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Canas a los 30: una historia de amor y odio

Canas a los 30: una historia de amor y odio

Ilustración

Aunque negarse a esconder las canas con tintura se sienta como una rebelión, hay días en los que es más complicado hacerle frente a los estándares de belleza.

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T
engo 34 años y una buena parte de la cabeza cubierta de canas. Antes, cuando eran unas pocas hebras plateadas escondidas entre mis mechones castaños, las arrancaba de raíz, como tratando de devolver esas postales que la vejez insistía en enviarme tan pronto. Pero en cierto momento tuve que dejar de halarlas para evitar quedarme calva, pues las canas siguieron poblando muy rápido mi melena y acumulándose para formar los dos manchones grises que ahora tengo un poco más arriba de mis sienes.

Es difícil saber a ciencia cierta por qué empecé a encanecer tan rápido. Tal vez sea cuestión hereditaria: mi papá tiene el pelo blanco desde los cuarenta y cinco. O tal vez se deba a que mis riñones trabajan con pereza, como me lo explicó la homeópata un día. Por mi lado, tengo una teoría: soy yo la culpable de sacarme canas antes de tiempo. Unas por cada crisis de ansiedad. Otras por cada ataque de pánico. Una docena por cada inseguridad, y una veintena por cada artículo o relato sin terminar. Ah, y cómo ignorarlo: muchas, muchísimas canas por cada despecho.

La única certeza que tengo sobre ellas es su incondicionalidad: las canas no van a dejar de aparecer. De aquí en adelante seguirán creciendo para recordarme a diario que el tiempo es un vehículo sin frenos del cual no puedo bajarme. Así que solo me queda tomar una determinación, un paso que hasta ahora no he sabido dar: decidir si quiero pelear contra ellas y declararles una guerra con armamento de L’Oreal, aliada con mi peluquero y sus fantásticas habilidades de colorista, o si prefiero convivir con el hecho de ser una mujer joven de pelo gris.

Digo que es una decisión difícil porque algunos días me levanto adorando mis canas. Me peino de medio lado para que se vean más y las dejo volar libres con el ventarrón que dejan los carros al pasar. Durante esos días de amor puedo imaginarme envejeciendo con ellas al natural. Me veo inventando historias fantásticas sobre los súper poderes de las mamás de pelo gris para contarle a mi hijo y llevando la melena platinada con orgullo mientras entro con él al salón en su primer día de colegio. Me siento capaz de cargar mis canas prematuras con orgullo, ligereza y estilo, y convertirlas en la bandera de mi propia rebelión en contra de las ideas castigadoras sobre la belleza y la edad de las mujeres.

Pero otros días las detesto. No puedo evitarlo. Me miro al espejo y quiero arrancarlas de nuevo, y llego a creer que me hacen ver más vieja. Siento que me quitan algo que una vez tuve y me organizo el peinado para cubrirlas. Durante esos días pienso en teñirlas para sentirme a salvo entre las cabelleras aún coloridas y afortunadas de mis amigas. Frente al espejo, en esos días,  no veo problema en ser como mi abuela: una mujer mayor que disfruta sin culpa y sin reproches de sus visitas mensuales a la peluquería, que invierte con gusto en tinturas y a sus ochenta y cinco se ve regia con el pelo de un tono rubio/rojizo muy bien calibrado.

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Mientras decidido qué hacer con ellas, o mejor, qué hacer conmigo misma, he tenido que poner en práctica algunos trucos para transitar entre ese amor y ese odio sin marearme demasiado:

A veces camino por jardines llenos de flores y las veo brillar con tranquilidad, a la vista de todos, y recuerdo que nada en la naturaleza tiene miedo de morir. He empezado a recorrer parques con el único propósito de visitar los árboles más viejos, para ver cómo exhiben sin vergüenza sus años, sin preocuparse por que los pájaros dejen de visitarlos, o por lo que dirán quienes se recuestan a leer sobre sus troncos agrietados y nudosos.

Otras veces me ocupo de practicar algún arte para llegar a dominarlo, pues tener canas casi siempre es señal de experiencia y sabiduría. Como no tengo tiempo ya para convertirme en una científica brillante, o en la cabeza de un equipo de cirujanos, me encargo de dominar artes menores para intentar darle la talla a mis canas. Casi siempre se trata de ser la mejor palpadora de aguacates para el almuerzo, o de recitar de memoria los diálogos de algún drama de época.

Algunos días evito pensar en ellas por la mañana, cuando están más electrizadas y voluntariosas. En vez de pararme frente al espejo por horas y tratar de aplastar con geles y lacas su ímpetu rabioso, he decidido ignorarlas, no ponerles atención hasta pasado el mediodía. La clave está en distraerse con tareas mañaneras complejas, como amarrarse los zapatos con una panza de siete meses de embarazo, o lograr que la yema del huevo frito no quede ni muy cocinada ni muy cruda.

Otros días nada más me pongo zapatos cómodos para brincar entre el impulso de salir corriendo a teñirlas y la idea de dejarlas al natural, sin sacarme llagas o romperme las rodillas.

Algunos de estos trucos funcionan mejor que otros para ayudarme a convivir con las canas prematuras y a sobrevivir con mi pelo gris, en un mundo que es cada vez más blanco y negro.

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Este texto está inspirado en “Por la autopista de plata”, uno de los diez relatos que conforman Ropa interior, el primer libro de ficción de Lina Tono, publicado por el sello editorial Espasa y disponible en librerías desde el 25 de febrero de 2019. 

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Lina Tono
Publicista y magister en periodismo. Sus textos han sido publicados en revistas como Soho, El Malpensante y Fucsia y en los portales de Vice Colombia y Pacifista. "Ropa interior", su primer libro de ficción fue publicado por el sello Espasa en febrero de 2019.
Publicista y magister en periodismo. Sus textos han sido publicados en revistas como Soho, El Malpensante y Fucsia y en los portales de Vice Colombia y Pacifista. "Ropa interior", su primer libro de ficción fue publicado por el sello Espasa en febrero de 2019.

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