Diez joyas de la obra gráfica colombiana
Mucho ha pasado por las manos, las prensas y las matrices de la gráfica colombiana desde el siglo XX hasta hoy, pero son muchas las obras icónicas que hoy ni conocemos, ni recordamos. Haciendo una selección personal y comenzando por uno de sus tesoros, esta colaboradora de la casa nos ilumina varias de ellas en esta curaduría íntima en conversación con las voces de artistas y especialistas.
Fotos cortesía Proyecto Bachué, Galería El Museo, Museo de Arte Moderno de Bogotá - MAMBO y La red cultural del Banco de la República en Colombia
Alejandro Obregón es uno de mis artistas favoritos. Lo creía inalcanzable hasta que un sábado pandémico, cuando más hacía falta salir y gozar del arte, me fui a ver una muestra colectiva que presentaba la Galería El Museo.
Pregunté por el valor de una obra que ya ni recuerdo qué era, solo sé que se trataba de miles de dólares y que, por supuesto, estaba lejísimos de mi bolsillo. Conversando con la asesora que ya me había atendido en anteriores ocasiones y conoce bien mi gusto, me condujo a una serigrafía titulada Nepentes, hecha en los años noventa, numerada 13/100 y firmada ‘Obregón’ en la esquina inferior derecha. La conexión se hizo inmediata cuando me indicaron el precio y supe que iba a acompañarme en mi casa aun cuando tuviera que pagarlo en cuatro cuotas. Desde entonces es mi joya más preciada y lo primero que veo cuando abro el ojo.

“Con Alejandro fuimos muy buenos compinches, cómplices, nos emborrachamos varias veces. Era delicioso trabajar con él porque le metía ímpetu a la cosa, le gustaba. Esa pieza (Nepentes) fue muy bella, de las más bellas de la gráfica que hizo Alejandro. Me emociona mucho hablar de él. Obviamente era un conocedor. De entrada me decía si íbamos a hacer serigrafía, litografía o grabado en metal. Un tipo que sabía lo que quería hacer y qué técnica era la más apropiada para expresarlo”, me dice Luis Ángel Parra, director y fundador de Arte Dos Gráfico, taller que comenzó con María Eugenia Niño hace más de 50 años y por el que han pasado numerosas superestrellas del arte y la literatura.
Parra es a la vez editor e impresor. Los artistas nunca han llegado a decirle “Luis Ángel, reprodúzcame esto”. Beatriz González y Antonio Caro, entre otros legendarios nombres, fueron a tallar sus planchas, como lo acaba de hacer Alfredo Jaar con su ¿Es usted feliz? “Cada artista trae un problema expresivo distinto. Mi trabajo muchas veces consiste en que a partir de su idea puedo conducirlo al taller de xilografía, en alto relieve, a la aguatinta, a la litografía, a la serigrafía… pero el que dirige, el que manda, el que decide es él. Nosotros (Parra y sus 20 empleados) somos dialogantes e interlocutores”, explica.
En 1998, en un ensayo que Luis Camnitzer tituló El grabado: Una colonia de las artes plásticas, el artista y crítico uruguayo, que tuvo un taller de grabado en Nueva York con sucursal en Lucca, en la toscana italiana, al que todos querían ir a peregrinar, dijo que era increíble que él y sus colegas siguieran usando el barniz asfáltico que utilizaba Rembrandt: “Por algún motivo extraño decidimos frenar nuestra evolución en algún momento del siglo XVIII”. Y es que la impresión digital y el giclée son herramientas que jamás destronarán a técnicas de antaño como la serigrafía, cuya denominación viene de la seda y fue inventada por los chinos hace dos mil años.
“Son lenguajes diferentes. Que sean viejos o nuevos es lo de menos. Los lenguajes están ahí para expresarse. Así como existe el portugués, el francés, el inglés o el alemán, todos los medios son válidos. La gran diferencia está en si los usas para reproducir algo que ya ha sido resuelto artísticamente o lo vas a usar para crear una obra”, señala Parra.
Poco después de recorrer el taller Arte Dos Gráfico, visité el Museo de Arte del Tolima y me encontré con una fabulosa exposición colectiva de 15 obras gráficas del acervo de la institución, curada por Cristhian Moreno Galeano, con obras de Beatriz González, Negret, Santiago Cárdenas, Óscar Muñoz, Lucy Tejada y Luis Caballero, entre otros. La exposición, titulada Revisión Histori@Gráfica, me motivó a lanzarme a esta, mi primera curaduría, y presentar en este texto otras nueve obras que bien podrían acompañar a mis Nepentes en una sala de exhibición.

Alfonso Quijano (Bogotá, 1927 - 2025)
La cosecha de los violentos (1968)
Grabado, xilografía iluminada sobre papel
39 x 68 cm
“Las xilografías de Quijano no tienen igual en el arte colombiano. Son joyas impresionantes. Icónicas”, me dice Carmen Rodríguez, profesora de grabado en el departamento de Arte en la Universidad de los Andes, en la Javeriana y en la Distrital. Aunque solo contaba con una mano, Alfonso manejaba la gubia y el buril con una minuciosidad asombrosa. Al ser dura y compacta, la madera de samán fue su insumo predilecto porque, como él mismo decía: “se deja pulir y deja una superficie lisa”. Fue docente en la Universidad Nacional desde 1960 hasta su jubilación y siempre se distinguió por ser un artista muy modesto. Nunca le interesó la fama ni el reconocimiento. Según el curador e historiador del arte Eduardo Serrano, Quijano aplicaba el color después de hecho el grabado con pinceladas de acuarela a mano alzada, motivo por el cual los tonos de la ropa de los muertos varían en cada ejemplar de esta edición.

Esta xilografía, regresando a los lenguajes de los que me hablaba Parra, es una denuncia a los vicios del poder político que grita en mayúsculas los horrores bipartidistas en Colombia. “La Violencia en los cincuenta y sesenta era casi aplastante, era un hecho sumamente contundente, era como un insulto a la gente. Uno no puede deshacerse de lo que tiene adentro, de lo que lo atormenta. El arte es un sistema para comprender la vida, así de transcendental y de importante es”, afirmó Quijano.

Umberto Giangrandi (Pontedera, Italia, 1943)
Espacios vecinos (1969)
Grabado y aguatinta
55 x 45 cm
Umberto Giangrandi es una figura indispensable en la historia de la gráfica en Colombia, tanto por su gran producción como por su labor pedagógica y divulgativa. Después de especializarse en pintura y grabado en la Academia de Arte de San Marcos, en Florencia, dejó su natal Italia y se radicó en Colombia. En 1967, entró a dictar clases en la facultad de Artes de la Universidad Nacional y, junto a Augusto Rendón, montó el primer taller de grabado en la institución, labor que replicó más adelante en los Andes. En una época en la que era difícil encontrar materiales para grabar, Giangrandi buscó entre los talleres de relojeros, joyeros y ferreterías de Bogotá los elementos esenciales para trabajar. En 1969 fundó el Taller Giangrandi, por el que pasó Alejandro Obregón y por el que salieron ediciones de cóndores y barracudas que se vendieron en un parpadeo y ayudaron significativamente a que el taller prosperara.

“Umberto es un artista que hace su trabajo a partir del entorno social. No es simplemente una representación estética. Está mediado por procesos de inmersión, por la colaboración en comunidades y el conocimiento directo de la realidad. Las problemáticas que representa parten de una cercanía genuina”, me dice José Darío Gutiérrez, director de la galería Espacio El Dorado. A finales de los sesenta, Giangrandi trabajó la serie Espacios vecinos, que surgió de los inquilinatos, donde “vivía toda la gente pobre: el policía, el loco, los desplazados, travestis, prostitutas… Pero también vivía el carpintero. Era una muestra de la sociedad, cosa que realmente me ha conmovido. Había ladrones, policías… todo era muy complejo”, explica el artista. Esta obra, hoy parte de la colección del MoMA, manifiesta su constante interés por el cuerpo, un lugar lleno de marcas de la violencia y la marginalidad.

Taller 4 Rojo (1972-1976)
La cosecha de los violentos (1968)
Grabado, xilografía iluminada sobre papel
Taller 4 Rojo (1972-1976)
En 1972, la mirada crítica de Giangrandi frente a la sociedad y sus desigualdades se alineó con las ideas de los artistas Nirma Zárate, Diego Arango, Carlos Granada y Jorge Mora, quienes crearon de la mano de Umberto el Taller 4 Rojo, con la premisa reconstruir la identidad nacional durante el Frente Nacional. Fue un hito en la historia del arte colombiano porque hizo realidad un proyecto colectivo en un mundo de egos intensos, y se tomó en serio la pregunta que gira alrededor de la función social del arte. El colectivo desarrolló una de las propuestas de acción estético-política más complejas y ricas en el panorama colombiano. Hicieron carteles y grabados relativos a la lucha obrera, indígena y campesina, e incluso subrayaron la agresión al imperialismo en la guerra de Vietnam. Con una simpatía de izquierda, pero sin pertenecer a ningún partido, fueron activistas que utilizaron las artes visuales como estrategia militante.

Dos años antes de que se diera por terminada la guerra presentaron este tríptico que, según escribió el historiador de arte Germán Rubiano Caballero: “Es una obra maestra. Los fotomontajes son excelentes; las imágenes y los colores, severos y dicientes. El terminado estético de estas serigrafías enseña cómo una obra por más política que sea puede estar bien presentada, y sobre todo cumple así efectivamente su objetivo”. La obra fue llevada a Vietnam, país donde hicieron varias ediciones, y con ella participó el Taller 4 Rojo en la Bienal de Venecia de 1972.

Álvaro Barrios (Cartagena, 1945)
Grabados populares (1972)
En junio de 1972 tres periódicos de Barranquilla: El Heraldo, Diario del Caribe y El Nacional publicaron estos avisos publicitarios hechos por Álvaro Barrios para la Cafetería Almendra Tropical. “La distancia técnica en la elaboración de estas piezas me hizo meditar unos días después sobre el paralelo que pudiera tener esta experiencia con la de los grabados tradicionales. [...] Antes de bautizarlos con el nombre de Grabados populares tuve cierta duda con respecto al uso del término grabado, pero estuve meditando sobre muchos términos usados en el arte contemporáneo que no revisten estrictamente el sentido que originalmente tuvieron y se aplican por extensión a otras formas de expresión análogas o paralelas. Ya había tenido discusiones con estudiantes de arte y con artistas sobre si, por ejemplo, la serigrafía es un grabado o no. Los convencionales han sostenido que no lo es, que allí no se graba nada. Pero, finalmente, en las bienales de grabado se ha ampliado la idea de grabado a otras formas de expresión múltiples que parecen darme la razón”, escribió el artista en el catálogo de Do it – Hágalo usted mismo, exposición organizada por la Luis Ángel Arango en 1997.

Según explicó José Ignacio Roca en el catálogo de la Primera Trienal Poligráfica de San Juan, Barrios propone grabados “fugaces, pues el papel periódico se oxida fácilmente, del mismo modo que circulan en un medio también de naturaleza efímera: los diarios”. Sin embargo, el Grabado popular que publicó Barrios en 2023 en El Espectador, en el marco de la exposición individual La multiplicación de los cuadros, que presentó la Galería El Museo, lo guardo como otra joya. Aunque el papel se oxide entre el vidrio y el marco, es el primer Barrios que ha llegado a mi casa con firma y dedicatoria.

Clemencia Lucena (Manizales, 1945 - Cali, 1983)
Fuera el imperialismo yanqui (1973)
Litografía
47 x 65 cm
Nació con el nombre Clemencia Escobar Ángel y antes de 1967, año en el que hizo su primera exposición individual, se casó y adoptó el apellido Lucena, con el que construyó su carrera. Su legado quedó en manos de Luis Fernando Lucena, su marido, quien dificultó el acceso a investigadores, curadores y galeristas para circular su obra y conocer su archivo. “Ha estado cerca de ser marginada de la historia del arte colombiano por varios motivos: era mujer, limitaba en el marxismo-leninismo en un país alineado con la política cultural de la OEA y murió antes de tiempo (a los 38 años en un accidente automovilístico)”, escribió Valentina Gutiérrez Turbay, magíster en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile, en la introducción su tesis El color de la lucha: Arte, política y feminismo en la obra de Clemencia Lucena.

Fuera el imperialismo yanqui condensa de manera directa el compromiso político y estratégico de la artista con el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario, al que se había integrado a comienzos de la década del setenta. Producida como litografía en un tiraje de 5.000 ejemplares, la imagen fue presentada en el Salón Nacional de Artistas y distribuida en recorridos territoriales junto a Francisco Mosquera (fundador del MOIR), borrando deliberadamente las fronteras entre arte, propaganda y acción política. Esta obra aprovechó la capacidad del grabado para llegar a un público masivo mientras articulaba la práctica artística con militancia y pedagogía revolucionaria.

Maripaz Jaramillo (Manizales, 1948)
La señora Macbed 4 (1974)
Grabado en metal e intaglio
38 x 36.5 cm
“María de la Paz Jaramillo es una gran grabadora. Sus primeros trabajos fueron en grabado y fueron excelentes desde el primer momento”, me dice Eduardo Serrano en una conversación telefónica. Maripaz quedó flechada con las planchas en metal cuando Umberto Giangrandi le dio clases en la Universidad de los Andes. “Fue una alumna brillante de la gráfica. Era muy aplicada, inquieta, alegre y extrovertida”, recuerda su maestro.

En 1974 andaba embelesada con el expresionismo alemán. Ernst Ludwig Kirchner, Franz Marc y el noruego Edvard Munch eran sus referentes. Inspirada en Lady Macbeth, el personaje de Shakespeare, quiso representar una mujer fuerte y “empoderada”, término que utiliza hoy Maripaz para describirla, pero que en esa época no se usaba. Del grabado también la enamoró la posibilidad de hacer la misma obra en diferentes colores. Recurrió a tonos estridentes, le puso un collar de perlas en intaglio y, evocando sus previos trabajos sobre la prostitución, hizo un juego de letras y cambió la th final por d para acabarla de titular como cama en inglés. Aún sin haberse graduado, ganó el primer premio en el XXV Salón Nacional de Artistas con esta obra y debutó en el panorama. Años después se fue a Lucca a aprender fotograbado con Luis Camnitzer.

Antonio Caro (Bogotá, 1950 - 2021)
Todo está muy Caro (1978)
Xilografía y acuarela
Edición de 40
Antonio Caro, “el guerrillero visual activo con mayor capacidad de subversión en América Latina” como alguna vez lo describió Camnitzer, partió de una matriz de madera para sacar 40 ejemplares que luego intervino con acuarela y que en 1979 presentó en el XXVII Salón Nacional de Artistas.

“En este letrero el artista realiza un collage de dos ideas que convergen: una real en un contexto amplio que alude a la situación económica nacional modificando el slogan del presidente Alfonso López Michelsen, ‘El mandato claro’, y otra real en un contexto limitado y comprensible dentro del círculo de sus conocedores, que alude a su propio nombre y juega con la idea de que todo tiene un toque de Caro”, explica María Clara Cortés, doctora en Historia y Teoría del Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Cortés afirma que es difícil saber cuántas veces se ha impreso porque el mismo Caro no llevaba una contabilidad. En 2019, la extinta revista Don Juan, con la coyuntura de la inflación en el segundo semestre del año y la feria ArtBo, lo reprodujo dentro de sus páginas y el mismo Caro estuvo en Corferias firmando los ejemplares de una multitud (de la que hice parte) como un verdadero rockstar.

Beatriz González (Bucaramanga, 1932 - Bogotá, 2026)
Decoración de interiores, 1981
Serigrafía sobre tela a color
270 x 70 cm
Como Goya con el rey Carlos IV y su familia real, Beatriz González quiso ser la pintora de la corte durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala. Asidua lectora del periódico El Tiempo, en la época en la que estaba haciendo muebles encontró una foto en la que el mandatario y sus amigos entonaban en una fiesta una canción en honor a Luis Carlos Camacho Leyva, jefe del Estatuto de Seguridad, el aterrador programa que buscaba a toda la gente que podía estar relacionada con Cuba, el mismo que torturó a Feliza Bursztyn e hizo que García Márquez se exiliara en México porque lo iban a apresar.

Al ver la imagen pensó en hacer una serigrafía plana, hasta que “de pronto miro que en la parte de arriba de la foto había unas cortinas muy de moda, de colores fuertes”, recordó la maestra durante una visita guiada que realizó en el marco de la exposición retrospectiva que le hizo el Museo de Arte Miguel Urrutia. Se fue a una fábrica de cortinas y se encontró con que el dueño y uno de sus trabajadores compartían el mismo sentimiento hacia Turbay Ayala. Le hicieron la cortina gratis, inauguró la obra en la Galería Garcés Velásquez y hoy, entre otras colecciones, hace parte del acervo del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago.

Esteban Peña (Bogotá, 1979)
A Camellar (2008)
Impresión litográfica en papel
Edición de 2000
25 x 70 cm
Hace 20 años, cuando era profesor de planta en la facultad de Artes de la Jorge Tadeo Lozano, Esteban tenía en su oficina un aviso en tipografías populares que decía camellar en letras rojas mayúsculas. “Tuvo mucho éxito. La mamadera de gallo era que en la oficina se trabajaba en serio. Cuando llegaban a echar chisme o a decir cualquier cosa yo señalaba el letrero. Era un pretexto para tomar del pelo que me parecía buenísimo”, recuerda el artista que cuando hizo su pregrado en los Andes aprendió a grabar con Umberto Giangrandi.

En 2008, con la admiración a dos grandes referentes conceptuales que utilizaron la palabra como herramienta artística —Antonio Caro y Adolfo Bernal— Peña antepuso la A, escogió la tipografía e imprimió dos mil ejemplares en un taller litográfico para la exposición X, una colectiva que organizó la galería Nueveochenta con la temática de obras seriadas. En octubre de 2020, en medio de la reactivación económica tras la cuarentena, Peña lanzó la consigna al espacio público en el muro exterior de la galería Espacio El Dorado y la intervención trajo nuevas capas esta obra. Yo, por mi parte, la tengo adherida a un retablo de madera y colgada frente al escritorio de mi casa, el mismo que soporta el teclado en el que escribo estas líneas.
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