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Carta de amor a Biophilia de Björk

Collages

Biophilia, el histórico álbum de Björk, fue un universo donde la música, la ciencia y la tecnología se unieron para recordarle a la autora de esta carta que la música no termina en lo que dura una canción.

En las últimas vacaciones en casa de mis papás, encontré en una enciclopedia vieja una frase de Beethoven que decía: “La música es el eslabón que liga la vida espiritual con la vida de los sentidos”. No pensé en teoría ni historia, sino en cómo la música rige al resto de las artes a través del ritmo atravesando todo: una película, un texto, una escultura e incluso uno mismo tiene “su propio ritmo”. Biophilia es un ejemplo de esto: Un álbum, una app y una pieza de arte que apostó todo para dejar mucho más de lo que imaginó.

A ti, Biophilia, te hablo como a un universo que lo integra todo: la música de la luna y las estrellas, la armonía de los truenos, el amor ocurriendo dentro de nuestras células. Llegaste a mi vida como llegan las cosas que no buscan gustarte, sino reorganizarte. Te encontré en medio de una rebelión contra el algoritmo, cuando buscaba artistas capaces de sacarme de las plataformas de streaming y de rozar, a su manera, eso que Wagner llamó hace más de un siglo, la “obra de arte total”: una experiencia donde las disciplinas no se suman, sino que se funden. Yo necesitaba saber si ese ideal todavía era posible hoy, fuera de los templos, fuera del Teatro de Bayreuth.

Y sí, efectivamente, Björk lo logró contigo.

Mientras yo hacía segundo de primaria, tú estabas dándole la vuelta al mundo, llenando memorias RAM en miles de iPads y tablets, llevándote las canciones de paseo a un universo virtual donde canciones como: Moon, Thunderbolt, Crystalline o Virus, era posible tocarlas, verlas y leerlas. Ahora eres un universo multimedia donde la musicología olvidó ser una ciencia de académicos y se convirtió en un lenguaje de amor y herramienta de creación.

En ti tradujeron los fenómenos del universo y la complejidad del organismo humano a códigos binarios, no para hacerlos simples, sino para hacerlos comprensibles. Para no tener que creer que para conocer la luna debíamos ser astronautas, ni que las historias de amor ocurrían solo en Disney. De pronto, unas células rosadas con labios podían tener un romance fatal con los virus, y en esa imagen entendí el cuidado y la contemplación. Björk lo dijo una vez sobre la naturaleza de Islandia: Es hermosa, pero también puede matarte en cualquier momento si no la respetas.
Escucharte fue incómodo, pero me transformó en una nueva oyente. Me hizo entender que las inquietudes y la ansiedad que sentía al crear y querer hacer todo parte de todo —como Wagner con las artes—, también la sintieron las personas que te sacaron de las filas de las playlists, dándote el lugar que merecías en un universo virtual. Más de una giga de peso que permitió que el ingenio de tu creadora pudiera extenderse entre generaciones de adolescentes y gente adulta que amaba la biología, la física, la astronomía y la música, tuvieran todo en un solo lugar.

No crecí directamente contigo, pero me alcanzaste igual. Te vi reaparecer en otros artistas, en otras obsesiones. En quienes entendieron que la música podía ser un sistema, un juego, una historia que trasciende el sonido. Algunos ya no los escucho, pero me dejaron canciones para cuando volvía del colegio en tardes conspiranoicas frente al iPad mini. Pienso en Twenty One Pilots y la página web oculta de Trench, donde los fans siguieron armando el relato, como si cada uno de los personajes de las canciones tuviese una vida por continuar fuera del álbum. O Grimes, que en pleno desastre pandémico, soltó un video crudo con pantalla verde y un kit de instrumentos virtuales para que la gente continuara creando desde sus apartamentos. Siempre estuviste ahí y hasta hace poco lo reconocí.

Llegué a ti por los frutos, pero me enamoré de las raíces de donde vienes. De hecho, ya tengo en mi lista de pedidos el libro del neurólogo que leyó Björk para crearte: Musicophilia: Relatos de la música y el cerebro de Oliver Sacks y decidí continuar con mi curso de teoría musical que había parado por internet.

Sé que estuviste en una colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2014, convirtiéndote en la primera aplicación interactiva en lograrlo. Para mí eres el reflejo de una juventud que tuvo una infancia análoga y una adolescencia en lo digital. De hecho, hay una frase tremenda que Sick Boy, en la secuela de Trainspotting, le dice a Mark mientras visitan las tierras altas escocesas: “Eres un turista de tu propia juventud. Todos somos turistas de nuestra propia juventud, Mark. Reviviendo los mejores momentos, olvidando las partes que duelen”.

Veo personas en internet reclamando por un futuro que nunca llegó, aferradas con nostalgia a una adolescencia que en realidad no vivieron. Contigo entendí otra cosa: que ese futuro, para mí, ya venía en curso hace mucho tiempo. Filtrado en la música, en sus secuelas, en las nuevas formas de escuchar y de crear que dejaste a tu paso.

Rebuscando en archivos y páginas web, volví a encontrar obras y personas como tú, capaces de devolverme la emoción que tuve cuando hacía clic en links para conocer más de ti y saber si podría tenerte conmigo alguna vez en mi computador.

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