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Los ismos del feminismo

Los ismos del feminismo

Ilustración
Mucho se ha discutido sobre los derechos de la mujer; tanto, que decir “mujer” ya casi resulta sexista. Una escritora nos cuenta sus opiniones sobre el extremismo en la inclusión femenina.

ISMOS 

Hago la salvedad desde un principio para que estas palabras no se malinterpreten ni se juzguen a la luz del expertise de un sociólogo, antropólogo o “feminólogo” (ya debe existir la palabra para excluirnos del genérico de seres humanos pendejamente), por cuanto las dos manos que pulsan estas teclas pertenecen a una mujer de a pie que sólo quiere compartir sus opiniones sobre lo que llamaré los clichés del feminismo.

Muchos (no voy a caer en la trampa de nombrar el masculino y el femenino que, se sobreentiende, están incluidos en ese “muchos” sin necesidad de arrobas ni aspavientos) se han alegrado por la ley que tipifica el feminicidio como un delito autónomo. Yo, en cambio, no veo mayor logro: la muerte de un hombre me parece igual de grave que la de una mujer, así como la violencia de las mujeres hacia los hombres (de la que casi nunca se habla por ser atípica) es IGUAL de grave a que un hombre maltrate una mujer. Es como ponerse feliz por que en la librerías hay una sección clasificada con la etiqueta de “Literatura femenina”, cuando jamás hemos abogado por que haya una que se llame “Literatura masculina”.

Sí, se trata de la bien llamada discriminación positiva, que nos obliga a ocupar puestos en el gobierno por el solo hecho de ser mujeres, y a muchas otras tonterías como usar exagerada y erradamente la a para recalcar que existimos con adefesios como presidenta y estudianta, como si a la hora de dormirnos las mujeres tuviéramos que usar piyama y los hombres piyamo. A mí me daría grima saber, por ejemplo, que me van a nombrar ministra por cumplir con una cuota, y no por que tengo todas las destrezas y aptitudes para cumplir con una gestión, además de un par de ovarios.

Los ismos del feminismo son tantos y rayan en la autodiscriminación, que hasta prefiero que me excluyan de tan magno movimiento. Yo no necesito andar haciendo histeriqueos para demostrar que soy igual a un hombre, ni mucho menos comportarme como un hombre e incluso querer ocupar el rol de un hombre para sentirme validada. De hecho, me parece que dichos comportamientos se muerden la cola y la estrategia da la vuelta, haciéndonos quedar como lo que precisamente no queremos: un manojo de nervios, emociones y hormonas.

No pierdo de vista que esa lucha con ese grito herido ha sido necesaria para existir en este mundo que me heredaron mis valiosas y aguerridas congéneres, y no en uno en el que ni siquiera podíamos votar. Pero, a pesar de que lo agradezco de todo corazón, creo que también es hora de que busquemos nuestro lugar en el mundo sin compararnos siempre con los hombres, porque NO SOMOS IGUALES, aunque merezcamos los mismos derechos. Y hablando de merecer, a veces siento que nos merecemos la perra suerte de tener que estar en todo para acabar no estando en nada a la larga, porque también me duele que las mujeres hayamos descuidado nuestro rol de madres por estar compitiendo laboralmente con los hombres, que afortunadamente han empezado a colaborar poniéndose en nuestros tacones de vez en cuando para cuidar de los niños o hacer el mercado. Espero poner mis propias prioridades por encima de las del género y, si alguna vez llego a ser mamá, esa será la mía: la de criar a mi hijo sin pensar en nada más, por lo menos hasta que pueda caminar, así me llamen mantenida.

Los ismos del feminismo nos han hecho mucho daño, queridas congéneres. Es cierto: aún existen jefes y colegas, e incluso subalternos, que discriminan. Aún existe mucho machismo (recalco MUCHO) en el ámbito laboral y en el núcleo familiar, pero es hora de que empecemos a actuar desde nuestro lugar en el mundo y no a pesar de él ni victimizándonos por nuestra condición de féminas, sin esa paranoia de que todo nos pasa porque somos mujeres. Bueno es culantro pero no tanto.

Que vivan las mujeres sin ismos ni complejos. En esos rasgos que el feminismo se empeña en tachar para forzarnos a ser más cerebrales y fuertes me siento cómoda. A mí no me molesta poder utilizar las herramientas que como mujer tengo a la mano para jugar el juego de la vida. Ni ser coqueta, ni emocional, ni sensible me hace menos. Bienvenidas todas las galanterías que podrían tildarse de machistas, como que me abran la puerta del carro y me inviten a comer. No le temo a doblegarme en ciertas situaciones en las que quizás un hombre pueda más que yo, no le temo a complacer a un macho en la cama –siempre y cuando ello me complazca a mí– y no me da miedo reconocer que mis debilidades son precisamente las que me hacen fuerte. Con esto no estoy diciendo que sea una nena (palabra cuya connotación despectiva sí detesto que usen los hombres, sobre todo entre ellos y con sus hijos para tildarse de débiles): soy una mujer, con todos los bemoles que eso implica. El que sea capaz de digerirlo, sabrá ganarse el cielo y el infierno. He dicho.

Margarita Posada J

Colaborador

Esta persona ha colaborado con Bacánika, pero la vergüenza –o nuestra propia desidia– nos dejaron sin un texto que la describa. Estamos trabajando para que este espacio quede completo.

AUTORFACE  AUTORSEPARADOR  AUTORTW

Colaborador

Esta persona ha colaborado con Bacánika, pero la vergüenza –o nuestra propia desidia– nos dejaron sin un texto que la describa. Estamos trabajando para que este espacio quede completo.

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