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William Gutiérrez: maestro de la gráfica picotera

William Gutiérrez: maestro de la gráfica picotera

La explosiva estética de los picós resulta inconfundible: este encuentro entre la herencia africana y la vitalidad del Caribe está presente en los sistemas de sonido y en el ritual de la verbena. Una exposición abierta en Barranquilla celebra el legado vivo de uno de los más grandes creadores de este colorido universo visual.

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Los picós son una parte intrínseca de la cultura afrocaribeña, en especial en Cartagena y Barranquilla. Estos son sistemas de sonido de gran tamaño que se utilizan para reproducir música y animar festividades y eventos populares. Su historia se remonta a mediados del siglo XX, cuando surgieron como una expresión musical y social en las comunidades afrodescendientes de la región. El ingenio de técnicos locales les permitió a sistemas de reproducción de sonido domésticos alcanzar proporciones titánicas en la amplificación, desplazando a las bandas y sextetos musicales del espacio festivo para ambientar las veladas con música afroantillana y discos raros que se distribuían con celosía entre los DJs, quienes incluso arrancaban las galletas de los vinilos que incluían los créditos de las canciones para que no los conocieran sus competidores. 

El origen de los picós se encuentra en la fusión de diferentes influencias musicales, como el calipso, el reggae, la música africana y los ritmos caribeños. Estos equipos de sonido fueron importados de países vecinos como Jamaica y Panamá, donde ya existían tradiciones similares de música callejera y sistemas de sonido. Los primeros picós se destacaban por su tamaño imponente que se contrastaba con imágenes hipnóticas y estridentes, desarrolladas en un lenguaje gráfico popular y en una paleta de colores psicodélica que llamaba la atención en medio de las luces de las verbenas y casetas.

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Un picó, cuyo origen idiomático pueda encontrarse en la palabra pick up que representa al brazo que porta la aguja de la tornamesa, es el equivalente de nuestra orilla del Caribe a los sound systems jamaicanos (cuna del ska, el reggae, el dub y el dancehall), los sonideros mexicanos (famosos por el fenómeno de la cumbia rebajada) o los Aparelhagens en los barrios periféricos de Belén, en Brasil. Es una historia compleja narrada por actores de nombres imponentes, icónicos: El Coreano, El Malvado, El Mulato, El Diamante, El Imperio, El Dragón, El Poderoso, El Invencible, El Supremo o El Fantasma son apenas algunas de las bestias chillonas de cables y bafles coloridas, muchas de ellas decoradas por la mano experta del artista barranquillero William Gutiérrez, que hoy es celebrado en una exposición coordinada por la Universidad del Norte y la del Atlántico en Barranquilla. 

Nacido en Calamar, Bolívar, hacia finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, Gutiérrez se ha convertido en uno de los máximos representantes de la pintura picotera en el Caribe colombiano. “Crecí en un barrio en el que pintaba avisos de tiendas, de billares, de panaderías”, explica el artista, que desde siempre ha estado vinculado a las artes populares y al lenguaje gráfico y contundente de la publicidad. “A mí me gustaba mucho la música y practiqué también como DJ. Combinaba las dos cosas: tocaba los picós, conocía ese mundo y empecé a pintarlos”, añade. Durante décadas, el artista ha puesto las manos sobre algunos de los picós más celebrados de la región, ofreciéndoles un recubrimiento policromado que ostentan como una suerte de armadura para los enfrentamientos en los que participan o en cada ocasión que tienen que defender su poder de amplificación y la valía de la selección musical de los picoteros que los regentan.

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Gutiérrez, como señala Eliécer Salazar, curador de la exposición, es un caso particular entre la plétora de artistas que han dedicado su tiempo a ornamentar estas máquinas sonoras. “William se distingue del resto de los artistas en que él fue a la universidad y, además, enseñó en la facultad clases de Pintura. Tiene un manejo sofisticado de la técnica y del color”, explica. “Además, tiene una producción muy extensa”, añade. Sin embargo, pese a manejar cómodamente los lenguajes académicos de la pintura (perspectiva, jerarquía de la imagen, composición), Gutiérrez ha encontrado feliz en una pintura explosiva que apela a otras lógicas de construcción: son imágenes con personajes que representan poder, energía y, todo hay que decirlo, virilidad hiperbólica. Es una pintura que presenta contrastes ácidos entre cuerpos áureos y letras en bloque aplastantes que traducen gráficamente el portento de los bafles que amplifican champeta, zouka, salsa y guaguancó. “Hice mi carrera y lo que aprendí en mi carrera lo apliqué a los procesos técnicos de este tipo de pintura. Siempre lo he hecho, independiente de los demás trabajos que me salían, siempre estuve pintando picós”, resume tranquilamente Gutiérrez. 

A lo largo de los años, los picós se han convertido en símbolos icónicos de la música y la cultura del Caribe colombiano. Han evolucionado tanto en diseño como en funcionalidad. En sus inicios, los picós eran simplemente equipos de sonido portátiles, pero con el tiempo se convirtieron en verdaderas obras de arte visual. Sus propietarios comenzaron a pintarlos con colores llamativos y diseños creativos, lo que les otorgó un aspecto único y reconocible a estas piezas de la cultura caribeña, una manifestación pictórica que sólo existe en este rincón del planeta en el que, a diferencia de lo que sentenciaba el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor, no todo está inventado. Es una estética propia que resiste y se transforma con el paso del tiempo. A lo largo de estas décadas de mutación, Gutiérrez ha sido testigo y artífice de las transformaciones de las formas de esta pintura. “En esta época tomó nuevamente fuerza el tema de los dibujos porque los picós volvieron al diseño de la caja antigua. Esto ha tenido varias presentaciones a través de los años y hace unos diez años tomó forma la figura tradicional del picó con el dibujo”, explica el artista, quien vio la primera llegada de estas máquinas a las fiestas populares caribeñas en su primera infancia. 

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El picó como símbolo cultural de la rumba 

En Barranquilla y otras ciudades del Caribe colombiano los picós han sido protagonistas en festivales, fiestas populares y eventos culturales. Estos equipos imponentes surgieron como una expresión de la música afrocaribeña y se han convertido en símbolos icónicos de la región, celebrados alrededor del mundo por los amantes de estas músicas que han buscado la forma de llevarse un pedacito de las arenas ardientes del Caribe colombiano a sus climas estacionales en los que a veces la noche es muy larga. A través de su música y su presencia visual impactante, los picós han contribuido a enriquecer la identidad cultural y promover la diversidad en la música colombiana. “Gente de otros países, que tenían sistemas de sonido, los han hecho parecidos a los de acá. Hice uno para un cliente de Australia y hace poco, para carnavales, vino un señor de Holanda para que también le dibujara uno”, explica Gutiérrez, quien ha llevado su obra a Francia, Chile y Argentina, además de tener clientes tan remotos como aquellos que le han comisionado obras en las volcánicas latitudes finlandesas.  

Durante 35 años de ejercicio plástico, Gutiérrez ha aportado a la configuración visual de este universo que califica de psicodélico en su tratamiento cromático. A pesar de su reconocimiento en la cultura popular del país y de haber participado en espacios académicos en Bogotá, Chile y Argentina, El artista: el maravilloso mundo picotero de William Gutiérrez es la primera celebración de carácter oficial que se le ha hecho al artista en su región. “Ha tenido un reconocimiento importante en Europa y otros países, pero aquí no se le había hecho nada. La idea fue, junto con la Universidad del Norte y la Universidad del Atlántico, hacerle una retrospectiva y un homenaje”, explica el investigador y curador Eliécer Salazar, quien seleccionó varias obras diversas que van desde picós hasta pinturas sobre lienzo, portadas de discos para Systema Solar o el sello Galletas Calientes. “La idea era hacer una narrativa y un recorrido en el espacio que dé cuenta del proceso creativo de William”, añade el curador. 

Desde la década de los setenta empezaron a aparecer pintores de picó cuya firma empezó a resignificar el valor de la máquina. Gerson Acosta (Gerson), Alexander Lugo (Alsander), Byron Herrera (Byron), Raúl De la Rosa (Raúl) y  Belisario De la Matta (Belimastth) empezaron a embellecer estas máquinas particulares con un despliegue de elementos pictóricos chillones y abrumadores. William Gutiérrez señala la importancia de Belimastth en la configuración de su propia obra, que llevó este lenguaje a un punto medio entre la composición de las formas de la historia del arte y el mundo del cartelismo y la publicidad de sus predecesores. Como con la mayoría de las obras, el mundo del picó responde a las exigencias del cliente que trae sus propias ideas y su universo visual al encargo. “Le dan a uno el nombre del picó y le traen imágenes de referencia. Es poco lo que uno pueda aportar, aunque tenga libertad para ciertas cosas“, señala Gutiérrez, quien sabe que un picó mal ejecutado en su decoración puede ser la ruina para el picotero y para el artista, pues el público no perdona cualquier error. 

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Pintura de características únicas

“Alguien le imprimió esas características al diseño. Algunos dicen que fue Gerson o Belismatth”, explica Gutiérrez. “Se aplican colores psicodélicos, esa es una condición básica. Estridentes, chillones. Se le pasa una capa de neón que resalta esos colores por las noches. Un dibujo muy formal, con colores sobrios no parece un picó. Esa es la costumbre. Acá somos caribeños y somos tropicales y nos gusta así muy fuerte, muy chillón”, complementa el artista. En un primer momento se utilizaron vinilos y lacas fluorescentes que le daban un halo ácido y lisérgico a las pinturas de los bafles de los equipos. Cuando existían apenas unos pocos picós para amenizar las verbenas y las fiestas patronales, era importante que cada picotero pudiera tener un elemento que lo destacara por encima de los otros. Ahora que los picós son ubicuos al Caribe, la demanda de un arte que dé valor a la pieza que orquesta las fiestas en tiendas y cantinas es aún mayor, por lo que honrar esta práctica tiene sentido en la medida en que celebra la idiosincrasia de una región clave del país. 

“Un poco la idea de la exposición era replantear la distancia o la jerarquía entre arte popular y arte oficial, una distinción que viene de los europeos y la tensión entre su arte y el resto de manifestaciones del planeta”, explica Salazar. “Es una manera despectiva el hablar de arte popular, artes menores o artesanías. En el caso de William, aunque cumpla esa función de ser unas pinturas por encargo para crear una identidad o una presencia de marca, tienen un tipo de narrativa bien particular. Hay una simbología de poder alrededor de estas imágenes que me parecía interesante señalar y destacar. Más allá de su función festiva. Hay varias capas de sentido en las pinturas de William y eso también era importante señalar dentro de la exposición. No es sólo una función artesanal, sino que también hay una carga conceptual y narrativa interesante de leer”, añade el curador, quien estuvo reuniéndose durante un año y medio con el pintor para resaltar aspectos claves de su producción que abarca cuatro décadas.

“Creo que ese es el aporte interesante que hace William en este estilo pictórico, que solo se produce en este lugar del planeta. No hay una gráfica o una pintura igual. Eso también es importante rescatarlo. Nace en el Caribe colombiano. Tiene una retórica bien particular desde el color, la letra y la composición que lo hace muy propio. Queríamos reconocer la riqueza visual de la pintura picotera en la que se reconoce nuestra identidad”, subraya el investigador, quien también funge como artista y que ha incorporado la imagen del picó como parte de su producción plástica. “En lo temático, la mayoría de estas imágenes apuntan a narrativas que tienen que ver con lo anecdótico, lo político y lo histórico. Desde lo retórico hay toda una personalización de la imagen, hay varios mecanismos como la apropiación, que hace parte de esta retórica, tomar, robar o copiar imágenes producidas por otros: portadas de discos, afiches de películas, fotografías de arte familiares. Se las apropia, recontextualiza y crea estas imágenes, insertando por ejemplo personajes que aparecen en portadas de discos en geografías urbanas. Aparece Barranquilla, Santa Marta y Cartagena. A veces sucede todo en el espacio exterior y hay muchos elementos de la ciencia ficción. Hay varios elementos retóricos que nos interesa señalar y agrupar”, concluye Salazar.

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En una ciudad culturalmente afectada por la falta de circuitos culturales de difusión, la muestra que se ha preparado sobre William Gutiérrez tiene una importancia especial, pues además reúne el esfuerzo de instituciones públicas y privadas que aúnan esfuerzos para ofrecer nuevas formas de acercarse a las artes y la cultura. En ello ha sido clave la gestión de la Universidad del Norte y el apoyo de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. “Esa fue la intención del homenaje que me hicieron. En la exposición había más gente del mundo del arte que del mundo picoteril de los barrios populares. Se le dio un sentido académico y han asistido muchas personas de las escuelas de arte o de diseño”, explica Gutiérrez. “Se está logrando un reconocimiento a un arte que estaba ahí, a una estética a la que no se le había prestado atención, no se había reconocido como parte nuestra. Todos esos diseños son parte de nuestra idiosincrasia”, añade. 

Como no podía ser de otra forma, la inauguración incluyó una fiesta. “Yo prendí mi picó, porque la música hace parte de este contexto”, concluye el artista picotero. El artista: el maravilloso mundo picotero de William Gutiérrez es un montaje notable para la capital del Atlántico y un homenaje necesario a los actores de una cultura que es representativa a nivel mundial de nuestra idiosincrasia. Los picós han contribuido a la difusión de géneros como la champeta, el vallenato, el porro y la salsa, entre muchos otros, y se han convertido en espacios de encuentro y disfrute para las comunidades locales, promoviendo la diversidad cultural y la interacción social en el Caribe colombiano. Es una fiesta viva que da cuenta de nuestra cultura estridente, colorida y nocturna. 

La muestra es de entrada libre y gratuita, y estará abierta hasta el 7 de julio en la Galería la Escuela. Los horarios son: de lunes a viernes de 10:00 a.m. a 6:00 p.m. y los sábados de 9:00 a.m. a 12:00 m.

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