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relación sin compromiso

La maldita tusa por lo que no existió: una disección sobre los casi algo

Ilustración

De todas las formas en que pueden rompernos el corazón, el mundo moderno y sus afanes han creado una que parece epidemia: ese indefinido lugar llamado “situationship”, es decir, el conocido “casi algo”. De su experiencia propia, la autora emprende una reportería seria y consciente sobre el tema, con el corazón en la mano, buscando respuestas para sanar el amor que estuvo a punto de ser, pero nunca existió

Un "casi algo" o situationship, como se le llama ahora entre tantos términos modernos para tipificar el amor, es ese estado inconcreto que surge cuando hay voluntad de estar, pero no convicción de ser. Esa definición salió en una de las miles de conversaciones que he tenido en estos años para entender este tipo de relación, que parece cada vez más común o que tal vez siempre estuvo ahí y uno solo se entera de su existencia cuando se choca con ella de frente.

La mía duró ocho meses. Parece poco, pero fue suficiente para entender muchas cosas sobre mí y sobre mi forma de relacionarme. Porque estos vínculos son un ICFES del amor: ahí descubres si de verdad aprendiste algo sobre límites, autoestima, comunicación y reciprocidad, o si en el momento del examen vuelves a responder lo mismo de siempre.

Cuando le preguntamos a la comunidad de Bacánika qué era lo peor de un casi algo, la respuesta saltó a la vista: la ambigüedad. Que no te escojan, pero tampoco te suelten, ser todo y no ser nada. En estos vínculos se consolida lo básico de una relación sin establecerse del todo, porque la ambigüedad resta responsabilidad. Porque “si sale mal, no éramos nada”. Pero en medio de eso siempre florece algo más. En mi caso, el deseo absurdo de ser escogida por quien no podía (ni quería) escogerme.

No es un capricho de lenguaje. "Actualmente hay una cultura de la polarización que también polarizó el amor", explica Daniel Ossa, filósofo y psicólogo, "y hace parecer que libertad y compromiso son antagonistas. Antes tú construías tu libertad con otros; ahora la gente cree que si hay libertad no puede haber compromiso, y viceversa".

Es el síntoma de algo que le pasa a una generación que nunca ha estado tan conectada y a la que cada vez le cuesta más vincularse. "La calle está dura", dice la gente, medio en broma, medio en serio, para conseguir trabajo, para conseguir casa y, cada vez más, para conseguir a alguien que se quede a construir contigo.

El cielo que yo construí

"Nos quisimos desde nuestras heridas. Mi desconfianza, mi ansiedad, mi angustia por tener una respuesta inmediata a todo. Y por tu lado, tu incapacidad de creer que lo nuestro podía ser valioso, el miedo al compromiso, a entregarlo todo y volver a fracasar."

— Diario de la autora

"Por qué no", "por qué no fui yo", "por qué". Las preguntas se repitieron en mi cabeza durante mucho tiempo. Tuve ese casi algo después de una relación de cinco años y, aunque suene contradictorio, fue con él con quien volví a conectarme con el amor. Yo describo esa época como nublada y a él como un rehabilitador. Amaneceres, conversaciones largas, silencios cómodos, una cotidianidad que se parecía a lo que yo quería. En mi diario le puse nombre: nuestro pequeño mundo.

Por eso la caída de ese cielo que yo misma construí fue tan dura. El golpe más grande al ego no fue el final, sino los meses previos y posteriores, esperar y esperar a que algo cambiara. Poco después de que terminamos, él construyó una relación con otra persona con quien hablaba desde que estábamos juntos. Ahí el ego no pregunta: grita, maldice y, en mi caso, todavía no termina de perdonar.

Durante meses me pregunté cómo algo tan corto podía pesar tanto. La respuesta no es que yo fuera exagerada. El tiempo no puede contra la intensidad: no es algo que me haya inventado, esto tiene ciencia detrás. Se llama refuerzo intermitente y sostiene algo contraintuitivo, que una recompensa impredecible engancha más que una constante, porque el cerebro persigue la próxima vez en que sí va a llegar. En lo afectivo, alternar entre atención y distancia no debilita el vínculo, lo vuelve más difícil de soltar. Ahí está la trampa. No nos quedamos a pesar de la ambigüedad, nos quedamos en parte por ella.

Y eso deja huella. Daniel Ossa lo ve llegar al consultorio, "genera ansiedad, inseguridad, desconfianza, sensaciones de insuficiencia y no valía". Lo que se desequilibra es la riqueza afectiva, "la certeza de tener a alguien en quien puedes confiar".

Nunca vamos a estar listos

Si estos mecanismos nos preceden, ¿por qué se sienten tan actuales? Ossa señala el espejo cultural. Antes el amor giraba en torno a permanecer. "¿Pero ahora qué percibimos en general? Encuentros sin mayor compromiso justificados en la libertad". A eso se suma el exceso de opciones, que borró la noción de límite, y el coaching que convirtió elegir pareja en una lista de mercado. Si no encajas, te descarto, porque siempre habrá algo más.

En mi historia ese discurso tuvo una forma concreta. La persona con la que habité ese pequeño mundo me decía, cada vez que yo preguntaba qué éramos, que no estaba listo para el siguiente paso. Y yo esperé, porque prefería tenerlo en un porcentaje a no tenerlo.

"Siempre serás mi persona correcta en el momento incorrecto."

— Diario de la autora

No creo que fuera mentira. El problema es que ese "no estoy listo" puede sostenerse indefinidamente, porque nunca hay un día en el que uno esté terminado. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han explica que esa exigencia dejó de estar afuera y se instaló adentro. Ya no nos explotan, nos autoexplotamos, también en el amor. "Nunca se está lo suficientemente listo, como en el momento en que te encuentras. Se nos ha vendido una ilusión de perfección", afirma Ossa. El amor no es una tecnología, no es un producto que se optimice hasta volverlo funcional.

La parte incómoda

De los comentarios de la comunidad, lo que más me impresionó no fue la cantidad, sino lo parecido que sonaban entre sí, como si todos hubiéramos vivido la misma relación con distintas personas. Alguien escribió una frase que me habría ahorrado meses de terapia, "no existen los casi algo, existen relaciones que significan algo para una persona y para la otra no". Otra nombró de dónde viene el daño, "sentirse insuficiente para la otra persona mina terriblemente la autoestima".

Y varios coincidieron en algo que yo creía exclusivamente mío, que el guayabo de un casi algo dura más que el de una relación con nombre y apellido. Leerlo fue un consuelo extraño, porque confirma lo que uno no se cree cuando está adentro, que no estaba loca y que no era la única.

A nivel cerebral, este dolor no es una simple metáfora. De acuerdo con el neurólogo Leonardo Palacios, adscrito a Colsanitas, “cuando sucede una ruptura amorosa o pérdida, se activa una estructura en el cerebro denominada corteza cingulada anterior, que tiene la función de procesar información de dolor. Durante una pérdida, esta parte del cerebro interpreta esas emociones negativas y las convierte en dolor físico, que puede ser muy similar al que se experimenta durante una fractura”. Por eso, la incertidumbre o la sensación de abandono en estos vínculos genera una respuesta biológica real y punzante.

Dejar de ser víctima del relato

Llegué a la entrevista con Ossa preguntándome por qué estas relaciones se tejen en un loop infinito de dudas. Salí con algo distinto, que anoté esa noche. Más allá del dolor, que es físicamente real, hay una parte en la que yo sigo eligiendo ser víctima de un relato que sigue vivo porque yo lo mantengo así.

Mi casi algo me decía a veces, con cierta nostalgia anticipada, "tal vez si nos hubiéramos cruzado en otro momento". Y yo, romántica empedernida, le contestaba siempre lo mismo, y todavía lo creo, que a veces solo hay un momento y depende de nosotros tomarlo. Pero durante mucho tiempo me ufané de que nadie amaba como yo, sin ver que yo también lo amé desde heridas pasadas que seguían muy abiertas.

Daniel Ossa habla de un antídoto para ese papel, “el agradecimiento consciente y un trabajo interno que no es autoayuda de manual sino discernimiento, ver las cosas como son y no como uno elige verlas”. Pero la frase que más me quedó fue otra, prestada de Aristóteles: la virtud está en la mitad. Ni huir del vínculo ni aceptar cualquier cosa por no quedarse solo.

Lo que queda

"Para soltarte tengo que dejar de hablar de ti como un fantasma, porque estás, existes, estás vivo, pero no conmigo. Ya no quiero que seas mi primer y último pensamiento. Quiero poder irme de esa casita que construimos y de la que ya no quedan ni los cimientos."

— Diario de la autora

Durante mucho tiempo me pregunté qué versión de mí tenía que soltar para poder soltarlo: la que se conforma con un vínculo ambiguo como si fuera atención real, la que cree que un amor intenso lo justifica todo o la que vive en la comodidad de la víctima. "Estoy protegida de las emociones inconsistentes", repetí como un mantra cada vez que no entendía por qué, a pesar del amor que compartimos, él nunca se quedó. El duelo por algo sin nombre no baja en curva prolija hasta cero. Es frágil, y cualquier cosa lo desestabiliza.

Le pregunté a Ossa qué le queda a quien todavía quiere construir algo. No me dio una técnica. Me habló de la esperanza y de cómo se nos ha ido nublando, porque cuando el miedo se instala uno termina ahogándola. Y me dijo algo que no esperaba escuchar de un psicólogo, “no hay que tenerle miedo a empezar aunque uno no esté del todo sano, porque el otro también puede ayudarte a sanar”. Lo resumió así: "Entro en mí, pero salgo al encuentro. Entro en mí, pero me expongo".

No sé todavía si lo perdoné del todo, aunque cada vez tengo un poco más de paz, y por eso me animé a escribir esto. Si algún día lo lee, ojalá entienda que no lo escribí para cobrarle nada. Lo que le di fue real, lo amé de verdad y le deseo paz donde quiera que esté, a pesar de todo.

Del resto, poco que reportar y todo por delante. He tenido citas increíbles y otras para olvidar, se me ha vuelto a revolver el estómago un par de veces, y creo que en el próximo examen me va a ir mejor. Tampoco tengo fórmula que ofrecer, más allá de esto. La pregunta útil nunca fue por qué él no me eligió, fue qué versión de mí necesitaba que él la eligiera.

Hubo, de mi parte, toda la voluntad de estar. Lo que nunca hubo, del otro lado, fue la convicción de ser. Pero si algo me dejó ese pequeño mundo que sí existió, aunque no tuviera nombre, es que solo me queda honrar mi forma de amar en la honestidad de los aciertos y también de los errores.

Lo escribí en mi diario mucho antes de entenderlo, “el amor es la fortuna de encontrarse en las cosas grandes y pequeñas, y elegir ajustar el resto en equipo”. El amor moderno se siente cansado, todo el mundo opina de él y todo el mundo le exige. La pregunta que casi nadie se hace es qué estaríamos dispuestos a hacer por él. Yo todavía estoy dispuesta a bastante. Y esa, creo, es la única parte de mí que no pienso soltar nunca. 

Bacánika

Somos un portal de cultura enfocado en ilustración, arte, diseño, periodismo y bienestar para jóvenes: hacemos historias y contenidos preciosamente ilustrados para inspirar, conmover e informar a la comunidad creativa en torno a sus gustos, búsquedas y estilo de vida.

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