La Linterna: de San Antonio para el mundo - Cloned
Trabajar cansa. No por pereza, sino por desgaste. Entre los 25 y los 35 años, una generación ve apagarse sus vocaciones frente a un mercado laboral implacable y aprende a renunciar, callar o cambiar para seguir brillando.
Parece ser que estamos en otra cosa cuando el mundo da las suficientes vueltas como para que alguien pueda repetir que ha visto a las mejores mentes de su generación destruidas por la locura. Quienes nos encontramos en el rango postadolescente de los 25 a los 35 años asistimos en vivo y en directo al apagón paulatino de nuestros pares, ahogados por la falta de seguridad laboral, motivación laboral, reconocimiento laboral, garantía laboral, etcétera laboral. Estamos en medio de un trancón y vemos que en el carro del lado los ocupantes duermen mientras el conductor cabecea; entonces alguien pita y volvemos a lo nuestro.
Un ejemplo. Cuando me veo en la obligación de contar que estudié dos carreras, vienen las mismas dos preguntas: ¿Por qué administración y literatura? Y enseguida: ¿Has hecho algo con administración? Sé que si hubiera ejercido administración ahora mismo sería el gerente de una petrolera y estaría limpiándome las lágrimas de la infelicidad con un fajo de petrodólares. Sé que la literatura, en cambio, me ha hecho feliz. El problema es que no sé si haberme dedicado a escribir me ha llevado a un destino distinto, porque hoy reviso cada diez minutos cuánta gasolina le queda a mi carro.

La locura tiene nombre: trabajar cansa. Aunque ninguna locura es nueva bajo el sol, el sol hoy calienta más y, por tanto, trabajar cansa un poquito más. La generación de nuestros abuelos y parte de la de nuestros padres ha sido considerada la generación más rica y próspera en términos relativos de la historia económica de Occidente; en cambio, a nosotros millennials, por más de que tal vez nos toque “la más formidable herencia intergeneracional que ha conocido el ser humano”, por ahora tenemos que seguir lidiando con los efectos de la suma de las crisis económicas de los 2000, las secuelas por la pandemia, la automatización por el cambio tecnológico, la hiperconexión, el cambio climático, cuyo resultado ha sido un mercado laboral salvaje.
Señalar que trabajar cansa no es un gesto de pereza del que no quiere trabajar, sino, al contrario, de agotamiento del que tiene que trabajar el doble o el triple para alcanzar aquello que las generaciones pasadas conseguían en un contexto menos hostil. Eso explica parcialmente por qué tantos treintañeros aún viven con sus padres. A mi edad, mis papás tenían una casa y dos hijos en un colegio privado. No vivo con ellos, pero estoy lejos de esa vida. Por eso laboralmente estamos exhaustos, nosotros y casi todos.
Va otro ejemplo. Conozco a un artista visual de 33 años que soñaba con dibujar para la industria del entretenimiento. Al salir de la universidad trabajó cinco años animando para videojuegos, lo que equivaldría a ir en el carril rápido, escuchando buena música, aire acondicionado, etc. El asunto es que al cabo de ese tiempo se quemó. Participar de un proyecto largo con un cliente indeciso lo llevó a notar que su cargo y su sueldo no habían cambiado en años y, por tanto, que no estaba creciendo o que en realidad no estaba avanzando. Un día sintió el desgaste mental que lleva al esfuerzo de levantarse desmotivado cada mañana y otro día sintió el desgaste físico convertirse rápidamente en una tendinitis de hombro. Quiso hablarlo con su jefe y le clavaron el visto. Renunció: “No quiero hacer nada con el arte por ahora; no quiero dibujar; no quiero pintar”.
Entre las cosas que señala con mayor insistencia es que dejar su trabajo le ha implicado atravesar el duelo de abandonar temporalmente la carrera que ama. Las palabras con las que lo expresa son dicientes: “Igual es una ruptura, así como cuando uno deja a la pareja. El día en que renuncié me sentía como si hubiera acabado de romper con mi novia”.
¿No sentimos eso cuando nos preguntamos si somos felices con nuestro trabajo? Salvo casos particulares, ¿no elegimos lo que hacemos porque soñábamos vernos allí? Ahora mismo que me hago preguntas por mi carrera siento que estoy atravesando una temporada de discusiones con una pareja con la que no puedo hablar. Lo hablo entonces con amigos y ellos me cuentan sus historias de vuelta y pienso: “Mierda, su trabajo también les está rompiendo el corazón”.
Y acá vale la pena hacer una salvedad: sí, hay que valorar el trabajo y ser agradecidos y bla, bla, bla. Pero el cansancio es real. El mundo laboral que nos tocó nos está llevando a caminar con un cuchillo en la boca para no ser devorados por una bestia. Creímos que seríamos Robin Williams en la Sociedad de los poetas muertos y nos tocó ser Robin Williams en Jumanji. De acuerdo al Observatorio de Desarrollo Económico de Bogotá (ODEB), “el 22,9% de los 4,2 millones de ocupados y ocupadas es posible que presenten cansancio o desconexión en el cumplimiento de sus funciones”.
A esto se le llama “renuncia silenciosa”. Se trata de una expresión que alude a trabajadores que cumplen únicamente con tareas esenciales y no se involucran emocionalmente con su trabajo más allá de lo necesario, como si Robin Williams les dijera a Kirsten Dunst y al niño cola de mono: “Vayan ustedes y hagan sus vueltas. Me buscan cuando me toque lanzar los dados”. La fórmula secreta de la renuncia silenciosa es simple: desmotivación + desconexión con el trabajo + una pizca de renuncia a tareas extras.
Va un tercer ejemplo. Sergio tiene 34 años y se enamoró de la publicidad por una película que vio cuando era niño. Se ríe al decir que "quería ser un publicista exitoso en Nueva York, pensando ideas, tomando vino y escuchando Frank Sinatra. Así, súper cliché”. ¿No fantaseamos todos en algún momento con una vida cliché? Estudió en Buenos Aires y logró parte de su sueño: trabajó en diferentes agencias allá y acá y explotó la creatividad que le interesaba explotar. Otro más que iba en el carril rápido, pero, claro, desde afuera uno siempre cree que el carril del lado se mueve más.
Un día le tocó trabajar con una cuenta en donde hacía lo que se conoce como “panadería”, que no es otra cosa que adaptar a distintos formatos piezas que crea alguien más, y con el tiempo eso lo desconectó. Hizo lo que hemos hecho todos: coquetear con la idea de irse. “Si yo hubiera trasnochado haciendo puras cosas creativas, hasta de pronto me lo aguanto; pero no haciendo adaptaciones de las adaptaciones, de las adaptaciones”, dice. Finalmente renunció y dio vueltas como independiente hasta que se animó montar un emprendimiento exitoso que le ha permitido hacer lo que le apasiona hacer.
El problema de la renuncia silenciosa es que en principio no parece un problema. Es cierto que en todo trabajo nos toca tragarnos uno que otro sapo. Apuesto a que a Robin Williams a veces le daba pereza la terquedad del niño cola de mono. La desmotivación suele camuflarse bajo la promesa del tiempo: nos convencemos de que es solo una etapa y todo fluirá de nuevo. Sin embargo, para entonces algo ha cambiado en nosotros y lentamente aceptamos que la relación se fracturó, por eso empezamos a fantasear con dejar todo esto tirado e irnos a vender pulseras o a buscar trabajo en horario laboral, como el meme del tipo que va de la mano con la novia y se gira para ver a otra. La renuncia silenciosa opera a nivel emocional: nos desconecta. La desmotivación es una forma de la desconexión emocional. Quien haya estado en una relación amorosa, sabe que no hay nada peor que quedarse en ella cuando el río de las emociones se estanca.
Acá va otra salvedad: al jugar con la imagen del amor para hablar de nuestras relaciones profesionales tengo presente que bailo alrededor de la trampa de romantizar el trabajo. No creo que nadie tenga que amar su trabajo, porque por ahí ronda el discurso de ponerse la 10 por la empresa y bla, bla, bla. Pero sí creo que en algún punto deberíamos sentir la pulsión del amor por lo que hacemos o queremos hacer o soñamos hacer, y con esto me refiero al verbo y no al cargo: dibujar, pintar, diseñar, cantar, contar, investigar, litigar, administrar, negociar, observar, mapear, mediar, analizar, preguntar, escribir, etc. El verbo no responde al ministerio del trabajo sino a la manera en que buscamos estar en el mundo. Podemos sentirnos cansados de escribir para medios pero tal vez el arroyo de la emoción aún siga encontrando su camino hacia el deseo de simplemente escribir. La pulsión del amor es el deseo en carne bruta. Y aún nos queda el derecho a desear.

Hablar de un verbo es hablar de una acción. Una entre muchas. La trampa del amor al trabajo incluye el dolor de creer que solo podemos hacer una cosa y que lo que hacemos es lo que somos. El coaching repite incesantemente la idea de que para salir de las dinámicas laborales tóxicas debemos construirnos como marca.
Es más de lo mismo: sé lo que dibujas o sé lo que escribes. La farsa está en que nadie “es” dibujar. La psicóloga Carolina Jaimes, adscrita a Colsanitas, dice que buena parte de la salida al dilema está en tener claro que lo que hacemos es solo un verbo entre muchos, eso facilitará la transición hacia algo más. Sí, dibujamos, pero también cocinamos, corremos, etc.
Esa falta de distinción es la que ha provocado tantos corazones rotos en cada punto del planeta. Según el informe State of the Global Workplace 2025 solo el 21% de los trabajadores en el mundo están comprometidos con su trabajo, esto es, implicados emocional, cognitiva y conductualmente. En el caso de América Latina y el Caribe la cifra alcanza apenas el 31% y de ese valor casi la mitad de los trabajadores tiene la intención de abandonar su puesto y además busca activamente otro. En el informe no hay datos del porcentaje regional discriminado por edad, pero la mitad del planeta busca activamente otro trabajo (50%) y la mitad de esa mitad (58%) son menores de 35 años.
Los millennials somos una generación más preparada que un yogur y todo eso que se acostumbra decir. De ahí que seamos la generación que: 1) ocupa los trabajos más precarios porque está sobrecalificada para lo que el mercado ofrece; y 2) tiene mayores dificultades para ingresar al mercado laboral. Algunos al menos están en el trancón rumbo a algún sitio, otros aún están esperando a que pase el bus con puestos. Y esa tal vez sea la situación más compleja del desencuentro amoroso: terminar una relación que ni siquiera empezó.
Otro ejemplo. Laura tiene 29 años y es comunicadora social. Siempre quiso trabajar en el mundo del cine, pero desde el principio tuvo claro que debía buscar una alternativa que le ofreciera mayor estabilidad económica, así que optó por algo a medio camino. Trabajó en cosas varias a lo largo de la carrera y solo cerca del final se dio cuenta de que no tenía las palancas que estaban posicionando a sus compañeros en puestos relacionados con lo que estudiaban. Este es el caso de quien sigue esperando el bus mientras se va dando cuenta de que los pasajes ya los vendieron entre conocidos.
Al salir de la universidad, Laura ganó una convocatoria para trabajar como editora de video para un influencer importante, pero de nuevo la falta de capital social (el no compartir las mismas redes ni círculo socioeconómico, por ejemplo) llevó a que la apartaran del cargo. Durante la carrera soñó con trabajar en fotografía periodística o documental y eso no se dio. “No sé si fue muy ingenuo de mi parte, pues yo pensaba que la gente vería mis fotos, que soy buena y me llamarían”, dice. Nunca más encontró trabajó en el campo. El bus sigue sin pasar. Entretanto, ha trabajado en talleres de mecánica, call center, fotografía escolar y redes sociales para una pequeña empresa familiar. Aunque todos deberíamos desear, el deseo no correspondido es doloroso: “Fue una decepción amorosa donde ya no quiero absolutamente nada, o sea, si tú no me quieres, entonces yo tampoco te quiero. Si yo no soy buena para esto, pues entonces listo, todo bien, tú por tu lado, yo por mi lado”.

Y otro más, porque con este tema las aristas son valiosas. Esmeralda tiene 26 años y estudió hotelería y turismo, pero tampoco ejerció. Al entrar al mercado laboral se estrelló con que los salarios decentes estaban destinados para las posiciones grandes y las posiciones grandes estaban destinadas para las palancas. Comenzó en un call center y pronto se dio cuenta de que allí tenía mejores ingresos que sus compañeros ejerciendo la carrera, quienes además eran víctimas de explotación laboral. Con orgullo señala que en el call center logró crecer en términos profesionales y personales hasta cumplir algunas de sus metas, como tener un apartamento y viajar. Otro caso optimista.
De acá viene la metáfora. Según el New York Times, Michael Madowitz, el economista principal del Instituto Roosevelt, describe el mercado laboral actual como un trancón terrible: "Si acabas de salir de la universidad, intentas incorporarte a una autopista y nadie te deja entrar". El artículo agrega que los gringos jóvenes (y tal vez se aplique a los jóvenes-sin-más) son la generación más rechazada como consecuencia de la hipercompetencia que trajo la hiperconexión.
Es cierto que pocos logran ingresar a la autopista, a pesar de que igual está saturada. Esto llevó a Laura a preguntarse por sus capacidades y, por ende, a mermar su confianza. “Entré en depresión por no sentirme suficiente, por no sentirme una buena pieza para llegar a algún lugar”, dice. En esos casos es natural creerle a Rikarena y convencernos de que cuando un amor se daña es mejor cambiarlo en vez de repararlo. A veces pareciera ser así. Cambiar de carrera implica atravesar un duelo aun cuando el cambio sale bien.

Al preguntarle qué perdió y que ganó al dejar atrás su carrera, Esmeralda señala que a veces piensa en el potencial que pudo haber desarrollado, pero que este camino le permitió cumplir algunos sueños en menos tiempo, por lo menos respecto a sus demás compañeros. “Sales del colegio, de la universidad, trabajas, encuentras pareja, te casas, tienes hijos… como que ese es el aspecto lineal que a uno le enseñan. Necesitamos meternos la idea en la cabeza de que la vida tampoco es tan seria”, dice. Estirando un poco más la metáfora: ella no entró en la autopista grande, por tanto en el trancón, y la vía alterna que tomó la llevó a donde quería llegar.
El informe de la ODEB señala que hay dos grandes razones detrás de la renuncia silenciosa en Bogotá: el 77,8% busca trabajo para mejorar la utilización de sus capacidades o formación y el 20,2% para para dar con mejores ingresos.
Un último ejemplo y me voy: conozco a alguien de 27 años que estudió diseño industrial porque Jonathan Ives, diseñador de Apple, lo maravilló con la capacidad para desarrollar objetos y productos. Estudió en Cali y fue de los mejores de su promoción, entonces viajó a España y estudió un poco más, y al volver logró ubicarse en una, luego dos, luego tres empresas con las cuales entendió que en el país parece no haber en dónde aplicar nada de lo que aprendió, pues todo se copia de afuera, y que además el salario es bastante flojo. Les preguntó a otros colegas cómo era para ellos y le dijeron que era lo mismo. Aunque logró entrar en la autopista, parecía ser que nadie se movía. Enfermó y para recuperarse también tuvo que tomar una salida paralela y encontrar trabajo en un colegio en donde montó un taller de diseño 3D y empezó de nuevo. Por ahora está llegando a su destino. Reconocer otros verbos facilita notar que a veces hay otros caminos.
Algo que tienen en común los informes, reportes, noticias y testimonios sobre el tema es una obviedad que pasamos por alto con mucha frecuencia: la insatisfacción laboral no responde solo al malestar con el trabajo, aunque también (hay personas y entornos opresivos, explotadores y abusadores), sino a expectativas profundas de crecimiento. Un poco eso es lo que perseguimos en las relaciones de cualquier tipo. La vida en el planeta busca crecer y crecer es un verbo que apunta al movimiento. Trabajar cansa porque con frecuencia paraliza. Eso es lo que nos rompe el corazón: la parálisis no es un verbo como los muchos otros cientos que por fortuna todavía tenemos anotados en nuestro lenguaje privado del amor.
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