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La Linterna

La Linterna: tradición que se volvió empresa

En un rincón del centro de Bogotá, replicando la esencia de su hogar en Cali, se alza La Linterna, taller tipográfico fundado en 1934 donde el ladrillo y el papel conservan la memoria popular colombiana. Esta imprenta artesanal de carteles de salsa y rock, usando tipos móviles y linograbado, transformó su lucha por sobrevivir en una estrategia cultural.

Tras estar en quiebra y al borde de su cierre, Fabián Villa y Patricia Prado idearon una despedida cuyo modelo comercial se convirtió en la clave de la supervivencia y expansión del taller hacia otros formatos y territorios.

En una esquina empinada de La Candelaria, una puerta de madera, alta, casi de gigante, deja ver las paredes del interior. Sin embargo, para una miope, el escenario era el de una lucha campal entre las paredes blancas y la parranda de colores de los carteles apretados que buscan lucirse sobre ella. Cinco pasos adelante y una limpiada a los lentes de las gafas, terminan de darle forma a esa casa de ladrillos color caoba. 

Tiene una salita iluminada con unas plantas cuyos colores se funden con la riqueza cromática de los carteles neón. Unos están a punto de empezar una revolución, otros repiten frases célebres de Facundo Cabral, cantan versos de Rubén Blades, Héctor Lavoe y gritan en acento Caleño que “Cali es Capital Mundial de la Salsa”. En ese rincón del centro de Bogotá, el papel, el color y la tinta se reúnen para conservar la memoria popular de Colombia en cada trazo. Esa es La Linterna.

Taller de impresión tipográfica fundado en 1934 en el barrio San Antonio de Cali, en sus inicios la Linterna se dedicaba a la creación artesanal de carteles publicitarios y propaganda política empleando la técnica de linograbado y tipos móviles. Este sistema combinaba el grabado en linóleo para las imágenes y los tipos móviles (letras de metal) para componer el texto de manera uniforme.

A finales de los setenta, La Linterna estuvo a tope. Incluso, enviaban carteles a Medellín y Bogotá. Los impresores tenían doble turno y se capacitaban en 15 días. Las máquinas muchas veces iniciaban su trabajo cerca de las 6:00 am hasta la medianoche. Sin embargo, a principios del nuevo siglo y con los avances de la producción comercial masiva, las horas de producción y las máquinas, las manos de los maestros fueron dejadas al olvido hasta el punto de casi desaparecer.

Primer encuentro

“Cuando llegamos a La Linterna a hacer este cartel conocimos la problemática que tenían los maestros. Estaban quebrados, el negocio había fracasado”, cuenta Fabián Alexander Villa, diseñador gráfico, artista visual y uno de los codirectores y socios creativos del taller, responsable junto a Patricia Prado de su identidad actual.

Fabián trabajó 7 años en Bogotá en agencias publicitarias: “La gente que hacía cosas chéveres se había ido para el exterior o para Bogotá. Yo fui una de esas personas que se fue para Bogotá, porque allá encontré más oportunidades”. Las secuelas de la violencia que aún ardían en una Cali con pocas oportunidades fue lo que lo impulsó a irse de la ciudad. Regresó en 2014 con unos amigos en la espalda, nuevos proyectos para ayudar artistas de su ciudad y un hobby que cambiaría el curso suyo y el de La Linterna: la bici.

“Me conecté mucho con la bici. En 2014, cuando regresé a Cali, arranqué con colectivos de ciclistas urbanos, organizaba carreras ilegales”, recuerda mientras ríe. Las carreras eran de piñón fijo, un tipo de ciclismo popular entre 2010 y 2012. La habilidad que había desarrollado al trabajar en una agencia BTL —Below the line— reveló una vocación donde el ciclismo y su impulso creativo convergieron.

Fabián se alió con su amiga Patricia, quien ese momento creaba Ternario, un proyecto con su hermano que luego pasaría a llamarse Casa Ternaria: “Lo que pretendimos al inicio fue impulsar a artistas emergentes para hacer que los artistas que estaban empezando sus proyectos tuvieran una plataforma donde ponerlos de una manera chévere”. Su plan era lanzar una plataforma de ciclismo ilustrado junto con  Eslabón Perdido, otro amigo diseñador: “[y] como el man es de aquí de San Antonio, con Patricia decidimos ir a la Linterna a hacer este cartel”.

A unas cuantas cuadras, en la calle donde aún hoy se conserva la sede caleña, La Linterna era un taller pequeño a puerta cerrada, donde el mundo secreto y obsoleto de la impresión de carteles moría poco a poco, junto con las esperanzas de los maestros que allí trabajaban.

Una despedida a medias

Facturas sin pagar, un dueño desentendido de sus trabajadores y plata apenas para llegar a fin de mes para los impresores. “Con Patricia nos juntamos y dijimos: ‘a estos señores tenemos que ayudarlos de alguna manera. No los podemos dejar morir, por lo menos hagamos [algo] antes de chatarricen las máquinas. Hagamos una despedida a La Linterna”. Para ayudarlos prometieron a los impresores hacer una exposición ahí, sin la necesidad que tuvieran que poner dinero. 

Pero ni Patricia ni Fabián tenían plata para la colección, por eso los dos hicieron en PowerPoint una presentación “bien chimba, bien diseñada” para vender su idea restaurante por restaurante en la zona. “Nos fuimos por los restaurantes del barrio vendiendo bonos de impresión, eran como las boletas de creyentes del Estéreo Picnic”. Decían que los carteles no estaban listos todavía, pero que se los darían apenas estuvieran hechos. Con seiscientos mil reunidos compraron los materiales para hacer las impresiones de la exposición y la despedida del taller.

Antes todo esto era rock

Los primeros carteles de La Linterna fueron de rock. La identidad salsera que hoy hace reconocible al taller, empezó por una lluvia de ideas en una reunión de diseñadores que decidieron proponer sus bandas favoritas. Su idea era alejarse de figuras trilladas, porque el objetivo era darle algo gratificante a los artistas, que no fuera dinero, pero también ganancias a los impresores. 

“El taller tenía unas limitantes de espacio. Yo lo comparo mucho con un taller de mecánica de autos, nunca te dejan meter”, dice Fabián cuando vio que el espacio del taller era muy pequeño para una exposición. Antes del renacer de La Linterna, los negocios se cerraban en el mostrador y los maestros volvían a trabajar a su paraíso hermético. Fabián decía que era un “sales y nos vemos en tres días”, pero para la exposición pensaron en algo diferente. “Hicimos la exposición dentro de La Linterna, mostramos y explicamos bien el proceso, colocamos la exposición alrededor de las máquinas”. 

Hicieron un show de impresión en vivo donde el maestro Olmedo hizo lo mismo que había hecho durante décadas. Aplausos, cervezas, videos y gente contenta por la hazaña del maestro. “Las máquinas estaban vistas como algo obsoletas, pero se volvió en algo llamativo y apasionante para la gente”. Al final se vendieron dos millones de pesos en dos días.

Luego del evento, la gente se siguió preguntando dónde podían comprar los carteles de rock. Se corrió la voz y las compras de los carteles siguieron: “Luego llegó el famosísimo agosto y la chatarrización nunca pasó. Ese señor siguió perdido”.

De impresores a maestros

Fabián y Patricia ya conocían la fórmula y sabían que estaba muy bien hecha. “Yo tengo una comparación, porque no encuentro otra a nuestro nivel, pero era como ir a Disney. Vas a la montaña rusa y al resto de atracciones temáticas. Así termina toda esa acción, al final te llevas un souvenir de la tienda de Disney”, comenta Fabián. Hicieron “la misma vuelta” con los mismos artistas y el mismo modo de pago: para los artistas los carteles y para los maestros la plata. “Ves a las máquinas del 1899 aquí, conoces su historia, los procesos de impresión y cuando ya los tenemos encantados, ¿a dónde vas a ir? A la mesa donde está vendiendo los carteles y listo. La persona está lista para comprar”, y agrega: “los gringos la tienen clara con esa fórmula y les ha funcionado toda la vida”.

Con un esquema bien montando, los impresores comenzaron a proponer ideas para los carteles. “Empezamos a decirles maestros y ellos nos decían que cuando nos íbamos, hablaban entre ellos y decían ‘raro que nos digan maestros, porque nosotros nunca hemos estudiado nada’, por ejemplo, Jaime salió del bachiller a los 10 o 12 años y enseguida le tocó meterse a camellar”, explica antes de agregar que su escuela fue La Linterna. Para Fabián, llamarlos maestros era una forma de reafirmar que su conocimiento era válido, sin importar que no tuvieran título universitario.

“Como no aparecía el dueño todavía, dijimos: ‘ahora sí hagamos una colección de salsa para la Feria de Cali. Hagamos un calendario 2018 para salirnos del formato’”. Su colección de salsa la sacó del estadio. Hicieron su exposición de la misma manera y oficialmente la barrera que dividía el mundo de los impresores y el del resto de Cali ya se había caído para siempre.

“Esta es mi oportunidad para deshacerme de estos tres manes”

El ruido de La Linterna comenzó a llegar a Bogotá. “El público de Bogotá nos venía pidiendo un espacio así hace rato. Las métricas que tenemos en redes sociales son un 40% de Cali y el 60% de Bogotá”. El dueño perdido apareció y el negocio fue simple. En 2017, Patricia y Fabián formalizaron recibir las máquinas, asegurando su supervivencia. Los maestros, conscientes de que su indemnización jamás llegaría en efectivo, aceptaron el trato con una condición: que los nuevos gestores se quedaran a su lado para mantener vivo el proyecto

La Linterna comenzó a generar la plata suficiente para empezar a hacer exposiciones en Estados Unidos, algunos países de Europa y Sudamérica. Y en 2023, Fabián trajo de vuelta una idea que venía persiguiéndolo desde hacía tiempo. “Yo le dije al maestro que por qué no abríamos una tienda en Bogotá”.

Junto con el maestro viajaron a Bogotá a hacer un pop up store, “un formato en el que vendes tus artículos durante un día y sale”. Fueron a La Candelaria a un espacio cultural y allí vendieron en cinco horas lo que vendían en una semana en Cali. Después de eso, con los ahorros del taller, Fabián se fue un mes a Bogotá para organizar el local que hoy se conoce como La Linterna en La Candelaria. “Ese local estaba súper traqueado” dijo. Quienes lo tenían antes, tuvieron que irse por orden de la policía, pues debían plata. Fabián encontró paredes llenas de humedad, suciedad, un piso al que jamás le habían echado sellante y un techo lleno aún con la grasa del antiguo restaurante peruano que solía estar ahí.

Poco a poco fueron llevando los carteles de Cali a Bogotá y con un amigo de la capital lograron hacer los muebles donde se exponen hoy los carteles. Con el tiempo, La Linterna fue extendiendo sus gráficos ya no a un calendario, ni a carteles pequeños de medio pliego, sino a una línea de ropa que hoy lleva a La Linterna a las calles. Para Fabián, la ropa es solo un piloto, así como lo es su nueva cuenta de Instagram en la que apuntan al público estadounidense. Lo que sí tiene seguro es que: “Ya definitivamente dijimos, hay que hacer un local en Miami para llevar los carteles para que la gente los vea, los sienta, los huela”. 

En el camino, Fabián ha visitado otros talleres que se niegan a morir con el siglo del que vinieron. “Visitamos Argentina hace 3 años, allá hay talleres que están en la misma situación de La Linterna en Buenos Aires y también están encontrando su manera de trabajar”. Con todo lo que aprendió y aplicó en La Linterna, ha apoyado a otros proyectos para que puedan encontrar su base.

Si La Linterna fuera una canción, sería una de Rubén Blades. “De esas que hablan del obrero que no se rinde, del que levanta el mundo sin que nadie lo note”, dice Fabián. Porque al final, eso es La Linterna: una imprenta que transgredió las barreras del pasado para trabajar con el presente y proyectar su luz creativa hacia el futuro.

*Las imágenes que acompañan este artículo son cortesía de La Linterna.

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