Mi experiencia con la psilocibina
Hongos. La palabra sola ya carga con todo un imaginario: alucinaciones, colores, viajes psicodélicos, estados alterados de conciencia... Pero hay otra conversación que está pasando, más silenciosa, más cotidiana, que tiene menos que ver con perderse y más con encontrarse.
"La silla se siente incómoda, realmente todas las sillas se sienten incómodas, no se dejan sentar, mis piernas no saben cómo estar. Y las palabras rebotan mientras mi cabeza asiente."
"Me siento cansada, con ganas de no hacer nada. La cabeza va a mil, piensa en todo, tiene ideas que se refunden en el scroll. Ya no tengo control sobre mí, pierdo el foco y el cansancio se nota, mi cara lo refleja: ojeras, poco brillo, hinchada."
Esto lo escribí antes de empezar con las microdosis de hongos. Para cuando decidí que quería hacerlo me sentía acorralada por mi mente: vivía entre pensamientos obsesivos que no me llevaban a nada (y que, ahora que lo pienso, lo único que conseguían era aislarme) y una dificultad inmensa para expresarme con otros sobre cómo me sentía. Ese caos surgió inesperadamente, en un momento de bastante estabilidad, donde nada emocionalmente pesado me sucedía, pero hubo algo que lo desencadenó. Me costaba estar sentada, ninguna silla lograba ser cómoda, mi cuerpo no lograba encontrar descanso. Fue entonces que escribí a un lugar que, además de darme opciones, aconsejarme y tener mucha paciencia con todas las preguntas que hacía, me invitaba a acompañar estos proceso con el yoga, práctica que siempre me ha llamado la atención.

Para cuando decidí que quería hacerlo me sentía acorralada por mi mente: vivía entre pensamientos obsesivos que no me llevaban a nada y una dificultad inmensa para expresarme con otros sobre cómo me sentía.
Pero, ¿de qué se trata todo esto de las microdosis de hongos?
Cuando escuchamos esa palabra lo primero que viene a nuestra cabeza es un viaje psicodélico o su uso recreativo. Sin embargo, con la nueva ola de cuidado, wellness y salud mental, los hongos se han transformado en una alternativa para conectar mejor con nuestras emociones, reducir posibles ansiedades y depresiones. La clave de todo está en la psilocibina, que es el compuesto que tienen algunas especies de hongos, cuya cadena química es muy parecida a la serotonina, por lo cual se recomienda a personas con ansiedad o depresión ya que, además de no ser adictivo, presenta mejoras en la conciencia a la segunda toma. Al dosificarse en una cantidad de 0.3g- 0.4g no llegan a estados de la conciencia alterables, solo de calma.
En mi caso, son dos tomas semanales con dos días de descanso. Para hacerlo, hago mi propio ritual de toma en las mañanas, aprovechando el privilegio de tener un espacio silencioso y, frente a la ventana, acompañada del olor a palo santo, dejo mi mente irse cuán lejos quiera, sin juzgar mis pensamientos, aislando las preocupaciones del día, habitando el presente. Pero claro, todo esto es simplemente el momento de la toma. Los efectos vienen después.
Pronto noté que los días de dosis me sentía más sensible, más consciente de mi emocionalidad y tendía a llegar a conclusiones. Los días posteriores sentí que mi concentración y las conexiones con mis vínculos mejoraban. Y, con el tiempo, también mejoró la percepción sobre mí misma: al verme desde un lado más optimista, las ideas abrumantes del inicio se transformaron en miniplanes de acción de cómo acercarme a una versión en la cual sentirme más cómoda conmigo. Como ventaja adicional, este nuevo cuadro de estabilidad emocional me invitó a construir hábitos saludables que influyen en el sentirse bien, más allá del efecto de la microdosis, con prácticas tan simples como escribir, estirar el cuerpo con un poco de yoga o priorizar el sueño.

Los días posteriores sentí que mi concentración y las conexiones con mis vínculos mejoraban. Y, con el tiempo, también mejoró la percepción sobre mí misma.
La verdad, es que a la primera toma no notas ningún cambio significativo o drástico, sobre todo porque no son cosas tangibles o algo que las personas de tu alrededor puedan percibir con facilidad. Es, más bien, un cambio sutil, silencioso y paulatino que puede parecer imperceptible. Por eso mi bitácora fue tan fundamental en este proceso: escribir cómo me sentía los días anteriores y posteriores a la primera, incluso escribir cosas diferentes sobre los cambios que notaba en mí, dejaban ver que mi forma de recibir la frustración o incomodidad había cambiado. Es un ejercicio que recomiendo porque, si algo aprendí, es que al observar lo que no es tan visible es cuando esto empieza a tomar sentido.
Por supuesto, y pese a mi experiencia, ver estas mejoras con lupa también abre un espacio para preguntarse si esos cambios realmente son efectos de la medicina de la tierra o, como dicen algunos escépticos del tema, simplemente se trata de un efecto placebo. Aún no lo sé, pero permitirme pensarlo también es algo que me da gusto hacer con detenimiento, a la luz de un estado emocional en el me siento mejor conmigo misma.

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