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Harry Styles

Carta de amor a Harry Styles (para los que no entienden la vibra)

Collages

Con Kiss All The Time. Disco, Occasionally, el mundo volvió a escuchar el nombre de Harry Styles en cada esquina. Una fan que creció con One Direction intenta explicar por qué este amor, lejos de ser adolescente, ha sido una casa, una comunidad y una forma de crecer juntas. 

Tres de mis mejores amigas me escribieron al tiempo. Harry Styles regresó. Un video en YouTube, titulado “Forever, Forever”, recopilaba la composición en piano que hizo especialmente para nosotras, sus fans, en su última presentación del Love On Tour. Al final, una frase lo anunciaba: We Belong Together. Pertenecemos juntos. Y más o menos así ha sido desde 2010.
Tenía 12 años cuando conocí a One Direction. Louis, Liam, Niall, Zayn y Harry acababan de quedar en tercer lugar en The X Factor, después de que, en un principio, no pasaran la última audición como solistas. Los organizadores decidieron darles una oportunidad al convertirlos en banda. “Las niñas los van a adorar”, dijo una de las juradas mientras los juntaba. Y sí que los adoramos.

Su presencia y su música transformaron por completo mi adolescencia, así como la de millones de otras. Comencé a hablar inglés fluido de tantas veces que vi los videos que subían a YouTube como “diarios” de sus días en la competencia. Empaticé con las veces que lloraron porque se habían equivocado en una presentación, porque la adolescencia es difícil para todo el mundo. Esperé despierta en la madrugada para escuchar sus álbumes apenas se publicaban. Compré los CD. Hice fila durante horas para conseguir una entrada al único concierto que hicieron como banda en Colombia. Y volví a hacer fila el día de la presentación, cuando éramos miles de adolescentes arropadas en cobijas esperando a las afueras del estadio desde las 2:00 am, algunas desde la noche anterior. Los vimos encontrarse a sí mismos frente a los ojos de millones, al mismo tiempo que nosotras intentábamos hacer lo mismo.

En ese entonces, cuando ellos todavía eran un chiste “para niñas”, las directioners seguíamos siendo invencibles en cada votación que dependiera del público. Literalmente los llevamos a convertirse en la banda más importante de la época, rompiendo récords que los Beatles habían establecido décadas atrás, como cuando su álbum debut, Up All Night, fue el primero en la historia de bandas británicas en llegar al puesto número 1 en Billboard 200, en Estados Unidos, logro que no alcanzó Introducing… The Beatles, por ejemplo. 

El sentimiento de ser parte de algo tan grande, que atravesaba fronteras que físicamente yo no había cruzado, era emocionante y acogedor. En un mundo donde aún me vendían la idea de que las mujeres no teníamos nada en común, ahí estábamos todas, reproduciendo una canción al mismo tiempo para que llegara a los listados más importantes.

Su música era justo lo que una adolescente necesitaba para poner a todo volumen un martes cualquiera después del colegio. Desde que lanzaron “What Makes You Beautiful” —que vive más de la nostalgia que de lo buena que es, lo admito— fueron pop, aunque con el tiempo exploraron ritmos distintos. Su sonido creció con ellos y con nosotras, mientras iban tomando las riendas de sus letras y hablaban de extrañar sus casas, del amor, del deseo, de corazones rotos y otros temas tan fáciles de sentir como propios en la adolescencia. 

Por un lado, estaban las canciones que nos hacían saltar y gritar desenfrenadamente, como “Drag Me Down” o “Rock Me”, hechas con ese pop-rock que explotaban en las giras. Harry, de pelo largo, corría de una esquina a otra para lanzar agua al público y a sus compañeros. Y, por otro lado, estaban las que nos hacían llorar abrazadas, cuando se sentaban en medio de la tarima y Niall, con guitarra en mano, tocaba “Little Things” o “Story of My Life”. Estoy convencida de que sus mejores momentos ocurrieron ahí, en los conciertos, donde se crearon rituales entre el público y ellos, como Harry diciendo “This is a family show” entre risas o Niall pidiendo que cantemos “Love you”. Eran cinco muchachos riéndose entre ellos que intentaban vivir su sueño, y ese era el carisma único y necesario para vender una gira mundial de estadios en minutos.

Trece años después, sigo creyendo que el amor entre nosotras y ellos era mutuo. Nos vimos crecer, aunque en vidas completamente distintas. Sus logros fueron, en parte, también los nuestros: las nominaciones, los premios, los récords. Sé que suena gracioso decirlo, porque no tiene lógica alguna, pero jamás los sentí lejanos. Entre ellos y nosotras siempre hubo un entendimiento tácito: lo que lograban y la música que nos entregaban era una creación en conjunto. Después, en 2015, anunciaron públicamente la decisión de tomarse un descanso que al día de hoy no ha acabado (sé que no espero sola ni en vano su retorno, aunque a veces así parezca).Todo esto importa porque escribirle una carta de amor a Harry Styles es escribirle a One Direction. Porque él —que salta de un lado a otro en el escenario, le echa agua a las fanáticas como parte de un juego que empezó hace más de diez años y se toma el tiempo de leer los carteles y contar chistes internos que existen desde entonces— sigue siendo un reflejo de lo que para nosotras fue una de las épocas más icónicas y felices de nuestras vidas, con menos responsabilidades adultas y más disfrute adolescente.

Sin embargo, hay algo en Harry que es únicamente suyo, que creó en el momento en que compuso su primer álbum como solista, y que hace que su fanaticada haya crecido con audiencias tan diversas como mi versión de 13 años hasta mi novio cuyas bandas favoritas son Foo Fighters y Green Day. No sé exactamente qué es, describirlo con adjetivos sería quitarle la esencia a algo que únicamente se puede explicar en vivencias, como que en sus conciertos todos bailamos la misma coreografía que una fan se inventó cuando suena “Treat People With Kindness” y que, en la última noche del tour, él nos sorprendió haciendo. También, por ejemplo, las lágrimas en los ojos con los que esa misma noche se despidió de nosotras y del Love On Tour. La honestidad con la que nos agradece por estar ahí y ocupar un espacio tan grande en nuestras vidas.

Su público es un reflejo de quien Harry ha mostrado ser. Fue el primer hombre en salir solo en la portada de Vogue y decidió hacerlo usando un vestido largo hasta el suelo, en un tono azul claro, con detalles en encaje y boleros de aire español, diseñado por Alessandro Michele para Gucci. Quizás por eso cuando nos alistamos para su concierto nos vestimos como queramos. A donde sea que mire, hay un mar rosado, brillo, boas de plumas, sombreros y personas ayudándose con los últimos retoques de maquillaje.Maybe we can find a place to feel good and we can treat people with kindness”, y entonces su público actuó siguiendo esas palabras y transformó cada escenario en un lugar seguro para que la gente sea la versión de sí mismos que más deseen ser. Es una casa, para todos los que somos parte de ella. Harry’s House.

Así que, Harry, me siento inmensamente orgullosa del camino que has recorrido desde que te fuiste de tu casa para una audición a los 16 años y no volviste. Recuerdo lo mucho que te esforzaste por aprenderte esa coreografía en The X Factor y aún me río viendo los memes. Gracias por la comunidad que nos permitiste crear a partir del amor por un grupo de cinco personas que se burlaban de ellos mismos por no saber bailar.

Gracias por decir en la radio, cuando les preguntaban por sus fanáticas locas, que eran jóvenes dedicadas y que sin ellas no estarían en ningún lado. Gracias por escribir “Matilda”, que le permitió a mi amiga llorar tranquila en el concierto, pero también “Boyfriends”, porque la escucho cuando estoy molesta con el mío y me hace sentir acompañada. A “Aperture” me estoy acostumbrando, aunque siento que tiene sus destellos de Stole My Heart, de ese primer álbum que tantas críticas recibió pero que yo todavía escucho cuando quiero acordarme de que todo pasa. Y gracias, finalmente, por no tenerle miedo a mostrar que el amor es una fuerza transformadora. Me cambió a mí, y también a Gina y Luisa, con quienes fuimos a tu concierto y lloramos abrazadas.

Zamira Caro Grau

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

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