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inseguridad personal

No eres una persona insegura, estás cansada de intentar ser alguien que no eres

La inseguridad puede estar relacionada con la comparación y las expectativas ajenas. Una reflexión sobre identidad, agotamiento y autenticidad.

Vivimos con la sospecha de que podríamos ser otras personas, mejores. Esa sospecha suele adoptar la forma de una voz que reconocemos como nuestra, pero que habla con la autoridad de alguien ajeno, que juzga, compara y saca conclusiones apresuradas. Se vuelve implacable cuando no ha habido un trabajo voluntario para que el pensamiento se nutra de la verdad interior, y no de la acumulación de prejuicios heredados, presuposiciones y expectativas construidas sobre deseos que no son los propios.

“¿Qué brota de ti?”, me preguntó mi psicólogo hace unos años y desde entonces no he podido desprenderme de esa pregunta. La repito con mis amigas cuando estamos frente a decisiones importantes o situaciones que exigen moverse. Sin embargo, aun con esa brújula, la duda regresa. ¿Cuál es el movimiento correcto? ¿Cómo reconocer lo que brota de mí en medio de esta confusión? De mí pueden brotar la desconfianza y el aplazamiento constante de los proyectos que me entusiasman. ¿Es esa mi verdad? No. Más bien es el agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo intentando ser alguien que no es, intentando ser la versión idealizada de mí misma.

inseguridad personal

Es necesario reconocer que lo que brota de uno no siempre es claro ni hermoso. Puede ser bello, y también opaco, contradictorio, inexperto, aprendiz. Darle un lugar a todo, y no solo a lo que consideramos correcto, es la condición para terminar con el intento de ser alguien que no se equivoca y entregarse a lo que realmente se es. Es como descubrir que no existe únicamente un cajón donde guardar lo que uno cree que debe ser, sino una casa entera con cuartos que no se habían abierto. Victoria Chang lo dice en un poema que pienso con frecuencia: "En tu cuerpo hay un pájaro / y una piedra. Tu tarea consiste / en no matar el pájaro con la piedra". La tarea de vivir conforme a lo que somos es asumir el proceso largo y honesto de aprender a distinguir lo que en nosotros puede ser el pájaro y lo que puede ser la piedra, y decidir qué hacer con cada uno. 

Mónica Cavallé es doctora en filosofía y pionera del asesoramiento filosófico sapiencial, una escuela que cultiva la unidad profunda entre el pensamiento y la vida e intenta recuperar, frente al enfoque académico predominante, el sentido integral y originario de la filosofía. En su libro El coraje de ser, Cavallé señala algunos signos que ayudan a identificar si vivimos desde una imagen ilusoria de nosotros mismos y no estamos en contacto con nuestro criterio: la duda crónica, la desconexión del propio sentir y de las propias necesidades, la búsqueda de seguridad exclusivamente a través del pensamiento discursivo. También confundir el hecho de tener criterio con ser dogmático, o confundir el criterio íntimo con un superyó severo y culpabilizador.

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Ese yo ilusorio, según Cavallé, se compone de dos partes. El yo-idea agrupa todas las representaciones mentales con las que una persona se identifica: las categorías que se atribuye, el relato que construye sobre sí misma, su autopercepción física, el concepto que tiene de su propia identidad. El yo-ideal, en cambio, corresponde a la versión de uno mismo que se aspira a ser: una imagen proyectada y embellecida que surge como respuesta al sentimiento de carencia que genera identificarse únicamente con el yo-idea. Son dos caras de la misma distancia interna. Reconocer esa distancia puede transformarse en un ejercicio honesto de apertura hacia uno mismo. Como señala Cavallé: "Cuando desaparece la resistencia a mirar todo lo que acontece en nosotros y fuera de nosotros, la tarea del autoconocimiento se revela como la aventura más apasionante; como un descubrimiento permanente que nos va tornando más reales, serenos, íntegros y compasivos, más humanos y conocedores de lo humano, más vivos, auténticos y creativos".

Conocerse a uno mismo, desde el enfoque filosófico sapiencial, exige honestidad, valentía y una disposición honesta a observarse y mostrarse vulnerable. Si bien existen circunstancias externas que generan dolor de forma inevitable, como la pérdida de un ser querido o vivir en entornos deshumanizantes, es fundamental distinguir ese dolor natural del sufrimiento innecesario. El primero es una respuesta legítima a la realidad; el segundo, en cambio, surge de interpretaciones equivocadas y de estar en conflicto con la realidad.

Vivimos identificados con una imagen de nosotros mismos que no coincide con lo que somos, y esa distancia produce un sufrimiento que confundimos con inseguridad, con falta de carácter, con defectos personales. Pero, a veces, señalar el problema no es suficiente; se necesita algo más concreto, una herramienta para el momento en el que aparece la angustia y el pensamiento se enreda.

Mientras leía El coraje de ser, recordé que hace algunos años vi en Netflix el documental Stutz. Noventa y seis minutos en los que el actor Jonah Hill conversa con su terapeuta, el psiquiatra Phil Stutz. Lo vi, me pareció interesante y lo olvidé. Pero ahora que yo misma ando a tientas buscando un sentido, tratando de armar mis propios criterios, de escuchar esa voz interior que a veces habla tan bajo, vi las herramientas del documental como un dibujo más claro, porque encontraron eco en otras cosas que he ido juntando por el camino, gracias a la terapia, a ciertas lecturas, conversaciones y preguntas que persisten. Tal vez los métodos que proponen ciertos libros, ciertos documentales y ciertas prácticas espirituales solo dicen algo cuando hay una pregunta previa que los espera o un proceso ya abierto. Sin eso, las fórmulas solo flotan, porque no existe una manera de vivir que pueda empaquetarse y entregarse desde afuera.

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El mayor reparo, quizás, que tiene la academia con ciertos profesionales, prácticas espirituales y libros de autoayuda es que no se puede proporcionar —porque no existe— un método general para vivir. Cada vida es radicalmente singular y los métodos solo se descubren desde adentro, desde la propia experiencia. Pero la crítica funciona también en sentido contrario, las comunidades le reprochan a la academia que sea incapaz de aterrizar el pensamiento en la vida, para mirar la cotidianidad como el único terreno donde se tejen los hilos del mundo. De esa inquietud surgió el “Método Tools”, un modelo terapéutico desarrollado por Phil Stutz y Barry Michels que propone una serie de herramientas prácticas para encontrar salidas a problemas recurrentes y recuperar la esperanza y el sentido de la vida. Herramientas que acompañan el proceso psicoanalítico tradicional. Son cinco: la inversión del deseo, el amor activo, la expresión personal, la gratitud y el riesgo, que están muy bien explicadas en su libro. En el documental, Hill se enfoca en las que le sirvieron a él y en otra serie de conceptos que las acompañan.

Stutz explica que una herramienta es algo que cambia un estado anímico de inmediato, en tiempo real. Algo que toma una experiencia desagradable y la convierte en una oportunidad. Su trabajo en consulta empieza por una pregunta: ¿por qué viniste, qué es lo que quieres? A partir de esa conversación, Stutz dibujaba en tarjetas los esquemas de las herramientas que quería ofrecerle a cada persona. Con el tiempo, esas tarjetas se convirtieron en instrumentos de visualización para sus consultantes, porque "permiten convertir grandes ideas en simples imágenes", dice. En su caso, el dibujo no solo simplifica las palabras, sino que crea un vínculo que fortalece y profundiza el proceso terapéutico.

Entre esas imágenes hay una que aparece de primera en el documental: la fuerza vital. Según Stutz, es la única parte de nosotros capaz de orientarnos cuando estamos perdidos. La única que puede revelarle a cada quien quién debe ser. Para explicarla, propone imaginar una pirámide. En la base, la relación con el cuerpo, por medio del ejercicio, la alimentación y el sueño. En el nivel intermedio, la relación con los otros, esos vínculos que nos devuelven a la vida cuando nos alejamos de ella. En la cúspide, la relación con uno mismo, entendida como el cultivo de la conexión con el propio inconsciente. Todo esto atravesado por lo que Stutz llama iniciativa. Y en el centro de la pirámide, como materia misma de la existencia, los tres aspectos que él considera inevitables y que propone aprender a amar: el dolor, la incertidumbre y el trabajo constante.

Pero hay una contraparte. La Parte X, según Stutz, es lo que alberga la sombra, tan constitutiva como la fuerza vital, tan singular, pero orientada en sentido contrario. La divide en dos manifestaciones: la primera es la instantánea, esa parte de nosotros que persigue la perfección y que, como la perfección no existe, condena a quien la persigue a una insatisfacción sin fondo. La segunda es el laberinto, un lugar interior del que solo es posible salir mediante el amor activo, una de las herramientas centrales del método. El amor activo se compone de la aceptación radical, el flujo de gratitud y la elaboración de la pérdida. No son pasos a seguir en orden, más bien prácticas que se cultivan, a veces individualmente y a veces con ayuda profesional.

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No es difícil ver el parentesco entre la Parte X que señala Stutz, desde la psiquiatría; el yo ilusorio del que habla Cavallé desde la filosofía; o la piedra en el poema de Chang. Todos describen esa distancia interna que nos separa de lo que somos y reconocen que hay algo en nosotros que nunca está conforme. La diferencia está en el énfasis, porque Cavallé invita a observar y reconocer la estructura del engaño; Stutz ofrece herramientas para moverse cuando el engaño ya está instalado y la poesía de Chang es el regalo de la contemplación, de mirar la belleza que nos compone y que estamos invitados a amar en nosotros y en los otros. Se complementan como los mapas y los pasos.

El movimiento correcto no es, entonces, el que nos garantiza un acierto, una ventaja, un reconocimiento o una ganancia. Es correcto en la medida en que es fiel a quien uno es. De ahí que la única garantía posible que tenemos de vivir realmente sea que nuestros sufrimientos, alegrías, aciertos y errores sean verdaderamente nuestros. El pájaro recibe distintos nombres según la corriente de pensamiento que prefiera cada persona: criterio, intuición, fuerza vital, visión poética, alma, voz interior, sabiduría profunda. Cada persona define su forma de relacionarse con él —y con su compañera, la piedra— de acuerdo con sus propias búsquedas. Lo indispensable es que esa forma sea el resultado de una reflexión profunda y honesta, y no un guion ajeno.

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