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apatía

El corazón de la apatía

Ilustración

¿Qué es lo que pasa en el cuerpo cuando parece que un switch apagara de repente la motivación?, la apatía es un estado de indiferencia y desconexión con el mundo a causa de, entre otras cosas, una sobrecarga cerebral. De la mano de una experta nos adentramos al corazón de este síndrome filoso para descubrir cómo enfrentarlo.

La primera vez que escuché la palabra “apatía” fue cuando se refirieron, hace muchos años, a una persona que no quería sumarse a una actividad que proponíamos en algún espacio de la universidad. Mucho después supe que esa palabra filosa que parece referirse al aislamiento, tenía muchos más matices que ese y que, de hecho, también respondía a algo más grande y complejo: el síndrome de apatía.

El término "apatía" proviene del griego (apátheia), que se compone del prefijo "a" (sin) y "pathos" (pasión, sentimiento, emoción). Para los estoicos la apatía no representaba ningún problema sino que, de hecho, era un ideal: la carencia de pasiones y la imperturbabilidad del ánimo eran consideradas condiciones necesarias para alcanzar la sabiduría y la virtud. Sin embargo, a partir del siglo XIX el término fue investigado y clasificado en la psiquiatría moderna; expertos como Emil Krapelin sentaron algunas de las bases con las que luego se estudiaría este trastorno e identificaron la apatía como un síntoma negativo que responde a un trastorno de motivación y desconexión con la ilusión.

La psicóloga Carolina Reina, terapeuta en la Clínica Eirén de Colsanitas, señala que además de la falta de motivación, la apatía se caracteriza por la reducción de la respuesta emocional tanto a estímulos positivos como negativos, provocando un campo interno estático y emocional reducido; además, la pérdida de interés es uno de los puntos clave de este estado, que responde no solo en general a una desconexión con el mundo sino en particular con pasatiempos que antes se disfrutaban y ahora no: “Existe una reducción importante de pensamientos, por ejemplo, para pensar en planes futuros; hay menos emociones, hay menor intensidad emocional, ya no se es tan expresivo y hay una significativa reducción de la participación a nivel social”.

Aunque la apatía es considerada un síndrome en sí mismo, Reina indica que también puede aparecer como un síntoma de algo más: “A veces la apatía hace parte de un criterio diagnóstico para un trastorno como depresión, ansiedad; trastornos adaptativos, burnout o algunas otras”. Además, según la carga neurológica, la apatía también puede estar relacionada con enfermedades neurocognitivas como el Párkinson, el Alzheimer o con algunas lesiones cerebrales o enfermedades crónicas.

“He vivido el estado de apatía en diferentes momentos de mi vida, primero un poco en la universidad y luego en mis primeros trabajos. No era solo que no tuviera la capacidad de sentir placer sino una falta de impulso para iniciar o mantener acciones en el tiempo, como si esa falta de motivación también me diera una sensación de ‘¿para qué?’ que hacía que me saboteara a largo plazo”. 

Valentina, 24 años.

La niebla de la indiferencia: tipos y causas

Un estudio publicado por Frontiers in neuroscience titulado “Correlatos neuronales de la apatía: circuitos fronto-prefrontales y parietales corticales-subcorticales” indicaba que desde la base neurobiológica, existe una correlación entre la apatía y alteraciones de la conexión entre el lóbulo frontal y los ganglios basales, lo que dificulta la conexión entre emoción y pensamiento

Según Reina, la apatía se siente como tener la batería en modo ahorro: “Imagina que tu cerebro es un celular que lleva días sin cargarse. Para no apagarse por completo, activa el modo ahorro de energía: reduce brillo, cierra aplicaciones, funciona más lento. La apatía es ese modo ahorro: no porque no quieras, sino porque tu mente intenta conservar energía cuando está sobrecargada”.

Una de las causas más comunes de la apatía es la sobrecarga cerebral: cuando hay una exigencia muy alta o una desregulación cerebral suele presentarse la apatía, lo que responde a la exposición de estrés prolongado, rutinas muy monótonas o de bajo interés para las personas.

Según la Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM), entre el 5 % y el 8 % de los jóvenes y adultos colombianos reportan directamente síntomas de pérdida de interés o placer (anhedonia), una cifra se eleva drásticamente cuando se consideran los grupos de alto riesgo como adultos mayores, personas con estrés crónico o pacientes psiquiátricos.

Además, según datos de Change Américas, más enfocados a entornos laborales, el 60 % de empleados indican que aunque les gusta su trabajo no sienten una motivación significativa. Y un estudio de la firma de auditoría Deloitte aplicado a Centroamérica, indicó que el 75 % de la generación millennial piensa dejar su trabajo en menos de cinco años, lo que refleja una falta de conexión a largo plazo. Este contexto en cuanto a condiciones laborales, educativas y de propósito acentúan en las personas la falta de motivación y retracción emocional con su entorno.

“En mi caso la apatía se ha presentado como respuesta a sentir que nada es suficiente: me esfuerzo en mis relaciones personales, me esfuerzo en mi trabajo, con mi familia, y parece que siempre falta algo para que sea suficiente. He pasado por episodios de agotamiento tan grandes que iniciar cualquier cosa, por pequeña que sea, se siente como subir una montaña”.

Patricia, 47 años.

Desempolvar las emociones: qué hacer

Algunos de los hallazgos más importantes recientemente, señala Reina, es la creación de escalas para medir los niveles de apatía en las personas: “De los que hay mayor evidencia son en los que se intenta medir la forma en que la apatía empieza a jugar un rol en los trastornos neurocognitivos, lo que más adelante puede hacer cambios en la forma de ser de la persona; esto se ha ido clarificando y descubriendo, como por ejemplo, cuáles son los circuitos afectados por los cuales puede aparecer la apatía. Es un hallazgo valioso porque a partir de esa información se pueden indicar algunos tratamientos farmacológicos y no farmacológicos”. 

Al margen de situaciones contextuales de sobrecarga permanente o niveles de estrés muy altos que hacen parte de estructuras académicas o laborales y que llevan poco a poco a la propensión de la apatía, hay algunas recomendaciones de expertos para sacudir emocionalmente al cerebro y ayudarle a salir del estado de desmotivación.

Reina menciona que es crucial mantener hábitos de descanso, sueño y alimentación estables; además, es fundamental empezar a construir actividades que de alguna manera “den sentido” y estén directamente alineadas con los intereses de la persona. En el podcast de psicología Entiende tu mente, su capítulo dedicado enteramente a la apatía, mencionaban que una de las recomendaciones menos obvias pero más efectivas es la variedad de actividades: no intentar repetir lo que siempre nos ha funcionado sino tal vez probar algo nuevo, incluso si no nos gusta. En esa “variedad” de acciones puede haber no necesariamente una recuperación del disfrute, pero sí la apertura a nuevas sensaciones tanto corporales como emocionales. 

Muchos expertos además recomiendan, en episodios largos de apatía, programar momentos de aburrimiento, y parece contraintuitivo porque es precisamente de esa desmotivación de la que se quiere huir, pero este espacio, incluso pequeño, cinco, diez minutos, actúa en el cerebro como un vacío fértil que pueda poco a poco ir “sacudiendo” las emociones.

“Vi en internet un post en el que decían que la apatía era una respuesta natural a un miedo muy grande por la decepción de que las cosas no salgan; a mí me pasó que dejé de ‘desear’ muchas cosas porque me daba miedo decir en voz alta que las quería y que luego no salieran. Era miedo y vergüenza, y en eso de decirme a mí mismo que no deseaba algo empecé a creérmelo y a volverme indiferente a ese deseo, entonces dejé de trabajar por él, se sembró mucha desmotivación”. 

Alejandro, 34 años.

La apatía se ve de muchas formas: el miedo al fracaso, una sobrecarga académica, la sensación de que nunca es suficiente y una culpa enorme por no sentir el placer que “debería” sentirse ante ciertas actividades que componían parte de nuestra identidad. Los avances y la búsqueda de más datos para poder enfrentar mejor este síndrome siguen su curso, y mientras se encuentran nuevas y mejores formas de traernos al presente emocional, la manera en que cada persona encuentre para “desempolvarse” emocionalmente es la correcta.

En un mundo contemporáneo que obliga a la acción, tomarse un momento para mirar hacia adentro es quizás una oportunidad o un deber para descubrir qué es eso que realmente estamos sintiendo. A lo mejor el punto de partida es más sencillo de lo que pensamos: sentarse a observar ese espacio interior con atención, sin esperar que de repente llegue el placer, sino más bien como un ejercicio contemplativo de lo que, seguro de a poco, empezará de nuevo a sentirse lleno y expansivo.

Sara Juliana Zuluaga García

Periodista, narradora documental y editora, nacida en Armenia, Quindío. Su trabajo se ha enfocado en las dinámicas culturales y medioambientales de la región desde la narración escrita y la fotografía. Actualmente es editora en la revista Dos Aires, que funciona entre Colombia, México y Francia. Colabora con crónicas, análisis y ensayos escritos y visuales para diferentes medios de comunicación. En su tiempo libre disfruta cocinar, nadar y leer.

Periodista, narradora documental y editora, nacida en Armenia, Quindío. Su trabajo se ha enfocado en las dinámicas culturales y medioambientales de la región desde la narración escrita y la fotografía. Actualmente es editora en la revista Dos Aires, que funciona entre Colombia, México y Francia. Colabora con crónicas, análisis y ensayos escritos y visuales para diferentes medios de comunicación. En su tiempo libre disfruta cocinar, nadar y leer.

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