundo, que está en todas partes y crea las mejores canciones. Todo en uno.

Zamira Caro Grau

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

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