Ataques de pánico: ese terror asfixiante de no poder escapar
Los ataque de pánico no solo son episodios amargos donde el miedo nos embiste, también pueden obstaculizar nuestra vida cotidiana por el constante temor de sufrir uno o evitar aquello que creemos que puede detonarlos. La respuesta para superarlos puede empezar con técnicas sencillas y acompañamiento adecuado, paso a paso. Este testimonio da algunas luces de una vida que, en medio de los temores, se abre paso venciendo un miedo a la vez.
Caer y levantarse
“Vamos de compras al centro porque allá es más barato. Tomemos Transmilenio porque es más rápido. Subamos por el ascensor porque es más cómodo. Viene El Gran Combo a Bogotá y, como eres un salsero frenético, asumo que no te lo vas a perder…” son el tipo de cosas que mis amigos me sugieren todo el tiempo pero que, debido a mis constantes ataques de pánico, procuro evitar con todas mis fuerzas.
No tengo claridad de cuándo ni porqué empecé a sentir semejante cosa tan desagradable. Lo que sí tengo claro es que llega sin avisar, se apodera de mi cuerpo y de mi mente, hasta lograr dominarme por completo.
Esa sensación de que mi vida corre un inmenso peligro se acrecienta cuando me encuentro en lugares cerrados, cuando no visualizo una puerta de salida que esté abierta y lo bastante despejada como para llegar a ella sin contratiempos, o cuando estoy en lugares atiborrados de personas que me impiden moverme, al menos, unos cuantos centímetros. En todos los escenarios anteriores, me invade de manera repentina una taquicardia junto a pensamientos de miedo que me hacen creer que estoy al borde de un infarto o de la muerte.
Lo que siento es profundamente desagradable: se me aceleran los latidos del corazón; me falta la respiración; me invade un hormigueo que inicia en uno de mis brazos, cara, cuello y que luego se expande por todo mi cuerpo; se me nubla la visión; sudo por todas partes y hasta siento que me voy a orinar o a defecar encima. Lo siguiente que se me presenta es lo inevitable: un desvanecimiento, un desmayo.

Cuando finalmente despierto, caigo en cuenta que estoy en el piso, siendo abanicado por algunas personas que intentan auxiliarme o que, probablemente, estuvieron socorriéndome desde hace un buen rato. Allí -yaciendo en el piso de cualquier lugar, y con el área a mi alrededor un poco más despejada- ya no hay hormigueo ni sensación de asfixia. Ya no hay sudoración ni sensación de peligro. El pánico finalmente se ha ido, al igual que mi dignidad.
En ese momento, cuando me pongo de pie, la gente a mi alrededor me ofrece agua, un chicle de menta para refrescar mi garganta o cualquier cosa que tengan a disposición intentando ser gentiles y útiles. Otros, graban con sus celulares el espectáculo que estuve protagonizando. Yo, consumido por la vergüenza de no saber qué dije o qué hice durante lo que, a mi parecer, fue un larguísimo tiempo en crisis; simplemente les agradezco y les ofrezco disculpas por haberlos asustado y retrasado. Lo único que me importa en ese momento es salir de allí y alejarme.
Recuerdo que estos episodios se me presentaban de manera muy leve en la adolescencia y casi no les ponía cuidado. Creía que era claustrofobia (miedo a los encierros), término del que oí hablar desde mis quince, cuando entendí que mi papá, justo por temor a esos encierros, evitaba el uso de ascensores. De hecho, casi ni visitaba a parientes que vivieran en edificios, justamente para evitarse el uso de las escaleras.
Que yo tenga presente, mi papá no se ha subido más de tres veces a un avión, justamente por esos temores. Verlo a él acobardado por esas cosas, quizá hizo que yo le heredara un poco esos miedos.

Una agenda de miedos
Con paso del tiempo, la cosa para mí se fue agudizando. Ya no eran miedos leves sino pánico extremo, acompañado de una histeria frenética al hallarme sin salida de lugares o espacios que en determinados momentos no es permitido salir. ¿O cómo escapa uno de un avión que vuela a 10 mil metros de altura?
En sí, lo mío no es miedo al uso de un ascensor o a montarme en un metro o en un avión, porque desde que vayan despejados, no pasa nada. Es algo que ocurre sin explicación alguna, de manera repentina y que me ha obligado a tomar previsiones en mi cotidianidad. Por ejemplo, en una ciudad como Bogotá, cuyo caos en el tráfico nos obliga a salir al menos con una hora de anticipación, a mi me toca salir dos horas antes para escoger una unidad de transporte que vaya lo bastante desocupada para subirme en ella. Si en el siguiente paradero se llena de gente, tengo que bajarme de inmediato y tomar otra unidad.
Si viajo en avión, tiene que ser de día para que, al mirar por las ventanillas, perciba la sensación de amplitud. Si me toca el asiento del medio, me siento prisionero, estando rodeado de lado y lado por dos pasajeros, las rodillas inmóviles tocando el respaldo del asiento delantero y, para rematar, mi equipaje de mano haciéndome estorbo en el lugar donde se supone deberían ir solo mis pies. Por eso, mi lugar siempre tiene que ser el pasillo.
Si uso el ascensor y va desocupado, no pasa nada; pero si en el siguiente piso se llena, me toca bajarme y continuar la ruta a pie por las escaleras.
Cada vez que por ingreso a algún nuevo trabajo me ordenan los exámenes médicos, tengo que poner mayor esfuerzo en el examen de audiometría para poderlo aprobar. Ese examen consiste en meterlo a uno en una cabina insonora de menos de un metro cuadrado, con el propósito de escuchar pititos a través de unos audífonos y demostrarle al técnico evaluador que mi capacidad auditiva es suficientemente óptima para la labor a desempeñar. A mí, con mis ataques de pánico, me toca presentar esa prueba con la puerta de la cabina abierta, lo cual me hace escuchar de todo, menos los pititos que se supone debo escuchar. Entonces es cuando fallo la prueba y, en consecuencia, no me dan el trabajo.
Así es mi cotidianidad: tengo que salir con muchísima anticipación para llegar a las citas de manera oportuna, evitar reuniones a las que quiero asistir si el espacio no es el apropiado; y debo constantemente tomar pausas en mi lugar de trabajo para salir a respirar en espacios abiertos, práctica que -por supuesto- no les agrada mucho a mis jefes.

Soluciones que toman tiempo
Desde luego, he buscado respuestas profesionales para abordar estos ataques de pánico. Lo primero es entender con claridad qué son. De acuerdo con Lina Ruiz, psiquiatra infantil y del adolescente adscrita a Colsanitas “los ataques de pánico ocurren cuando el sistema nervioso central reacciona de forma exagerada ante el estrés, traumas o desequilibrios neuroquímicos, haciendo que el cuerpo active erróneamente deseos de luchar o de huir, acompañados por un miedo intenso y síntomas físicos bastante graves, como lo son: taquicardia y palpitaciones; falta de aire, sensación de ahogo o presión en el pecho; sudoración, temblores y mareos; sensación de irrealidad y un miedo intenso a perder el control o a morir”.
Aunque no es causal de muerte ni representa un peligro letal en sí mismo, la sensación de no poder escapar y de asfixia es verdaderamente aterradora. Doy fe de ello: enumerar los síntomas o causas es muy diferente a la experiencia real, pero tener el conocimiento de ese comportamiento del cuerpo ayuda a ir entender de manera más racional lo que nos pasa y tener la oportunidad de identificar que estamos en un episodio duro, que no nos vamos a morir en ese momento y que, así sea por una milésima de segundo, podemos recordar algunas prácticas que podemos poner en práctica y pueden hacer la diferencia.
En consulta, los especialistas como la doctora Ruiz promueven diferentes prácticas para frenar la espiral de pánico, las cuales consisten fundamentalmente en establecer conexión con el presente para regular esa alteración presentada en el sistema nervioso:

· Respiración consciente: consiste en exhalar más lento de lo que se inhala. Por ejemplo, si se inhala durante 4 segundos, se debe exhalar contando hasta 6 o 7.
· Regla 3-3-3: ayuda a desviar la atención de los pensamientos y sensaciones. Nombrar mentalmente 3 cosas que se puedan ver a nuestro alrededor, 3 sonidos que podamos escuchar, y mover o tocar suavemente 3 partes del cuerpo.
· Reconocimiento: recordarnos activamente: "esto es ansiedad, no estoy en peligro y pasará pronto". Hablarnos a nosotros mismos, ayuda a desviar la atención y ahuyentar los pensamientos de miedo.
La psiquiatra Lina Ruiz es enfática en manifestar que, si bien estas técnicas son excelentes para el momento de la crisis, no sustituyen el tratamiento a largo plazo, y añade que los ataques de pánico se pueden tratar eficazmente con psicoterapia (especialmente la terapia cognitivo-conductual) y, en algunos casos, medicación.
Pero, a pesar de que las técnicas de respiración y reconocimiento me han ayudado, aún evito tumultos y situaciones que me representen sensaciones de peligro. Todavía no me arriesgo a meterme en lugares cerrados, oscuros o de mucha aglomeración, para saber si gano o no esa prueba. Superar la ansiedad toma tiempo, práctica y un proceso de acompañamiento. Mencionarlo es una etapa inicial en la que aún me encuentro, donde cada respiración profunda cuenta para acercarme al lugar tranquilo en el que quiero estar.
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