La vida que contamos: Juan Gabriel y la narrativa
¿Por qué importa la narrativa? ¿Qué tanto nos amplifica o nos limita cómo nos contamos quiénes somos? Partiendo del Divo de Juárez la autora nos cuenta en este ensayo sobre por qué las historias son, sobre todo, mucho más que palabras.
Desde hace décadas, Juan Gabriel despierta un fervor que pocas figuras logran, y el reciente documental Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero no ha hecho más que confirmar esa fascinación que no se agota.
Más allá de su talento indiscutible para cantar y componer más de mil canciones, fue su manera de estar en el mundo lo que lo convirtió en un mito, “voy a ser tan famoso que no me van a volver a ver”, le dijo a uno de sus amigos. Tanto así que muchos aseguran que quien murió fue el artista, mientras que el hombre, Alberto Aguilera, sigue vivo de alguna forma. No es casualidad porque, ante todo, Juan Gabriel fue un narrador de sí mismo. Escogió cada palabra con las que construyó su leyenda, una historia que cautivó a millones y que, como sugiere el documental, terminó por encerrarlo también a él.

Lo que en verdad importa en la vida de alguien no son los hechos que le ocurren, por más decisivos o triviales que parezcan, sino el relato que construye con ellos. Los hechos son mudos y solo cobran sentido cuando alguien los cuenta. Es esa versión la que acaba definiendo una existencia, más que la suma de los acontecimientos en bruto. Por eso, el autor de “No tengo dinero” fue alguien que escribió su historia hasta volverla su destino, con un relato capaz de ordenar el caos y darle forma a la experiencia.
Su nombre artístico mezcla dos de sus grandes fortalezas: la nostalgia y la convicción de ser alguien que sabe elegir. Gabriel era el nombre de su padre, y Juan porque “simplemente me gustó la combinación”. Lo escribió cientos de veces y lo imprimió y pegó por toda la ciudad. Pasó de la imaginación a la acción para convertir su relato y proyección en su nueva realidad. Lejos de ser la confirmación de que “el que quiere puede” o “el pobre es pobre porque quiere”, la historia de Juan Gabriel es particular porque su relato, su voz interior, tenía la plena convicción de que su existencia tenía sentido, porque tenía algo valioso para dar al mundo.
La experiencia no sucede al desnudo, llega siempre vestida de significado. Todo lo que vivimos viene tocado por la memoria, la emoción y la mirada que lo interpreta. En el instante mismo en que algo sucede, ya comienza a narrarse dentro de nosotros. Esta configuración narrativa transforma la dispersión de los acontecimientos en una trama que permite dar coherencia a la experiencia y articular los episodios singulares dentro de un horizonte de sentido.
El psicólogo y pedagogo estadounidense Jerome Bruner sostiene que la mente humana opera narrativamente. En su libro Realidad mental y mundos posibles explica los “dos modos de pensamiento” del ser humano: el paradigma lógico-científico y el narrativo. Como especie, nos hemos enfocado en estudiar y comprender el primero, pero el modo narrativo privilegia lo singular, lo intencional y lo temporal, que constituyen una vía fundamental de estructuración de la experiencia. Bruner considera que este modo narrativo es una forma fundamental de dar sentido a la vida, porque a través de los relatos, las personas comprendemos lo que nos sucede, damos continuidad a las vivencias y construimos una identidad. El relato permite unir hechos aislados en una secuencia significativa, en la que cada acción tiene un motivo y cada decisión se inscribe en una historia.

La narración es una operación central en la construcción de nuestro mundo. Con el relato nos orientamos y transformamos. En el modelo que propone Bruner, se adopta un punto de vista y se organiza la historia eligiendo qué elementos destacar y cómo relacionarlos entre sí. Tal como hizo Juan Gabriel cuando eligió conservar audios, videos y fotografías de su vida, en un archivo que permaneció guardado durante décadas, pues en la proyección de su propio relato había una intención explícita de narrar su propia historia, “Se está haciendo un video para cuando yo ya no esté en este planeta, para dejarlo como un testimonio”, dice en uno de los audios. Esta selección permite construir una trama significativa, más allá del orden cronológico. Una trama atravesada por criterios culturales y normativos, pues toda narración implica un posicionamiento ético, un modo de asumir responsabilidad frente a lo vivido y frente a los otros.
El relato es tanto una forma de comprensión como una forma de proyección. Su función no se agota en la representación del pasado. Abre un horizonte de posibilidad, en el que la identidad y el mundo son constantemente reconfigurados. Vivir, comprender y narrar constituyen dimensiones entrelazadas de la experiencia. En esa implicación se ubica la posibilidad de que el mundo sea significativo.
En ese proceso, la memoria cumple un papel fundamental. No se limita a guardar hechos, sino que selecciona, interpreta y les da un nuevo sentido desde el presente. Así, la identidad personal se entiende como algo abierto, capaz de cambiar sin dejar de ser reconocible. Lo que mantiene la continuidad no es permanecer igual, sino poder narrarse de un modo que conserve cierta coherencia a través del tiempo.

Para Bruner, la identidad se forma dentro de los relatos que ofrece la cultura. Nadie se construye solo, porque cada persona se define en diálogo con las historias, los símbolos y las formas de vida de su entorno. Contar la historia propia es una práctica que ocurre dentro de un marco común, en el que influyen las expectativas y las normas de la sociedad a la que se pertenece. Incluso cuando se rompen. Juan Gabriel no se inscribió en las normas que prohibían sus movimientos catalogados como femeninos, ni en la imposibilidad de presentar un show en el Palacio de Bellas Artes.
La historia de Juan Gabriel que muestra el documental representa con claridad esa idea de la identidad como relato. A lo largo de su vida, Alberto Aguilera fue reescribiéndose hasta convertirse en Juan Gabriel, un personaje que interpretaba su experiencia de abandono y desamor a través de sus composiciones e interpretaciones. Lo que el documental deja ver es cómo ese relato personal se fue volviendo tan poderoso para el personaje creado por Alberto Aguilera que terminó por confundirse con la realidad: el hombre y el personaje se entrelazaron hasta ser uno solo.
Como en la teoría de Paul Ricoeur, Juan Gabriel fue autor y protagonista de su historia, uniendo lo que permanecía, su voz, su sensibilidad, su búsqueda de amor; con lo que cambiaba, su fama, su identidad pública, su relación con el mundo. En él, la continuidad residía en la capacidad de reinventarse sin perder el hilo de su historia. Su memoria era selectiva, simbólica, profundamente narrativa; transformaba el dolor en canciones y el pasado en interpretaciones.
Además, siguiendo lo que plantea Bruner, su identidad también se formó dentro de las narrativas culturales que lo rodearon. Su figura no puede separarse de los imaginarios populares latinoamericanos, de los códigos de masculinidad, clase y deseo que él desafió desde la escena.
Al contarse a sí mismo, Juan Gabriel abrió un nuevo modo de ser posible para muchos. En su relato personal se filtró el de toda una cultura, y quizá por eso sigue conmoviendo a su audiencia.

Sin embargo, la potencia interpretativa del relato no está exenta de ambivalencias. Si narrar permite organizar la experiencia, comprenderla y proyectarla, también puede operar como forma de fijación, defensa o aislamiento. En determinadas circunstancias, la narración no necesariamente abre al sentido, sino que lo reduce. Esta tensión es señalada con agudeza por J. M. Coetzee. En El buen relato, el escritor expresa su preocupación frente a la tendencia a convertir la narración en una vía automática de resolución simbólica. “La cuestión es si realmente queremos movernos en una sociedad en la que todo el mundo que nos rodea se siente dotado de poder (una expresión que uso con cautela) para ser «quienes quieren ser» a base de representar los mitos personales (las verdades «poéticas») que se han construido para sí mismos. ¿Confiamos en que la imaginación humana es una fuerza invariablemente orientada al bien?”
“Yo no conozco a alguien a quien no lo cambie la fama”, dice la periodista Pati Chapoy en el documental de Juan Gabriel. Su mánager, Darío León, recuerda otra frase que lo retrata: “Él decía que, como los artistas daban tanta alegría y disfrute a la gente, debían ser tratados de manera distinta”. Chapoy añade, con ironía, que también “le molestaba pagar impuestos”. En el documental asoma un lado opaco del personaje, reflejado en sus disputas con el Ministerio de Hacienda de México y con las autoridades fiscales de Estados Unidos. Juan Gabriel sostenía que los artistas eran tratados injustamente y forzados a pagar sumas desproporcionadas. Con razón o sin ella, da la impresión de que el personaje terminó convenciendo a Alberto Aguilera de que merecía un trato excepcional, el mismo poder con el que había logrado todo lo que consiguió Juan Gabriel.
Coetzee sugiere que existe una confianza excesiva en el poder curativo del testimonio, y que el relato también puede funcionar como defensa frente al sufrimiento, es decir, que puede esconder la experiencia en lugar de elaborarla. Desde su perspectiva, no toda narración garantiza un acceso honesto a la verdad, a veces la transforma, la distorsiona o la vuelve más tolerable a costa de su complejidad real.
Por tal motivo, la calidad de un relato no debe medirse por su coherencia interna, sino por su capacidad de apertura. Un “buen relato” es aquel que deja lugar a lo incompleto, a lo ambivalente y a lo que aún no ha adquirido forma definitiva. Esta concepción implica una ética de la escucha, porque la presencia del otro —sea lector, interlocutor o terapeuta— debe acompañar el relato, permitir que se despliegue y se transforme. La escucha activa deviene así una forma de cuidado que impide que el relato se endurezca en significados unívocos.

También el lenguaje pierde vitalidad cuando olvida su carácter inventivo y se convierte en un sistema dogmático. Para Nietzsche el artificio es una condición de toda significación, porque lo que se presenta como verdadero es, al final, el resultado de una sedimentación de imágenes y comparaciones cuyo origen ha sido borrado por el hábito.
La dimensión de apertura del relato es fundamental en contextos terapéuticos, jurídicos o literarios. Un testimonio que se repite idéntico, sin fisuras ni contradicciones, genera sospecha, porque la experiencia humana rara vez se ajusta a formas completamente cerradas. La vacilación, la pausa o la contradicción interna pueden ser signos de la complejidad de la experiencia. Escuchar un relato desde ese punto de vista exige una disposición distinta, más próxima al acompañamiento que al juicio.
Entonces, mantener la apertura del relato implica reconocer que el sentido es siempre una tarea inacabada. En lugar de buscar la última palabra, se trata de abrir espacio a la polifonía, a la coexistencia de versiones parciales, al entrelazamiento entre lo que fue, lo que se dice y lo que aún puede decirse. Esta actitud sitúa a la verdad en el terreno de lo humano, que es frágil, mutable, pero que se comparte. Un relato que se reconoce como parcial, abierto y situado es más potente que aquel que pretende ofrecer una versión totalizante de lo vivido.
Así nos permitimos acoger lo fragmentario, lo ambiguo y lo indecible como parte constitutiva del sentido. Incluso el silencio puede adquirir valor, como una pausa que resguarda lo que aún no puede ser nombrado sin violencia. La noción de verdad implicada en esta concepción narrativa no se define como una adecuación entre pensamiento y realidad, sino como una fidelidad a la experiencia en su espesor.
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