El desayuno como ritual: recibir cada día con una digna bienvenida
Dicen que el desayuno es la comida más importante del día, pero la rutina diaria hace que muchos no le den el lugar que merece. Darnos un espacio y un tiempo para desayunar de manera tranquila y consciente, como es merecido, puede potenciar nuestro bienestar cotidiano de manera drástica.
Luisa recuerda que por esos días empezaba sus mañanas de manera errática: tecleaba en el computador con una mano y, con la otra, sostenía un pedazo de huevo con un tenedor. Sus ojos a veces se deslizaban por la pantalla, a veces por su plato de desayuno y, a veces, por el reloj de la pared. Su mente estaba en todas partes y en ninguna: en sus responsabilidades laborales, en las cifras alarmantes de una pandemia que la abrumaba y en el huevo que se enfriaba y que quería comer, pero que no podía disfrutar del todo.
Era 2020, tenía 27 años, vivía en Ciudad de México, trabajaba en la industria del cine y sentía que hacerlo sin descansar o pausar, la llevó al “burn out”, ese estado de agotamiento físico, mental y emocional causado por estrés crónico que la Organización Mundial de la Salud reconoce como un fenómeno ocupacional. “Me volví demasiado rápida comiendo con ese trabajo. Tenía apenas unos minutos para desayunar. Me tocaba empacarme todo rápido, para seguir dándole”, recuerda Luisa.

Esta forma de vivir la llevó a sufrir de ansiedad, tener sobrepeso y a estar constantemente inflamada. Desde ese momento y hasta hoy, Luisa comenzó una búsqueda alrededor del bienestar que ha estado acompañada por un profundo cuestionamiento cultural y cambios en sus hábitos y rituales diarios. Uno de los más importantes ha sido darle al desayuno el lugar y el tiempo que merece.
Nutrirnos para resistir a la cultura de la urgencia
Después de empezar a priorizar su salud de la mano de un nutricionista y de una naturópata, Luisa —artista, gestora cultural y estudiante de somática, que afirma sentirse como una persona sana, con un estilo de vida consciente— dice que cree que la idea de estar presentes con el plato de comida que tenemos al frente, sin ninguna distracción, está subvalorada.. At hoc in eo M. Non potes, nisi retexueris illa. Scrupulum, inquam, abeunti; Quantum Aristoxeni ingenium consumptum videmus in musicis?
“Vivimos en una cultura de la inmediatez que deja de lado la alimentación porque la ve como algo bastante transaccional. Pensamos que solo porque tenemos que seguir siendo productivos, necesitamos comer y por eso, nos comemos cualquier cosa que se nos cruce. Generalmente eso que se nos cruza no es un alimento sano que nos va a nutrir”, afirma y dice que alimentarnos bien es un acto que requiere compromiso.
Para ella, reconectar con su salud no ha consistido solamente en aprender qué comer sino qué priorizar y el desayuno, que ella misma describe como un momento en el que nos damos la bienvenida a un nuevo día, es un ejemplo perfecto de ello. “El desayuno siempre ha sido un tipo de comida que me gusta. Es como un ritual de cuidado y de sentar la energía del día”, afirma la joven de 33 años.
Según Leonor Zuleta, nutricionista adscrita a Colsanitas, con 26 años de experiencia y un especial interés por la educación nutricional y el cambio de hábitos, el desayuno es fundamental para comenzar bien el día. “Para mí, es exactamente como ponerle gasolina al carro antes de salir a la carretera: si arrancas con el tanque vacío, más adelante vas a tener problemas y te puedes varar”, dice.
La especialista recomienda incluir una buena fuente de proteína que además debería ser lo primero que comamos al sentarnos a la mesa. “También es importante sumar un carbohidrato complejo, como una arepa tradicional o un buen pan de masa madre que no sea grasoso, una bebida láctea, si no hay intolerancia, y una porción de fruta entera. Algo clave con la fruta es dejarla para el final del desayuno: al consumirla después de la proteína y la fibra, evitamos picos bruscos de insulina y ayudamos a que el cuerpo absorba los azúcares de forma gradual. Además, antes de cualquier bebida como el café, es clave iniciar hidratándonos con agua; el café es preferible tomarlo junto con los alimentos o después de ellos, en lugar de consumirlo con el estómago totalmente vacío”, agrega.
A estas recomendaciones, se pueden sumar otras de Ezequiel Arrieta, médico argentino y doctor en Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Córdoba. En su libro Lo que el cuerpo sabe, propone incluir una buena variedad de plantas y alimentos ricos en fibra para favorecer la diversidad de la microbiota, aumentar el consumo de alimentos fermentados como yogures naturales o kéfir y establecer horarios regulares para comer.
Además, es enfático cuando recomienda reducir los ultraprocesados. Esto dialoga con los postulados de Michael Pollan, académico y gurú de la alimentación en Estados Unidos, quien propone algunas ideas sencillas para reconocerlos: son aquellos que difícilmente se pudren y que suelen tener ingredientes impronunciables. O, para decirlo en sus palabras, convertidas ya en una suerte de mantra en el mundo del bienestar: “No coma nada que su bisabuela no reconocería como alimento”.


El desayuno como ritual de autocuidado
Las mañanas de Luisa ahora son mucho más lentas. Lo primero que hace generalmente es estirar como una forma de decirle a su cuerpo que ya puede empezar a moverse. A veces también escribe y medita. Después, toma agua o una infusión y cierra con broche de oro su mañana con un buen desayuno que casi siempre es igual: huevos con verdura, arepa, un batido de fruta y una aromática.
“El cómo comemos es tan importante como lo que ponemos en el plato”, explica Zuleta. “Gran parte de los neurotransmisores que regulan el estado de ánimo, como la serotonina, se producen a nivel intestinal. En consulta, veo a diario que el principal detonante del colon irritable y de muchos problemas digestivos es el estrés. En la medida que aprendemos a canalizar nuestras emociones y practicamos actividades que calman el sistema nervioso, la salud digestiva mejora de manera impresionante. Por eso, sentarse a desayunar con tranquilidad, sin carreras o pantallas, es una de las mejores formas de cuidar el intestino y el estado de ánimo desde primera hora de la mañana”.
Esta idea es esencial: si cuidamos lo que comemos y cómo lo hacemos, el desayuno puede convertirse en algo más que un hito pasajero del día: puede ser un puente, un tránsito entre dos momentos importantes.
Generalmente, en la noche descansamos, soñamos y pasamos varias horas en contacto con nuestro mundo interior. Luego, despertamos y, poco a poco, volvemos a las responsabilidades, al trabajo, a las pantallas. En ese sentido, desayunar puede ser un momento en el medio y un ritual de paso para elegir, con intención, la energía con la que queremos entrar al mundo que nos espera: en general, una oportunidad para recordarnos que nuestro bienestar y vida importan y que en buena medida, hacerlo con atención sienta la base sobre la que construimos el resto del día.
“Convertir el desayuno en un momento de conciencia plena se logra haciéndonos preguntas sencillas: ¿qué estoy comiendo?, ¿por qué lo estoy comiendo?, ¿tengo hambre real o solo lo hago por ansiedad o rutina? Cuando nos tomamos unos minutos para observar lo que comemos y las cantidades que servimos, rompemos el piloto automático y empezamos a tomar decisiones mucho más sanas y conscientes”, reflexiona Zuleta.
“Para mí, desaprender a comer rápido ha sido complejo”, dice Luisa y señala que cree que este es un problema colectivo: “es impresionante notar cómo a todos nos cuesta realmente estar presentes: casi siempre tenemos el celular, el computador o estamos pendientes de otra cosa”.
Esta problemática de vivir siempre en un piloto automático donde la velocidad y la optimización siempre son priorizadas, es descrita con destreza en libros como Elogio a la lentitud del periodista canadiense Carl Honoré. El autor cuestiona esta cultura de la velocidad que nos ha llevado a querer hacer más en menos tiempo y a convertir todas nuestras actividades cotidianas —comer, cocinar, conversar, descansar, tener sexo— en un esfuerzo por comprimir el tiempo, para volver a producir.
En ese sentido, detenernos frente a un plato de comida puede ser una forma de recuperar nuestra capacidad de estar presentes. “Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tiempos”, dice Honoré.
Quizás algunas tradiciones puedan darnos pistas sobre cómo recuperar esa presencia y adaptarla a nuestras vidas. En Plum Village, una comunidad de meditación del maestro zen y activista de la paz vietnamita Thich Nhat Hanh, alimentarnos también es una forma de meditar. La práctica invita a servirnos solo lo que vamos a comer, a prestar atención a los colores, olores, texturas y sabores de los alimentos mientras comemos y cocinamos, a masticar despacio —al menos 20 veces cada bocado— y agradecer a la tierra y a quienes hicieron posible que la comida llegara a nuestra mesa.
Y aunque tal vez sea complejo para muchos de nosotros adoptar todas estas prácticas, lo que sí podemos hacer es empezar a cuestionarnos qué tanto priorizamos el desayuno, como ese paréntesis de calma y conexión, dentro de una vida que nos pide estar en todas partes al tiempo.
“La cocina te aporta un pequeño oasis de lentitud. Te distiende y te ayuda a evitar la superficialidad de la vida urbana”, afirma Honoré e inevitablemente no puedo dejar de pensar en Luisa.
Como amigas de la universidad, las últimas tres veces que nos hemos visto ha sido en la mesa. Entre recetas deliciosas, risas y esa irreverencia e intimidad que solo surge en los vínculos profundos, siempre compartimos momentos de mucha conexión. “No es accidental que la palabra «compañero» derive de las palabras latinas que significan «con pan». Una comida relajada y sociable tiene un efecto calmante e incluso civilizador y allana el apresuramiento demencial de la vida moderna”, anota Honoré.
Y definitivamente así lo siento.
La comida, en todas sus formas, incluido el desayuno, puede ser una oportunidad para conectar con la devoción y con un lenguaje muy tangible de amor: hacia nuestra vida y bienestar, hacia las manos campesinas que hacen posible que los alimentos lleguen a nuestra mesa y hacia las personas con quienes tenemos la fortuna de compartirlos.
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