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duelo por una mascota

Carta de amor a mi perro -y no despedida- a mi perro

Ilustración

Aunque el amor por nuestros animales de compañía es una conversación cada vez más universal, poco se habla del dolor y el vacío que deja su partida. En esta carta de amor a Apolo, su perro, la autora dedica unas palabras sinceras de agradecimiento y profundo afecto que recogen el sentimiento de muchos sobre el irremplazable lugar que puede ocupar una mascota en un corazón humano.

“Qué afortunada soy de tener algo que hace que decir adiós sea tan difícil”. -Winnie the Pooh.

Fue mi hermana quien te conoció primero. Siempre cuenta cómo te llevaba en la canasta de su bicicleta a dar paseos en el parque. Meses después, te conocí yo. Para ese momento, ya no cabías en la canasta de la bicicleta de mi hermana. Venías colgado del collar que tu anterior dueño te había puesto y te quedaste en la puerta de mi casa. “Aquí no entra ese perro”, exclamó mi mamá por primera vez. Te vi a dos metros de distancia, pero recuerdo muy bien tus ojos marrones cruzándose con los míos.

Tu dueño de entonces, además de vecino, era amigo de mi hermana. A ella siempre le aterraron los perros. De hecho, a nadie en nuestra familia le gustaban. Supongo que, al conocerte, superó ese miedo: uno de tantos que desarmaste. Ibas a cumplir dos años cuando él desocupó frente a tus ojos la casa que habitaban, subió a un camión y te dejó a tu suerte en la calle. Pasaste días amarrado a un patio lejano a tu barrio, pero lograste escabullirte y volver donde vivías antes. Vecinos tuyos cuentan que llegaste a aquella casa que habitabas, esperando que alguien de tu familia te abriera, pero eso nunca pasó.

Así fue como en una fría noche bogotana, después de salir de mi trabajo a eso de la once de la noche, sin nadie nadie alrededor, cruzando aquella esquina, un lomo peludo de color almendra pasó a mi lado. Me giré y sin pensarlo mucho pregunté: “¿Apolo?”. Tú  volteaste, alzaste tus orejas y me miraste sonriendo, acercándote a mí, como si te hubieras despertado de una pesadilla. Acaricié tu cabeza y me seguiste el paso hasta mi casa. Sin saber cómo, tomé una cuerda y te amarré a las escaleras para que no salieras de la sala, te serví agua y mientras tomabas, escuchamos a mis papás quejarse porque te había entrado a la casa. Pero su cantaleta sería en vano: ya no había vuelta atrás.

A la mañana siguiente, estabas arrunchado en el sofá y me batiste la cola cuando me viste. No me hizo mucha gracia porque temía que mi mamá te viera ahí, pero tampoco me atreví a bajarte. “No me entre ese perro a la casa”, dijo mi mamá por segunda vez y, con ayuda de mi papá, se encargaron de soltarte de la cuerda, te asustaron con agua y saliste corriendo de la casa. Pero te volví a ver en la noche adentro, cuando mi hermana te encontró de nuevo en la calle y te dejó pasar. 

Mi hermana intentó razonar con tu dueño por todos los medios, pero fue inútil. Creo que entendiste que no volverías a la que era tu casa, y que tu dueño no vendría por ti. “Yo no entro ese perro a la casa”, reiteró mi mamá por tercera vez. Así que tomaste la situación entre tus patas y empezaste la misión: Domesticación de una familia con cero experiencia animal. Seguías a mi padre cada vez que salía de casa, a la tienda, al paradero, a sus juegos de ajedrez en el parque. Le seguías el paso también a mi madre, a su trabajo, haciéndole ojitos cuando compraba comida por el barrio, la esperabas a la salida y la acompañabas de regreso a casa.

Cuando lograste que no te sacaran más de la casa, lo siguiente que harías sería ganar su corazón obedeciendo sus estrictas reglas: no subirse al sofá, no pasar del primer piso, no escarbar la basura y, sobre todo, avisar si tienes que salir al parque. Pasaron pocos días cuando tu dueño envió una cama, un collar, y te mandó a bañar. Nos pidió que te cuidáramos mientras encontraba soluciones. Pero tú ya sabías que ya estaba solucionado, porque dos días después mi mamá te miró y finalmente dijo: “ese perro ya no se va de esta casa”.

Han pasado nueve años de esto. Yo nunca pensé en tener perro, no comprendía del todo lo que otras personas sentían por su mascota, y en mi cabeza no consideraba siquiera adoptar un animal. Por eso, el cuidado que te di fue lleno de intuición; te llevé al veterinario, te puse las vacunas y los tratamientos que necesitabas tras quedarte en la calle. Pasaste de dormir en la sala a dormir en mi cuarto. Aprendimos a estar juntos, caminar por el parque en las mañanas, en las tardes, e ibas a mi lado cada vez que salía. Te enseñé a sentarte, a dar la pata, a no halar del lazo, ni a morder a otros perros. Para una persona tan dispersa, distraída y ansiosa como yo, llegaste a ser la ligereza que tanto necesitaba. Tú eras mi maestro de ternura, de compasión, de vivir en el presente. Porque para un perro no hay más allá de lo que necesitas hoy: agua, comida y mucho amor.

A pesar del abandono que sufriste, no había rastro de rencor en ti. Había quienes decían que lo mejor que te pasó fue llegar a nuestra casa, pero creo que lo mejor que le pasó a nuestra familia fue que tú llegaras a ella. No habíamos hecho nada especial en conjunto hacía mucho tiempo y, de repente, ahí estábamos con mi mamá buscando recetas especiales para ti, mientras mi hermana te leía cuentos como hacía cuando era niña con sus juguetes. Mi papá te llamaba “amigo”, hablaba contigo y tardaba horas en el parque a tu lado. Incluso mi hermano tomaba siestas a tu lado. Y yo aprovechaba cada vez que podíamos para llevarte a conocer un pedacito de Bogotá.

Infinitas noches fuiste mi consuelo, me mirabas y posabas tu cabeza sobre mis piernas y entendías que no todo estaba bien, pero estabas conmigo. En días en los que las circunstancias cambiaron, al punto que ya no podía reconocerme o levantarme, tú eras el motivo para poder salir de mi cama y me llevabas a ver el sol contigo cada mañana. Me sentía más segura cuando estaba a tu lado: la inmensa soledad que sentía, se disipaba al mirar tus ojos. 

Eras el perro más veloz de todo el barrio, saltabas y jugabas a las carreras con otros perros, pero ni un cachorro te seguía el ritmo. Sin embargo, te fuiste cansando poco a poco. Notaba que ya no eras igual de juguetón y cada día tu pelo se hacía más blanco. Una noche subiste las escaleras tosiendo, como si te faltara el aire, y ya no fuiste el mismo. Mi Apolo, mi corcel, como te llamaba a veces… tenías un cáncer que tu inmensa energía ocultó por mucho tiempo, y cuando lo descubrimos ya no había mucho que hacer. Entre todos decidimos que te daríamos la mejor calidad de vida posible mientras te quedaras y que serías feliz como lo fuiste por ocho años con nosotros. Durante las siguientes semanas al diagnóstico, te susurré que no estaba lista, pedí un milagro y quise que no te fueras, pero que si tenías que hacerlo, me lo dejaras saber, que no te fueras de repente.

Vi cómo te desvanecías en corto tiempo, subir cada escalón te costaba cada vez más, y la palabra “vamos” ya no te hacía levantar de la cama. Pusiste tu patita en mis manos y miraste a la nada, y entonces entendí que era el momento de dejarte ir. Ese último día que pasé contigo te levantaste de la cama, fuimos al parque, tomaste el sol, incluso trotaste detrás mío, te di un yogurt griego que tanto te gustaba, lamiste tus bigotes y nos tomamos fotos juntos. Luego te expliqué lo que iba a pasar, entonces llegaste a casa, preparé tu cama en la sala, en la que te quedaste el primer día que llegaste. Y sin querer que te fueras, te dijimos adiós.

El 2 de agosto se cumplió un año desde que no estás. Pero, te sigo encontrando en canciones, en flores, en los pájaros amarillos que veíamos desde nuestra ventana… y lloro cada vez que te encuentro, porque te siento cerca pero a la vez inalcanzable. Apareces en sueños, en los míos cada tanto, y en los de mi mamá, justo antes de que te fueras. Allí, ella te llevaba en sus brazos, te bajaste y caminabas por un prado, y de tu lomo brotaban hojas de diferentes tonos y, mientras jugabas en el prado, un montón de mariposas de varios colores se iban posando en tu cuerpo.

Que fueras parte de mi vida despertó cosas en mí que un humano no hubiera podido. Creo que compartir tu vida con un ser tan diferente a tu especie, que no entiende de orgullo, ni de egoísmo, es lo que lo hace tan especial. No resiente el dolor, sino que encuentra paz en el amor que recibe y da. Vivo agradecida por todo lo que pasó para que coincidiéramos. 

Quiero contarte que solo hubo cambios después de tu muerte: me mude de casa y cuelgo fotos tuyas en cada espacio que encuentro. Todavía espero que salgas a la puerta cada vez que visito a mi madre. La casa es tremendamente silenciosa, sin tus patitas sonando en el suelo. Se siente raro comer sin que salgas debajo de la mesa, pidiéndome un bocado al desayuno, al almuerzo y a la cena. Te extraño más de lo que esta carta puede explicar, y seguiré extrañándote por mucho más tiempo del que logré pasar a tu lado.

Yo no supero tu muerte. Estoy aprendiendo a vivir tras ella, creciendo alrededor del dolor que me trae extrañarte, pero honrando tu vida y la mía, agradeciendo por esa noche fría en la que me encontraste. 

Con infinito amor, tu humana Valeria.

Valeria Herrera Oliveros

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

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