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La Linterna

La Linterna: de San Antonio para el mundo

En un rincón del centro de Bogotá, replicando la esencia de su hogar en Cali, se alza La Linterna, taller tipográfico fundado en 1934 donde el ladrillo y el papel conservan la memoria popular colombiana. Esta imprenta artesanal de carteles de salsa y rock, usando tipos móviles y linograbado, transformó su lucha por sobrevivir en una estrategia cultural.

En una esquina empinada de La Candelaria, una puerta de madera alta deja ver las paredes del interior. Sin embargo, para una miope, el escenario era el de una lucha campal entre las paredes blancas y la parranda de colores de los carteles apretados que buscan lucirse sobre ella. Cinco pasos adelante y una limpiada a los lentes de las gafas, terminan de darle forma a esa casa de ladrillos color caoba. 
Tiene una salita iluminada con unas plantas cuyos colores se funden con la riqueza cromática de los carteles neón. Unos están a punto de empezar una revolución, otros repiten frases célebres de Facundo Cabral, cantan versos de Rubén Blades, Héctor Lavoe y gritan en acento Caleño que “Cali es Capital Mundial de la Salsa”. En ese rincón del centro de Bogotá, el papel, el color y la tinta se reúnen para conservar la memoria popular de Colombia en cada trazo. Esa es La Linterna.

Taller de impresión tipográfica fundado en 1934 en el barrio San Antonio de Cali, en sus inicios la Linterna se dedicaba a la creación artesanal de carteles publicitarios y propaganda política empleando la técnica de linograbado y tipos móviles. Este sistema combinaba el grabado en linóleo para las imágenes y los tipos móviles (letras de metal) para componer el texto de manera uniforme.

A finales de los setenta, La Linterna estuvo a tope. Incluso, enviaban carteles a Medellín y Bogotá. Los impresores tenían doble turno y se capacitaban en 15 días. Las máquinas muchas veces iniciaban su trabajo cerca de las 6:00 am hasta la medianoche. Sin embargo, a principios del nuevo siglo y con los avances de la producción comercial masiva, las horas de producción, las máquinas y las manos de los maestros fueron dejadas al olvido hasta el punto de casi desaparecer.

Hoy, casi un siglo después, La Linterna no es un vestigio del pasado ni un museo en funcionamiento. Es una empresa cultural viva con dos sedes: Cali y Bogotá, más de treinta personas vinculadas directa o indirectamente, una marca de ropa en expansión y un proyecto internacional que ya opera desde Estados Unidos. Algo que dejó entrever que lejos de ser un taller cultural rescatado levantado entre sus cenizas, es un organismo vivo cuyas personas involucradas entendió las dinámicas de trabajo, el arte y el esfuerzo.

Los maestros: la raíz que los sostiene todo

Para hablar de La Linterna, hay que hablar de los que siempre estuvieron ahí. Antes de las fotografías, la música y los parches de diseñadores: los maestros Héctor, Jaime y Olmedo, el corazón del taller, los que junto con los artistas y colaboradores que aún trabajan con ellos le dan vida a La Linterna. Actualmente, sobre ellos recae la administración, la producción y, además, la formación de nuevos impresores para la continuidad técnica del proyecto.

“Muchos se quedan con nuestros inicios y desconocen la profundidad de lo que somos hoy”, dice el maestro Héctor. “La parte administrativa funciona de forma piramidal: Olmedo, Jaime y yo estamos en la raíz, y de ahí se desprenden las demás ramas” añade.

Hoy ya son diecisiete con contrato, sueldo y prestaciones, además de un grupo de colaboradores externos en diseño, redes y gestión cultural y treinta en general que giran directa en indirectamente alrededor de La Linterna, que se ha convertido en un foco cultural, no solo por los maestros, sino por los artistas que allí brillan como, por ejemplo, el profesor Carrillo. Un maestro que hoy representa uno de los pilares del taller. Es el director de arte y la mano que se encarga de recibir las propuestas que llegan, lo que ha sido fundamental para el crecimiento del proyecto.

A eso se suma un relevo generacional activo: ayudantes que aprenden directamente de los maestros, hijos y nietos que se forman en el grabado y el manejo de las máquinas, y jóvenes diseñadores que traducen nuevas estéticas al lenguaje técnico del taller. Ese conocimiento no se enseña en universidades. Se transmite en el hacer, en la repetición paciente, en el error. Por eso, La Linterna funciona también como hogar, taller y escuela informal: un espacio donde artistas y diseñadores aprenden a pensar desde la imprenta, entendiendo las limitaciones y posibilidades de máquinas que datan de finales del siglo XIX.

Hace ocho años, eran más o menos ocho personas las que estaban trabajando con los maestros: “Un grupo grande de diseñadores caleños a quienes no podemos quitarles el nombre, porque pusieron su grano de arena para que La Linterna sea lo que es hoy. Se pusieron el uniforme, no cobraron y, de manera desinteresada, aportaron su creación. De ahí nació este nuevo auge de La Linterna” recuerda Héctor.

Del taller cerrado a toda Cali

A unas cuantas cuadras, en la calle donde aún hoy se conserva la sede caleña, La Linterna era un taller pequeño a puerta cerrada, donde el mundo secreto y obsoleto de la impresión de carteles moría poco a poco, junto con las esperanzas de los maestros que allí trabajaban.

Facturas sin pagar, un dueño desentendido de sus trabajadores y plata apenas para llegar a fin de mes para los impresores. El futuro de las máquinas estaba en la chatarrización. Fue en esos momentos cuando dos diseñadores, Fabián Villa y Patricia Prado, se acercaron a imprimir un cartel y se encontraron con la precariedad de los maestros.

“Con Patricia nos juntamos y dijimos: ‘a estos señores tenemos que ayudarlos de alguna manera. No los podemos dejar morir, por lo menos hagamos [algo] antes de chatarricen las máquinas. Hagamos una despedida a La Linterna”. Para ayudarlos prometieron a los impresores hacer una exposición ahí, sin la necesidad que tuvieran que poner dinero. 
Pero ni Patricia ni Fabián tenían plata para la colección. Hicieron en PowerPoint una presentación “bien chimba, bien diseñada” para vender su idea restaurante por restaurante en la zona. “Nos fuimos por los restaurantes del barrio vendiendo bonos de impresión, eran como las boletas de creyentes del Estéreo Picnic”. Decían que los carteles no estaban listos todavía, pero que se los darían apenas estuvieran hechos. Con seiscientos mil reunidos compraron los materiales para hacer las impresiones de la exposición y la despedida del taller.

Sin embargo, lo que comenzó como una despedida se convirtió rápidamente en un modelo de trabajo: exposiciones dentro del taller, impresión en vivo, venta directa de carteles y un público que entraba por un afiche y salía con una experiencia y cerveza con empanada en las manos.

Patricia ya no está, pero es Fabián Villa quien asumió entonces el rol de gestor cultural y vocero externo. Es quien viaja junto a uno de los maestros, quien organiza exposiciones y quien conecta a La Linterna con otros países y otros públicos. Ese modelo implementado, no solo permitió que el taller sobreviviera, sino que creciera. Los maestros impresores dejaron de ser mano de obra invisible y se convirtieron en personajes reconocibles por su oficio. La gente dejó de entender las máquinas como herramientas obsoletas sino como un legado vivo. La Linterna pasó de ser un taller cerrado a ser un ecosistema cultural abierto.

¿Yo a estas alturas y de modelo?: Sol y la moda

La transformación más reciente en La Linterna tiene nombre propio: Sol López Arboleda. Diseñadora formada en Bellas Artes, con experiencia en serigrafía, moda y producción textil. Sol regresó para dirigir una nueva área en la que la gráfica, el color y Cali seguirían enseñando el brillo de La Linterna: la ropa. “El buen hijo vuelve a casa”, en palabras de Héctor.

“La Linterna tiene algo que muchas marcas buscan y no tienen: alma”, dice Sol. “Uno ve una gráfica en la calle y sabe que es de aquí”. La apuesta fue trasladar ese lenguaje al cuerpo, respetando su origen y pensando en prendas de calidad, versátiles y con una dirección clara. Hoy, la línea textil trabaja con algodón 100%, explora procesos sostenibles y desarrolla colecciones nostálgicas que dialogan con la memoria gráfica colombiana. 

Esto se extiende también a las sesiones fotográficas donde no tienen modelos distintos para publicitarse más que los mismos maestros con overoles, jugando dominó o posando en un taller. Situación que los animó mucho, pero también los tomó por sorpresa. “En mi caso, yo como que dije: “Uy, ¿yo a estas alturas y de modelo?”, dice Olmedo recordando mientras ríe y añade: “como nosotros somos así, extrovertidos y todo eso, dijimos: ‘vamos modelar a ver cómo nos va’”. Ni los años, “ni las verdes, ni las maduras”, pudieron evitar el cariño y el buen recibimiento del público al ver a los maestros evolucionando junto con la complejidad gráfica de La Linterna.

“No queríamos que la moda se desprendiera de la esencia”, explica Sol. “Ellos son La Linterna”.

Un periódico de ayer

Hoy La Linterna baila con orquesta completa: maestros, diseñadores y nuevas generaciones afinando al mismo ritmo hacia adelante. La sede principal sigue estando en Cali, en el barrio San Antonio, donde el taller sigue funcionando con las máquinas originales y con los que son. Mientras tanto, en el centro de Bogotá, en la Calle 12 #2-71, un pequeño fragmento de La Linterna deja que Cali siga extendiendo sus brazos a los fríos de los Andes para acalorar con su gráfica otra porción del país. A nivel internacional el proyecto ya opera legalmente en Estados Unidos y avanza hacia la apertura de una tienda física en Miami, mientras mantiene su presencia en exposiciones en Europa y Sudamérica. “Ya definitivamente dijimos, hay que hacer un local en Miami para llevar los carteles para que la gente los vea, los sienta, los huela”, afirma Fabian.

La Linterna se convirtió en un relato de nostalgia y superación. “Hoy podemos responder por los sustentos de las familias a tiempo”, dice el maestro Héctor. “Eso nos da tranquilidad”, pues para él “ya estamos en un camino labrado y simplemente estamos recogiendo lo que sembramos hace años atrás”. El éxito de La Linterna no fue el resultado de un plan rígido, sino de años de ensayo, error y aprendizaje colectivo.

Si La Linterna fuera una canción, como dice Fabian, sería una de Rubén Blades: una historia sobre los obreros que sostienen el mundo sin que nadie lo note. Hoy esos obreros tienen nombre, rostro y voz y, sobre todo, una visión de legado y cultura.

*Las imágenes que acompañan este artículo son cortesía de La Linterna.

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