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Volver a ver: crónica de una cirugía refractiva

Volver a ver: una crónica sobre la cirugía refractiva

Ilustración

La autora se operó sus ojos el 1 de agosto de 2024. Tenía 26 años, una miopía muy avanzada y también astigmatismo. Un año y medio después, nos cuenta cómo fue mucho más que una cirugía para dejar las gafas, sino una experiencia que transforma la relación con el cuerpo, la autonomía y la vida cotidiana. Aquí nos cuenta.

Ojos grandes, mundo borroso

Siempre he sido una persona curiosa. Me interesa lo que pasa afuera, me detengo en los detalles, observo con detenimiento. Por eso, crecer viendo cada vez peor tuvo algo de irónico. A lo largo de mi vida he recibido muchos cumplidos por mis ojos grandes y expresivos, y yo solía bromear con eso: ojos enormes que ven tan poco. Nadie imagina, al mirarte, lo limitado que puede ser tu mundo cuando la visión falla.

A los seis años, una profesora notó que fruncía el ceño para ver el tablero; ese fue el pequeño gesto que lo inició todo. El diagnóstico llegó rápido: miopía y astigmatismo. La miopía hacía que no pudiera ver bien de lejos; el astigmatismo impedía que las imágenes se vieran nítidas. A diferencia de muchos, nunca tuve una relación amable con las gafas que me formularon. Hay quienes las sienten parte de su identidad o de su estética, para mí nunca fue así, me estorbaban y me hacían sentir limitada.

miopía y astigmatismo

Mi miopía no avanzó de forma lenta ni estable. Creció más rápido de lo habitual, hubo cambios frecuentes de fórmula, visitas repetidas al oftalmólogo y, durante la infancia, un tratamiento intensivo con gotas para intentar frenar una progresión que preocupaba. Era incómodo, mi pupila quedaba dilatada, la luz molestaba y algunas gotas ardían intensamente. En ese momento no había demasiadas explicaciones, solo la sensación de que mis ojos necesitaban vigilancia constante.

El tratamiento se pausó después de cerca de un año, cuando los resultados empezaron a ser limitados. Tiempo después, alrededor de los catorce años, conocí los lentes de contacto. Durante mucho tiempo fueron una solución práctica que mejoró mi calidad de vida, pero pronto conocí sus limitaciones. El ojo se reseca, se cansa, protesta. Y llega un momento del día en el que hay que quitárselos y aceptar que, sin ellos, el mundo vuelve a ser impreciso. Ver seguía dependiendo de algo externo y yo no conocía el por qué.

Anatomía de una visión limitada

Diego Alberto Marín, oftalmólogo, especialista en cirugía refractiva y trasplantes de córnea de Clínicas Colsanitas explica que, “la miopía sucede cuando la imagen no se enfoca en la retina sino antes de ella, y eso ocurre porque el ojo es más grande en sentido anterior o posterior, lo que hace que la visión de lejos no sea nítida”. 

miopía y astigmatismo

El crecimiento normal del globo ocular deriva en que la miopía aumente. Según Marín, “en la mayoría de las personas ese crecimiento se estabiliza entre los 18 y 20 años”, pero no siempre. “Sobre todo en miopías por encima de cuatro dioptrías, el ojo puede seguir creciendo después de los 20”, como en mi caso particular. El doctor explica que “la miopía tiene un fuerte componente hereditario que hoy se ve potenciado por factores como el uso excesivo de pantallas”.

A ese panorama se suma el astigmatismo. Marín lo describe: “La córnea es un lente transparente y lo ideal es que tenga una curvatura similar; en el astigmatismo, un eje es más curvo que el otro y por eso los rayos de luz no caen en un solo punto”. El resultado no es solo desenfoque, sino distorsión. En mi experiencia, eso se traducía en cansancio visual constante.

Decidir operarse

Durante mucho tiempo, operarme fue una idea lejana pero muy anhelada. Mi miopía no dejó de aumentar hasta mis 25 años y llegó a alcanzar grados muy considerable: –7.50 en el ojo izquierdo y –6.30 en el derecho, sumado al astigmatismo. Como el doctor Marín insiste, al decidir operar “más que la edad, el criterio para operar es la estabilidad”. Operar antes de tiempo no implica que la cirugía falle, pero sí puede dejar una corrección incompleta. 

Esto no es un detalle menor si se tiene en cuenta que la miopía es hoy uno de los problemas visuales más extendidos en el mundo, y que la cirugía refractiva se ha consolidado como una de las principales alternativas para corregirla. De acuerdo con estimaciones respaldadas por la OMS, cerca del 30 % de la población mundial vive con algún grado de miopía, una cifra que sigue en aumento.

Más allá de la estabilidad, las condiciones de la córnea también son determinantes, ya que no todos los ojos son aptos para la cirugía.

“No es el número de dioptrías lo que define si un paciente es candidato, sino ese número comparado con el espesor y la curvatura de la córnea”, explica Marín. En la cirugía refractiva se quita tejido y hacerlo sin el margen adecuado puede generar complicaciones tardías. Por eso aclara que “hay pacientes a los que se les pueden quitar siete u ocho dioptrías y otros en los que tres ya es el límite”.

Cuando a mediados de 2024, después de exámenes detallados, me dijeron que sí era candidata, sentí un alivio inmenso, pero también la conciencia clara de la magnitud de la decisión. Intervenir los ojos no es un gesto liviano. En mi caso, la técnica indicada fue PRK con láser, una cirugía refractiva de superficie que requiere un poco más de cuidado posoperatorio. Marín lo resume así, “en pacientes con miopía alta o con córneas más delgadas, se opta por cirugías de superficie para que la córnea quede más gruesa”. 

A diferencia del LASIK, que es una de las técnicas más comunes, en la LASEK-PRK, el láser actúa directamente sobre la superficie, preservando mayor estructura del ojo, algo clave en casos como el mío. La elección de la técnica nunca es estándar: es escogida por el médico según cada caso. “Todo depende de las características de la córnea, y en algunos casos el procedimiento permite no solo corregir miopía y astigmatismo, sino regularizar la córnea para tener una mejor calidad de visión”.

miopía y astigmatismo

El día de la cirugía

Me operé el 1 de agosto de 2024 a las 5:00 pm. La cirugía es rápida, no dura más de veinte minutos y se realiza despierto, en total conciencia. Las gotas anestésicas funcionan con una eficacia que todavía me sorprende: no se siente dolor en absoluto. Sin embargo, los sentidos se agudizan mientras lo ves todo: hay luces, movimientos, voces que indican con precisión dónde mirar y cuándo no moverse. El cuerpo está quieto y tembloroso, pero la mente está completamente alerta.

En el primer ojo hay nervios, incertidumbre y una ansiedad latente. No sabes exactamente qué esperar, solo confías. En el segundo ojo ocurre algo distinto, una calma extraña, porque ya sabes lo que viene y entiendes que todo forma parte del proceso. El doctor Marín suele aclarar uno de los miedos más frecuentes de este procedimiento: “la cirugía refractiva se hace en la superficie de la córnea, no invade el ojo y no tiene riesgos intraoculares”. Por eso insiste en que la idea de “quedar ciego” no corresponde a la realidad del procedimiento cuando está bien indicado y correctamente realizado.

Hay detalles que aún no olvido. Un olor a quemado inesperado, difícil de describir, que aparece durante el láser. También un instante breve en el que la visión se va por completo. El miedo aparece de inmediato, “tranquila”, me repitieron. Todo ocurre en segundos. Cuando terminó la cirugía y me ayudaron a incorporarme, vi por primera vez. Fue inmediato. Lloré y agradecí, un procedimiento de menos de veinte minutos estaba corrigiendo una carga que había llevado durante más de veinte años.

El posoperatorio y la paciencia

El posoperatorio no es idílico y es importante decirlo. Cuando la anestesia desaparece, aparece un ardor intenso, acompañado de una sensibilidad extrema a la luz. No es doloroso, pero sí profundamente incómodo. Los primeros días se viven a oscuras, con los ojos cerrados la mayor parte del tiempo y siguiendo un régimen estricto de gotas para evitar infecciones y modular la cicatrización.

miopía y astigmatismo

No hay pantallas, es una pausa forzada. Escuché tantos podcasts que después de la cirugía nunca volví a disfrutarlos igual. También espacio para la introspección, para pensar con más calma de la que normalmente me permito. Después de los primeros días, el cuerpo empieza a adaptarse. La luz molesta menos, la visión borrosa se va definiendo y el mundo recupera contornos. A la semana, el cambio es evidente.

Los cuidados continúan durante semanas: gafas de sol obligatorias para evitar la exposición directa, nada de maquillaje, no piscinas ni saunas, cuidado con el ejercicio, controles médicos regulares y especial precaución con los deportes de contacto. Marín lo explica con claridad: “la exposición al sol durante el primer mes y medio es un factor de riesgo y la adherencia al protocolo de gotas es clave”.

miopía y astigmatismo

También insiste en ajustar expectativas. “El objetivo de la cirugía refractiva es quitar la dependencia de lentes, no es visión perfecta. La cantidad de visión que se logra con la cirugía es la misma que se logra con gafas. La insatisfacción, cuando ocurre, suele venir de expectativas irreales”.

Un año después

Poco más de un año después, mi visión es estable. Fui a todos mis controles y mis ojos respondieron sorprendentemente bien. Pero hay algo que ningún exámen de agudeza visual puede medir. Ver después de la cirugía no se parece a ver con gafas o lentes de contacto. No hay bordes artificiales, no hay sensación de intermediario, no hay momento del día en el que la visión “se acaba”. Ver ocurre, simplemente desde que abres los ojos.

Antes no podía reconocer a una persona a pocos metros, no podía moverme con seguridad en un espacio, mucho menos manejar, o hacer ejercicio sin mis lentes. La miopía avanzada no solo es incómoda, es limitante e incapacitante. Hoy puedo ver y apreciar el sol salir y esconderse, veo a mis sobrinos reírse, veo a mi gata, mi propio cuerpo al bañarme, cosas sencillas que antes eran imposibles sin gafas o lentes de contacto. Veo para todo y en todo.

Cuando le pregunté a Diego Marín qué cree que representa emocionalmente volver a ver sin gafas ni lentes, respondió desde su doble lugar de médico y paciente de esta cirugía, “una mejoría enorme en la calidad de vida”. Y añadió algo que resume todo, “desde que tú abres los ojos estás disfrutando eso”.
No todo el mundo es candidato para cirugía refractiva y no todos necesitan hacerlo. Pero cuando lo deseas, la indicación es correcta, tienes al especialista adecuado y el proceso se asume con responsabilidad, volver a ver no es solo una mejora médica. Es una forma profunda de gratitud cotidiana que tengo la fortuna de vivir a través de estos inmensos ojos.

miopía y astigmatismo
Laura Daniela Soto Patiño

Periodista de medio tiempo… el otro medio lo dedico a comer rico, viajar, y a parchar con buena compañía. Me gusta escuchar historias, pero sobretodo contarlas. 

Periodista de medio tiempo… el otro medio lo dedico a comer rico, viajar, y a parchar con buena compañía. Me gusta escuchar historias, pero sobretodo contarlas. 

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