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vida cotidiana

La casa: los objetos que se mueven

Ilustración

Mi casa es biológica.
José Watanabe

El martes 8 de junio de 2021 salí de la casa de mi tía y mi abuela, donde viví por casi veinte años —aunque para entonces ya iba de visita— y llegué a la que sería mi casa los siguientes cuatro. Era el último piso de un edificio en Envigado desde donde se podía escuchar el río y mirar el paisaje del sur. Fue apenas ver el techo alto y el montón de luz que dejaba entrar una ventana enorme puesta sobre el balcón para decir que sí. Los años allí fueron trascendentales: en esa casa volvió la sensación de posibilidad que había más o menos perdido en los cinco años que había acabado de pasar en Bogotá, empecé a hacer libretas con recuerdos (mi ocupación favorita), adopté a Papel (una perrita), escribí un libro sobre un sonido que amo (el reggaetón), leí libros inflamables (Gritos de neón de Kit Mackintosh, The MANIAC de Benjamín Labatut y Helgoland de Carlo Rovelli), cociné y quise mucho. Aún no estaba lista para irme la tarde que me llamó la dueña a decirme que ya no podía vivir más ahí. Tenía tres meses para empacar.

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Ese tiempo la pasé triste a medias. Triste porque iba a extrañar esa luz y el camino de árboles, las hojas con textura de papas risadas, los borracheros, los puentes de madera y el agua que recorría con Papel todos los días; tampoco quería dejar de ver la imagen de mis libros apilados en torres, que con la luz de la tarde sobre ellos parecían los objetos más importantes del mundo. Tendría que recoger los papeles que había pegado en todas las habitaciones y que decían cosas como: “no va a parar”, “agencia”, “let it reep”. A medias porque finalmente iba a ocupar una casa que había sido mía siempre, pero que me había resistido a mirar. 

Hasta ahora he armado tres apartamentos y tres habitaciones. Es poco comparado con casi todos mis amigos, pero un montón al lado de la mayor parte de mi familia, por lo menos desde que yo estoy aquí. Con los tránsitos fui aprendiendo mis mínimos para escoger una casa: buscar que los bombillos y lámparas se necesiten desde las cinco o seis de la tarde, que el paisaje sea amplio y ojalá se asome una montaña, estufa de gas, dos habitaciones. Los prescindibles pero deseables son baños con luz natural, una terraza y una bañera doble. Lo necesario: espacio para que la casa se mueva. 

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Trabajé por siete años en Habitar, una revista donde pude escribir de edificios, libros de diseño, arquitectos y diseñadores, exposiciones, muebles, objetos y, sobre todo, casas. Con el tiempo, me di cuenta de que solía escoger residencias que, en el mejor de los casos, cumplieran con alguna de estas características: que entrara buena luz, que se viera habitada, y sobre todo, que cada cuadro y cada silla parecieran puestos ahí por algo, para algo, gracias a algo. Que se viera que, cada tanto, alguien se pregunta por el lugar que ocupa cierta lámpara, el servicio que presta el reloj en ese rincón, la sombra que proyectan las plantas; un alguien que sabe que la disposición de esos objetos son tuercas con el poder enorme de agitar la casa, de revolverla. 

En una de mis escenas del amor, alguien viene a casa y me pide que le cuente la historia de cada una de las cosas que hay allí. ¿De dónde salió ese cuadro diminuto que está colgado a mitad de pasillo y rodeado de tanto blanco?, ¿por qué hay dos imanes de Puerto Rico en la nevera y del resto de países solo hay uno?, ¿por qué esa bandera que dice “NADA ES PARA SIEMPRE”? Parece egocéntrico —y tal vez lo sea—, pero los objetos con los que convivo y el lugar que ocupan en el espacio doméstico, son algunos de mis pensamientos más recurrentes. Es así porque cada cosa que pongo sobre el suelo y sobre los muebles detona algo: una memoria, una sensación brillante, una conversación, un gesto, un regalo, alguien.

Cambiar de sitio los objetos mueve la casa porque reacomoda también los relatos impresos allí: se quedan quietos los que funcionan, se priorizan unos al ponerlos en las bibliotecas más iluminadas y en los centros de las mesas, se revuelven otros que necesitan de una nueva luz, y se guardan en cajones los que por ahora no vale la pena contar.

La escritora chicana Sandra Cisneros escribió: “Una casa solo para mí. Con mi porche y mi almohada, mis bonitas petunias moradas. Mis libros y mis historias. Mis dos zapatos esperando junto a la cama. (…) Solo una casa silenciosa como la nieve, un espacio para mí, limpia como el papel antes del poema”; limpia para enmugreserla y moldearla, para escribirle encima. 

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Días antes de empezar a empacar, supe que la mudanza no iría de ese último piso a mi casa, sino que tendría una escala de algunos meses en Bogotá. Ese cambio significó empacar lo esencial y meter el resto a una bodega. En esa casa temporal y mínima que armé para Bogotá, pensé en empacar lo necesario para sobrevivir y algo más. Ese algo más contempló una decena de libros, todos los pantalones negros, una silla y algunos objetos cálidos: empaqué la lámpara que me dio alguien que extraño y que alumbra intenso, dos minivisores con fotos de un viaje feliz, una pequeña escultura de una casa que compré en Valparaíso hecha con madera de barcos en desuso; es chueca y blanca con rojo, tiene un clavo oxidado, y a ratos pienso que se parece a mí. El punto era sentirme abrazada. 

Algunos de los objetos que traje conmigo han permanecido intactos, pocos los guardé y el resto se han transformado, han sido reemplazados por nuevas historias que antes guardaban: una actualización. Cuando hablan de crecer con los objetos, pienso en eso: en permitir que en sí mismos muten, que cambien de significado, que adquieran otras voces. Que lo que antes podía ser un libro que te recuerda algún viaje, ahora sea también una noche entera.

Mientras miro una mesa que hace unas horas tenía cuatro velas, dos juegos de cartas y un par de controles, y ahora tiene unos binoculares, una especie de bola de discoteca y El Aleph de Borges, pienso lo fácil que es armar una casa. Solo hay que dejar rastro y luego, ordenarlo.

Atesorar los objetos que nos ubican en un fragmento o en una sensación a la que vale la pena volver y dejar que nos acompañen. Guardar, claro, solo lo que está vivo, lo que aún cumple su función de espejo de nuestra memoria. Prescindir del resto, dejar siempre espacio. 

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La casa a la que espero llegar pronto, esa que es mía, fue un regalo, algo robusto que heredé de mamá tras su muerte. Me había costado mirarla porque fue el símbolo de su ausencia y de algunas oscuridades que rondaron un pedazo de su vida y de la mía. Solo viví allí cuando era una bebé y luego me las arreglé para de alguna manera ignorarla, pensarla como algo tenue. Pero ninguna casa es tenue, o por lo menos no la mía. En cambio, me reclamó, me hizo verla y plantó en mí el deseo de habitarla. 

La imagen que solía ocurrir en mi mente cuando pensaba en ese espacio era gris, estática y hecha a partir de palabras de otros tiempos. Ahora es un contenedor de posibilidad. Hoy la pienso como un sitio para mi arsenal de historias hechas tótem, para esos objetos acumulados con el paso de los años que tienen en su estructura lo que ha acontecido, para mí. Veo la correspondencia, veo cómo mis casas y sobre todo la forma en la que las armé y las piezas de ese entramado son lo que soy y he sido, con todo y cambio. El poeta José Watabane escribió: “(…) inmensamente pegado a mi casa, tanto / que a veces las paredes tienen manchas / de mi sangre o mi grasa. (…) En el aire / hay un latido suave, un pulso que con los años se ha concertado / con el mío. / Mi casa es membranosa y viva (…)”. La mía es también miscelánea y ahora tiene una estantería propia.

Andrea Yepes Cuartas

Periodista. Ha trabajado escribiendo y creando contenidos sobre diseño, ciencia y diferentes formas del arte para El Tiempo, Bacánika, BOCAS, Lecturas y Habitar, entre otras publicaciones. Creó la revista Mamba sobre diseño, un podcast llamado Objituario sobre objetos perdidos pero no olvidados y una marca de libretas, NEA Papel. Le interesan el alemán y el inglés, los libros sobre los que hay que volver, y poner el diseño y la ciencia en entornos periodísticos y museográficos

Periodista. Ha trabajado escribiendo y creando contenidos sobre diseño, ciencia y diferentes formas del arte para El Tiempo, Bacánika, BOCAS, Lecturas y Habitar, entre otras publicaciones. Creó la revista Mamba sobre diseño, un podcast llamado Objituario sobre objetos perdidos pero no olvidados y una marca de libretas, NEA Papel. Le interesan el alemán y el inglés, los libros sobre los que hay que volver, y poner el diseño y la ciencia en entornos periodísticos y museográficos

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