Pasar al contenido principal

 

Escribe más de 3 caracteres

biblioteca personal

El incierto lugar de una biblioteca personal

Ilustración

¿Cuál es la relación de la memoria con objetos llenos de añoranza como los libros que incorporamos en nuestro hogar y por qué nos llenan de nostalgia?. En este texto, la autora escarba en recuerdos para encontrar el lugar que la biblioteca familiar ha ocupado en su vida como una muestra del paso del tiempo, el desgaste de los objetos y la constitución de una casa.

Durante los últimos meses, mis amigas me han preguntado “tú, ¿qué haces con los libros cuando te mueves de ciudad?”. Mis libros están en la biblioteca de mis papás, en Armenia, les digo. Todavía de visita en la casa de mi infancia me despierto por unos minutos en la noche y observo el mueble naranja de la sala, la luz que entra por el corredor cuando hay luna llena y las figuras que recorren las paredes en la sombra y la noche, pienso que el mundo de mi infancia todavía existe en ese momento, pero todo esto no lo digo. 

En cambio, les cuento que hace poco mi papá construyó una nueva biblioteca y ahí organicé los libros de mi biblioteca personal. Hablamos entonces de lo difícil que es mudarse, elegir unos y  regalar otros, porque cada cosa pesa. También hablamos de lo lindo que es tener un libro nuevo, reconocer el volumen, el peso y el olor. Cuando termina la conversación, me quedo pensando: ¿por qué recuerdo la imagen nocturna de los muebles al pensar en el lugar que ocupan los libros?, ¿cómo es que doy un paso hacia ese espacio?, ¿qué cabe en ese lugar?

En su último libro Cuarto de materiales, publicado por Laguna Libros, Angélica Ávila describe la habilidad de un pintor para imitar en las paredes de una capilla la textura y las vetas del mármol y, después, dice que es una capilla de mármol que no pesa lo que pesaría si fuera de mármol. Esta idea me parece, no del orden de la realidad, sino del sueño. 

Para hablar del deseo y del delirio, los escritores usan espacios como los laberintos y los bosques, las bibliotecas y los jardines, el desierto y el océano. Parece que el sueño trabaja con el espacio, que el peso, la inmensidad y la forma de ciertos lugares crean la ilusión de ser otra cosa. Dice Anne Carson que el sueño ofrece el vacío de las cosas antes de que las usemos, un destello de realidad antes de la eficacia.

Luego despertamos, y un espacio y otro se mezclan, a la gracia le sigue la gravedad…

Gravedad: usar los objetos y que el tiempo los use. Que el polvo se acumule en los muebles, y los gorgojos estén habitando la madera, que también haya bichitos comiéndose los libros y que la celulosa del papel empiece a oxidarse. 

Una casa de la infancia oscila en ese orden. En el orden del sueño donde ella también duerme y en el orden de la realidad donde ella también se desgasta. 

He aprendido sobre la gravedad en momentos puntuales. Por ejemplo, cuando decidí que cargaría doce libros durante un mes en un viaje por tierra de Buenos Aires a Lima, y cuando, descaradamente, distribuí algunos entre la maleta de mi hermana y de David. Eran libros que había comprado durante mi intercambio en Buenos Aires, y me harían arder los hombros cuando caminara más de veinte minutos con la maleta. En el humor díscolo de la realidad, no perdí ni un solo libro. En cambio, nos robaron la maleta más liviana, la de la cámara fotográfica, la bitácora ilustrada de mi hermana, los dólares y los pasaportes de tres colombianos en Chile.

Al día siguiente, caminamos por el caudal seco del río San José en Arica, un caudal hecho de basura en el que, nos dijeron, podríamos encontrar nuestros pasaportes. La basura es un monstruo de la gravedad porque es el retorno malformado de objetos queridos y desechables. Ya sin esperanzas de encontrar esos tres pasaportes, viajamos doce horas hacia el consulado de Colombia en Antofagasta. Liberadas de las maletas, cansadas de cargar, pasamos una semana con una sola bolsa sostenida a seis manos, llevábamos comida y ropa de segunda, pues en nuestra desesperación dejamos todo el equipaje en la casa de nuestra anfitriona en Arica. 

Dos, tres, cuatro libros pequeños pueden pesar dos kilos. Ocupar diez centímetros cuadrados. Con el paso del tiempo, ordenados en una biblioteca, pulsan las teclas de la memoria, traen los lugares, las temporadas y los temperamentos. Es como la perforación de un espacio en otro, como sucede en el teatro: los espacios llegan a la escena por voz de los mensajeros y de los personajes que anuncian las muertes que han sucedido, las apariciones de los dioses, el momento de la revelación. Como el teatro, la memoria también es un espacio que usa el peso y el volumen de la realidad para pintar sus paredes.

Los olores, las voces, algunos paisajes, como todo lo que se diluye en el instante en que sucede, quedan capturados en ciertos objetos. Para mí, sin saberlo, han quedado en los libros, pero son múltiples los objetos que contienen otras percepciones del espacio y el tiempo. Esa es su competencia. Como las colecciones de porcelanas, las compilaciones musicales, los cuadros antiguos y las fotografías.  Pienso también en los juguetes de los niños, en el apego hacia uno en particular, una cobija, un peluche, una muñeca, y en el desgaste de esa cosa querida. Ser testigos de la destrucción progresiva de un objeto es una experiencia impresionante, un objeto que podría durar más que tú, que se queda quieto donde sea que lo dejes y que permanece y permanece. Es el destello de su realidad. 

El lugar del archivo por excelencia suele ser la casa, por ejemplo, las casas de las abuelas, que han recolectado materiales a lo largo de la vida y que, cuando ellas se ocultan del mundo, hay que pensar qué hacer con todo lo que ha dejado. 

Se necesita espacio para hacer conjuntos de cosas, así como para darle material al sueño.

Los libros son mis juguetes y mi colección. La biblioteca, su casa. Y como mensajeros traen noticias al presente. Pulsan las teclas de mi memoria y recuerdo. Entonces, cómo no pensar que moverse de una ciudad a otra, de un país a otro, es cambiar la ubicación de una vida y dejar atrás un orden logrado, un espacio constituido de sueño y realidad. 

Además de los libros, me gustan las postales que me regalan mi hermana y mis amigas. Me gustan las figuritas de mi mesa de noche en Buenos Aires y de la biblioteca en Armenia: un José Gregorio Hernández en miniatura, un elefante plateado, un soldadito de plomo y un caballito en arcilla. Cuando viajo, me llevo algunas conmigo. Ahora me gustan los objetos livianos, los libros cortos. Pienso que algunos de estos objetos, en su forma original o en la malformación de la basura, durarán más que yo sobre la tierra, y que en su silencio dirán algo sobre un tiempo anterior. 

Mientras escribo esto en Buenos Aires, mis objetos aguantan la respiración en una bodega de 19 metros cúbicos en Bogotá y los libros duermen en la biblioteca de Armenia. Estoy acostumbrada a que las cosas que he recolectado estén guardadas y lejos. En esa distancia, puedo ver que el tiempo se ha dividido para mí, que estoy atravesada por múltiples tiempos, pero sé que esta sensación también la viven otros. Estamos experimentando nuevas formas de vivir el tiempo y en ese cambio se desdibuja nuestra relación con la historia y la memoria. Esto ha pasado antes, María Zambrano lo experimentó a sus veinte años cuando la enfermedad y la revolución le permitieron pensar en el tiempo común de su generación y en el tiempo íntimo del sueño y del mundo doméstico. 

Nosotros podríamos decir que parte de nuestro tiempo común está en la virtualidad, que es la posibilidad de optar por un libro digital, una carpeta de epubs, una Kindle y cargar con todos los libros en la maleta. Ante este espacio imaginado que es el internet, experimentamos la aceleración del tiempo, la distorsión de las distancias y el desgaste, la metamorfosis de la comunicación y la pérdida del deseo. Como aferrándome a una oración, pienso, de nuevo, una vez más, en el desgaste, en la permanencia, en la vida de los objetos en sus conjuntos y posibilidades. 

Pienso que se necesita espacio para acumular y que los conjuntos de cosas nos piden juntura y unión, palabras que comparten la etimología latina de yugo. Mantener los objetos cuesta, lo sabe una descuidada como yo, porque nos piden atención y cuidado, por eso una casa cuesta y una casa minimalista asusta. 

Junto a los libros de mi papá sobre experiencias ufológicas y relatos en el orden del misterio y la esperanza, están los libros de Torre de Papel de la infancia, los ensayos sobre el llanto, la belleza y el arte de mi hermana, las revistas a las que nos hemos suscrito, los libros que nos han regalado de motivación personal, negocios y narrativa, y esos de los que no conocemos su procedencia pero que están hace mucho, como los tomos de Las mil y una noches que le pertenecen a mi mamá. 

En mi última visita, miro el aporte que he hecho a la biblioteca y pienso en el orden secreto que rige a estos objetos, que han encontrado un lugar, uno al lado del otro, para decir algo en su conjunto. Al verlos, pienso en los temperamentos de los títulos. La lengua de Adán de Abdelfattah Kilito, al lado de La curiosidad prohibida del mismo autor. Delirio y destino de María Zambrano sostenido por el lomo de Los imperdonables de Cristina Campo, y digo: lengua, mística, fábula, síntesis de estos últimos años. Luego veo otros títulos más lejanos, Los galgos, los galgos de Sara Gallardo al lado de Océano Mar de Alessandro Barico, Las voces de Marruecos de Elías Canetti y pienso en el viaje, viaje hacia el oeste, por mar, por tren, hacia lo desconocido. Me gustan los conjuntos de cosas. Me gusta arrumar una porción.

La biblioteca podría ser un centro, como el fuego de una casa, como un refugio para volver y recordar. Tal vez una casa sea el lugar donde sucede el tiempo y somos testigos de su desgaste. Escribo sobre esto porque me siento arrastrada por un tiempo común, pero mientras escribo, un tiempo íntimo transcurre: los objetos siguen en una bodega de Bogotá, los libros en la biblioteca y mi cuerpo pintado de mármol en Buenos Aires. Mientras tanto mis papás duermen en esa casa y yo en esta, donde ya he recolectado un par de libros.

Juanita Porras

Escritora colombiana y profesora universitaria. Le interesan la Edad Media, los viajes, el sonido y la mística. Escribe y enseña sobre historia del arte y literatura. Desde el 2023 hace experimentación sonora con el proyecto Antípoda del colectivo Bochinche.

Escritora colombiana y profesora universitaria. Le interesan la Edad Media, los viajes, el sonido y la mística. Escribe y enseña sobre historia del arte y literatura. Desde el 2023 hace experimentación sonora con el proyecto Antípoda del colectivo Bochinche.

Cultura Pop
Le puede interesar

¿Cómo nos acompañan los libros que hemos acumulado cuando nuestra vida está en constante movimiento? La autora propone algunas reflexiones sobre su propia experiencia cargando su biblioteca de un lado a otro en su vida.
Juanita Porras
Juanita Porras
-Agosto/11/2026
El caos bogotano es una materia prima perfecta para cualquier artista visual. Esta selección de publicaciones ilustradas inspirada en la capital lo demuestran.
Bacanika
Bacánika
-Agosto/06/2026
La 18a edición del Premio Arte Joven entregará más de 50 millones en premios. Aquí todas las bases para que envíes tu postulación hasta este 25 de septiembre.
Bacanika
Bacánika
-Agosto/05/2026
El art toy ha encontrado en Cali algunos de sus creadores más destacados en Colombia. Esta es su historia y algunas de sus creaciones.
Bacanika
Bacánika
-Agosto/04/2026
Si los postres colombianos tuvieran un zodiaco, seguramente sería así.
Bacanika
Bacánika
-Julio/31/2026
Los ataques de pánico no avisan, pero hay formas de atajarlos cuando se presentan. Identificarlo es un primer paso para no dejarse llevar por sus embestidas.
Anthony Rangel
-Julio/31/2026
¿Qué debes tener en cuenta al momento de elegir tus gafas? Entérate con esta guía luego de conocer tu fórmula.
Jorge Francisco Mestre
Jorge Francisco Mestre
-Julio/29/2026
De ruina en taquilla a joyas de culto: repasamos las películas incomprendidas que fracasaron en el cine pero hicieron historia.