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Navidad

Navidad: una tradición que persiste solo si alguien la sostiene

Ilustración

Entre las quejas de los ahora adultos, el espíritu navideño de millennials y centennials a veces puede parecer un recuerdo vago de infancia. Y muy probablemente no ha desaparecido: es una herencia generacional que se nos otorgó silenciosamente y que siempre podemos reclamar, revivir, avivar. En esta columna de aroma a natilla y buñuelo, la autora nos cuenta.

Como si fuese un sueño que todos juran haber vivido, escucho a amigos y contemporáneos quejarse porque diciembre “ya no es lo mismo”. Parece entonces que se refieren a una anécdota nostálgica, casi imaginada. Un recuerdo lejano en el que las familias se reunían alrededor de un árbol atiborrado con siete extensiones diferentes de luces, un par de tías que enseñaban a bailar porros y una olla colosal que se revolvía a seis, ocho o hasta diez manos para espesar esa mezcla de maicena, leche, panela y canela. Eso era a lo que llamábamos Navidad.

¿Qué o quién se robó esa ilusión entre la adolescencia y la adultez? ¿Se habrá independizado el Niño Dios? ¿Los Reyes Magos estarán varados sin Google Maps? Así como el día que descubrimos que el arriendo no se paga solo, que para mercar toca diseñar una lista o que la lavadora tiene ciclos más complejos que nuestras relaciones, ahora entendemos que la Navidad es una responsabilidad delegada. Porque una herencia no siempre llega en forma de casa, carro o empresa. A veces, es una tradición

Cuando era niña, la Navidad era un evento igual de importante que mi cumpleaños. Esa paleta de rojos, dorados y verdes llegaba siempre envuelta en el olor cálido del buñuelo y el chicharrón. Entre montañas de papel maché espolvoreado con aserrín teñido; ovejas caídas, burros y caballos doblaban en tamaño a Melchor, Gaspar y Baltasar, cuidadosamente alineados en fila india rumbo al pesebre, donde un bebé gigante y de manos abiertas reinaba entre María y José.

Al igual que la calidad de las rodillas y los trends de internet, las tradiciones no son la excepción a lo único seguro en la vida: el cambio. La Navidad como la recordábamos entre extensiones de luces con sonido incluido, cajas de galletas con infinidad de figuritas —aunque solo en dos sabores— y regalos que mágicamente aparecían al lado de la almohada en la mañana del 25 de diciembre, es una isla del recuerdo compartida, aunque difusa.

Más allá de renegar y volvernos adictos al dolor como Marbelle, quizás deberíamos salir del bucle de la nostalgia para moldear nuestra propia Navidad. Una celebración en la que la tecnología no sea un obstáculo, sino una compinche. Ser aprendices en YouTube del buñuelo y la natilla en la estufa de un apartaestudio, cultivar la paciencia ajustando las luces del arbolito de pared, armar un pesebre de origami impreso, diseñar en Canva tarjetas navideñas deseando salud y prosperidad, o repartir el moderno “Santa secreto” entre el grupo de amigos.

En esos nacientes gestos, puede surgir la posibilidad de resignificar la Navidad en nuestro siglo. Volver a la raíz de lo que implica compartir, incluso cuando el tiempo ha pasado y las pérdidas nos han cambiado. La Navidad puede ser entonces una noche de juegos de mesa con pizza y manjar blanco de postre, una videollamada con alguien que no está cerca compartiendo la cena desde la distancia, una caminata silenciosa para recordar a quienes ya no están, o el acto poderoso de no hacer nada extraordinario, solo permitirse el silencio.

Quizás ya no haya villancicos al volumen de los pulmones, ni regalos envueltos con papel celofán, pero sí una decisión consciente: la de celebrar sin fingir, reunirse sin obligación y recordar sin dolor. Porque crecer también implica entender que las tradiciones no se heredan intactas, en el proceso pueden ajustarse, ser un revoltijo que consagra pasado y presente. Sí, la Navidad ya no es como antes, porque tampoco somos los mismos de antes. Pero mientras exista la voluntad de encontrarnos, siempre podremos habitar, por una noche, un espacio luminoso.

Una Navidad genuina, ajustada al presupuesto emocional y a la versión de nosotros que, como pudo, logró colgar la estrella del árbol después de sobrevivir a los doce meses del año.

Quizás ya no haya villancicos al volumen de los pulmones, ni regalos envueltos con papel celofán, pero sí una decisión consciente: la de celebrar sin fingir, reunirse sin obligación y recordar sin dolor. Porque crecer también implica entender que las tradiciones no se heredan intactas, en el proceso pueden ajustarse, ser un revoltijo que consagra pasado y presente. Sí, la Navidad ya no es como antes, porque tampoco somos los mismos de antes. Pero mientras exista la voluntad de encontrarnos, siempre podremos habitar, por una noche, un espacio luminoso.

Mariana Martínez Ochoa

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

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