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inseguridad personal

Más que daños materiales: la psicología y el dolor de perder una casa

Ante la inminencia de rescatar vidas en medio de una catástrofe natural muchas veces se minimiza un dolor profundo y prolongado: el de perder todas las cosas que hacen un hogar, una identidad o el fruto de nuestro trabajo por años. La autora, sobreviviente del terremoto de Armenia de 1999, recuerda por qué es importante darle su lugar a las pérdidas materiales que también representan la vida, las ilusiones y los esfuerzos de la personas que sobreviven pero quedan a la intemperie.

Crecí en una casa toda llena de grietas. Mi barrio en Armenia, Quindío, fue uno de los más afectados en el terremoto de 1999; se hablaba de él como de un viejo extraño que había existido pero al que nadie le había visto la cara. En el colegio, contábamos historias sobre dónde estábamos en ese momento, quiénes estaban cerca, cómo habíamos escuchado, cada quien a nuestra manera, ese crujir que se elevó desde el suelo, seco y agudo, y que hizo que por un momento dejara de sonar todo lo demás. Crecí en una casa toda llena de grietas, y sobre ellas, o más bien desde ellas, pinté dibujos en la pared para completar los trazos que habían quedado marcados y que acaso hacían de la casa una menos bella. Qué pasa en el cerebro y el corazón cuando todos los que nos rodean están bien, cuando nuestro cuerpo, pequeño ante la inmensidad de la naturaleza, está a salvo, pero todo lo demás está roto, fracturado, perdido... Cómo se tramitan las despedidas de ese algo tangible que tiene valores mutables a lo largo de nuestra vida: cuántas cosas arman una casa, cuántas cosas y casas arman la identidad con la que nos paramos en el mundo. 

Cuando la tierra se sacude, la narrativa oficial suele priorizar las cifras fatales y los rescates entre las ruinas. Sin embargo, para miles de familias, la situación continúa en el silencio que deja la pérdida de lo material. En Colombia, el reciente sismo de magnitud 7,4 con epicentro en el Chocó —que afectó duramente al Pacífico, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca— ha dejado un saldo preliminar que supera los 440.000 damnificados y más de 26.000 viviendas destruidas. Tras las grietas en el concreto hay un impacto invisible pero profundo: la ruptura drástica del refugio cotidiano. La psicología del hábitat explica que la casa y los enseres no son meras posesiones económicas, sino extensiones de la identidad y de la memoria afectiva. Perder la estructura donde transcurría la vida diaria activa un duelo estructural que compromete la percepción básica de seguridad física y mental. Lina Gómez, psicóloga de Vesania adscrita a Colsanitas,  señala que: “Cuando ocurre la pérdida de algo (un vínculo, un ser querido, algo material que atesoramos), el cerebro activa unas regiones asociadas al dolor. Es decir, la pérdida a nivel neuronal activa las mismas redes que se activan cuando tenemos dolor físico”. Esto implica que, a nivel emocional, cualquier pérdida pueda estar vinculada al desarrollo de duelo, que es un proceso normal y esperable cuando se da una pérdida de cualquier tipo e intensidad: “La pérdida de una rutina, de un objeto o un ser, es claramente algo representativo asociado con nuestra identidad”.

Una casa cuenta mi historia

A menudo, la cultura popular reduce este tipo de dolor bajo la frase “Lo material se recupera, la vida no”. Para Gómez, en este contexto es clave validar estas pérdidas y no compararlas en una especie de “escala de gravedad”: “Nos encontramos con frases que, si bien tienen una muy buena intención detrás, normalmente se dicen a modo de afrontamiento de esa situación, pero rayan en la línea de la invalidación, porque debo tener en cuenta que existen todo tipo de pérdidas y cada una se vive de forma profunda y su malestar es real. Todas deben tener un espacio para ser entendidas como válidas, reales. Ese dolor es emocional y físico, y está asociado a un duelo”. En esta medida, el contexto presenta verdades contundentes: un objeto no es solo materia; es un contenedor de memoria simbólica, un archivo tangible de esfuerzo, afectos y momentos familiares. La pérdida repentina de estos referentes genera lo que la psicología clínica denomina como desorientación identitaria y duelo por desposesión. Ignorar la tristeza por la vajilla heredada, el álbum de fotos, el espacio habitado, y tantos objetos vinculados a nuestras memorias afectivas más profundas dificulta la elaboración del trauma, imposibilitando que las personas integren la pérdida y complicando su capacidad de adaptación a lo que viene. 

Según el balance oficial de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), 37.255 inmuebles fueron destruidos totalmente; más de 178.500 casas sufrieron afectaciones estructurales moderadas y graves; 646 edificaciones colapsaron y cerca de 5.884 edificios sufrieron tal grado de fallas estructurales que fueron declarados no habitables. Además, estudios de firmas de ingeniería sísmica (como INGENIAR) y del Gobierno estiman las pérdidas físicas directas en 30 billones de pesos. 

En términos nacionales a futuro, afrontar una crisis de salud pública del tamaño que vivimos y seguimos viviendo en el país ante este hecho, exige un cambio de enfoque en la gestión del riesgo y el acompañamiento psicosocial. El apoyo para la emergencia, como sucedió gracias a entidades y colectivos que lo promovieron, debe integrar primeros auxilios psicológicos que permitan validar la rabia, la culpa y la nostalgia. Las comunidades que logran reconstruirse con mayor resiliencia son aquellas donde se abren espacios dialógicos para nombrar lo perdido. Reconocer el valor emocional de los objetos destruidos ayuda a desarmar la sensación de invalidez psicológica, permitiendo que la reconstrucción material avance de la mano con la reconstrucción del tejido afectivo.

Los datos internacionales refuerzan la urgencia de atender este frente en las políticas de bienestar. Estudios de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en contextos de desastre indican que entre el 30 % y el 50 % de las poblaciones afectadas desarrollan sintomatología de distrés psicológico agudo, como insomnio, ansiedad e hipervigilancia. Cuando el despojo de los bienes de vida es total, las probabilidades de desarrollar Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) o depresión severa se incrementan sensiblemente. La incertidumbre prolongada respecto a la reconstrucción, combinada con el hacinamiento en albergues temporales, extiende el estado de alerta del sistema nervioso, lo que deriva en somatizaciones como hipertensión, cefaleas crónicas y debilitamiento del sistema inmunológico. Ante esto, Gómez señala que además de validar la emoción de pérdida de la otra persona, es importante generar una aproximación sin juzgamientos: “Las personas que acaban de tener pérdidas de este tipo están en grados altos de vulnerabilidad, en muchos casos hay un estado de shock, de no asimilar la realidad de la situación, en otros casos actúan hiperactivos frente a las acciones pero sin procesar muy bien todo lo que sucede; es aquí en donde debemos acompañar sin juzgar y tratar de evitar frases invalidantes, podemos cambiarlas por algo como: “Perdiste tu casa; yo te puedo escuchar; te puedo acompañar, entiendo que esto es parte importante de tu identidad; cómo te puedo apoyar”, siempre teniendo en cuenta nuestro límite y posibilidad de ayuda, pero buscando una cercanía que genere un entorno seguro.

Rehabitar mi lugar en el mundo

Ante un suceso como este, aparece también de forma frecuente la emoción de la injusticia: por qué la casa por la que trabajé tanto ya no puede ser mi refugio, por qué el negocio en el que tenía tanta ilusión colapsó. Para Gómez esta es una discusión larga y con muchas capas, pues “La injusticia es una emoción que mezcla varias emociones como la ira, el dolor y la tristeza, y generalmente surge cuando nos enfrentamos a un evento adverso y nos vemos superados por ello. Tratamos de buscar respuestas o justificaciones para esa situación. La injusticia se comprende desde la psicología como una emoción, la gestión de esta inicialmente empieza por una gestión de las emociones básicas que la conforman: todo empieza por la ira, y para gestionar la ira generalmente desde el primer momento existen las técnicas de respiración diafragmática, el crowding o conexión con la realidad”. Para esto, se recomienda un soporte de escucha activa en la comunidad cercana: “Casi siempre la emoción de la injusticia está asociada a situaciones que no se pueden transformar, entonces se requiere una escucha activa, que valide la situación, pero en muchas ocasiones también va a requerir acompañamiento en salud mental, psicológico, que nos ayude a trabajar primero esos pensamientos, qué hago con ese dolor asociado, cómo lo transformo, cómo hago para que ese dolor sea más llevadero para volver a retomar o reconstruir lo que soy.”. Finalmente, Gómez concluye que el acompañamiento comunitario en este tipo de casos es crucial: si una comunidad vivió lo mismo, es esa misma comunidad, compañía, compañerismo, la que podrá sostenerse y abrazarse, entender cómo seguir.

Rehabitar el futuro tras un terremoto implica entender que la recuperación no es solo un indicador financiero de infraestructura, sino un proceso de restauración del sentido de pertenencia. Reconstruir un hogar es devolverle a la persona un marco de predecibilidad y dignidad. El bienestar en situaciones de desastre pasa por acompañar a las víctimas a tejer de nuevo su biografía a partir de los fragmentos,: entender que recuperar lo material no es un acto de vanidad, sino un reencuentro indispensable con el pedacito de mundo que nos permite sentarnos a mirar todo lo demás. 

Sara Juliana Zuluaga García

Periodista, narradora documental y editora, nacida en Armenia, Quindío. Su trabajo se ha enfocado en las dinámicas culturales y medioambientales de la región desde la narración escrita y la fotografía. Actualmente es editora en la revista Dos Aires, que funciona entre Colombia, México y Francia. Colabora con crónicas, análisis y ensayos escritos y visuales para diferentes medios de comunicación. En su tiempo libre disfruta cocinar, nadar y leer.

Periodista, narradora documental y editora, nacida en Armenia, Quindío. Su trabajo se ha enfocado en las dinámicas culturales y medioambientales de la región desde la narración escrita y la fotografía. Actualmente es editora en la revista Dos Aires, que funciona entre Colombia, México y Francia. Colabora con crónicas, análisis y ensayos escritos y visuales para diferentes medios de comunicación. En su tiempo libre disfruta cocinar, nadar y leer.

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