Sentir que nuestro tiempo y nuestra salud mental se esfuman escroliando redes sociales durante horas es más común de lo que creemos. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto dejarlas? Este testimonio da cuenta de cómo abandonar las plataformas de consumo de contenido es una decisión de vida que, muchas veces, requiere una acción radical en pro de nuestro bienestar.
Cuando tenía 10 años creé mi perfil de Facebook. Era 2011 y a pesar de que ya había tenido contacto con muchas de las maravillas tecnológicas que ofrecía el internet 2.0 ―como Windows Live Messenger y videojuegos online― esta fue mi primera red social propiamente dicha. Llené la fecha de nacimiento con datos falsos, pues en ese entonces se necesitaban 13 años para tener una cuenta, y en cuestión de segundos un arcángel azul en forma de “efe” mayúscula me había revelado un mundo de posibilidades.
Con esta navaja suiza que era Facebook, podía escribirles a mis compañeros de colegio que había dejado en Bogotá cuando me mudé a otra ciudad, ver sus fotos, subir las que había hecho de mi nuevo hogar y competir contra ellos en los innumerables juegos que ofrecía la plataforma. Para muchos, incluido el escritor y periodista Cory Doctorow, esta fue la era dorada del internet y de las redes sociales, hasta mediados de la década de 2010, cuando acabó mi luna de miel y la de millones de usuarios que no alcanzaríamos a calcular lo que vendría después del “flechazo” inicial.

La traición
En su libro “Enshittification” (‘Mierdificación’ en su traducción al español) Doctorow define este neologismo como una tendencia de las plataformas digitales a degradarse a medida que cambian sus prioridades, empeorando el servicio para los usuarios en pro de generar más ganancias.
Al comienzo, la aplicación es nueva y amigable, con un mínimo de publicidad y centrada en ofrecer una gran experiencia. Luego surge la fase de la “traición”, que se refiere al momento en que los usuarios están cautivos por la app. Ya que su interfaz ahora es familiar y la mayoría de las personas con las que se interactúa también están allí, en la práctica, resulta complicado desprenderse de ella. Así, casi sin notarlo, llegamos a la economía de la atención: una era de anuncios, reproducciones automáticas e influencers millonarios.
“Debido a que la información es casi ilimitada, el verdadero recurso valioso es la atención de las personas, y esto se logra por medio de tecnologías persuasivas como los likes, el scroll infinito y las notificaciones, que evitan que el usuario se vaya. Ese tiempo de permanencia se traduce en dinero proveniente de la pauta publicitaria y del uso de los datos que producen los mismos usuarios”, señala Joshua J. González, profesor universitario y experto en derecho informático.
Por supuesto, yo estaba lejos de enterarme del asunto, y apenas daba mis primeros swipes en una plataforma que llegó a mí al final de la adolescencia. Instagram, con su nueva estética minimalista de 2016, era todo lo que un entusiasta de la fotografía podría desear.
El desencantamiento
Al igual que al fumador casual le preocupa un poco ver las imágenes de pulmones ennegrecidos en sus cajetillas, a mí también me preocupaba el tiempo que pasaba en el teléfono. Un día cualquiera dejo de scrollear para pensar en la velocidad con la que las horas transcurren ante la pantalla y una noche, un dolor de cuello me recuerda que debo cambiar de posición. Nada pasa aún.
Luego, como resultado de mi trabajo, terminé obsesionándome con la lectura de noticias y artículos académicos que describen cómo las redes sociales afectan nuestra atención, nuestra memoria, nuestra felicidad, nuestra higiene del sueño, y en general, muchos aspectos que, si los mencionara con fuentes, necesitaría otra columna para abarcar todas las consecuencias.
Un día cualquiera dejo de scrollear para pensar en la velocidad con la que las horas transcurren ante la pantalla y una noche, un dolor de cuello me recuerda que debo cambiar de posición.
Fue en ese instante, hace aproximadamente un año, cuando empezó a gestarse mi radicalización, aunque mi tiempo de conexión semanal de 11 horas estaba muy por debajo de las casi 28 del promedio colombiano, según Statista.
Al principio usaba un temporizador que me recordara el tiempo en pantalla (no funcionó). Luego, fui más allá e hice que la aplicación se cerrara de golpe y se bloqueara si me excedía, pero siempre terminaba dándome otros 5 minutos.
De este modo me autoengañaba cada semana y cuando se cumplieron los dos meses en los que tenía propuesto reducir mi tiempo en pantalla, noté que estaba lejos de la meta: 9 horas, decía la app que descargué. Un resultado insuficiente para lo que yo consideraba espacio en mi agenda que hubiera aprovechado leyendo, escribiendo, viendo una película o cualquier cosa que disfrutara más.
Pero entonces, ¿qué era lo que me hacía volver?
“Más que una adicción en sentido estricto, lo que se forma es un hábito muy fuerte: las redes se vuelven un recurso automático frente a los momentos de espera”, explica Charles Romel Yáñez, psicólogo clínico y docente de Unisanitas.
Además, también está el tema del FOMO o miedo a perderse de algo, que resulta en sentirse excluido de una comunidad o un evento gratificante por falta de información. “Todo lo que llamamos el feed no es otra cosa que un reforzador intermitente, es decir, un sistema donde la recompensa aparece de manera aleatoria —un video, una noticia, un chisme que nos gusta— y esa incertidumbre es lo que hace que sigamos mirando”, añade Yáñez.
De ese modo comprendí que tenía la mente inmovilizada en una trampa de estímulos y de que solo había una forma de escapar.

El final de una larga relación
Fue un sábado en que jugaba al poker con mis amigos cuando anuncié que dejaría las redes sociales para siempre. Por supuesto, fue una decisión que tuvo críticas inmediatas y algunas burlas. Que las fotos, que los contactos, que la gente antisistema una cosa, que la otra… Pero yo ya estaba decidido. Oprimí los botones que ChatGPT me pidió que oprimiera ―de hecho, desactivar una cuenta es un proceso laberíntico―, ingresé la contraseña y se acabó. Para mí, fue como decir “terminamos”, e incluso un par de aplausos inseguros se escucharon esa noche.
Buscar mejores formas de conseguir dopamina hace parte de mi pequeña revolución
Debo admitir que la semana posterior hubo una sensación cercana a la abstinencia, pero nada con lo que no pudiera lidiar con ingenio. El martes, por ejemplo, tuve una cita médica y no sabía qué hacer con ese tiempo muerto en la sala de espera, así que empecé a cargar un libro para resguardarme del aburrimiento. El jueves, me suscribí a todos los newsletters de las instituciones que ofrecen planes culturales ante la imposibilidad de agarrar la información de otro lado y el viernes, cuando alguien me preguntó por el hecho de no tener redes, me limité a responder: “Buscar mejores formas de conseguir dopamina hace parte de mi pequeña revolución”.
Nunca carecer de algo me hizo parecer tan interesante.
Como reflexión final de un personaje que tuvo un conflicto más simple de lo que imaginaba, hoy puedo decir que lo que perdí ha sido mínimo en comparación con lo que obtuve: concentración para ganar más manos en el Texas Hold'em, silencio para la creatividad y tiempo para compartir con mi pareja, mi familia, mis amigos y los amigos de mis amigos, que, a fin de cuentas, conforman la única red social que necesito de verdad.
Suscríbase a nuestro boletín
Sin spam, notificaciones solo sobre nuevos productos, actualizaciones.
Dejar un comentario