Carta de amor al pollo Frisby
Como una defensa al contramuslo, esta carta de amor es una oda al compartir. Según la autora, seguramente hasta los vegetarianos comieron por última vez Frisby antes de “convertirse”, porque más que un pollo frito, este alimento crocante y jugoso es un abrazo al corazón, aquí sus razones.
Hay comidas que uno recuerda porque eran escasas, sofisticadas o importantes. Frisby, aunque ahora en la adultez sos de ese tipo de alimento, en mi infancia eras como montar en avión: una cosa imposible para una pelada que vivía en la vereda Tesorero de Entrerríos, Antioquia y que, si mucho, conocía el pollo frito con aceite quemado del parque del pueblo. Te recuerdo como ese pollo apanado imposible en la oferta gastronómica campesina, probarte fue un privilegio. Ahora, al crecer, te convertiste en la unión de familia y amigos, plato esencial de grados, premio cuando pagan la nómina, protagonista de algos en mangas, desvare en centros comerciales, núcleo de despedidas rápidas, acompañante fundamental de trasteos y salvador de matrimonios al borde del divorcio.
Aunque tu muslo se lleva toda la fama y es el emoji del pollo por excelencia. Yo, más que entregarte esta carta de amor, intentaré hacerle justicia al contramuslo: pedazo delicioso en forma de corazón con carne suave y jugosa, así como un pequeño anexo de cartílago al final del hueso. Infravalorado. Así, mientras la gente se pelea por tu muslo y tu pechuga, yo doy otra pelea silenciosa que dice mucho del país. El contramuslo no tiene el prestigio de la pechuga ni la practicidad de las alitas. Exige trabajo. El muslo, por su parte, es para afanados y perezosos, quienes le tienen miedo a ensuciarse las manos. El contramuslo, en cambio, toca agarrarlo con la mano, girarlo, perseguir pedazos mínimos de carne alrededor del hueso mientras el cuerito apanado se desbarata encima de la mesa. El que escoge uno de tus contramuslos sabe perfectamente lo que está haciendo, vive profundamente la experiencia.
Yo siempre lo escogía primero. Mi presa favorita de mi animal favorito. Una frase contradictoria pero completamente cierta. Tengo tatuada una gallina criolla en mi brazo, y es difícil aceptar que me gusta un animal en todas sus fases. Una vez una cajera de tu local en el centro de Medellín me dijo que qué increíble tatuaje, pensé que me daría derecho a un pollo gratis. Nada pasó. Aquí sigo habitando esa contradicción tan animal y primitiva, así tan opuesto como yo, o el contramuslo.

Es muy duro escribir antojada.
Recuerdo una de las primeras veces que te comí. Estábamos en Puerta del Norte, en una mesa de centro comercial como las miles que hay en Colombia: pegachenta, con un calor veranero que cuando una viaja de tierra fría pega más, con ese ruido permanente de bandejas, niños jugando y gente cargando bolsas de compras. Aun así, cuando abrían la caja del pollito, tu olor lograba imponerse sobre todo lo demás. Lo raro de los olores es que no se recuerdan solos. Podemos concentrarnos y pensar en una imagen, en cómo se sentía tocar algo o en a qué sabía.
El olor funciona distinto: primero hay que recibirlo, aunque sea poco, de forma suave, para luego inspirar con fuerza ese aroma intenso y dejar que impregne el sentido hasta llevárselo a uno por delante como un flashback físico. Con vos pasa exactamente eso.
A veces basta caminar cerca a ti para regresar a momentos específicos de la vida. No “momentos importantes”. Momentos colombianos, que no es lo mismo. Como la vez que me fui en pandemia con un tío de la tercera edad para acompañarlo a una cita médica en Medellín. En el camino hablamos de una misión: comprarte, porque sos la comida favorita de mi tía, su esposa. Si perdíamos la cita no pasaba nada, pero volver hasta Entrerríos sin pollo habría sido una tragedia doméstica. Lo que hicimos fue esto: pedimos domicilio hasta la casa de otra familiar, le rociamos media botella de alcohol a la bolsa y arrancamos con la mejor sorpresa que cinco habitantes de la vereda Tesorero podrían haber tenido en plena pandemia. Un Frisby entero en un lugar donde los domicilios todavía no llegan. De las mejores comidas de toda mi vida.
O la vez que el día de mis grados de la Universidad de Antioquia fuimos a comer mi plato favorito. Nunca antes vi tanto Frisby junto. Es tanto que sobraron presas y esa fue mi cena en una mesa detrás de la Facultad de Comunicaciones antes de la farra que nos pegamos en una terraza en reconstrucción. Aparentemente así celebramos en este país: con gaseosa, miel, papas y alguien reclamando que no le quiten el contramuslo.
Frisby, es que vos tenés algo profundamente colombiano y es que aparecés en momentos donde nadie planeó, ni quiere, o ni puede cocinar. Después de una gran fiesta y un guayabo ni el berraco. Después de llorar. Después de una pelea familiar. Después de recoger a alguien en el aeropuerto. Definitivamente hay una caja marcada con tu mascota de pollito cachetón con cresta roja para cada crisis menor de este país.

Eso de que “Nadie lo hace como Frisby lo hace” es probablemente una de las frases más instaladas en mi cerebro, vive gratis, el ritmo la sostiene. Creo que en vez de un eslogan es una afirmación histórica.
Mientras te pienso, porque lamentablemente ya estás cerrado cuando me dedico a escribirte, reviso fotos viejas y aparece César, un amigo argentino que solo vino una vez a Colombia. Está abriendo una bolsa tuya con una sonrisa desproporcionada. Me dio risa al principio. Después me dieron ganas de llorar. No por nostalgia profunda, más bien porque entendí algo muy específico: todos tenemos fotos así, incluyendo los amigos que han llegado de otros países y queremos atraparlos con una sazón, soñamos con ver su regreso y comerte de nuevo. Cuántas familias como la mía donde apareces accidentalmente, como los Supercocos en las piñatas, las velas en iglesias o las bolsas de agua en los buses. Elementos que terminan documentando una forma de vivir, sos parte de nuestra idiosincrasia.
Ahora la pregunta aquí nunca fue por qué me gustas, nos gustas tanto, nos antojas tanto, cansas tan poco. La verdadera rareza es que a nadie le gustaras. Conozco pocos que no, y te lo juro: no son mis amigos. Y si no les gustas, como mínimo, me han enviado foto con tu mascota que ahora asiste hasta a matrimonios y fiestas de quince años.
Te quiero mucho, pollito que me ha rescatado el ánimo cuando ni un chocolate caliente pudo, por ser ritual en tantas mesas, recarga de tantas ausencias. Larga vida a Pereira, donde naciste, y crecieron otros ídolos como Jhonny Rivera y Kali Uchis. Deseo un mundo donde todos puedan probar tu gracia.

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