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Cosas pequeñas

Cosas pequeñas

Ilustración

Nuestra nueva columnista habla de las cosas pequeñas que, quizás, son las más importantes de la vida. Para empezar, las muelas del juicio la pusieron a reflexionar sobre todo lo que no apreciamos.

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Somos humanos. Al parecer, eso significa que no estamos programados para la satisfacción. Más que disfrutar, extrañamos y antes de agradecer, exigimos. No quiere decir que nunca estemos felices; desprevenidos, somos capaces de sentir alegría, cariño y gratitud. Pero a lo bueno nos acostumbramos demasiado rápido. De ahí que tener dientes, cejas o luz eléctrica no sea un motivo de celebración todos los días.

Por fortuna, a veces las cosas se van un rato, dan un paseo y se hacen extrañar. Y digo por fortuna, como si dijera “¡qué vivan los cortes de energía!” o “gracias a Dios me sacaron las cordales”, porque la ausencia temporal de aquello que nos facilita la vida es una experiencia transformadora.

Y si la frase sonó a superación personal, conviene ilustrarla con un ejemplo.

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La extracción de las muelas del juicio, acá cordales, no entusiasma a nadie. Es una tortura y empieza mal: con miedo y afán en una sala de espera, con un cirujano que dice “abre grande, muñeca” o “si no nos relajamos, nos va a doler”. Después, los ojos cerrados, los puños apretados y, al fin, el dolor. Sin embargo, ni el miedo ni el dolor logran lo que logra el hambre. Y eso que ella se demora en llegar.

El primer día, las ganas de comer no existen, el hambre solo es un hueco en el estómago que no deja dormir y la comida no se hace desear. El segundo día favorece descubrimientos gastronómicos variopintos. Por ejemplo: la compota es rica, las paletas de limón traen recuerdos de la infancia y el puré de papa se parece en algo a las papitas fritas. Por no hablar de los jugos y las sopas que prepara mamá, merecedores del premio a lo más sabroso de la temporada.

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El tercer día no es tan divertido. Y el cuarto es un suplicio. Hace falta la carne, no se puede prender el computador sin pensar en darle un buen mordisco a una manzana real, y se añoran las conversaciones de sobremesa. Uno se cansa de decirse mentiras y le toca reconocer que la gelatina es aburrida, que el Bon Ice ya no tiene gracia y que la barriga pide a gritos algo sólido. Después de fantasear con perros calientes, mazorcas asadas, fríjoles con chicharrón, mojarras fritas y tacos al pastor, uno toma de la despensa un pan blandito (o un ponqué blandito, si tiene suerte), se mete a la boca las boronas y las saborea. Este es el momento de la revelación: ¡Cómo hacen de falta los dientes! Es imposible vivir sin ellos.

La vida es dura y por eso el puré de papas nunca va a saber tan rico como las papitas fritas. Los dientes son una herramienta vital y es un placer masticar y morder. ¡¿O alguna vez han visto que alguien chupe un chicle y se lo trague?! Impensable. Al masticar no solo desmenuzamos la comida sino que liberamos su sabor.

No es que sea imposible comer sin dientes. Se puede, pero no quita el hambre. Por eso, el quinto día, con un apetito descomunal, a uno se le olvida su condición y prepara una pasta con salsa de tomate o unas minisalchichas. Empieza con mordisquitos mínimos, usando los dientes de adelante, y cuando se da cuenta está comiendo con tantas ganas que siente los pedazos de pasta en los huecos donde solían estar las muelas. Vuelve el dolor. Vuelve la rabia. Vuelven las frases cortas. No hay energía para escribir nada más.

Con el tiempo, las heridas cicatrizan, las muelas reaccionan y el ánimo mejora. Recuperar los dientes es un alivio; el menú se amplía y vuelven los sabores, las texturas y el picante a la vida. Y lo mejor: el tormento de un par de semanas ha servido para adquirir un poco de perspectiva. Gracias al hambre, uno empieza a valorar el trabajo que hacen sus ocho incisivos, sus cuatro caninos, sus ocho premolares y las molares que le quedan. Es más: puede que sienta tristeza por las cuatro molares que se fueron. Y antes ni siquiera sabía cómo se llamaban…

La sabiduría popular se refiere a esta sensación con refranes simples (y bastante genéricos), como “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde” o “si no quiso cuando pudo, cuando quiera no podrá”. Lo cierto es que nos acostumbramos muy rápido a las cosas buenas y se nos olvida que las tenemos. Sobre todo si son cosas pequeñas, como los dientes.

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Isabel Calderón

PERIODISTA

Nací en Bogotá, en 1989. Estudié Comunicación Social. He sido periodista, profesora y consultora. Todavía no sé qué quiero ser cuando grande, así que espero que el tiempo se pase muy despacio.

AUTORWEB  AUTORSEPARADOR  AUTORTW

PERIODISTA

Nací en Bogotá, en 1989. Estudié Comunicación Social. He sido periodista, profesora y consultora. Todavía no sé qué quiero ser cuando grande, así que espero que el tiempo se pase muy despacio.

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