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Las mudanzas del ánimo

Las mudanzas del ánimo

Ilustración

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E

l Trastorno Afectivo Bipolar (TAB) se caracteriza por cambios anormales del estado de ánimo, una constante oscilación entre la depresión y la manía. Es una enfermedad real y con la que hay que aprender a convivir de por vida. Se comportaba raro, pero creí que era porque tenía temperamento volátil y pensé que quién no lo tendría con las cosas cómo van. No sabía a qué atenerme al verla, podía ser que estuviera silenciosa y sin ganas, triste; o que actuara como si tuviera una batería inagotable.

Yo era cauteloso en el trato. Me podía pegar un grito que me sacara de su vida, haciéndome saber que quería estar sola y a los días llamarme con alegría en la voz a decirme que saliéramos, con ideas saliendo a chorros fuertes y alardeando de quien era y de lo que había hecho. Al principio me gustaba eso de no tener nada seguro, de cierto modo me estimulaba, pero hubo veces en que no sabía qué hacer, qué le pasaba y yo no aguantaba más y la abandonaba a su manía o su depresión. Su trastorno estaba más allá de lo que yo podía ver, más allá de un malgenio o de su ánimo impredecible.

Las variaciones del estado de ánimo son normales, a todo el mundo le pasan. Pero la oscilación entre la alegría y la tristeza en los afectados con Trastorno Afectivo Bipolar es extrema. Esos cambios bruscos son significativos en la vida de quienes sufren la enfermedad ya que deterioran su funcionamiento laboral y sus relaciones personales. El comportamiento mudable causa recelo hasta en los conocidos que pierden la seguridad, se angustian o se alejan.

LA SUBIDA

El Trastorno Afectivo Bipolar afecta alrededor del siete por ciento de la población. Nadie va al psiquiatra o se alarma por los períodos de manía en los que la persona tiene gran agilidad mental, creatividad, está activa y más sociable. Es la fase depresiva la que inquieta al paciente y lo lleva a consultar. Esa incapacidad de dominar el ánimo, las emociones y los comportamientos, ocurre por anomalías en la actividad de ciertos sistemas básicos de neurotransmisión cerebral. Se han encontrado desequilibrios de neurotrasmisores a nivel celebral (dopamina, serotonina, noradrenalina). La doctora Ana Millán, médica psiquiatra adscrita a Colsanitas comenta respecto a las causas que “hay un buen  porcentaje de carga genética incluido. Se dice que del 10 al 15 por ciento de hijos de pacientes bipolares son afectados, aunque también actúan como factores precipitadores el incremento del estrés diario, los malos hábitos de sueño y alimentación, las relaciones interpersonales conflictivas y/o agresivas, el consumo de alcohol y de psicodislépticos, entre otros”.

El TAB suele desatarse hacia la segunda o tercera década de vida y es un poco más frecuente en las mujeres. Los primeros años de la enfermedad son críticos e influyen en su desenvolvimiento, por eso es importante no subestimar los malestares o creer que son normales esas condiciones extremas. Es mejor preguntar y salir de dudas para reducir implicaciones como incapacidades, conflictos familiares, abuso de sustancias e, incluso, intentos de suicidio. Los pacientes tienen mayor riesgo de padecer otros trastornos psiquiátricos y médicos, como trastorno de ansiedad, migrañas, diabetes tipo 2, conductas suicidas, entre otros.

El estudio médico es esencial para diferenciar el Trastorno Afectivo Bipolar de una depresión mayor o de la esquizofrenia y determinar su presencia. Anteriormente, el TAB era conocido como enfermedad maniaco-depresiva por las dos fases que se alternan y determinan el ánimo. La manía es un cuadro de exaltación que aparece acompañado de irritabilidad, una marcada euforia, poca necesidad de dormir, aceleración del pensamiento, locuacidad, elevada autoestima, hiperactividad y, en casos graves, perdida de contacto con la realidad. En acciones tangibles puede ser que el bipolar malgaste dinero, que tenga sexo sin protección o que abuse del consumo de alcohol y de sustancias psicoactivas. Y cómo asegura sentirse mejor que nunca, niega tener algún desorden afectivo.

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 LA BAJADA

La etapa depresiva, acompañada de angustia e inapetencia de vivir, es la más insoportable. La persona pierde autoestima e interés en las actividades diarias, tiene desesperanza, insomnio, cambios de apetito y culpabilidad excesiva. Además siente fatiga y dificultad para concentrarse. La muerte por suicido se da en casi un 20 por ciento de los casos. El trastorno no tiene cura pero sí tratamiento, el cual es indispensable para mejorar la calidad de vida del paciente. Tampoco es una enfermedad degenerativa.

El tratamiento del TAB involucra a los familiares y allegados al paciente. En algunas ocasiones la hospitalización es necesaria por unos días para estabilizar a la persona. La Sociedad Americana de Psiquiatría recomienda un tratamiento integral, que combine farmacoterapia y psicoterapia. Con psicoeducación el paciente y los familiares aprenden a detectar los síntomas que anteceden una crisis, a regular hábitos, a resolver conflictos y a supervisar el cumplimiento de las dosis de los medicamentos que son para toda la vida, aunque se estima que no causan dependencia.

Una persona con TAB puede llevar una vida normal si conoce su condición, la entiende y sabe cómo lidiar con ella. Si tan solo encuentra el motivo de las emociones y comportamientos que no controla. El trastorno afectivo bipolar es una enfermedad real que, como casi todas las psiquiátricas, se suele minimizar por miedo, por vergüenza porque inevitablemente atraviesa la relación consigo mismo y los demás. Buscar tratamiento es tomar una decisión valiente que, seguramente, proporcionará tranquilidad al saber qué pasa. 

Jamás pensé que tenía un trastorno, más allá de un malgenio o de un ánimo impredecible. A veces estaba eufórica, con ganas de hacer de todo, y pensé que eso era bueno, pero otros días sentía una profunda tristeza repentina e injustificada. Yo buscaba motivos para dar identidad a esa depresión, para entenderla yo misma. El sueño se me espantaba y hacer mis rutinas diarias implicaba demasiada voluntad, no quería, me costaba hacer. No tenía control sobre mi estado de ánimo. Percibía que él también se preguntaban qué pasaba. Fue la frecuencia de esos estados bajos los que me empujaron hablar con un psiquiatra. La sentencia, según los datos y los análisis fue la inevitable: bipolaridad.

Diana Prada

Periodista 


 

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